Los ojos de la guerra
Redaccion
Libros en primera línea de combate.
Desde hace algún tiempo, muchos corresponsales de guerra han empezado a mirar hacia las editoriales para publicar aquellas crónicas que los recortes de espacio y presupuesto en los medios de comunicación al uso les impiden sacar en prensa. Es la gran migración de los periodistas y una buena oportunidad para conocer literariamente la vida en el frente. Texto: Álvaro Colomer
El corresponsal de La Vanguardia durante la primera guerra mundial, Enrique Domínguez Rodiño, escribió en cierta ocasión: “¿Qué pienso de todo lo que he visto? Que es horrible, que Alemania es muy fuerte, que… cuando sea viejo, antes de morir, reuniré mis recuerdos y escribiré un libro inútil sobre la guerra”. La cita, extraída de La revancha del reportero (Diëresis), del periodista Plàcid Garcia-Planas, viene a colación para reflexionar sobre la creciente migración de los periodistas de guerra a las editoriales. Y es que cada vez es más frecuente que, sucedido un hecho de carácter histórico, los corresponsales renieguen de los medios de comunicación al uso y opten por enviar directamente sus crónicas a la imprenta de alguna editorial. De hecho, cuesta tropezar con un reportero que, aun cuando sólo haya cubierto un acontecimiento histórico, no tenga un libro a sus espaldas. “El terremoto de Haití nos ha tocado muy de cerca –comenta Jon Sistiaga, autor de Ninguna guerra se parece a otra (Plaza & Janés)–. Y seguro que muchos de los periodistas allí desplazados, aunque haya sido su primer desastre, serán tentados para escribir su particular Terremoto en la tierra del vudú”.
Al consultar a varios corresponsales de guerra sobre el motivo por el que están empezando a abandonar los periódicos para mirar hacia el mundo editorial, aparece de inmediato el tema de la crisis de los medios de comunicación. La falta de recursos económicos por parte de los principales periódicos del país, así como el desinterés de sus directores por el género de los grandes reportajes, son los dos motivos de dicha fuga de cerebros. “Muchos medios españoles tratan a los reporteros y fotógrafos, sobre todo a los freelance, con muy poco respeto, y además pagan muy mal –explica José Cendón, periodista freelance que en 2008 fue víctima de un secuestro en tierras somalíes, tal y como relata en su reciente Billete de ida (Temas de hoy)–. Eso significa que no saben lo que cuesta hacer periodismo internacional y, en cierto modo, menosprecian el trabajo que realizamos. En este sentido, prefiero los medios ingleses, por su rigor informativo y su respeto hacia los periodistas”.
Así pues, los corresponsales se sienten cómodos en el circuito editorial porque, en opinión de la mayoría, en los libros encuentran cierta libertad para explicar la verdad de la guerra sin tener que seguir unas directrices que, en la mayoría de periódicos, les obligan o bien a edulcorar la información o a esquematizarla en demasía. “El corresponsal tiene que sortear la censura de turno, la incomprensión de sus jefes, las limitaciones de espacio del periódico o la dictadura de la audiencia, que a lo mejor prefiere ver Gran Hermano –añade Sistiaga–. Pero todo lo que se queda fuera, lo que no entra en ese momento, lo que no puedes mostrar por prudencia o porque no has encontrado las pruebas suficientes, todo eso, con la suficiente distancia temporal, con la necesaria reflexión y con los análisis críticos que se hacen cuando tienes todos los datos, todo eso es lo que se puede y se debe meter en un libro”.
