Jack London: Un aventurero metafísico

jack-londonJack London fue el novelista y autor de cuentos más conocido y mejor pagado de su época. Alianza Editorial le está dedicando una “Biblioteca de Autor” y, en Navona, aparece el volumen doble “Antes de Adán” / “La peste escarlata”. De su mano, pues, evocamos la odisea de un intrépido personaje que exploró el Ártico en busca de oro y navegó por los Mares del Sur persiguiendo un sueño. Por Carles Barba

Ha dicho Alfred Kazin, con razón, que “la novela más grande que escribió Jack London fue la historia de su propia vida”. Tuvo, en efecto, una biografía trepidante, cuarenta años (1876-1916) que consumió a todo gas, con espíritu de luchador individualista y fiel a una divisa que dejó formulada muy pronto: “Preferiría ser un soberbio meteoro antes que un planeta dormido y permanente”.
Para entender el frenesí vital que rigió sus actos, hay que remontarse a su nacimiento. Vino al mundo en San Francisco, hijo natural de W.H. Chaney, un astrólogo ambulante al que no conoció, y de Flora Wellman, una chica de buena familia de Ohio que se descarrió tempranamente. A poco de nacer él, su madre, abandonada por Chaney, se casó con John London, que daría su apellido al futuro escritor. La ilegitimidad de su origen y la humillación de criarse en la pobreza van a modelar indeleblemente su personalidad y a hacer de él un joven indómito, en permanente disponibilidad para tomarse un desquite. Quizás los personajes de sus relatos que más se le parecen en esto, sean dos perros, el Buck de La llamada de la naturaleza y Bâtard (que en francés, por cierto, quiere decir bastardo). Como Jack, Buck y Bâtard habrían podido desarrollarse como perros de trineo normales; pero de muy cachorros recibieron sólo golpes y palos, y en ellos despertó enseguida el instinto ciego de supervivencia, la conciencia de que el mundo es un lugar cruel donde no hay más remedio que mostrarse fuerte. Toda la producción futura del escritor (veinte novelas, doscientos cuentos, cuatrocientos ensayos, innumerables artículos…) rezumará de alguna manera un vigor primitivo, el mismo que aprendió a desplegar en sus primeras bregas con la vida.

