André Breton: activista de la imaginación
“Yo lo pongo en el mismo nivel de Einstein, Freud, Jung o Kafka”, dijo Ionesco a la muerte de André Breton. La reciente biografía de Mark Polizzotti (en Turner) nos lo redescubre en toda su complejidad, como Papa del surrealismo, poeta secreto, fustigador de todo lo burgués y gran vidente. Texto: Carles Barba
El protagonista narrador de Nadja, relato surrealista por antonomasia, se pregunta: “¿Quién soy yo? ¿De qué mensaje único soy portador?”. En efecto, su autor, André Breton, siempre fue un enigma para sí mismo, pero evitó caer preso de su propio yo, convirtiéndose en un “rassambleur d’hommes”, un aglutinador de caracteres afines que sucumbían a su magnetismo. Por lo demás, el inventor de la vanguardia más influyente del siglo XX externamente distó mucho de las maneras iconoclastas y las poses egotistas de un Marinetti o un Tristan Tzara. Tímido pero amigable, Buñuel lo recordaba como un personaje “muy educado y ceremonioso que besaba la mano a las señoras”, y Jacques Prévert aseguraba que, a pesar de su seriedad, las personas a las que supo enrolar en su movimiento le quisieron locamente y lo habrían sacrificado todo por él. También hizo estragos entre el otro sexo –no hay más que ver a sus tres esposas: tres bellezas– pero, a diferencia de otros miembros del grupo con parecido gancho, no se dejó arrastrar por ningún libertinaje. Dotado con una cabeza de tribuno, perfil leonino, ojos verdiclaros y labios sensuales, irradiaba una mezcla de autoridad e integridad personal, siempre estaba dispuesto a echar un capote a los poetas y artistas jóvenes y le encantaba ejercer de puente entre los más diversos creadores, se llamasen René Char, Man Ray, Raymond Queneau, Yves Tanguy o Julien Gracq. Nunca supo entender a Apollinaire, quien una vez, pudiendo intermediar entre Picasso y él mismo, hizo todo lo posible para que no se encontraran.
André Breton nació el 18 de febrero de 1896 en Tinchebray (Orne), en el seno de una familia pequeño burguesa. Su padre era gendarme y su madre costurera. En 1900 se trasladaron los tres a Pantin, en los suburbios de París, y el cabeza de familia ejerció primero de contable y más tarde de subdirector de un negocio de cristalería. Significativamente, en su madurez el escritor no hablaba jamás de esos años, aunque en una ocasión reconociese: “Quizás sea la infancia el período en que nos acercamos más a la vida verdadera”. André se llevaba mal con su madre, una figura autoritaria y religiosa, que por reacción le hizo abominar después de cuanto oliese a clerical. Pudo desquitarse de este mundo de respetabilidad estrecha a los quince años, alumno ya en el colegio Chaptal, donde un profesor, Albert Keim, le descubrió la poesía (Baudelaire, Huysmans y Mallarmé). Se defiende también de la grisura de la existencia gracias a las artes plásticas, otra revelación que ocurre en 1913, en su último curso de liceísta. A los 17 años, le tenemos pateándose los museos y galerías parisinos y saturándose de pintores como Gustave Moreau, Bonnard, Vuillard o Signac. Reticente aún hacia el cubismo, considerará más tarde Les demoiselles d’Avignon como la tela más importante de su época.
En octubre de 1913, Breton se decanta a estudiar medicina al tiempo que publica sus primeras tentativas poéticas en revistas como La Phalange. En agosto de 1914, Francia entra en guerra y, en carta a un amigo, André juzga “ridículo el entusiasmo bélico” de sus compatriotas. No puede evitar que en febrero de 1915 le movilicen y pasa así a trabajar primero en el servicio psiquiátrico de Nantes (donde intima con una persona decisiva en su vida, Jacques Vaché) y después en el hospital Val-de-Grâce de París (donde coincide con otro personaje fundamental para él, Louis Aragon). Breton conoce así de primera mano las diversas neurosis de guerra y empieza a experimentar con las nuevas teorías de Freud. Entre permiso y permiso se arrima a mentores como Valéry o el propio Apollinaire, descubre la librería de Adrienne Monnier en la calle Odeon o se escapa a la Bibliothèque Nationale a leer a un maldito, Lautrémont. En enero de 1919 muere su amigo Jacques Vaché por sobredosis de opio y Breton se consuela de la pérdida con una nueva relación, Tristan Tzara, cuyo manifiesto dadaísta, lanzado desde Zurich, ilustra para él la estrategia dinamitadora a seguir. A partir de ahora, los acontecimientos se precipitan: en marzo, Breton, Aragon y otro escritor en su onda, Philippe Soupault, fundan una nueva revista, a la que irónicamente titulan Littérature. Entre mayo y junio, Breton tiene la revelación de la escritura automática y, con Soupault, redactan a cuatro manos Los campos magnéticos. En julio, aparecen las Lettres de guerre de Jacques Vaché, con prefacio de su amigo del alma. Y, en diciembre, Breton conoce al pintor Francis Picabia, cuyo humor y corrosividad están en sintonía con su propia voluntad de derribar las convenciones burguesas.
