“Me abro el tapado. Profundizo. No es cualquier asesino serial, numérico, expansivo, incluyente, ordinario. Si uno no presta la debida atención, Unamuno puede pasar por una persona sin mayores aspiraciones. Pero, claro, hay que saber mirar, porque es una persona que lleva una vida consecuente, pero alarmante. Es paciente. Selectivo. Ascético. Es peligroso. El chupete es una planeada desviación para los que no saben, para los que no quieren saber. El perro dócil es un manifiesto falso de una existencia trivial, resignada. Infiero que la pulsera donde se lee AMANDA fue de su primera víctima. Una mujer abatida, pero joven. Desorientada, sola. Sin posibilidades de resistirse; por lo tanto, fácil. Uñas largas, rojas y descuidadas.”
Esto que hemos leído es de “Las cajas de Unamuno”, cuento incluido en el libro Diecinueve garras y un pájaro oscuro de Agustina Bazterrica, publicado por Alfaguara y que desde el 22 de enero ya está en todas las librerías. En estas historias, donde sobresale una sensación de extrañamiento, de algo inquietante sobre lo que se cuenta, la autora argentina nos lleva al corazón de nuestros miedos, de las fantasías más delirantes y oscuras y también del humor más negro. Textos que cuestionan el amor, la amistad, las relaciones familiares y los deseos inconfesables.
Agustina Bazterrica nació en Buenos Aires en 1974. Es licenciada en Artes (UBA), gestora cultural y jurado de concursos literarios. Publicó los libros de cuentos Antes del encuentro feroz y Diecinueve garras y un pájaro oscuro, y las novelas Matar a la niña y Cadáver exquisito, ganadora del Premio Clarín Alfaguara de Novela en 2017. Con esta última, Bazterrica se consolidó como una autora best seller a nivel mundial, con más de medio millón de ejemplares vendidos. Publicada por las editoriales más prestigiosas de Francia, Finlandia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, entre otros países, Cadáver exquisito fue traducida a más de veinticinco idiomas y aclamada por los principales medios internacionales. The New York Times, The Guardian, The Wall Street Journal, The Washington Post, Le Monde y O Globo se han hecho eco de este éxito con excelentes críticas a su obra y talento. Actualmente, la novela está siendo adaptada a formato audiovisual.
Por Diecinueve garras y un pájaro oscuro, su último y recién publicado libro de cuentos, estamos en la Plaza de las Cortes, en el Hotel Villa Real, para entrevistar a Agustina Bazterrica y que nos lo presente a los lectores de Qué Leer y nos dé, sin esperarlo, una auténtica primicia.
Agustina, si tuvieras que decir a alguien de qué van tus cuentos, ¿qué palabra, con qué adjetivo los calificarías?
Creo que está bastante resumido en el título. Son cuentos que yo quiero que desgarren al lector, que lo toquen de alguna manera. Sobre «El pájaro oscuro», cada lector tendrá que definir qué es. Pero podría darse como la violencia que atraviesa todos los cuentos, como la muerte, como la poesía, como los pájaros digamos literales que están en los cuentos, como el silencio que hay en muchos cuentos, porque yo trabajo con la paradoja… Trato de pensar títulos que tengan hipótesis de lectura.
Estos cuentos hace tiempo que se publicaron, ¿no los has retocado?
Los publiqué primero en 2016 con el título Antes del encuentro feroz en una editorial muy, muy pequeña que, de hecho, no hubo edición, no hubo una mirada curatorial de un editor. Después me pareció interesante trabajarlos con mi editora en ese momento de Alfaguara, Julieta Godelman, que ya se jubiló, y ella me hizo ver algunas cuestiones de los cuentos, por eso cambiamos varios títulos, sacamos epígrafes, hicimos algunos cambios. De hecho, sacamos cuentos. Había un microcuento, que yo había escrito para un concurso, de una frase; lo sacamos porque yo ya había publicado Cadáver exquisito, pero en ese microcuento está el germen de Cadáver exquisito. Yo ya estaba pensando en Cadáver exquisito.
En general, ¿corriges mucho?
Muchísimo. Soy muy obsesiva. Para mí la corrección tiene que ver con el setenta por ciento del trabajo de un escritor. Primero puedo escribir como un borrador o una estructura, un poco el esqueleto de la obra. Y después voy puliendo, puliendo, y se lo doy a personas, a lectores claves para que me den su evolución. Y a partir de eso voy corrigiendo.
¿Y cuándo lo das por terminado?
Acá lo voy a plagiar a Borges [y Agustina se ríe]. Lo voy a citar a Borges que decía que él dejaba de corregir cuando publicaba. Y un poco así es. Yo digo que publico siempre el mejor borrador posible. Pero hoy leo algunos de estos cuentos y «Uy, le cambiaría esto, le cambiaría lo de más allá», porque también uno va evolucionando como lector y como escritor.
