Antoni Casas Ros: el encanto de ser nadie
“Enigma” (Seix Barral) es el consecuente título de la segunda obra de este misterioso escritor sin rostro, retratado en una única imagen (la que preside estas líneas), cuya ansia de reclusión ha derivado en teorías conspirativas como que podía tratarse de un álter ego de Vila-Matas. Lorenzo Silva mantuvo con él una conversación cibernética e incluso llegó a oír su voz, experiencia que nos relata a continuación. Texto: Lorenzo Silva Foto: Claudio Bagni
Son las 12.35 del 30 de abril de 2010. Es decir, cinco minutos después de la hora estipulada. He quedado con quien dice ser Antoni Casas Ros para mantener un chat en Skype. Lo he concertado a través de la dirección de correo electrónico que me han facilitado Laure Merle d’Aubigné, su agente y la mía, y sus editores de Seix Barral. Es todo lo que me pueden proporcionar de él. Porque, para ellos, Casas Ros no tiene presencia física, ni siquiera rostro. Al menos, eso es lo que me aseguran, y son personas de las que me fío. Con su ayuda, Casas Ros ha accedido a mantener conmigo esta comunicación. Hasta existe la posibilidad de que se avenga a dejarme escuchar su voz, algo a lo que se muestra muy reacio. De hecho, su agente sólo ha hablado una vez con él por teléfono.
Me he creado la cuenta de Skype sólo para esto y me ha llevado un poco más de lo que pensaba. Acabo de llegar de viaje apenas un cuarto de hora antes, desde Cáceres. En los últimos siete días ya he perdido la cuenta de las ciudades por las que he pasado. Me ha costado Dios y ayuda sacar este hueco y llego más apurado de lo que me gustaría a la charla. Tecleo su dirección de Skype y a los pocos segundos aparece en línea. Le pido excusas por el retraso. Lo hago en inglés, que es el idioma que hemos convenido para esta comunicación. Me saluda, cordial, y me dice que no importa, que él tiene tiempo a montones. No puedo evitar confesar que le envidio esa posesión, de la que con mi suma de trabajos, viajes y responsabilidades familiares tan corto ando en los últimos tiempos. Contesta con naturalidad que en este momento él no tiene familia, ni novio, ni novia. Por este orden.
Pero, antes de seguir, habrá que poner en antecedentes al lector desavisado. Antoni Casas Ros es el nombre con el que se presenta el autor de un libro aparecido hace dos años en Francia y traducido aquí el año pasado con el título (traslación literal del francés) El teorema de Almodóvar. De él se sabe, según su propia versión, que nació en el sur de Francia en 1972, de padre catalán y madre piamontesa; que comenzó estudios de Matemáticas y que éstos quedaron interrumpidos cuando sufrió, con poco más de veinte años, un accidente indeterminado que le dejó graves secuelas (todo apunta a una grave desfiguración), por las que ha pasado al menos dos veces por el quirófano para someterse a dolorosas intervenciones. De hecho, al protagonista de su primera novela le ocurre algo parecido, y una de las preguntas que se hace es si se puede tener una vida cuando uno no tiene rostro. Vivió algunos años en Barcelona y en la actualidad reside en Roma, aunque pasa largas temporadas en México. El motivo por el que está de actualidad es la aparición de su segunda novela, de significativo título: Enigma.
Antes de entrar en contacto con él, he hablado con su agente. Fue ella quien recibió un día, por correo, en su oficina de Madrid, el manuscrito de El teorema de Almodóvar. La carta que lo acompañaba decía: “A pesar de mi nombre, soy francés y creo que me he equivocado a la vez de lengua, de nacionalidad y de cultura. Creo que mi universo está mucho más próximo a España que a Francia, y por eso le dirijo a usted mi primera novela. Es la autobiografía de un hombre sin rostro que intenta a través de lo real y lo imaginado comprender si en el centro del vacío hay otra fiesta. La novela se desarrolla un poco como el teorema de Fibonacci, cuya espiral ascensional conduce a ocupar el vacío aparente integrando el espacio”. El texto encubría la cita de un poema del argentino Roberto Juarroz. Y contenía, además, una alusión matemática, a la sucesión de Leonardo Pisano Fibonacci, matemático italiano medieval que urdió una serie numérica en la que cada elemento era la suma de los dos precedentes, de amplia y variada utilidad en el desarrollo ulterior de las matemáticas y de la ciencia. Poesía y matemáticas, dos constantes que, como se verá, conforman el universo del autor.
