Las intersecciones de Pablo de Aguilar

Antonio G. Iturbe

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En el mes de mayo publicamos en Qué Leer la edición no venal de Los pelícanos ven el Norte, donde Pablo de Aguilar (un manchego con una especial habilidad narrativa para mezclar lo sorprendente con lo cotidiano) nos llevaba por las carreteras norteamericanas en busca de un amor de infancia. Yo, que ya he estado de jurado en unos cuantos premios, sé por experiencia que muchas veces los premios no los ganan los libros más brillantes. Simplemente es una cuestión lógica de consenso en las votaciones: los libros más brillantes suelen gustar arrebatadoramente a unos pero crear urticaria a otros. En cambio, hay libros que tienen un buen nivel pero son más planos, menos rupturista, con menos aristas y por eso no molestan a nadie y a veces es el libro que se llva el premio porque obtiene el consenso del jurado; a veces eran la tercera opción, pero se convierten en la primera aplicando el principio cuántico de “ni lo tuyo ni lo mío”. En el caso de Los pelícanos ven el Norte no fue así. Había libros más cómodos, pero se premió al libro más brillante, con su toque de atrevimiento, pero el jurado se decidió por el mejor sin atender otro criterio que el del talento. Un libro que, seguramente no por casualidad, está en la línea del ganador del año pasado, Jorge Berenguer Barrera con su Círculos de tiza. Jorge Berenguer también tiene una gran capacidad para crear personajes aparentemente extravagantes pero que resultan muy tiernos y seductores. Tras la publicación de Círculos de tiza en Qué Leer, la editorial Lengua de Trapo publicó Los formidables Kalandrian.

Ahora la editorial Inéditor confirma que Pablo de Aguilar es un escritor maduro con la publicación de Intersecciones y vemos cómo los ganadores del Premio  Volkswagen-Qué Leer van abriéndose paso en la selva editorial. Intersecciones es una novela con un planteamiento singular y atractivo: Fulgencio es un plácido señor de clase media que al salir del supermercado no encuentra su coche en el aparcamiento y al ir a la policía a denunciarlo en comisaría se lo toman a chufla y lo confunden con un vagabundo. Lo que parece una confusión se convierte en una pesadillesca realidad: en su casa hay gente extraña y todo el mundo da por hecho que él es el indigente Fulgen. Tendrá que rendirse a la evidencia y ocupar su nuevo lugar en el mundo en un banco del parque. Averiguará que se ha producido un cruce de dimensiones: esas decisiones que fuimos tomando nos llevaron hacia una determinada vida, pero las otras vidas cuyos caminos no tomamos siguieron hilándose en mundos paralelos. Una teoría tan plausible como cualquier otra. Fulgencio ha cruzado de una a otra y no puede volver. Además de verse de golpe en el mundo denigrante de los vagabundos y el shock de haber perdido todo lo que tenía, le vienen pisando los talones unos policías turbios que le reclaman un botín que al parecer en su versión Fulgen afanó y escondió. En medio de una vida en el vertedero en la que está a punto de hundirse, encuentra una mano amiga. Nanas es una mujer deteriorada, mellada y con un pelo de estropajo. Pero si su pelo es de alambre, su corazón es de algodón. Un personaje que merece estar en ese cielo de los personajes literarios que permanecen vivos para siempre en nuestra memoria. Una novela de planteamiento fuerte pero de resolución suave que atrapa, entretiene y emociona. No se puede pedir más.

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