Juan Jacinto Muñoz-Rengel (Málaga, 1974) se ha consolidado como una de las voces más singulares y coherentes del panorama literario actual, especialmente por su decidida apuesta por la literatura fantástica sin concesiones. A través de una decena de libros sorprendentes, que incluyen novelas, relatos y ensayos, el autor malagueño ha ido trazando una cartografía de lo imaginario que explora los límites de la condición humana, la maleabilidad de la identidad y el poder constitutivo de la mentira. Con su obra más reciente, La transmigración, Muñoz-Rengel no solo confirma su maestría técnica, sino que eleva sus obsesiones habituales a una escala apocalíptica, entregando lo que muchos ya consideran un clásico contemporáneo.
La premisa de la novela es tan sencilla en su enunciado como devastadora en sus consecuencias: un fenómeno global e inexplicable, precedido por una feroz cefalea y un desmayo, provoca que las conciencias de los seres humanos salten de un cuerpo a otro de forma caótica. Este evento, denominado simplemente como «el cambio», despoja a la humanidad de su anclaje más básico: la correspondencia entre el «yo» íntimo y el envoltorio carnal que habitamos. Si en sus obras anteriores los trastornos identitarios solían afectar a protagonistas individuales —desde el sicario de El asesino hipocondríaco hasta los personajes de El sueño del otro—, en esta ocasión el autor colectiviza el delirio, convirtiendo la metempsicosis en un colapso sistémico que afecta a la especie entera.
El mundo que surge tras esta ruptura es un escenario de entropía absoluta donde las estructuras sociales y económicas se desmoronan al instante. Muñoz-Rengel, con su sólida formación filosófica, nos recuerda que el sistema capitalista y el orden civilizatorio dependen de que cada individuo ocupe un lugar determinado en un cuerpo concreto; al saltar las piezas del ajedrez por los aires, la función social de cada uno desaparece. No sirve de nada reconocer los rostros si el contenido de la «cáscara carnal» es ahora un extraño. La novela se lee, por tanto, en una clave presentista de «Día de la Ira» continuo, una reconstrucción del Juicio Final donde la zozobra y la precariedad dominan cada página.
Narrativamente, la obra se despliega de forma coral, alternando capítulos cortos que siguen las peripecias de personajes ejemplares en su desconcierto. Entre ellos destaca Andrea, cuya vida ya era una lucha antes del cambio debido a la pérdida de la custodia de su hijo. Al despertar en el cuerpo de un anciano frágil y enfermo, Andrea debe navegar un mundo que ya no tiene lógica, aferrándose al instinto de protección hacia los más vulnerables en medio del caos. Su contraparte irónica es el doctor Garrigues, un cirujano cuya mente, atrapada antes en un cuerpo decrépito por el párkinson, se encuentra de repente en la piel joven y vigorosa de un matarife rural. Estas simetrías no son gratuitas: Muñoz-Rengel las utiliza para explorar la vulnerabilidad del cuerpo y cómo este puede ser tanto una cárcel como una segunda oportunidad.
El autor maneja con destreza una multiplicidad de registros, desde la jerga de un adolescente atrapado en redes sociales hasta la formalidad de un médico de prestigio, puliendo el lenguaje para otorgar una voz precisa a cada identidad desplazada. Este ejercicio de estilo incluye el uso de un «narrador cósmico» borgeano que fluctúa entre la segunda y la tercera persona, logrando que el lector se sienta tanto espectador como víctima de la transmigración. La novela combina imágenes poéticas con pasajes de un terror visceral y un humor negro inevitable, propio de una realidad que se ha vuelto tan absurda que solo la risa permite no caer en el abismo.
Uno de los puntos más provocadores de la obra es su tratamiento del mal y la ética en tiempos de crisis. Mientras algunos personajes, como Andrea o el propio Garrigues, luchan por instaurar un orden de justicia moral y compasión en un hospital reconvertido en refugio, otros aprovechan el anonimato del nuevo pellejo para liberar sus instintos más bajos. El caso del malvado Ángel, un pederasta que ahora se oculta bajo la máscara inocente de una mujer generosa, es un recordatorio de que el mal es persistente y sabe adaptarse a cualquier forma. Esta dualidad entre mente y cuerpo plantea preguntas inquietantes: ¿somos lo que pensamos o lo que nuestro cuerpo nos obliga a ser? Si el cuerpo es un obstáculo para la realización del alma, ¿qué queda de nosotros cuando ese anclaje desaparece?
La crítica ha señalado acertadamente las conexiones de esta obra con grandes hitos de la literatura. Resuena inevitablemente la sombra de Franz Kafka y su Metamorfosis, aunque aquí la transformación no es individual sino universal. También se percibe el eco de José Saramago y su Ensayo sobre la ceguera en la forma de enfrentar un hecho fantástico con una lógica discursiva implacable y perturbadora. Asimismo, la atmósfera de supervivencia frente al frío de la destrucción evoca la desolación de La carretera de Cormac McCarthy, preguntándose cuánto tiempo podrá aguantar la llama de la humanidad en un mundo roto.
Sin embargo, La transmigración posee una entidad propia que la aleja de ser una simple distopía más. Es una sacudida inteligente que nos obliga a repensar nuestra relación con el otro a través de una empatía radical nacida de la necesidad. En un presente fascinado por la inteligencia artificial y las promesas transhumanistas de descargar nuestra conciencia en servidores, Muñoz-Rengel elige hablarnos de la fragilidad física, de los cuerpos que duelen, envejecen y mueren. Nos recuerda que, a pesar de nuestras pretensiones de inmortalidad digital, seguimos siendo «sacos de carne y huesos» cuya identidad es mucho más lábil de lo que nos gustaría admitir.
La novela no da respiro al lector, manteniendo una tensión de thriller que se entrelaza con la reflexión metafísica más profunda. Aunque el desenlace puede dejar más preguntas que respuestas, esto no hace sino reforzar el propósito de la obra: enfrentarnos al colapso ontológico y obligarnos a mirar el mundo con ojos ajenos. Es imposible salir indemne de su lectura, pues nos interroga sobre la huella que dejamos y sobre lo que verdaderamente nos define cuando todo lo que dábamos por sentado —nuestro nombre, nuestro rostro, nuestro estatus— se desvanece en un parpadeo.
En definitiva, Juan Jacinto Muñoz-Rengel ha escrito una obra ambiciosa y honesta que utiliza lo fantástico no como un escape, sino como un escalpelo para diseccionar la realidad contemporánea. La transmigración es un ejercicio de literatura total que abarca lo moral, lo biológico y lo social, confirmando que su autor es, efectivamente, nuestro clásico del siglo XXI. Es una lectura obligada para cualquier lector inquieto que busque en la ficción algo más que entretenimiento: una experiencia transformadora que nos devuelva la capacidad de asombro y, sobre todo, de compasión en un mundo que parece haberla olvidado. La búsqueda de Andrea por encontrar a su hijo en un laberinto de cuerpos desconocidos se convierte así en el símbolo de nuestra propia lucha por conservar un átomo de humanidad en medio del caos.
Marta Gil







