Pola Oloixarac: ¿cómo existir fuera de los libros?
La escritora argentina se ha convertido en uno de los fenómenos de nuestra temporada literaria con “Las teorías salvajes” (Alpha Decay), una abigarrada sátira del mundo académico y cibernético, de la filosofía y la antropología, narrada por una voz tan arrolladora como ésta que aquí nos habla de la literatura (auto)biográfica. Texto: Pola Oloixarac Foto: Mario Krmpotic’
Solía detestar las novelas autobiográficas. ¿Tienen estos escritores tan poca confianza en su imaginación que deben recurrir al relato –contingente– de lo ya acaecido? Raros como cometas, cualquiera que los frecuente sabe que los cruces genéticos entre escritores y unos atributos socialmente aceptables, ligeramente agradables, tienden a ser excepcionales, y no son pocos los que, a falta de intuiciones literarias más fuertes, se abandonan al cultivo de su alma siniestra, a la espera de los frutos ácidos con los que atraer hacia sí, eventualmente, al resto de los seres humanos, en forma de obra. En cualquier caso, la pregunta de cómo existir fuera de los libros es mi manera de encariñarme con los autores que me gustan; y, en el caso de las historias de sí mismos por ellos perpetradas, ¡cuán niña era yo para comprender que responden a un orden más literario y profundo!
Un poco de veracidad confesional para entrar en tema. Me siento mal leyendo biografías, porque lo hago para detestar a los biógrafos. Sólo la de Truman Capote por George Plimpton (un Götterdämerung coral de chismes, fotos, artículos y más chismes) hubiera deleitado al biografiado, con su galáctica solución de darle voz a todos los satélites para contar la trayectoria del astro. La de Wittgenstein, por Ray Monk, comparte un panteón con las de Diógenes Laercio; que la investigación cerque el sentido del deber ilumina la escritura del raro y brillante Ludwig. La última que leí es la de V.S. Naipaul (El mundo es así, de Patrick French), que juega al juego de las sillas con el biógrafo, que queda en el lugar de la discreción, mientras el propio Naipaul se ocupa de colorear las postales del Naipaul brutalmente hogareño. En general, leo en clave combativa las biografías ejecutadas por otros para batirme a duelo mental con el biógrafo y salvar, en la lectura, la personalidad de mi amado de turno de toda posibilidad de ser reducida a un relato ajeno. Y, en ocasiones, no es uno solo: a veces los biógrafos son millares, ya indistinguibles del sentido común.
Por ejemplo, Kant. Que las señoras del pueblo ajustaban su reloj al verlo pasar en su caminata diaria, de tan puntual; que nunca salió de Königsberg, que su manía por el orden y la pulcritud explican su celibato. Estas anécdotas no son biográficas: son la versión for dummies de la teoría de Kant. De hecho, en su vida Kant conoció algunos pueblos y su carácter escénico está, en sus libros, por todas partes; un nivel de ambición que lo llevó a titular un libro precoz Prolegómenos a toda metafísica futura (Kant, pater familias del punk: no future después de mí, soy el prólogo a todo lo que intenten pensar). Pero la Vulgata biográfica ingresa para humanizar trivialmente a Kant, para resumir pobremente su filosofía en un tipo psicológico de sitcom. En suma, no necesito leer que Descartes fue un valiente espadachín, porque ahí lo veo combatiendo como un caballero medieval contra el “genio maligno” en las Meditaciones; ni necesito reconstruir las viñetas costumbristas de Hobbes y sus enemigos humanos, porque no hay página suya que no revele su metódico y reflexivo horror ante los hombres. Como el pequeño Haley Joel Osment en El sexto sentido, yo veo escritores (¡muertos!¡vivos!) por todas partes: los que navegan el ojo huracanado del espíritu, los que gozan de autoinfligirse el aguijón de la precision; los que persiguen en sus libros la crítica a la razón y las locuras de la imaginación pura.
Pero lo que yo –sexto sentido mediante– no comprendía, y ahora se me presenta con autodemostrativa saña y claridad, es que cuando un autor pasa de respirar simplemente aire a encerrarse en forma de personaje a respirar los vahos de su propia prosa, lo hace movido por una certeza más acérrima que la de imaginar un mundo; viene a transformar el anterior, viene a instalar ese tiempo necesario que distingue la historia, que sí es vana y contingente, de la comedia, que es todo lo demás. Esto requiere una energía cósmica mayor que el diseño diletante del deseo. No podemos saber nada de la vida fuera de la literatura, ni podemos arrinconar a preguntas a sus demiurgos, porque a lo sumo sería como improvisar a los gritos una charla con una cantante de ópera, esperando encontrar ahí el secreto de su voz maravillosa; pero no está ahí, no está cantando. En realidad, no hay manera de existir fuera de los libros, y por eso no debe haber nada más profundamente literario que conjurar un mundo autosuficiente y cerrado para pasear dentro de él y abrir la novela al mundo, porque todo el resto es bestial.
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lei tu libro,aun estoy tratando de digerirlo.vivi ese mundo de filosofia y letras alla por esos años tan lejanos.no logre identificarme con nada ni nadie,pero reconozco que si las criticas son tan buenas es que no lo he entendido.
la tapa de la edicion española es preciosa.en fin,debo tal vez reeleerlo a ver si le encuentro el sentido.
saludos