Raúl Guerra Garrido: porque las memorias sueños son
Veterano de la escritura, Raúl Guerra Garrido presenta unas memorias “sui generis” de su experiencia literaria, “Quien sueña novela” (Alianza), con las que ha obtenido el XI Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones. Texto: Begoña Piña Foto: Asís G. Ayerbe
Hora del desayuno. Tras el café con churros, “buenísimos”, un segundo café es la señal no acordada para comenzar la entrevista, una obligación que, como él mismo confiesa en su nuevo libro, “no le entusiasma”. ¿Quién lo diría? Raúl Guerra Garrido, este madrileño con marcadísimo acento donostiarra, es todo afabilidad, risas, sonrisas. Es un hombre con alegría por la vida y lo transmite. Y ello se agradece y se admira. Instalado definitivamente en Madrid, después de amenazas y agresiones terroristas durante demasiados años, Guerra Garrido recorre ahora las calles que paseó de niño en Quien sueña novela.
Presentado como un libro de memorias, en realidad se trata de un juego literario donde las auténticas memorias son las de la experiencia de la escritura. Recuerdos que se mezclan con los sueños del personaje, un escritor que hace tiempo para acudir a una cita. No quiere pensar en nada y eso le da la excusa perfecta para hablar de mil y una cosas. Casi de la misma manera que ocurre con esta entrevista, que el autor sagazmente va convirtiendo en una charla, haciendo extrañas las preguntas.
¿Por qué se empeña la editorial en decir que éste es un libro de memorias?
Esto es lo que a mí me sale de las tripas. Por cierto, una vez dije eso y me llamaron tripero. Lo que le decía Picasso a Buñuel: “¿De dónde te va a salir? Pues de las pelotas, Luis, de las pelotas”. En este caso quería experimentar con los sueños. Lo digo en la novela, ahora en Madrid hay 417 escritores que escriben sus memorias. Muy bien, ya sé que tú también mataste a Franco, pero aparte de eso, ¿qué has hecho? ¿A quién le importa? ¿qué más da que te hayas acostado en las ingles de Madonna o de Maradona? En todo caso, la importancia está en el índice onomástico, donde la gente se mira a ver si está. Aquí quería hacer, salvando las distancias, una parodia de los libros de memorias como alguien hizo en su día de los libros de caballería. De unas memorias a mí me interesaría lo más íntimo, lo más sincero, y eso está encerrado en tus sueños.
Y para eso pone a un escritor paseando…
Eso era la mecánica. Un hombre con un camino a recorrer. Esa frase no es mía, no sé si es de Homero o de John Ford. “Dadme un hombre con un camino a recorrer y yo haré la película”. Pues no, creo que fue Anthony Mann. ¡Que tiene pelotas decir eso y casarse con Sara Montiel! Bueno, pones ese camino a recorrer, alguien que va a una cita y no sabes qué es esa cita, y la excusa de que no quiere pensar en nada. Todo eso hace que los sueños se cumplan con fuerza y da la disculpa para que ese escritor vaya pensando en todo. Es la excusa para escribir mucho.
Y para escribir sobre la literatura.
Pero no era la intención primera. Sueltas esas cosas sobre la literatura porque mi vida ha estado empapada de libros. Mi vida ha sido una excusa para escribir una novela.
“Si un escritor no desnuda sus sentimientos, su corazón no merece ser oído”, escribe. ¿Hay que desprenderse del pudor?
Es lógico. Pero mira, yo lo que sí tengo es una cierta pudicia al toreo de salón. En una reunión de amigos, empiezan a hablar de esta novela y yo cambio de tema. Sin querer se cuentan cosas muy personales. Como las dos anécdotas literarias que cuento de El manantial y La soledad del corredor de fondo, que contienen lo que para mí desde niño han sido los gestos por antonomasia. ¡Ni El Cid Campeador ni la Batalla de Lepanto! Es ese decir: “Ahora no” o “Sí, que yo lo he hecho”. Eso es un desplante torero que siempre me he brindado oculto a mí mismo.
Y escribe: “Me hubiese abierto las venas por ser escritor, ahora también”.
Es que sí, me gustaría llegar a ser escritor.
Eso es una boutade.
Es un sentimiento íntimo y lógico, porque hay cosas mucho mejores, que te gustan más, hay un infinito por delante. No es una boutade.
Venga, usted sí se cree escritor.
Bueno sí, me creo escritor, pero… Decir esto ahora, a estas alturas del partido, ¡si ya estamos en la prórroga! No, estamos en los penaltis y yo ya llevo fallados dos. De jovencito, mi ilusión era o la investigación científica o ser escritor. Intenté ser investigador y pasé a la industria, pero eso no era la investigación y en cuanto pude lo dejé. Y para lo de ser escritor nunca tuve prisa. En 1968 escribí mi primer cuento, sobre la tortura, ¡que me llevaron a comisaría y todo! Y en 1969 salió mi primera novela. Ya no era un adolescente.