Nueve meses en el Pacífico
San Francisco será el escenario de la baqueteada niñez de nuestro hombre. La ciudad estaba entonces en plena expansión; los magnates del ferrocarril y los buscadores de oro iban dando forma a un emporio al que acudían miles de inmigrantes deseosos de abrirse camino a orillas del Pacífico. En tal contexto, John London, el padrastro, intentó prosperar como agricultor y adquirió una hectárea en Oakland, al otro lado de la bahía. Flora Wellman, sin embargo, quería un estatus social de mayor tono y convenció a su esposo para que comprase una granja con olivos y viñedos en San Mateo. Jack se criará entre chicos de campo y echará en falta el amor de su madre, que por entonces había retomado el espiritismo, la actividad que le había unido a Chaney. A Jack, de hecho, el afecto femenino le vino de Eliza, su hermanastra, quien le leía a la hora de acostarse y le atendía las heridas que se hacía en la calle. En 1887, los London tuvieron que mudarse a West Oakland, un barrio muy degradado lleno de inmigrantes italianos y chinos, y allí las compañías del pequeño Jack fueron golfillos y truhanes de toda laya. Por entonces, asiste a la escuela Cole Grammar y trabaja hasta las tantas de la madrugada de repartidor de diarios. Afortunadamente, en medio de esta infancia achuchada, va a encontrar un agarradero en su afición a la lectura. La biblioteca pública de Oakland contrapesará sus correrías portuarias y allí saciará su sed de formación tutelado por su bibliotecaria, Ina Coolbrith, una mujer culta que había tratado personalmente a Mark Twain y a Bret Harte. Leerá de todo, desde novelas baratas a clásicos como Los cuentos de la Alhambra de Washington Irving, y su mente se abrirá a otros mundos.
Pero, fuera de aquellas paredes atestadas de libros, ha de lidiar con la cruda realidad. Su familia le manda a trabajar a una fábrica de conservas local, Hickmott’s, y se pasa de pie hasta dieciocho horas seguidas ante una máquina gruñona, en una nave sofocante. Abrumado por esta sobreexplotación, se acostumbra a frecuentar las tabernas del muelle y es allí, en las cantinas del puerto, donde toma sus primeros tragos y donde oye fascinado relatos de balleneros y cazadores de focas.
El contacto con los marineros le decide a mandar a paseo su empleo en la fábrica. A los 15 años, Jack toma en préstamo trescientos dólares de su niñera negra Jennie y se mete en el mundillo de los piratas de ostras. Durante unos meses se dedicará al pillaje con suculentos ingresos económicos y posteriormente se enrolará en el bando contrario, junto a las patrullas que persiguen a los ladrones de gambas y salmón. Entretanto, se ha aficionado a beber y, una noche, tras una buena mona, cae al mar y está a punto de ahogarse. Harto de rodar por los bajos fondos de la ciudad, a los 17 años se hace marinero y se embarca en la Sophia Sutherland, una goleta que toma el rumbo del Mar de Bering. Los nueve meses en el Pacífico Norte van a ser una auténtica escuela de vida para el muchacho. Por un lado, conocerá por sí mismo las emociones marineras leídas en las obras de Stevenson y Melville y, por otro, cuando tenga que intervenir en la caza de focas, se dará cuenta de la bestialidad de que es capaz el hombre, cuando hay dinero contante a ganar. El 26 de agosto de 1893, la Sophie Sutherland echa anclas en San Francisco y Jack vuelve con un intenso fondo de experiencias, que más adelante volcará en El lobo de mar.
El reingreso a su ciudad natal le obliga a buscar empleo y lo encuentra por fin en una fábrica de yute donde hace una jornada de diez horas a diez centavos por hora. Nuevamente se siente embrutecido por un trabajo mecánico e infrapagado y es entonces cuando su madre, advertida de que el diario San Francisco Morning Call convoca un premio literario, le anima a concursar. El hijo se pone a escribir enfebrecidamente un relato, Tifón cerca de la costa japonesa, y gana los 25 dólares del galardón. Flora Wellman se alegra con el triunfo y ve en las dotes del hijo una ocasión de subir socialmente.