A comienzos de 1920, cada vez más comprometido con sus actividades literarias, Breton comunica a sus padres que abandona la medicina. Éstos amenazan con cortarle el subsidio y presionan a Valéry para que le disuada. Es en vano. Breton consigue que Gaston Gallimard le dé un puesto administrativo en La Nouvelle Revue Française. El editor le ofrece otro trabajo: leer en voz alta a Proust las pruebas de su Recherche. Superado el impasse laboral, Breton se encara con una tormenta sentimental: su pareja de entonces, Georgina Dubreil, le monta una tremenda escena de celos y quema sus cartas, libros dedicados y piezas artísticas (entre ellas, un Modigliani y dos Derain).
En cualquier caso, la aventura del surrealismo se olfatea ya en el aire y Breton parece el hombre adecuado para capitanearla. Pero en primer lugar ha de deshacerse del dadaísmo y de su conductor, Tristan Tzara. En un primer momento, Breton, Aragon, Soupault y compañía han usufructuado gustosamente del Dadá su anarquismo destructor y han intervenido en sus espectáculos-provocación. Pero, hacia 1922, Breton intuye que el movimiento ha quedado reducido a una mera agitación estéril y, tras una serie de choques (en uno llegan incluso a las manos), rompe con Tzara. André y su cohorte descubren entonces, junto a la escritura automática, el mundo de la hipnosis y las alucinaciones. René Crevel, Benjamin Péret y Robert Desnos se entregan sin tasa a los sueños diurnos y se ponen a hablar, escribir y dibujar con frenesí de autómatas. Todas estas exploraciones en lo maravilloso, el sueño y la locura terminan despejando el camino para la fundación, en 1924, del grupo surrealista, cuyo programa viene dado por Breton con su célebre Manifeste du Surréalisme. El documento declara la guerra al realismo, a la novela, a la razón e incluso al talento, y afirma la omnipotencia del sueño y de la imaginación. El grupo impulsa además un Bureau de recherches surréalistes y un órgano propio, La Révolution Surréaliste, desde el que fustigan a la religión, la moral, la familia y la patria.
La primera hornada de surrealistas cuenta con nombres hoy sobradamente conocidos: Aragon, Péret, Soupault, Éluard, Leiris, Drieu-la-Rochelle, Crevel, Desnos, Artaud, Masson o Max Ernst, y entre todos quieren cambiar la vida, alcanzar la emancipación integral del hombre. Se reúnen en el apartamento de Breton, en el 42 de la rue Fontaine (donde éste se ha instalado con su primera esposa, Simone Kahn); se les ve en cafés populares como el Grillon del Passage de l’Opéra, el Cyrano o el Certa; concurren al parque de atracciones de Montmartre; se dejan caer en burdeles y cabarets; y los domingos escapan hasta el marché aux puces de Clignancourt, donde hurgan entre objetos perdidos. Reniegan en suma del trabajo y de cualquier tipo de ordenación, y para ellos vivir (como ha notado Maurice Nadeau) consiste simplemente en mirar, escuchar, husmear la atmósfera. Y escandalizar, si a ello coadyuvan las circunstancias.