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Ya había participado en esa timba de la que quería sacar dinero para libros.
Sí. La librería todavía está aquí en el barrio. Eran unas obras completas que quería, y en cuanto llegué a, ¿qué serían?, trescientas pesetas, me levanté como un villano y me largué. Fue mi abandono del póquer. Tengo más carne de lector que de jugador.
Y si es verdad que el dinero nunca le ha importado…
Ha sido así. El dinero para nosotros, para la pareja, ha sido sólo importante en cuanto cubría nuestras necesidades, que nunca han sido dispendiosas. Luego dejaba de tener interés. Si no, ¿de qué iba yo a estar escribiendo?
Ha conseguido vivir de la literatura.
La novela te da derechos de autor. Pero el escritor vive de los bolos. Ahora empezamos las vacas flacas, pero hubo una época en que se pagaba bien.
También vive de los premios.
Al principio me presenté a algún premio, porque yo no tenía nada que ver con el mundo de la literatura. Gané el Ciudad de San Sebastián con un cuento que está incluido en esta novela, Con tortura. Fue lo primero que prácticamente publiqué en mi vida y ha tenido un éxito loco, ¡le tengo un amor! Así empecé, con el coche inutilizado por una pintada que me hizo la policía que decía: “Hijo de puta”. Me preguntaba: ¿Qué hay que te dé la tarjeta de escritor? Era el Nadal y ahí sí me presenté. Luego, ¿para qué presentarse más? Los demás premios me los han dado. Con el Planeta quedé finalista. Borrás me abordó una noche nebulosa, como de cine negro, en un Festival de San Sebastián: “¿Le interesa a usted ganar el Planeta?”. ¿A quién hay que matar?. Cuando se presentó el Planeta estaba Fernando Quiñones, que me dijo: “Hombre, ¡que ya somos hermanos de leche! Nos han dado la misma leche en el Planeta”.
No conocía a nadie y se fue a ver a Jorge Cela.
Estaba de moda, era la Alfaguara de los Cela. Me soltó la de los editores: “Está muy bien, pero la situación está fatal, no se vende un libro”. Y yo: “Te garantizo que mi libro es tan malo como todo lo que estáis publicando”.
Su España es Expanha, ¿por qué?
La x porque hay muchos españoles que quieren ser ex. Yo me he hecho independentista furibundo, los que no quieran ser que no sean. Y la nh porque hay mucha gente en Portugal y en España que veríamos con agrado que compartiéramos más cosas.
Sin ser memorias, sí menciona hechos importantes en su vida, como el asesinato de López de Lacalle.
Lo quería poner sin hablar del terrorismo directamente. Empecé con ese tema con mi primera narración y he seguido. Y es otra de las cosas que no tengo empacho de meter siempre que puedo. Es mi única arma de combate contra estos hijos de puta.
¿Cuánto ha cambiado su literatura en estos años?
En los primeros escritos y en aquella situación, la literatura era tu único recurso al pataleo, el decir lo que no se podía decir en la prensa era importante. Cuando estaba escribiendo Cacereño me parecía que la preocupación literaria… vamos, que una metáfora era una mariconada. Tardé mucho en darme cuenta de que la eficacia no estaba reñida con la belleza. Y en este libro, no es que esté obsesionado por hacer la buena frase, pero sí quiero un lenguaje hermoso y fluido.
¿También ha cambiado su vínculo con la literatura, las necesidades cambian?
¡Joder que si cambian! Yo he tenido momentos, ya mayorcito, muy duros. La entrada al segundo milenio fue absolutamente patológica, asesinaron a dos amigos míos… no quiero hablar de eso. Y el hecho de estar escribiendo un libro en circunstancias malas y peligrosas me ayudó mucho.
Se ha adaptado a los nuevos tiempos y ha abierto una página web.
Ni la he visto. Es que me llevo muy mal con el ordenador. Aunque antes el ordenador me ganaba por KO sistemáticamente y ahora vamos a los puntos ya. Todos mis amigos jubilados caen en dos tentaciones, una mala y otra horrorosa. La mala es el golf, la horrorosa es ponerse a hacer un blog. No lo puedo entender, que alguien cuente todos los días lo que ha hecho con sus nietos o… ¡Que escriba! ¡Tenemos que salvar el papel!
Confiesa que no le “entusiasman” las entrevistas.
Te molestan los topicazos. Preguntas que hace medio siglo no te molestaban tanto, como “¿Me puede decir cuáles son sus principales obras?”, pues ahora…