La agente cayó fascinada ante el libro. Lo sometió a los editores franceses y fue elegido (nada menos) por la prestigiosa Gallimard para su colección NRF. La crema de las letras francesas. De los ejemplares que le correspondían, Casas Ros le pidió a su agente que sólo le enviara dos, uno para él y otro para su madre, porque no conocía a nadie más (su padre, le dijo, estaba muerto). El autor porfió en mantenerse invisible: nunca concertó una cita personal con su agente o su editor, nunca facilitó una fotografía. Sólo andando el tiempo se avino a mandar la extraña imagen que acompaña a este texto, jugando con la idea del ciervo que tiene un papel crucial en El teorema de Almodóvar. Según su afirmación, reiterada, se trata de él mismo. Muchos lo dudan.
De Enigma, cuenta su agente, ha pedido cinco ejemplares. Es de suponer que eso quiere decir que ya conoce a tres personas más. En ese proceso de apertura al mundo, deduzco, acepta hablar conmigo. Trataré de estar a la altura de la ocasión.
Comenzamos hablando de su libro anterior y lo primero que le menciono es que quizá el título echó atrás a más de un lector, porque Almodóvar, es un personaje que en España suscita adhesiones y rechazos casi por igual. Me reconoce que estuvieron pensando en cambiar el título por el de El teorema del deseo, pero al final salió así y no se queja, porque tiene muchos lectores en España, especialmente jóvenes, con los que mantiene fluido contacto a través de Facebook. Como ya me habían adelantado su agente y sus editores, la persona que se oculta tras el nombre de Casas Ros es extremadamente atenta y gentil.
Se me ocurre revelarle que una chica me dijo que creía haberlo visto en Barcelona el día de Sant Jordi y que al gritarle su nombre al individuo en cuestión, que se protegía tras una careta, el tipo se volvió. “No era yo”, replica, “aunque en efecto estaba en Barcelona. Yo voy con la cara descubierta, con unas gafas de sol y un pequeño sombrero, nada más”. A Casas Ros le divierte notoriamente jugar con su misterio. Cuando le digo que mucha gente cree que es un montaje de su agente, que esconde a otro escritor, me responde que lo que está claro es que ese otro escritor no soy yo, ya que está hablando conmigo. “Aunque a partir de ahora pensarán que eres tú, como antes pensaron que era Vila-Matas”. Admito que no había contemplado ese riesgo y se apresura a quitarle importancia. Más serio (o eso creo adivinar), explica: “La gente habla sin leer. Si lo hicieran, verían que no hay comparación posible”. Le pregunto entonces si no teme que le sigan, que le acechen, para desenmascararle. “No”, me contesta, “porque no hay ninguna sorpresa que descubrir”.
Volvemos a su primer libro y a su contenido. Le digo que el posible rechazo que pudiera provocarme el título lo compensó la cita de Juarroz que lo abre y las de Newton que encabezan cada capítulo, esa curiosa combinación de poesía y matemáticas. “Es una buena mezcla cuando no tienes Dios”, sentencia. Esta declaración me lo pone en bandeja para indagar sobre el carácter autobiográfico de la novela. Medita su respuesta y escribe: “Siento que el verdadero Casas Ros se encuentra más en el texto; en la escritura, más que en la historia. Como novela, es una mezcla de hechos e imaginación. Comparto con el protagonista el sentimiento profundo de soledad y silencio, que son muy importantes para mí. Silencio como tiempo para esperar, para no hacer nada, para prepararme para lo desconocido”. Le observo que con estas palabras me recuerda también a la japonesa Naoki, uno de los personajes de Enigma, que ha perdido la voz y observa todo sin relacionarse con nadie. Mi interlocutor asiente: “Sí, a menudo tengo la impresión de que penetro en los objetos o los contemplo desde el espacio, pero nunca en su piel o su superficie”. Y vuelve a la identidad: “Por eso me parece maravilloso ser desconocido: ser nadie para nadie es la puerta para serlo todo. Ser una no-cara, ser sólo una escritura, me parece fabuloso”.
