Chuck Palahniuk: apóstol de la testosterona
El escritor más visceral de las barras y estrellas se zambulle en la industria del cine porno con “Snuff” (Mondadori), novela con toda la escatología (y los traumas) marca de la casa. Texto: Milo J. Krmpotic’ Foto: Mario Krmpotic’
Sangre de su sangre
A los 4 años, el niño Chuck aprende que de todo acto se deriva una consecuencia: si encajas tu dedo alrededor de una arandela metálica, si luego no puedes liberarlo y se hincha hasta cobrar un tono violáceo, tiene sentido que tu progenitor simule cortártelo de un hachazo sin que tú digas ni pío. A los 7, 8, 9 años, el niño Chuck busca refugio en el sótano junto a sus tres hermanos; pasada la fase de los gritos, sortearán a quién le toca regresar a la casa para ejercer de “Henry Kissinger” y rebajar la tensión entre Carol y Fred, sus padres. A los 13 años, el adolescente Chuck sale del divorcio como parte del magro botín materno. A los 18, le revelan por fin el gran secreto familiar: en su infancia, Fred testimonió desde debajo de la cama cómo su padre asesinaba a su madre para, a continuación, por no dar con él, volarse la tapa de los sesos. A los 37 años, el ya célebre escritor Chuck supera la muerte de Fred recopilando cuanta información puede al respecto: cómo Fred respondía de forma compulsiva a los anuncios de contactos; cómo conoció a través de ellos a Donna; cómo Dale, el ex novio presidiario de Donna, les siguió una tarde, los mató a tiros e intentó quemar los cuerpos para borrar sus huellas; cómo un colchón los preservó razonablemente del fuego, lo que permitió una autopsia con sus fotos y sus grabaciones y sus… A los 39 años, Chuck testifica contra Dale y solicita para él la pena de muerte. A los 40, asiste a una sesión de espiritismo donde las médiums Bonnie y Molly le describen el episodio del dedo y el hacha mientras le insisten en que Fred, de pie a su espalda, se siente terriblemente arrepentido. Para entonces, Chuck ya sabe que de toda consecuencia suelen derivarse otras consecuencias.
La literatura como comunidad
Cuando decimos que el Palahniuk escritor debe mucho a los talleres literarios, la imagen de un Ildefonso Falcones con churretes de grasa no resulta del todo equivocada. Licenciado por la Universidad de Oregon, Chuck ejerce el periodismo brevemente; en cambio, trabaja de lunes a viernes como mecánico en una cadena de montaje y se emborracha de viernes a domingo para olvidar que el lunes debe regresar a la fábrica. Bebido o no, se siente solo. Así que decide hacer algo con su vida. Ayuda en un refugio para los sin techo. Conduce a enfermos terminales a sus sesiones de terapia de grupo. Se apunta a un taller literario para conocer gente y compartir sus primeros relatos. Uno de ellos, la historia del adolescente y la muñeca hinchable de segunda mano que acabará formando parte de Snuff, le vale una invitación a marcharse pero también un consejo. Y seguirlo lo lleva a convertirse en alumno de Tom Spanbauer, a abrazar su concepto de “escritura peligrosa” y a leer La cosecha de Amy Hempel, a cuya imagen y semejanza moldeará un estilo de frases cortas y contundentes, puntuado por leitmotivs que resuenan como balazos en una habitación cerrada.
Su devoción por grupos y asociaciones no se detiene ahí. Se disfraza de Santa Claus en una de las acciones de la Cacophony Society. Tras dos intentos fallidos, triunfa con una novela titulada El Club de la Lucha. En adelante, cada uno de sus proyectos vendrá precedido de una llamada para que amigos y seguidores compartan con él sus vivencias personales sobre el tema en cuestión.
La adicción como respuesta a cualquier tipo de tentación. La muerte como llave hacia la comunión con un extraño. El terrorismo como pasatiempo. Y más… La rabia como afrodisíaco. Una piscina como camino más corto entre la estimulación anal y el descubrirse eviscerado. El sexo multitudinario como opción de suicidio, embolia vaginal mediante… No hay debilidad humana ni escatología que Palahniuk haya dejado de reproducir (o, peor aún, imaginar) entre vómitos grotescos y eyaculaciones de sordidez. Su coartada, mostrar lo que generalmente se esconde, la verdad que testimoniaría un extraterrestre que nos observara omnisciente desde las alturas. Mientras convenimos en que no todas las “verdades” son equiparables a las que han jalonado su biografía, añadiremos que el más difícil todavía que viene presidiendo su carrera comienza a resultar sospechoso. Es la distancia que separa la anécdota real de la leyenda urbana. Al personaje de la caricatura. La obra poderosa que congrega a un público a su alrededor de la broma de mal gusto que sólo alimenta a sus sectores más radicales. Cabe reconocerle a Chuck que ha sabido mantener el sentido del humor; reprocharle que su moralismo cojee cada día más.
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¿Cómo es en la distancia corta este hombre de biografía torturada, apóstol de la testosterona que ha firmado líneas capaces de competir en atrocidad con Las 120 jornadas de Sodoma del divino marqués? En una entrevista con la revista Playboy, preguntado por la idea mansoniana que muchos podrían hacerse de él, comenta que “hago un esfuerzo por destruir esa imagen. Cuando trato con la gente intento que se sientan cómodos. Voy a las lecturas con velos y grandes buqués y, cuando me piden una foto, los disfrazo de novias ucranianas. De repente tienen un ramo de flores en las manos y los estoy acicalando, tocándolos. Es algo muy humano e íntimo”. Aunque quien esto firma nunca se haya vestido de novia ucraniana (por lo menos no frente a Chuck Palahniuk), nuestros diversos encuentros se traducen en una sensación de dulzura y cortesía, sin duda, pero puntuada a su vez por un brillo en los ojos y un torcimiento de la sonrisa que sí parecen apuntar al responsable de obras como la recién aparecida en nuestro país Snuff: Cassie Wright, una actriz porno en decadencia, decide responder a sus demasiados años con una sobredosis de penes; entre los seiscientos hombres que aguardan para penetrarla de un modo u otro encontramos a un actor televisivo gay, a otra estrella del cine adulto en el ocaso y a un muchacho virgen que podría ser el hijo perdido de Cassie. Los malos de la película, se lo avanzamos, son los padres.