Por otra parte, se detecta entre estos reporteros un desprecio mayúsculo respecto a la tendencia al espectáculo presente en muchos medios de comunicación: “Si mañana hay un atentado en Kabul, las televisiones o los diarios enviarán a un periodista para que entre en directo y diga ‘estoy aquí’ –resume Olga Rodríguez, autora de uno de los mejores libros escritos en los últimos años, El hombre mojado no teme la lluvia (Debate), donde recorre las calles de Oriente Medio mostrando la vida de muchos de los personajes con los que ha ido tropezando a lo largo de su carrera–. Al día siguiente lo traerán de vuelta a casa, para no gastar dinero, y ese periodista no tendrá ni idea de lo que realmente ocurre en Kabul. Si quiere saber qué pasa allí, necesita mucho más tiempo. Pero las empresas informativas no están dispuestas a gastar dinero y por eso están cerrando corresponsalías en todo el mundo”.
Algo similar opina Alfonso Armada, autor de un buen número de libros entre los que habría que destacar sus famosos Cuadernos africanos (Península) y su Diccionario de Nueva York (Península): “Actualmente falta profundidad, espacio y estilo, y una escuela de frío y de calor en la que batirse el cobre y pulir la prosa. Con demasiada frecuencia muchos conflictos se resuelven con trabajos de agencia o de aliño, y cuando hay enviados especiales no siempre se permite al reportero que deje su impronta en el relato de lo que ve, que se meta en el fango el tiempo suficiente para que el olor de la realidad impregne su alma y el periódico. El desinterés por zonas y conflictos olvidados es endémico en la prensa española, en parte por decisiones de los directores, en parte por la cobardía de la infantería de la que yo formaba parte”.
Queda claro, por tanto, cuáles son los motivos que llevan a los corresponsales a decantarse por el mundo editorial. Pero, ¿qué interés despiertan sus libros entre los lectores? Recientemente, en una entrevista concedida al suplemento cultural Babelia con motivo de la publicación de El Día D (Crítica), el historiador Antony Beevor comentó que la gente siente fascinación por los libros de corte bélico porque plantean una serie de dilemas morales que hoy, en la sociedad posmilitar en la que vivimos, brillan por su ausencia. Quizás esta explicación justifique la abundancia de títulos escritos por corresponsales, historiadores o escritores que se han preocupado por los grandes acontecimientos de nuestra historia. O tal vez sólo sea un espejismo y este tipo de libros no tengan demasiado tirón entre la gente de la calle o, mucho peor, entre la propia crítica especializada. “Siempre me llamó la atención que, siendo como fue España el país del mundo con el mayor número de corresponsales destinados en Irak durante la invasión de 2003, los medios de comunicación españoles optaran por destacar los libros escritos por periodistas extranjeros, algunos de los cuales ni siquiera estuvieron allí durante la invasión”, recuerda Olga Rodríguez.
De cualquier modo, resulta innegable que los periodistas anglosajones tienen una tradición mucho mayor que la nuestra en lo referente a la literatura bélica; sin ir más lejos, en España no hay más que tres novelas que aborden el tema de nuestra presencia en Irak. “Es que los anglosajones llevan mucho tiempo trasladando a los libros los reportajes que no caben en prensa –comenta Ramón Lobo, autor de Isla África (Seix Barral)–. Un periodista anglosajón se pasa meses investigando un tema, algo inconcebible en la prensa española. Por ejemplo, Gervasio Sánchez ha tenido que refugiarse en los libros para publicar sus fotos”.
Por otra parte, algunos periodistas opinan que la crítica al desinterés de los periódicos españoles por los grandes reportajes también se puede hacer extensible al mundo editorial. “En España se publican muy pocos libros de corresponsales de guerra –opina Bru Rovira, autor de títulos tan importantes como África: cosas que pasan no tan lejos (RBA) o La vida a tragos: historias de Guatemala (Viena)–. Existen libros sobre distintas experiencias por el mundo, pero yo no conozco ningún libro español que trate realmente de explicar una guerra. Además, la industria del libro es demasiado frágil en España como para encargar buenos libros a periodistas. El periodista sólo recibe de esta industria la oferta de hacer una extensión en forma de libro de su trabajo en los medios. Pero esa misma industria muestra nulo interés para financiar proyectos complejos y ambiciosos, bien escritos, bien pensados, hechos a un ritmo lento, documentados”.