Te he preguntado todo esto de corregir porque se nota, o por lo menos a mí me ha dado la impresión, de un estilo muy depurado: directo, preciso, en general, frases cortas.
Yo con los cuentos, creo que son algunos bastante experimentales, tengo distintas búsquedas; y eso en las novelas todavía no se ve porque no escribí tantas novelas. Pero sí es verdad que en los cuentos se ve como el registro. O sea, la manera de contar la historia es tan importante como la historia en sí.
Doy un ejemplo. El cuento “Lavavajillas” está escrito con un español neutro, que a ustedes no les suena tan extraño porque ustedes dicen lavavajillas. Nosotros en Argentina decimos lavaplatos. Para un argentino leer la palabra lavavajillas suena extraño; pero ahí estoy diciendo algo con el registro de ese cuento, estoy hablando de los mandatos impuestos y artificiales que se le imponen a la protagonista, que es una mujer a la que le dicen que se tiene que casar, tener hijos; y en el registro está el artificio de eso también, en el lenguaje. Y así trabajo con toda mi obra.
“Entonces, las veo. Las luces de la avenida Juan Bautista Alberdi se reflejan sobre unas uñas cortadas con la dedicación que sólo se le concede a lo más valioso. El brazo de Unamuno sigue apoyado sobre el asiento del acompañante, y puedo estudiar de manera directa las dos capas de esmalte transparente que aplicó con la paciencia de los obsesivos, con la precisión de los iluminados. Paramos de golpe en otro semáforo, y me inclino apenas para confirmar que las cutículas son impecables. Me emociono y abro la ventana. ¿Qué hubiera pensado Juan Bautista Alberdi de todo esto? No habría podido entender que la verdadera genialidad se concentra en los detalles mundanos, banales, no en los tratados de diplomacia o en la literatura erudita. No habría captado la importancia de lo insignificante. Me acomodo en el asiento. Cierro la ventana, el frío me desconcentra.”
En varios de tus cuentos, Agustina, como por ejemplo “Las cajas de Unamuno” o “Un sonido liviano, rápido y monstruoso” o “Simetría perfecta”, sigues la acción: me refiero a que el protagonista va a tal dirección, viene por tal sitio, mira, pregunta, sube: la acción está muy apegada al protagonista.
Sí, porque en algunos puntos trabajo muchísimo con lo que es la economía de recursos, que también uso eso para las novelas, que es tratar de decir mucho con poco. Y sobre todo me parece que en algunos cuentos si bien puede haber cuentos más metafísicos y de reflexión, como por ejemplo «Arquitectura», que la protagonista es una iglesia gótica directamente y es pura reflexión, casi no hay acción. Sí me interesa en otros ir al punto y me interesa ver a los personajes en acción.
¿Y sabías adónde te iban a llevar los cuentos? Me refiero a, si antes de ponerte a escribir cada uno, sabías cuál iba a ser el final.
En general, sí me pasa que antes de escribir un cuento sé el final. Pero también me ha pasado que sabía el final y después lo cambié, me fui para otro lado porque los personajes me llevaron hacia otro lugar.
A veces empiezo con muy pocos elementos, por ahí una imagen, por ahí una idea muy precaria… que empieza a tomar forma cuando me siento a escribir y cuando corrijo y empiezo a generar vínculos.
En los cuentos de “Diecinueve garras y un pájaro oscuro”, sobresale una sensación de “extrañamiento”, de algo inquietante ante lo que sucede.
Parecen historias casi fantásticas, pero no lo son porque todo lo que yo narro podría ocurrir. Llego al extremo, hay situaciones cotidianas como subirte a un taxi y cruzarte con un asesino serial, pero podría ocurrir. De hecho hubo asesinos seriales taxistas.
O por ejemplo, el protagonista de “Anita y la felicidad”, que piensa que la novia es un alien. Nunca sabemos si la novia es un alien o no. Pero hay gente que lo puede pensar, realmente está convencida de eso… Sí trabajo con ese extrañamiento, pero la realidad también es extraña. A ver, yo vivo en Argentina, que es una realidad completamente bizarra por momentos. Si yo escribo que el presidente de un país habla con el perro muerto, ¿vos me lo creés? Y sin embargo, eso es lo que pasa en mi país. Entonces digo, si querés tomar datos bizarros de la realidad, está lleno. Trump, que ahora quiere invadir Groenlandia, porque no sé. Las excusas que pone y las cosas que dice parecen salidas de un mal guión. Y, sin embargo, es lo que está pasando.