La expedición del ejército francés contra tribus marroquíes insurgentes politiza de repente al grupo surrealista. Breton lee por entonces el Lenin de Trotsky y juzga el comunismo “como el más maravilloso agente de sustitución de un mundo por otro”. En 1927, con cuatro de sus amigos (Aragon, Éluard, Péret y Unuik) ingresa en el PCF y a raíz de ello se fraguan tensiones en el grupo. Soupault, Artaud y Vitrac no quieren saber nada de ninguna acción política, y otros, como Pierre Naville, la quieren completa. Breton hace imposibles por compatibilizar lucha revolucionaria y búsqueda poética. No quiere ser un pensador a sueldo sino una conciencia libre y crítica dentro de la izquierda. Su escoramiento hacia la política le llevará en 1929 a redactar el Segundo Manifiesto del Surrealismo y a sustituir en 1939 La Révolution Surréaliste por otra revista, Le Surréalisme au Service de la Revolution, en la que se intensifica el tono contestatario de las propuestas. Ahora bien, Breton no va a aceptar de manera disciplinada las orientaciones del PCUS y esta falta de docilidad propiciará más adelante una sonada ruptura con Louis Aragon, que hacia 1932 antepone el comunismo a cualquier otra opción. La adscripción bretoniana al marxismo oficial cesa por fin en 1935 y se escenifica en vigilias del Congreso Internacional por la Defensa de la Cultura reunido en Paris. Una semana antes de la apertura, Breton se encuentra en la calle con Ilya Ehrenburg (que había calumniado a los surrealistas) y le suelta un terrible bofetón. A partir de entonces, se desmarca del régimen soviético, que para él, bajo la dirección de Stalin, “se ha convertido en la negación misma de lo que debería ser y de lo que fue”. Se acerca en cambio cada vez más a Trotsky y, en 1938, en un viaje a México, le llega a conocer personalmente (también conoce a Frida Kahlo). Aprovecha la estancia para constituir con el muralista Diego Rivera una Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente, en la que se defiende que la materia del arte es secreta y no debe someterse a directrices.
Breton venía alimentando esta fe desde antes incluso del primer Manifiesto. Escribir –creía– equivale a dejarse llevar como una brizna de hierba en un torrente y un poema surrealista nace de un orgasmo del lenguaje. Otra de sus convicciones profundas tenía que ver con la mística de las esperas y los encuentros: erraba a menudo por ciertos bulevares de Paris, convencido de que en cualquier esquina le iba a sobrevenir un lance decisivo, tan fortuito como mágico. De hecho, en el relato Nadja, de 1928, va a ejemplificar esta filosofía suya de la disponibilidad y la apertura a signos que devienen ecos de deseos inconscientes. La narración, exenta de descripciones, apoyada en fotos y dibujos, refiere el encuentro casual del protagonista con Nadja, una muchacha misteriosa que, al ser interpelada sobre su identidad, responde: “Yo soy el alma errante”. En lo sucesivo, Breton se aferrará al amor como valor clave de la existencia y, en obras como Los vasos comunicantes (1932) o El amor loco (1937, inspirado por su segunda esposa, Jacqueline Lamba), lo colocará en el centro de su pensamiento. Hasta qué punto creía en su capacidad transformadora, se aprecia en el poema que dedica en 1936 a la única hija que tuvo, Aube (habida con Jacqueline), a la que dice: “Yo deseo que sea usted locamente amada”.Coherente con sus ideas y presentimientos, el padre del surrealismo conocerá en 1943 a su tercera esposa, la chilena Elisa Claro, también al azar de sus deambulaciones, en una calle de Nueva York: “En la gélida calle te veo moldeada en un escalofrío, con tan sólo los ojos al descubierto: eras la propia imagen del secreto” (Arcano 17).
Pero rebovinemos un poco la cinta. Al llegar a la cuarentena, André Breton tiene la satisfacción de ver que el surrealismo se ha internacionalizado, que surgen focos por todas partes. Y, a pesar de su nula afición a viajar, va de acá para allá (Bruselas, Canarias, Londres, Praga), solicitado y aclamado. En 1938 se va a pique otra amistad entrañable, la de Paul Éluard, del que le separan diferencias ideológicas insuperables.
Y estalla la segunda guerra mundial. Breton ve repetirse la orgía patriotera desencadenada en 1914. Una vez más se le moviliza para los servicios médicos (en la escuela de aviación de Poitiers). Después de la invasión alemana, se repliega hacia Marsella y en la villa de Bel-Air disfruta de un interludio pastoral, rodeado de otros refugiados afines, como Max Ernst, Consuelo de Saint-Exupéry, Victor Serge, Wilfredo Lam o Benjamin Péret. Él y su preciosa mujer, Jacqueline Lamba (con la que dio en un cabaret parisino, el Coliseum, donde ella se exhibía desnuda) organizan juegos surrealistas, como el del cadáver exquisito, y Ernst cuelga sus óleos en las copas de los plataneros de la finca. Disgustado por la censura que se le impone a su poema Fata Morgana y a su Antología del humor negro, Breton consigue (a través de Peggy Gugenheim) visado para irse a América. En la primavera de 1941 sale de Marsella y llega a Martinica, donde el gobierno le trata de forma infame. Doble compensación: conoce al poeta local Aimé Césaire y se prenda del exuberante paisaje (también Canarias y el Teide le habían fascinado), experiencia de la que saldrán las páginas de Martinique charmeuse de serpents.