Así y todo, analizando los libros escritos por corresponsales españoles durante las últimas décadas se podría establecer, siguiendo el criterio de Jon Sistiaga, un triple arquetipo de protagonistas: el primero, ejemplificado en la figura de Manu Leguineche, sería el reportero que dirige su trabajo hacia la aventura y el periodismo didáctico, esforzándose por mostrar al lector conflictos lejanos y olvidados; el segundo, nacido tras las guerras de la ex Yugoslavia y encabezado por el Territorio Comanche (Ollero y Ramos) de Arturo Pérez Reverte, creó la imagen del periodista como un tipo duro, maniático, narcisista y sin escrúpulos; y el tercero, que es el predominante en la actualidad, revela a un periodista legitimado para escribir sobre cualquier experiencia que viva, aun cuando no sea un experto en la zona ni haya hecho más de un viaje.
Pero a estas tres categorías habría que añadir una cuarta, en verdad mucho más habitual de lo aparente, representada por los corresponsales que, simplemente, no quieren escribir libros sobre sus experiencias: “A diferencia de algunos de mis compañeros, yo no soy de los que exigen millones de páginas para contar andanzas –dice Alberto Sotillo, referente indiscutible en las corresponsalías–. Hay mucho libro bélico-periodístico pedido de encargo, lo que es muy legítimo y se suele cumplir con mucho pundonor, pero están destinados a tener una vida bastante más breve que la más humilde de las gacetillas. Aunque también hay muy buenos libros de guerras, claro está. Reconozco que he soñado con escribir algo que fuera más allá. Mi desgracia es que, en un momento de mi vida, leí Guerra y Paz y me dije que, como yo jamás sería capaz de escribir algo así, lo mejor sería dejarlo”. Apoyando esta idea se encuentran los periodistas que, simplemente, consideran que los libros jamás tendrán la frescura de los reportajes publicados en prensa diaria. “Algo se pierde en el proceso de encuadernación –dice Plàcid Garcia-Planas, también corresponsable de la edición de Gaziel. En las trincheras (Diëresis), compilación de las crónicas escritas por Agustí Calvet Pascual durante la Gran Guerra–. Yo antes menospreciaba los quioscos y adoraba las librerías. Ahora las librerías me parecen cementerios y los quioscos, pura vida: me encanta que mis reportajes se vendan al lado de una revista porno o de cocina”.
De las tipologías antes expuestas, casi todos los corresponsales muestran un rechazo absoluto hacia la figura del periodista-estrella: “Se abusa cada vez más de esa imagen del periodista como protagonista de una película de acción –apunta Olga Rodríguez–. Sospecho que detrás se esconde la creencia de que los ciudadanos son demasiado tontos como para estar interesados en la realidad tal y como es: las guerras no son entretenidas, no son pelis de acción, y los periodistas no son héroes a los que les ocurren continuamente cosas dignas de ser contadas”. Javier Reverte llama “Heming-way-of-life” al empeño de muchos corresponsales por parecer auténticos aventureros: “No me gustan ni la guerra ni el genero del periodismo de guerra, que en general me parece una payasada macabra. He visto a periodistas hacer cola para fotografiarse al lado de un cadáver y los he visto en los hoteles, al morir el día, enviada ya la crónica, bebiendo whiskies rodeados de putas mientras se contaban sus hazañas. Lo malo es que muchos de ellos han creado una escuela que hace soñar a muchos jóvenes con ser lo mismo”.
Payasos macabros al margen, los corresponsales de guerra merecen todo el respeto de los lectores. En realidad, este mismo reportaje es un ejemplo de su actividad frenética, dado que no hemos podido añadir declaraciones de Mercedes Gallego, autora de Más allá de la batalla (Temas de hoy), donde cuenta sus experiencias como periodista empotrada en las tropas norteamericanas durante la invasión de Irak, porque estaba cubriendo la catástrofe de Haití mientras nosotros hacíamos zapping desde el sofá.

Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros