Apuesta de nuevo la editorial Acantilado por la literatura rusa, al traernos a finales de 2025 otra interesante novela titulada La educación soviética, de Olga Medvedkova (Moscú, 1963), con traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y cuyo título, por demás sugerente, nos lleva a la cotidianidad de una familia acomodada en el contexto de la URSS del año 80 del siglo pasado, a pocos días de los Juegos Olímpicos de Moscú que, como recordarán los ya entraditos en canas (mis colegas generacionales, como lo es la propia autora), fue de enormes tensiones políticas, signadas por los boicots anunciados y suscitados luego de la invasión rusa a Afganistán, dada en medio de la decadencia, el colapso y la crisis de un sistema que, a poco más de una década, se caería a pedazos (nunca tan literal una frase) ante la mirada atónita del mundo.
Echa mano la autora en su única novela publicada hasta hoy (que, dicho sea de paso, mereció en el 2014 el premio revelación de la Société des Gens de Lettres de Francia), de la denominada “novela aprendizaje” (conocida en alemán como Bildungsroman), que busca contar la evolución física, moral, psicológica, espiritual y social del personaje principal o protagonista, partiendo, como cabría de suponerse, de la tierna infancia o la juventud, hasta la madurez. Si bien, muchos asumen esta vertiente narrativa como un género, a mi modo de entender el hecho literario, es solo una variante, ya que no es en sí una escuela, sino la manera que tiene un autor de abordar su historia.
Hallo una prosa ágil y funcional, casi siempre descriptiva, que busca ubicar al lector en el mundo que recrea, y lo hace desde los detalles: el día a día, los giros inusitados del devenir, las opacidades y brillos de sus personajes, que en realidad son pocos, ya que la trama gira en torno de Liza Klein y de su madre, quienes sufren el quiebre producido por la partida del padre y del esposo, y es a partir de entonces cuando entre ambas se teje una relación inusual, marcada por el dominio materno, por querer hacer de su hija lo que ella considera es el canon en una familia acomodada, y esto, como se percibe en las páginas, genera fricciones, que buscan ser amortiguadas desde el miedo y la imposición: un control que impacta a Liza desde lo emocional y afectivo, y la convierte en una adolescente que no calza en su propio contexto juvenil, y genera una suerte de escisión difícil de sobrellevar.
La novela nos cuenta, además, del ambiente reinante en un país en el que la mentira y la voracidad oficialista, buscan acallar las voces disidentes; un país en el que nada es, ni funciona como el régimen pretende mostrar al “mundo” más allá del telón de acero, y cuya realidad horada a los habitantes hasta el extremo de hacerlos funcionar de manera maquinal, intentando salir adelante en medio de una farsa erigida en aparato represivo y en gloria patria, pero la realidad es otra: libros prohibidos, narrativa impuesta desde la cúpula a todos los niveles, carencias, abusos y un aire enrarecido en el que la desconfianza se podría tocar con las manos, y en el que el olvido (hacerse el de la vista gorda) era casi necesario para seguir adelante.
Pero, la novela es también política: toda aquella realidad no es un mero telón de fondo: en el medio del escenario yacen los personajes, quienes viven y siguen con sus vidas a pesar de todo, y la clave es, qué duda cabe, la educación que recibe Liza por parte de su madre, que replica el statu quo, que sigue unas pautas (el establishment), que implanta un modelo en el que la severidad contrasta con el profundo amor materno, porque todo es “para su bien”: para insertarla en un medio en el que no podrán quedar cabos sueltos ni tareas por hacer, una educación profundamente controladora, no solo de acciones (u omisiones) y movimientos, sino de lo que se piensa, de lo que se siente, de lo que late muy dentro como llama vital y en donde debería anidar la fe y la esperanza.
Sí, una educación modeladora, aplicada para hacer de las personas miembros de un inmenso país “todopoderoso”, pero que se derrumba, una educación pasada de generación en generación, que replica, que solidifica mentes; que construye seres y entrega ciudadanos a la patria.
La novela no se queda allí, sino que explora también el pasado (el llamado legado “histórico-cultural”), el retorno a las raíces, la confrontación entre el ayer pre-revolucionario y el presente, pero no se contenta con ello, sino que rompe muchas veces con el relato oficial pro soviético, para dibujar en sus páginas personajes como David, que no se ajustan a la propia dinámica referencial, para abrir atisbos que buscan contrastar: generar puntos de inflexión que proyecten lo que como lava se remueve en las profundidades, y que en pocos años daría al traste con un modelo inviable por obtuso e inhumano.
Medvedkova no pierde oportunidad para recordar al lector, con prosa irónica y lúcida (y muchas veces reflexiva, lo que implica densidad y hondura), la realidad del presente (en todo caso la realidad del 2013, cuando salió por primera vez en Francia, pero que se queda corta con la del 2026), no exenta de regímenes autoritarios, que buscan la hegemonía y la imposición de modelos, que den respuesta a arcaicas ideologías (no hemos avanzado mucho), que dividen a sus dirigentes y sociedades en facciones, en trincheras, en bandos irreconciliables que no entienden de razones sino de pasiones, de allí, me imagino, que Acantilado la haya traído en su maravilloso catálogo, porque cada día cobra peligrosa vigencia en países que, como España, luce un derrotero social oscurecido e hipertrofiado, que no da tregua para el insulto y la estulticia.
Ricardo Gil Otaiza