«Tengo un conejo entre las piernas. Es negro. Yo le digo Roberto, pero se podría llamar Ignacio o incluso Carla, pero le digo Roberto porque tiene forma de Roberto. Es lindo porque es peludo y duerme mucho. Le conté a mi amiga Isabel. Le dije: «Isa, hace poco me creció un conejo entre las piernas. ¿Vos también tenés uno?».»
Pero mientras ese extrañamiento, por ejemplo, Samantha Schweblin lo trata desde lo perturbador, Mariana Enriquez desde el horror, tú lo tratas a veces desde el humor, o mejor el humor negro.
Sí. Sí me interesa trabajar con el humor y con la ironía porque me parece que con el humor se pueden decir un montón de cosas desde otro lugar. Y también porque a mí no me interesa trabajar siempre igual. Cadáver exquisito es casi cien por cien oscura y no hay una pizca de humor. Las indignas, mi otra novela, tiene cierta luz. La novela que terminé hoy, hace nada…
¡Oh! Luego te pregunto sobre ella [¡menuda primicia!].
Ah, bueno, pero te quiero adelantar que es una novela llena de humor, la nueva novela. Yo voy para donde me llevan los personajes. Y a veces a donde me llevan es a un lugar de ironía y de humor. Y me interesa, me parece que está bueno manejar esa flexibilidad.
Lo he mencionado como una característica tuya, comparado con otras escritoras argentinas inquietantes. Porque Schweblin, Enriquez, tú, vaya trío, ¿puede haber una generación de escritoras argentinas inquietantes? ¿Lo dará el presente, el entorno?
Mirá, es difícil analizar el presente cuando estás en el presente; pero lo que sí te puedo decir, lo que yo veo es que hay una ola de escritoras, no le voy a decir boom, porque la palabra boom en contexto de literatura tiene una carga muy misógina, porque el boom eran todos varones y dejaron afuera todas las mujeres, escritoras como Clarice Lispector, Elena Garro y otras; pero sí hay una ola de escritoras latinoamericanas, bueno, y también españolas. De hecho, Layla Martínez, que me va a presentar ahora el libro [se refiere a que una hora después de este frío jueves 22 de enero lo presentará en la librería La Mistral]. Yo leí Carcoma de ella hace un montón y me parece brillante. Y también la autora de Panza de burro, no sé si la ubicas.
Claro: Andrea Abreu.
Me parece increíble esa novela… Y en Latinoamérica está lleno: Fernanda Melchor, Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Giovanna Rivero, Pilar Quintana y podría nombrarte un montón más, además de las argentinas. Elena Vilar Madruga en Cuba. Bueno, un montón. Me parece que esta ola de escritoras, lo que cambió con otras épocas, que siempre hubo mujeres que contaron historias, la mayor parte del tiempo no las podían publicar, no las podían escribir, o las tenían que escribir con seudónimos. Pero ahora lo que está pasando es que el público está abierto a las mujeres, cosa que antes no pasaba. Y de hecho sigue pasando, y me lo cuentan amigos libreros, que hay varones que van a la librería y que, si el libro está escrito por una mujer, no lo compran.
Eso se sigue dando. Pero por suerte y gracias, creo, a las distintas olas de los feminismos, una de las cosas que se logró es que la gente amplíe la mente y quiera leer cómo piensa la otra mitad del mundo. Y cuando digo mujeres incluyo también a las minorías. Porque al día de hoy el canon de la literatura es varones, blancos, heterosexuales, occidentales, ese es el canon. Entonces, ese canon se está ampliando y se está diversificando y eso incluye a un montón de mujeres.
Hablando del canon, canon argentino y universal, pronto 40 años de la muerte de Borges, ¿qué decimos?
Borges es el escritor argentino, de eso no tengo dudas. Si bien mi favorito es Juan José Saer. Yo a Borges lo estudio, tomo cursos sobre Borges, porque me parece que su obra es una bestialidad de lo potente, de lo de los caminos que marcó incluso en la ciencia, de cómo se adelantó a cuestiones que se están viendo ahora, de que cada cuento de él es un universo en sí que, cada vez que lo lees, se amplía más y se amplía y se amplía.
Y es como las obras de los genios y las genias, Miguel Ángel. Miguel Ángel vos puedes pasar toda tu vida estudiando la obra de Miguel Ángel y nunca vas a terminar de estudiarla. Lo mismo pasa con Borges, no hay manera de llegar a abarcar toda su obra porque te lleva a tantos lugares que te la pasás toda la vida estudiando. Es un escritor fundamental y brillante a nivel universal.
Y por finalizar, y por ampliar la primicia, ¿cuéntanos sobre tu nueva novela, esa que has terminado hoy y antes has mencionado?
