Hay novelas que no empiezan con una frase, sino con una grieta.
Mamá está dormida, de Máximo Huerta, comienza con una pregunta que no busca respuesta, sino que desordena una vida entera: “Y tu hermano, ¿dónde está?”. Podría ser una frase cotidiana, una de tantas que acompañan el deterioro de la memoria en la vejez. Pero no lo es. Porque ese hijo al que la madre nombra no ha existido nunca. O eso creía el hijo que escucha.
Desde ese instante, la novela se instala en un territorio profundamente incómodo, el lugar donde la memoria falla, pero el afecto permanece; donde la verdad se vuelve porosa y el pasado empieza a reclamar un espacio que ya no le pertenece del todo. Huerta convierte la demencia no en un tema, sino en una estructura narrativa donde todo es duda, repetición, insistencia, eco. La enfermedad no avanza en línea recta; la novela tampoco.
El libro es, en apariencia, un viaje entre madre e hijo. En realidad, es una despedida que aún no se atreve a nombrarse. En la presentación, el autor lo formuló con una claridad desarmante: “Cuidar es empezar a despedirse”. Esa frase contiene la médula del texto. Cuidar no es solo acompañar, es asumir que el vínculo se transforma, que la madre ya no es solo madre, que el hijo empieza a ocupar un lugar que no le corresponde, pero del que no puede escapar.
Huerta escribe desde un lugar especialmente delicado ya que la ficción se cruza con una experiencia vital paralela, la del cuidado real de su propia madre. Y sin embargo, el texto no se entrega al desahogo ni a la confesión fácil. Hay contención, una voluntad de estilo que huye del sentimentalismo y apuesta por una prosa limpia, a ratos seca, donde la emoción aparece por acumulación, no por énfasis. La nostalgia aquí no es decorativa, es una sustancia espesa, hecha de todo aquello que ya no se hará, de las conversaciones que no llegarán, de los silencios heredados.
Mamá está dormida también es una novela sobre los secretos familiares y sobre una generación de mujeres educadas para callar. La madre no solo pierde la memoria, arrastra una historia de renuncias, silencios y decisiones postergadas. El olvido no borra ese pasado; lo deforma, lo filtra, lo devuelve en fragmentos que el hijo debe aprender a mirar sin exigir coherencia.
Lo más perturbador del libro no es la enfermedad, sino la pregunta que deja suspendida: ¿Quién tiene derecho a fijar el relato familiar cuando los recuerdos se deshilachan? Huerta no ofrece respuestas cerradas. Prefiere acompañar al lector en esa intemperie moral donde amar implica aceptar versiones incompletas de la verdad.
Publicada por Editorial Planeta, esta novela no busca consolar. Busca algo más arriesgado, nombrar el desgaste y mirar de frente la fragilidad del vínculo materno-filial cuando el tiempo empieza a ganar la partida. Leerla es aceptar que toda relación profunda contiene, desde el principio, su propia despedida.
Lorena Pizarro Durán
Máximo Huerta
Planeta, 2026
Número de páginas: 352
PVP: 20,90 €