Lo último me ha sonado algo budista y se lo digo. “No sé mucho de budismo”, aclara, “para mí es más bien una forma de materialismo ampliado o de anarcopoesía”. Y, ya que hemos hablado de identidad, me refiero a la cuestión de la nacionalidad: con su mezcla, ¿qué se siente Casas Ros? Me cuenta que en absoluto francés, aunque escriba en esa lengua. “Realmente me siento italocatalán, porque me encuentro a gusto en Barcelona y en Roma, mis dos ciudades favoritas”. Paradojas de la vida, su pasaporte es francés, la parte de su cóctel con la que menos se identifica. “Sí, pero un pasaporte no es nada. Importa el alma”, puntualiza. “De hecho”, me explica, “desde hace tres años me siento mexicano. Pienso incluso en mudarme allí, Me encanta la cultura, el color del cielo, la gente. El tiempo no existe para mí, sólo el espacio, y en México eso es fácil, porque la gente navega de modo natural entre la vida y la muerte”.
“Pero vayamos a Enigma”, recobro el hilo. Le pregunto si me permite ser un poco malévolo. “Por supuesto, también yo lo soy”, responde raudo. Le digo que por el tono, los personajes, la forma de narrar, casi me ha parecido un libro japonés. Murakami en la Barceloneta, le propongo como parodia de título. “Es verdad, tienes razón. En el libro hay ecos de Borges y de Murakami, que es un escritor que me fascina. No era consciente de haberme dejado influir tanto. Es lo que me pasa con los escritores a los que amo, se meten dentro de mí, me hacen temblar, me trastornan el sueño, casi es peor, o más fuerte que cuando me enamoro de un ser humano”.
“Y sobre Barcelona, ¿es Enigma, que transcurre íntegramente en sus calles, y en especial en la Barceloneta, tu homenaje a esta ciudad?”. “Sí. Viví allí, en ese mismo barrio, y voy dos o tres veces al año. En Barcelona me siento como si estuviera caminando por el cielo. De hecho, ahora mismo estoy en Barcelona”. Yo estoy en Madrid, o más concretamente en Getafe, y cuando se lo hago notar me cuenta que estuvo una vez en Madrid. Vino para saber cómo era su agente. Se acercó a la oficina, en la calle Amor de Dios, y vio a través de la ventana a una mujer trabajando entre libros. “Era ella”, le digo, atónito, “porque su despacho se ve desde la calle. ¿Lo sabe?”. Me dice que no, que fue a verla a escondidas, porque quería saber cómo era y le daba vergüenza pedirle una foto. “Me gusta hacer eso, mirar a distancia a la gente a la que amo e irme. Si no veo a la gente, acabo desarrollando extrañas fantasías”.
La hora ya nos acucia (o mejor dicho me acucia a mí, que soy el conejo de Alicia en este cuento en el que él es el Sombrerero ajeno al tiempo). Pero, antes de despedirnos, me da tiempo a recomendarle que vaya por Negra y Criminal, la librería de la Barceloneta que se parece sorprendentemente a la que abre su personaje Joaquim en Enigma y que resulta que no conoce.
Antes de interrumpir la conexión le pido que activemos el chat de voz para poder oírle. Accede sin hacerse de rogar. Oigo una voz inequívocamente masculina, pero dulce y no demasiado grave, que habla un inglés con marcado acento francés y no poca timidez, salpicado con una risa algo nerviosa. Para mí, ahora, Casas Ros es unos libros y esa voz, lo que, por poco que pueda parecer, me convierte en un privilegiado. Si todo esto es un montaje, tienen un actor bastante bueno. Quedamos en seguir en contacto. Pero lo que descubra en adelante ya no será parte del reportaje.









Espero que pronto se publiquen sus relatos aquí en España. Con ellos fue finalista del premio Goncourt de Relatos. Sospecho, por su forma de escribir, siempre tan inquietante, que puede ser en la narración corta donde realmente se luzca este autor. Veremos.
Aplaudo su decisión de ocultarse, en una profesión que lleva adherida la vanidad irremediablemente, pero le recuerdo que si no se deja “ver” de vez en cuando caerá en el olvido, pues los lectores somos infieles por natuleza.