De mis excusas y otros cuentos (y 2)
Hablaba, en la anterior entrada del blog (ésta), primera parte contratante del asunto que nos ocupa, de las “cuatro o cinco colecciones” de cuentos en cuya lectura ando enfrascado. Pues bien, uno fue de letras y de letras seguirá siendo, parece, dado que, entre los tres ya comentados y los tres por comentar, la suma se nos irá hoy hasta los seis volúmenes. De seis nacionalidades diferentes, por cierto. Y de seis estilos también diversos. Así que, sin más preámbulo, conozcamos las obras de género corto que un servidor recomienda encarecidamente para devorar bajo el ventilador, en la playa o en los tiempos muertos de la oficina veraniega.
* Todo arrasado, todo quemado de Wells Tower (Seix Barral) – Este debut le ha valido al canadiense Tower una de las cotizadísimas plazas de la selección “20 under 40″ (esto es, veinte autores menores de cuarenta años a tener muy en cuenta) de la revista The New Yorker. No es de extrañar, ya que The New Yorker lleva ocho décadas y media apostando por lo más granado del relato en las barras y estrellas, y en Tower vienen a confluir los espíritus de Mark Twain, Ernest Hemingway y John Cheever, por no decir (en palabras de Michiko Kakutani, gran referente crítico de The New York Times) Sam Shepard, Frederick Barthelme y David Foster Wallace. En Todo arrasado, todo quemado no hay, pues, grandes sorpresas. Personajes cuyos proyectos vitales se acercan peligrosamente al desastre. Relaciones familiares que representan una fuente constante de frustraciones. Un uso simbólico de la naturaleza… Pero, sin grandes efectismos, con una prosa mesurada y un buen oído para el diálogo, Tower se las arregla para seducirnos y golpearnos como si hubiera sido el primero en servirse de tales mimbres. Se ha dicho de él que logra el efecto de una novela con una décima parte de su extensión. Lo corroboro: estos cuentos son cargas de profundidad en forma de pastillas contra la tos.
* Pájaros en la boca de Samantha Schweblin (Lumen) – De la poética de lo prosaico al drama de la metáfora. Con 32 años, Schweblin pasa por ser una de las voces más interesantes de la nueva narrativa argentina. Pero a lo de interesante debemos añadirle, ipso facto, el adjetivo “perturbador”. Y es que sus historias, mágicas y femeninas como las de Angela Carter, a menudo también rurales y ciertamente amenazadoras, bien podrían haber brotado del sueño enfebrecido de una sudorosa tarde de canícula. Se ha mentado a David Lynch, pero piensen también en un cruce perverso entre Esther García Llovet y el primer Stephen King. Así, el desamor es un campo desolado y nocturno donde las lágrimas pueden tranquilamente transformarse en una marea de rabia y violencia. La maternidad es una partida de caza con resultados aterradores. La adolescencia de una hija amenaza con aniquilar a los gorriones de la zona. Y de cada relato salimos indefectiblemente transformados, por no decir trastornados…
* El elefante de Sławomir Mrożek (Acantilado) – El pasado 29 de junio cumplió ochenta años en el mundo este gran dramaturgo del absurdo polaco (polaco el dramaturgo, que no el absurdo, aunque también). Por ese motivo, Acantilado ha acompañado el lanzamiento de este volumen de espíritu burlón con un opúsculo donde sendos textos laudatorios de Quim Monzó y Francisco Solano se ven complementados con la entrevista que Josep M. de Segarra realizó al autor para La Vanguardia en marzo de 1998. Mrozek fue miembro del Partido de los Trabajadores en tiempos de Stalin, ejerció el periodismo político (tratándose de aquella época al otro lado del Telón de Acero, bien podríamos intercambiar tal denominación por la de “redacción propagandista”) y, en 1958, inició un exilio de casi cuatro décadas que le llevó a residir en Francia, Inglaterra, Italia, México… Es bien sabido que nada como conocer lo ajeno para desdramatizar lo propio, especialmente cuando lo propio se ha exagerado a extremos paquidérmicos pero sigue presentando la consistencia de una bolsa de plástico llena de aire. Así que estas piezas de gran brevedad (algo de agradecer cuando el efecto no acaba de ser redondo, aunque se mueven en torno al ochenta por ciento de efectividad) nacen del ridículo que alimentó las grandes tragedias del siglo XX pero se propagan hasta esta segunda década del XXI (y más allá) merced a su maravillosa, distanciada pero llena de humanidad, sabiduría satírica.









“Pájaros en la boca” de Samantha Schweblin me lo estoy devorando ahora mismito. Estoy de acuerdo contigo en lo que dices de esos relatos. Cada uno de ellos te deja temblando.
Hay tantos libros de relatos en el mercado que es difícil acertar. Con este, de momento, creo que voy por buen camino.
Si no lo has hecho aún, échale un vistazo a los relatos de Felix J. Palma en “El menor espectáculo del mundo”. Éste libro sí lo he terminado y te aseguro que no tiene nada que envidiar a los relatos de Samantha. Otro acierto.