Malos tiempos para la prensa

Son malos tiempos para el periodismo. Los cambios de hábito a la hora de buscar información de la gente que los alejan de la prensa tradicional, la propia actitud acomodaticia de los medios tratando de no disgustar a los poderes económicos y el descrédito provocado por la mezcolanza de información y espectáculo (zafio), especialmente en la televisión, han hecho que la credibilidad del periodista esté bajo cero. Un descrédito en gran parte merecido.

Hay quienes dicen que con los blogs y las opiniones circulando en todas direcciones en internet ya no hacen falta los periodistas profesionales. Sin embargo, con todos sus defectos torpezas, carencias y clientelismos, la existencia de una prensa sólida sigue siendo uno de los pocos frenos a los abusos de políticos y corporaciones dispuestas a cualquier atropello por mantener su statu quo. Nos lo recuerda el libro de Terry Gould, Matar a un periodista, publicado por Libros del Lince. Se centra en los casos de ocho periodistas asesinados porque insistían en contar una verdad atroz que gente poderosa y miserable no quería que nadie contara. Anna Politkovskaya, Efraín Varela, Guillermo Bravo, Marlene Esperat, Manik Saha, Khalid Asan, Valery Ivanov y Aleksei Sidorov fueron periodistas que no aceptaron sobornos, que no se achicaron ante las amenazas, que no renunciaron a informar hasta el final. Y fueron asesinados, algunos incluso torturados con saña antes de ejecutarlos. Una tragedia, pero también un orgullo para la profesión. Gould señala que sus casos son llamativos por el trágico final, pero que, desplegados por el mundo en periódicos locales, en radios minúsculas, en cadenas de televisión por cable… sigue habiendo cientos de ellos arriesgando la vida por contar lo que las oligarquías y mafias no quieren que se sepa a cambio de un modestísimo salario en vez de aceptar millonarios sobornos. Ellos contribuyen a hacer mejor el periodismo, pero también a hacer el mundo un poco menos injusto. Eso sí, Gould no los muestra con sus virtudes y sus defectos; no son santos, son personas aferradas a sus convicciones y a su trabajo hasta las últimas consecuencias. La lectura del libro es impactante y nos pone ante realidades escalofriantes que no pasan en una película sino en la realidad de todos los días. Recordarlos y recordar su trabajo, como hace Gould, es contribuir a que los miserables no se salgan con la suya.

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Escrito por el sep 6 2010. Archivado bajo Blog, cabecera, head. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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