Breton pone finalmente pie en Estados Unidos, país en el que residirá cinco años. Dominaba mal el inglés y –a diferencia de Lorca– no sintió el menor escalofrío ante los rascacielos (se aficionó, en cambio, a las mariposas autóctonas). Corto de dinero, trabaja de locutor en las emisiones francesas de la Voix d’Amérique y, con la ayuda de Marcel Duchamp, organiza una exposición surreralista y funda una revista, VVV. En 1943, tras enamorarse de Elisa Claro y protagonizar una expedición a la península de Gaspe, Canadá, produce otra obra capital en su bibliografía, el poema en clave ocultista Arcano 17, una celebración de la vida, que acaba imponiéndose siempre sobre el dolor y la muerte. De su etapa norteamericana sale también su importante Ode à Charles Fourier, un homenaje al gran utópico social. Antes de regresar a Francia, Breton comprueba que sus dotes de agitador siguen intactas: en Haití da una conferencia que galvaniza a la juventud y hace caer al gobierno de la isla.
Cuando Breton regresa por fin a Francia en 1946, soplan ya otros vientos y todo indica que el surrealismo ha cumplido su papel histórico. Dominan la escena el existencialismo y la filosofía del absurdo, ante lo cual Breton decide orientar su escuela hacia la exploración de las fuentes de la poesía, una tradición de iniciados que incluye a alquimistas, ocultistas y magos. Él mismo, en el apartamento del nº 42 de la rue Fontaine que vuelve a reocupar, tiene una bola de cristal para sus ensoñaciones de vidente. En todo caso, a sus cincuenta y tantos, conserva su fabulosa energía de excitador y en las siguientes décadas promueve de nuevo revistas (Néon, Médium, La Brèche), organiza exposiciones (dos en París, una en Praga, una en Nueva York), firma cuanto documento anti-Establishment se le pone delante (contra la guerra de Argelia, contra la de Vietnam) y sigue sumando obra propia: la antología Poèmes en 1948, la pieza teórica Le Clé des champs en 1953, y Constellations en 1959, un rimero de prosas que acompañan veintidós planchas de Joan Miró. Un año tras otro engrosa con nuevas adquisiciones su colección de arte primitivo y cuadros y objetos surrealistas; y, en 1952, concede unas interesantísimas entrevistas radiofónicas en las que recapitula su vida y reafirma la imaginación y el sueño como vías de acceso al conocimiento supremo. La edad y los achaques tampoco han mermado su sociabilidad y su don para ganarse adeptos. Reanuda las tertulias en cafés estratégicos y, en los veranos, convoca a surrealistas históricos y a otros de nuevo cuño en un pintoresco pueblo de Lot, Saint-Cirq-la-Popie. El intemperante mandarín, que en su momento excomulgó a colegas desviacionistas (Artaud, Vitrac…) y que endosó a Salvador Dalí el anagrama de Avida Dollars en alusión a su carrera crematística, es ahora un sesentón olímpico que disfruta de una afectividad estable con Elisa Claro y que siente por su hija Aube una ternura incontenible (véanse sus Lettres à Aube, aparecidas hace unos meses, en las que se dirige a su niña como “mon petit ange” o “mon soleil levant”). Debido a un asma gradual, a partir de 1963 su salud empezó a resentirse y, tras una crisis cardíaca, el 28 de setiembre de 1966, Breton murió en el hospital Lariboisière de París. Enterrado en el cementerio de Batignolles (no lejos de su compañero de armas Benjamin Péret), en su losa sepulcral hay un epitafio que reza: “Je cherche l’or du temps” (“Yo busco el oro del tiempo”). Fue una pena que su vida no durase un par de años más: habría visto cómo los estudiantes del mayo francés que pusieron el país patas arriba coreaban su nombre y gritaban uno de sus eslóganes: “La belleza será convulsa o no será”.