El silencio blanco
Pero queda aún un largo camino hasta que Jack London conquiste el éxito y llegue a consolidarse como el escritor más de moda y mejor pagado de Estados Unidos. De momento, y tras dejar la fábrica de yute, ha de palear carbón en una central eléctrica. Rápidamente se harta de esta esclavitud a sueldo y, avisado de que un tal Jacob Coxey organiza una marcha sobre Washington de un ejército de hombres en paro, le falta tiempo para sumarse a ella. Este largo viaje en trenes de carga, durante el que lleva un diario personal, será otra prueba de fuego para su carácter inquieto. Cuando la marcha fracase y sus integrantes se dispersen, Jack seguirá vagabundeando por el país, ávido de horizontes, viviendo a salto de mata, hasta ser encarcelado por trotamundos. De esta andadura bohemia, London regresará a la Costa Oeste convencido de la necesidad de abolir los bienes personales.
A finales de 1894 le tenemos de nuevo en casa de su madre, en Oakland, deprimido y sin un centavo. Aprovecha su desocupación para ampliar conocimientos y se inscribe en el instituto que dejara cinco años atrás. Vuelve también a la biblioteca local y allí descubre el Manifiesto Comunista de Marx, que le corrobora en su creencia de que la sociedad se divide en explotadores y explotados. Se matricula también en la universidad de Berkeley y hace amistad con estudiantes con quienes puede hablar de literatura, entre ellos una joven rubia que morirá poco después de tuberculosis, Mabel Appelgarth. En ese período hace otra lectura decisiva, la de la filosofía de Herbert Spencer, en la que se formula que sólo los más fuertes sobreviven en la estructura social. Cada vez más sensibilizado, se afilia al Partido Socialista Obrero de Oakland y en sus ratos libres se aficiona a boxear.
Y llegó el día en que el explorador George Cormack encontró oro en Alaska. Jack London quedó galvanizado con la noticia y, el 25 de julio de 1897, se puso en marcha hacia el Klondike en un barco que llevaba a cuatro centenares más de ávidos buscadores. Esta expedición le marcará para siempre. El silencio blanco de los bosques, el deshielo del río Yukón, las terribles nevadas y ventiscas, le curtirán y endurecerán. “Fue en el Klondike donde me encontré a mí mismo”, afirmará posteriormente. Del Ártico se trajo, además, material de sobra para sus futuros relatos.
En California le espera una sorpresa: su padre adoptivo ha muerto y a él le toca pagar deudas atrasadas. Sin más dilaciones se pone a buscar colocación. Oposita sin éxito a correos. Se emplea de jardinero, de limpiador de cristales… Y, en sus horas libres, escribe narraciones y las manda a revistas. En enero de 1899, la Overland Monthly le publica un cuento, En ruta, y le paga por él cinco dólares. Por la siguiente historia, le abonan siete dólares y medio. Otras revistas (de San Francisco, Chicago y Nueva York) le aceptan relatos y él empieza a considerar profesionalizarse como escritor. En sintonía con esta voluntad de estabilidad, en abril de 1900 se casa con una maestra, Elizabeth Maddern, que le dará dos hijas y le pasa a máquina sus manuscritos. En ese mismo año aparece su primer libro de relatos, El hijo del lobo, que deviene un éxito. Ello le permite comprarse una amplia casa de campo y notar a su alrededor a una serie de amigos nuevos y bonitas mujeres que le festejan. Su matrimonio no funciona bien y se cartea apasionadamente con una antigua amiga mucho más joven, Anna Strunsky.
En 1903 publica La llamada de la naturaleza, la historia de Buck, un perro que en los páramos árticos vuelve a ser lobo. Y, a su vez en 1904 y 1906, lanzará otros dos best sellers en la misma línea, El lobo de mar y Colmillo blanco, que son desde entonces clásicos juveniles. Jack London ya ha alcanzado la gloria soñada y con razón puede firmar orgullosamente sus cartas privadas como Wolf (“Lobo”).

“La locura de London”
La suerte va a sonreírle también en el plano sentimental. Su fama atrae a las mujeres, que acuden en tropel a su recién comprado yate, el Spray, sin rehusar tratarle más íntimamente en su camarote. Entre ellas, London va a conocer a la que será su pareja fija hasta la muerte. Se llama Charmian Kittredge, es estenógrafa y trabaja de secretaria de uno de sus editores, George Brett. Jack va a encontrar en ella a la compañera y camarada ideal, con la que compartir cama, aventuras y toda clase de discusiones. Charmian será la mujer con agallas que le secunda incluso en sus quimeras. Naturalmente, el matrimonio con Bess Maddern se viene abajo y, tan pronto se formaliza el divorcio en 1905, Jack se casa con su nuevo amor y se compra un rancho de 130 acres en Glen Ellen, Sonoma. Como no puede pagar todo lo que vale (7.000 dólares), pide a su editor un adelanto, prometiéndole a cambio precisamente la novela Colmillo blanco. El 18 de abril de 1906, él y Charmian estaban durmiendo en Glen Ellen cuando una terrible sacudida les lanzó fuera de la cama: se acababa de desencadenar el seismo más devastador de la historia de Estados Unidos. Jack cabalgó hasta su ciudad natal y pudo divisar la apocalíptica destrucción. Se juró no escribir sobre ello, pero la revista Collier’s le convenció de que lo hiciera (pagándole una suma considerable) y él elaboró un reportaje que tuvo un gran impacto.
El dinero verdaderamente se le hacía cada vez más necesario. Y no sólo porque, con cada nuevo libro, podía añadir trescientos o cuatrocientos acres más a su hacienda. Ahora, Jack y Charmian han resuelto dar la vuelta al mundo con un velero, el Snark, y, para costear el proyecto, él escribe desde las cinco de la mañana hasta bien entrada la noche. Bajo esta presión produce El telón de hierro, una novela visionaria que profetiza los fascismos del siglo XX (y de la que vendió 50.000 ejemplares) e, inmediatamente después, Antes de Adán, la historia de un chico que sueña que nace en la época prehistórica. A continuación contactó a varios editores para que patrocinasen su vuelta al mundo, que calculaba completar sin prisas en siete años. En 1907 ya se había gastado en el barco la friolera de 20.000 dólares y la prensa hablaba de ello como “la locura de London”.
El Snark finalmente pudo botarse y Jack y Charmian se sintieron coprotagonistas de un sueño cumplido. Él asumió los roles de capitán, timonel, médico y anfitrión, y esta sobreactividad la resistió atizándose buenas dosis de alcohol. Durante dos años, el Snark recorrió los Mares del Sur y recaló en Hawaii, Tahití, Bora-Bora, Fiji y Samoa, aportando por ende a su navegante preciosos materiales para sus ficciones. Pero la travesía acabó como el rosario de la aurora. El Snark llegó a Australia muy maltrecho y el propio London desembarcó enfermo de cierta gravedad. Él y Charmian hubieron de malvender el barco y regresar a América con un vapor.

