De mis excusas y otros cuentos (1)
[Ante todo, debo disculparme. Por lo poco que me vengo prodigando en este blog, de un tiempo a esta parte. A veces ha sido por la acumulación de trabajo, entre el número de verano y un nuevo extra dedicado a la literatura infantil y juvenil que debería llegar a quiosco en cualquier momento. Pero también ha estado ahí la promoción de mi última novela (otro adjetivo que pueden dedicarle es el de "segunda", aunque sólo en términos adultos), que me tuvo un día concediendo entrevistas y luego me ha conducido por diversos estudios radiofónicos. Y cabe sumar el par de jornadas de vacaciones que me tomé para visitar a mi hermano londinense y, ya de regreso, los vaciados que tenía pendientes: los contenidos de un número para esta misma web, las fotografías de otros dos para el archivo de la revista... Quede constancia, en fin, de que mi silencio no nace de la falta de interés ni se alimenta de la repetición infinita de los goles del Mundial merced a YouTube.]
Ahora que ya saben de mi devoción y dedicación a la causa queleeriana, permítanme que pase a otros cuentos. Concretamente, a las cuatro o cinco colecciones de los mismos que se esparcen entre mi mesilla de noche, mi mesilla de tarde, la mesa de mi despacho… Quizá sea casualidad y quizá sea fruto de una confluencia cósmico-literaria cuya explicación última igualmente desconocemos, pero algunas de las voces narrativas más interesantes que han llegado últimamente a mis manos lo han hecho desde el género corto, esa distancia que esconde en su brevedad tantas trampas y dificultades como la más voluminosa de las novelas. Se las cuento:
* Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny (Acantilado) – Entre lo fantástico, lo absurdo y lo grotesco se encuentra el universo de este autor belga cosecha de 1978. No es una tierra de nadie, pues muchos la han transitado antes y algunos de forma bastante memorable. Pero, aunque no acabe de rematar sus relatos, aunque a menudo parezca que a planteamientos tan clásicos (uno piensa en Borges y de repente se encuentra mentando a Cortázar) les deberían corresponder conclusiones más cerradas y sorprendentes (à la Twilight Zone, para entendernos), el poso de extrañeza en que nos sume su lectura a menudo acaba transformándose, con el paso de las horas, en una fascinación entre aturdida y malsana.
* Los voladores de Peter Stamm (Acantilado) – Si mucho no me equivoco, he leído toda la obra narrativa del autor suizo (por lo menos la que ha sido publicada en España). Tuve también la suerte de conocerlo en persona, cuando Acantilado me invitó a presentar uno de sus libros en el Goethe Institut de Barcelona, pero eso es mera anécdota. Porque el gesto educado y el tono pausado del escritor en vivo ni añadieron ni restaron a la afinidad que, desde la primera línea de Paisaje aproximado, vengo sintiendo hacia su obra. Ya sea en escenarios urbanos o montañosos, ya al pie de un rascacielos de cristal o desde lo alto de un pico alpino, Stamm es un notable narrador de soledades -soledades que, por cierto, no dependen de que sus personajes estén o no en una relación sentimental, como tampoco creo que mantengan gran relación con el signo de los tiempos que nos han tocado vivir: la suya es la soledad que todos sentimos a veces ante la vida y, cuando ésta se apresta a cerrarse de un portazo, ante la muerte-. Lo mismo en el cuento que en la novela, Stamm presenta pequeñas estampas entre la ilusión y el vacío, episodios de contenido universal tratados con humildad, cuyos argumentos se unen y rechazan en mi memoria pero atravesados todos ellos por una sola atmósfera de silencios y melancolías. Piensen en un Bergman menos religioso y teatral. En un Von Trier menos exhibicionista. En la angustia de los filósofos germanos desde una perspectiva más ligera (a la sazón, suiza), igualmente punzante.
* Los imperfeccionistas de Tom Rachman (Plata) – El director de la revista le dedicó ya un post en este mismo blog (aquí) y servidor hizo lo propio en su bitácora personal (aquí). Pero, más allá de su contundente retrato de las miserias del 600 periodístico al encarar las autopistas de la información, la ópera prima de Rachman presenta un valor añadido: su carácter de “novela en relatos”; es decir, el modo en que las distintas historias crecen cuando uno se dedica no a leer el libro y sí a pensarlo. Las peripecias que aquí orbitan alrededor de un periódico romano podrían haberse presentado de forma completamente individual, desligadas del gremio. Pero, al converger breve y puntualmente (la primera en la tercera, la quinta en la octava…), crean ese efecto de vidas cruzadas, revelan una línea de puntos que será trabajo del lector rellenar, con el consiguiente disfrute extra de la obra.
(Continuará…)








