Pere Sureda, con las pilas puestas
Redaccion
Texto: Antonio G. Iturbe Foto: Marta Calvo
Pere Sureda tenía 14 años cuando pisó por primera vez una editorial para trabajar un verano haciendo paquetes y ganarse unas perras para ayudar en casa. Fue allí donde empezó a husmear entre los libros. Han pasado casi cuarenta años y sigue teniendo cierto aire de niño con el pelo blanco, cierta actitud traviesa de chiquillo que se pone un sombrero fardón y cuenta a todo el mundo que eso del libro electrónico es una milonga.
Fue estudiante de bachillerato por las noches y aprendiz en la distribuidora Les Punxes, de día. Allí trabajó en el almacén, la facturación y el reparto. Y a los 18 años se pateaba las calles como vendedor. Eso es un máster en edición y lo demás son cuentos. La palabra “vendedor” la dice él. Uno, contaminado de lo políticamente correcto, prefiere usar términos como “comercial” o “representante”. Normalmente, los editores parece que nacieron editando a Rilke o Joyce. Pero Pere Sureda cuenta con orgullo que él fue “vendedor de libros”. Y en la calle aprendió algo que nunca ha olvidado: “Se vende lo que se ve, se venden los libros cuando hay pilas de ellos… La compra de impulso es la más importante”. En una época en que los quioscos no vendían libros, él colocó El manifiesto comunista en los once quioscos de las Ramblas. Sureda era de la calle Escudellers y lo de la Barcelona canalla no era para él un debate estético o un caldo de cultivo para la lucha de clases, sino la puerta de su casa. Ese truco de inundar las librerías con pilas de libros para llamar la atención de los lectores lo aplicó cuando tomó mando en plaza en el Grup 62. No le faltaron críticas. Su sistema generaba ventas, pero también devoluciones en tromba y algunas editoriales independientes de mucho pedigrí a las que colocaba la distribuidora de Grup 62, Enlace, no estaban por la labor de apostar por las cadenas de librerías y grandes superficies frente al librero más tradicional.
Tras su salida como editor ejecutivo y tirando a agresivo en Grup 62, reapareció en el Grupo Norma como responsable de un nuevo proyecto donde estaba Belacqva y que actualmente comprende dos sellos de narrativa, La Otra Orilla (más literario) y Mosaico (más de gran público). El Pere Sureda de 2005, más calmado, casi en estado zen, me convenció en su despacho de que los sellos tienen un proceso de fermentación como el vino y que a los autores hay que amamantarlos sin prisas para que crezcan. Le pregunto cuál de los dos Suredas es el verdadero: el arrollador o el paciente. Me dice que los dos. “He aprendido que no trabajo para mí mismo sino para un proyecto y por eso en cada lugar busco la manera en la que puedo hacer lo mejor posible para cumplir con lo que se me ha encomendado”. Pero que no se fíen, no crean que Sureda se ha ablandado. Está tomando notas para el día que se anime a escribir unas memorias “subjetivas” y nos adelanta el título, Ajuste de cuentas. ¿Y después? Pues su sueño para cuando sea mayor es tener un minúsculo quiosquito y vender libros hasta el final. Genio y figura…

Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros
Es alentador saber de comentarios como este. Habemos muchos que escribimos un libro y no tenemos quien nos apoye, entonces nos queda salir a venderlos. Yo, los vendo en las calles, los cafés, los bares. Muchos se sorprenden y piensan que están comprando algo que no vale la pena, es posible que así sea para muchos, pero uno que otro me detenido para decir que le gustó la novela.
Esto me recuerda que Juan Rulfo trabajaba como vendedor de llantas, y las quincenas cuando recibía su paga, se apostaba en una esquina y al primer chaval que veía le decía: Ten con este billete ve a esa librería y compra un libro que se llama Pedro Páramo… es de un tal… Juan Rulfo…