“Daemon”: cuando los ordenadores matan
Parece haber una ley evolutiva del miedo según la cual, cuanto más avanzada es una sociedad, más pequeño y sibilino es el agente que lo desencadena. En “Daemon” (Umbriel), los inofensivos y secundarios programas de ordenador detrás de nuestras tareas más cotidianas planean destruirnos. Nos lo estamos buscando, dice su autor, Daniel Suárez. Texto: Antonio Lozano
Mientras los desastres naturales siguen sembrando de destrucción nuestra realidad cotidiana, alimentando toda una corriente de best sellers que oportunamente convierten el cambio climático en la carta de presentación del Armagedón, proliferan sus opuestos, las armas de destrucción masiva de carácter microscópico o directamente invisible, abstractas y etéreas. La clonación de dinosaurios en Parque Jurásico es de un efectismo y espectacularidad indiscutibles, pero no supone más que una puesta al día científica de la historia de King Kong: bestias traídas por error al entorno humano. De un tiempo a esta parte, nuestros más tenaces enemigos son de fabricación propia, resultan indetectables para el ojo, se expanden sin límites y llevan nombres como los de ántrax o troyano. Entre el surtido de amenazas contemporáneas, ninguna ha superado la fascinación destructiva, la polivalencia de recursos y la paradoja del menos es más que el microchip.
El tecno-thriller –quizás el más efectivo reducto donde la literatura de entretenimiento ha trascendido su presunta inanidad para reflejar el avance científico y paranoico del mundo– ha sostenido todo su andamiaje en ese diminuto componente electrónico. Primero se integraron en circuitos que moldeaban enemigos de un aire tan retro y aún dependientes de la figuración humana como los robots de Isaac Asimov en Yo, robot o Michael Crichton en Almas de metal, o supercomputadoras que se rebelaban, autogestionándose con voluntad caótica, como en el relato El centinela de Arthur C. Clarke o la novela La fortaleza digital de Philip Kerr. La sísmica llegada del cyberpunk patentado por William Gibson trasladó el tablero al ciberespacio. La trilogía fílmica Matrix asombró mostrando cómo el chip se erigía en sumo sacerdote al crear la realidad misma.
El último avispado en sacar provecho literario del hecho de que el ordenador es una extensión de nosotros mismos, que las redes informáticas anudan el planeta y que los hackers nos provocan más temor que un yonqui con una navaja, es el americano Daniel Suárez, asesor independiente de sistemas para empresas, que ha diseñado software para las industrias de defensa, finanzas, alimentación, farmacéutica, seguros y entretenimiento. Todo empezó en 1998, cuando creó una aplicación web que permitía descargarse diferentes condiciones climáticas y atmosféricas para los jugadores de rol online. Los generosos ingresos de la misma le llevaron a pensar que, si se muriera, el goteo de beneficios no cesaría.
El cruce en su mente de los conceptos de computación y Tánatos puso en marcha lo que acabaría llamándose Daemon. En ella, Matthew Sobol, un multimillonario diseñador de juegos de ordenador tan genial como macabro, fallece y quiere arrastrar consigo al resto de la civilización. A tal efecto orquesta, a partir de la publicación en Internet de su necrológica, la activación de una voraz y compleja sucesión de programas letales, capaces de perpetrar asesinatos individuales y de generar ondas de destrucción globales. La clásica alianza entre un triángulo de teóricos rivales –un policía, un agente del FBI y un pirata reformado– buscará cortocircuitar al demonio intangible y goloso, que se relame robando identidades, provocando crisis financieras y consumando crímenes repulsivos.
Por un lado, este cibersuspense sobre un nuevo desorden mundial cumple fielmente con el guión: todo es acción y prisas al servicio de un despliegue de catastrófica tecnología punta (armas láser que procuran descargas eléctricas fulminantes, vehículos sin conductor convertidos en matarifes, computadoras que replican la conducta de los zombis…); los personajes tienen la dimensionalidad de los dibujos animados tradicionales cuando les había pasado una apisonadora por encima; el público realmente objetivo es aquel familiarizado con términos/conceptos del tipo “listado de conexiones IP, spear-phishing, keylogger, Net BIOS, SSDI, servidores Ícaro” y un largo (y no apoyado por un glosario) etcétera; Walter Perks, el productor de películas como Juegos de guerra, Minority Report o A.I. Inteligencia Artificial ha adquirido los derechos cinematográficos; ya dispone de una secuela, Freedom TM, que Umbriel publicará próximamente…
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Por otro lado, la novela resulta de gran interés por suministrar claves acerca de los riesgos potenciales de una sociedad que ha delegado en el ordenador la gestión y solución de una parte descomunal de sus tareas y deberes. Daemon puede verse como la derivación apocalíptica de los gritos que pegamos cuando se nos cuelga el ordenador o se nos borran unos archivos y acudimos al informático con la expresión de súplica del reo ante el verdugo. El libro toma su título del acrónimo de “Disk and Execution Monitor”, que se refiere cualquier “programa de ordenador que se ejecuta en segundo plano continuamente y realiza determinadas operaciones a horas determinadas en respuesta a ciertos eventos”. Estos daemon (queda la duda de si su similitud fonética con el término inglés para “demonio”, “demon”, fue buscada o no) están detrás de cada email que enviamos, cada transferencia de dinero que ejecutamos por Internet, al tiempo que se responsabilizan de cometidos de mayor entidad como, por ejemplo, controlar nuestras centrales eléctricas. La benignidad de estos programas cibernéticos simples y autónomos que conectan el globo se da por garantizada, pero aquí es donde entra la astucia del novelista para cuestionarlo. Daniel Suárez, que asegura haber recibido llamadas del Departamento de Defensa de Estados Unidos tras leerle, considera su obra una llamada de atención. “Deberíamos estar preocupados. La centralización y la interconexión excesivas, que resultan de una búsqueda de la hipereficiencia, aumenta la fragilidad del sistema. El software se ha infiltrado poderosamente en nuestras vidas, llegando a tomar muchas soluciones por nosotros. De forma creciente, los bots –rutinas automatizadas de software– toman la web, manejan el crédito, participan en los escáneres con rayos X y en las resonancias magnéticas… No creo que el riesgo radique en que estos bots acaben asesinándonos, pero sí que generemos un sistema de los mismos que nos acabe encerrando. Nos lo habremos hecho a nosotros mismos”.
Suárez también puede verse como un visionario de la edición: harto de que ningún agente literario aceptara su manuscrito, creó un sello, Vertigo Press, para autopublicárselo bajo el sistema de “print on demand”. Acto seguido, le consagró una website (ww.thedaemon.com) desde la que cortejar a luminarias de Silicon valley y bloggers especializados, los cuales propulsaron las ventas y llevaron a su relanzamiento por un sello del grupo Penguin. Resulta chocante entrar en la web, rebosante de enlaces a apartados de seguridad informática y videojuegos, y comprobar cuánta de la tecnología descrita en Daemon ya está disponible. El que se ría con la noticia de que un físico y ex astronauta del MIT jura haber inventado un cohete que dejará el trayecto entre la Tierra y Marte en unos ridículos 39 días, quizás también habría hecho lo propio si, años atrás, le hubieran hablado de un teléfono móvil que, dotado de reconocimiento facial, con sólo apuntarlo al rostro de una persona nos diera su nombre y al instante un perfil completo extraído de las redes sociales a las que está suscrito. Lo presentó la empresa sueca TAT en el Mobile World Congress celebrado recientemente en Barcelona.