Hoy, hace dos horas, terminé la nueva novela, literalmente. Porque ayer le contaba a Blanca [Establés, de Prensa de la editorial Alfaguara, quien la acompaña en esta entrevista] que ya la estaba por terminar. Pero ayer llegué acá a España, me agarré un jet lag a las 4 de la mañana, me levanté, no me pude dormir más, dije, bueno, escribo.
Cosa que nunca puedo hacer en los hoteles. Es la primera vez que puedo escribir en un hotel. Y escribí, escribí, escribí, al punto que dije paro, porque tengo que por lo menos dormir una hora. No dormí nada tampoco, pero no importa. Y hoy que tuve un descansito antes de ir a una entrevista, la terminé de escribir.
¿Tiene título?
Sí, pero no puedo decir nada, porque hoy la terminé y…
¿La tienes bautizada?
Sí, pero aunque la tengo bautizada, ahora lo que toca es corregir, corregir, porque todo lo que escribí es como que lo tengo que revisar todo, lo tengo que pulir.
Normalmente ese pulimiento, ¿cuánta reducción tiene, mucha? Hay autores que escriben quinientas páginas y acaban dejando sólo ciento cincuenta.
No. En mi caso, como yo trabajo con esta cuestión de la economía de recursos, yo ya lo tengo incorporado. Es quizás más lo que agrego. Como que yo escribo el esqueleto. Porque necesito la trama que me lleve al final que ya había escrito en esta novela.
¿Cómo una especie de super esbozo o algo así?
Claro, una especie así. Y después lo que hago es que voy agregándole carnadura; voy construyendo el universo sensorial. Me fijo en detalles. Hay olores, acá cómo huele esto. No sé, cuestiones de verosimilitud. Cosas que agregué al final deberían estar antes porque, si no, ¿de dónde salió eso? Todo ese tipo de detalles los voy trabajando en las correcciones que, además, como te decía, yo se lo voy a dar a varias personas para que lean esta novela. Que les voy a pagar para que hagan ese trabajo, lo aclaro porque es un trabajo. A Sarah Moses, que es la traductora de mis libros en inglés, que es una lectora excepcional. A Pamela Terlizzi Prina, que es amiga, poeta, escritora, con la que doy talleres. A mi hermana, que a ella no le voy a pagar, pero le pago regalándole libros siempre, que es la persona que lee las cosas y me dice esto es malísimo, esto me encantó, es una gran lectora, pero es como más directa. A mi marido, que es un lector que te hace las preguntas que nadie te hace. A mi maestra de toda la vida, que la conozco hace más de treinta años, Liliana Díaz Mindurry, que además está acá en Madrid ahora, porque vive seis meses en Madrid, seis meses en Buenos Aires. A mi agente, Bárbara. O sea, toda esa gente la tiene que leer antes. Y después, eventualmente, veremos quién la publica. Ojalá que Alfaguara. Y, bueno, la tendrán que leer los editores, ¿no?
Y ya, por ultimísimo, ¿cómo te sientes ahora, después de terminar la novela?
Ahora estoy con mucho sueño, porque no dormí, por un lado. Pero por otro lado estoy como feliz. Porque no me suele pasar que escriba una novela tan rápido. Me llevó un año y un par de meses. Obviamente con la corrección va a ser más todavía.
Pero esta novela fue como… un borbotón, no sé cómo explicarte. Era como que necesitaba escribir en el avión, quería escribir, pero finalmente me dormí, porque dije «no, tengo que descansar», y es como que las imágenes venían y dije «tengo que terminarla, tengo que terminarla» y la terminé. No lo puedo creer, es algo inédito para mí esto.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) Rubén Digilio
Diecinueve garras y un pájaro oscuro
Agustina Bazterrica
Editorial Alfaguara, 192 pp., 18,90 €
Sinopsis:
Con la publicación de Cadáver exquisito (Premio Clarín Novela 2017), Agustina Bazterrica logró dos cosas al mismo tiempo: consagrarse como una de las escritoras argentinas más leídas y respetadas en todo el mundo, y transformar el libro en un clásico instantáneo.
Esa distopía acerca de un mundo casi inhumano, que no cesa de cuestionar nuestro modo de vida actual y que dispara toda clase de preguntas acerca de lo contemporáneo, tiene historia. La autora lleva muchos años escribiendo relatos y cuentos breves, que hoy Alfaguara reedita en este volumen.
Diecinueve cuentos que nos llevan al corazón de nuestros miedos, de las fantasías más delirantes y oscuras y también del humor más negro. Textos que cuestionan el amor, la amistad, las relaciones familiares y los deseos inconfesables. Una lectura absorbente que confirma un estilo y una profundidad únicos en el panorama de la literatura en castellano.