Alcohol, drogas y muerte
Sin embargo, la aventura fallida no hizo escarmentar a London, que, nada más pisar suelo californiano, se arroja a otro proyecto megalómano: la edificación de un superrancho, constituido por un palacio y una granja enormes, al primero de los cuales pone por nombre naturalmente Wolfhouse. Contrata a una cincuentena de trabajadores y los emplea en viñedos, una central lechera y en la cría de cerdos y ovejas, a los que alberga en sofisticados establos. Desgraciadamente, esta súper empresa agraria sufre un serio revés cuando en 1913 un incendio arrasa las dependencias y las deja reducidas a cenizas. 70.000 dólares se esfuman en un solo día y las deudas se acumulan en el debe del escritor, cada día más abotargado por el alcohol y las drogas.
Es en este período de declive cuando London paradójicamente produce sus novelas más autobiográficas. Durante la expedición a bordo del Snark ha estado escribiendo Martin Eden, la historia de un joven que intenta escapar de una posición de clase inferior labrándose una carrera de escritor. La crítica acogió mal la obra, pero el libro llegó a vender un cuarto de millón de ejemplares en tapa dura y hoy se la considera la ficción de más calidad y ambición que salió de su pluma. London hizo una obra todavía más confesional y descarnada con John Barleycorn, el relato de sus años de bebedor pertinaz.
“Voy a vivir cien años”, le anunció una vez Jack London a Charmian mientras navegaban por la bahía de San Francisco. Se equivocaba: viviría sólo cuarenta y los dos últimos estuvieron empedrados de infortunios. Su peso aumentó. Contrajo una uremia. Le asaltaron ataques de reumatismo. Y, a pesar de tantos achaques, siguió escribiendo mil palabras diarias. Al final, las sustancias que tomaba para mantener su cuerpo (opio, arsénico, heroína y morfina) terminaron minando su salud. El 21 de noviembre de 1916 tomó una sobredosis de morfina y ya no se levantó más. Al día siguiente, en los muelles de San Francisco por donde él había malvivido de niño, los vendedores de periódicos gritaban su muerte. Y, en Europa, la noticia de su fallecimiento desplazaba incluso a la del emperador Francisco José de Austria, que había agonizado un día antes.

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Escrito por el mar 20 2009. Archivado bajo Galería. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

2 Comentarios por “Jack London: Un aventurero metafísico”

  1. Aylín

    Hola esta muy buena la información y todo .. Pero quisiera que me ayuden con la siguiente pregunta:
    - ¿cual es el contexto de producción de la obra Colmillo Blanco?

    Ayudemen por favor!!!

  2. Francisco J

    Qué buenos ratos me ha hecho pasar este cabrón, qué pena que no lo hubiera descubierto en mi adolescencia. En aquella época pensaba que En la carretera de Kerouac era lo mejor que se había escrito como novela de viajes.

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