John Irving: bienvenidos a Irvinglandia
Si el universo literario de John Irving se convirtiera en un parque de atracciones, cada uno tendría que entrar por su cuenta y riesgo, ya que habría accidentes grotescos en cada esquina, niños con historias tristísimas, luchadores con llaves fulminantes, hoteles desmadrados, osos y leones hambrientos y ritos sexuales con trauma garantizado, entre otros cebos. La publicación de “La última noche en Twisted River” (Tusquets), nos invita a desguazar su inconfundible mitología, levantada sobre emociones y actos extremos. Texto: Antonio Lozano Foto: Archivo
Alpha: “Soy un escritor emocional. Mis temas son la pérdida, física o espiritual, el poder de los secretos, las zonas de la infancia que permanecen ocultas, los secretos sexuales, la ausencia de seres queridos…”.
Progenitores desaparecidos
Irving nunca conoció a su padre biológico y creció creyendo que lo había abandonado. Ya de adulto, por la época en que se encontraba enfrascado en el divorcio de su primera mujer, su madre, sin mediar palabra, le lanzó un día un paquete de cartas sobre la mesa del comedor. “Las misivas habían sido escritas por mi padre en 1943, desde una base aérea de India y en hospitales de India y de China, y en ellas quedaba patente su necesidad de verme y cómo esta voluntad topó con el más intransigente rechazo por parte de mi madre”. La actitud de ella lo enfureció, si bien tuvo que reconocer que para su imaginación supuso un reactor nuclear. Desde El Hotel New Hampshire, todas sus novelas (excepto Un hijo del circo) han tratado el tema del padre ausente, ya sea por óbito, desaparición o separación forzosa. La penúltima, Hasta que te encuentre, es en la que lo procesó de manera más autobiográfica. Así las cosas, en Irvinglandia las relaciones maternofiliales crean alianzas indestructibles (El mundo según Garp), las figuras paternas sustitutivas cubren los vacíos (Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra) o las familias salen directamente desquiciadas (El Hotel New Hampshire).
Tragicómicos accidentes
Hay pocos escritores tan conscientes como Irving de que basta un instante para que todo se derrumbe. Nadie como él para dotar de una pátina absurda y grotesca a la tragedia. Hasta nueve percances fatales ha descrito en sus libros, siendo capaz de hacer que el lagrimal del lector estalle con sobrecogimiento y pena (la escena en que se rememora el accidente de coche que siega las vidas de los gemelos de Una mujer difícil) o con risa culpable (la felación y la palanca del cambio de marchas en El mundo según Garp, la india gigante y el cazo en La última noche en Twisted River). En otras ocasiones, no hay que lamentar males mayores y sólo celebrar la ocurrencia macabra, como cuando al reportero televisivo de La cuarta mano un león se le zampa una de sus extremidades superiores en directo y en horario de máxima audiencia.
Sexo improcedente
Sigmund Freud hubiese disfrutado de lo lindo trepanando el cerebro del escritor, en cuyo turbio interior anidan todo tipo de prácticas y deseos lúbricos, en ningún caso aptos para mojigatos o abonados a la postura del misionero. Los adulterios, los ménage à trois y los cambios de sexo reposan en lo más bajo de una escala de transgresiones vinculadas a los bajos instintos que llega a alcanzar cotas sumamente incómodas como el incesto, el bestialismo, la pedofilia o las violaciones en grupo.
Un capítulo aparte merecen los ritos de iniciación en los placeres de la carne que procuran hembras maduritas a pipiolos con acné. Detrás de la obsesión, sin embargo, se encuentra un trauma personal, los abusos sexuales de los que fue objeto a los 11 años. “Fue una amiga de la familia de veintipocos años y se alargó durante tres o cuatro meses. Durante mucho tiempo, no pude entender por qué me atraían las mujeres mayores, por qué de adolescente, y también en la veintena y en la treintena, siempre me tiraban las mujeres que tenían la edad equivocada, que no procedían. Solo más adelante, ya habiendo entrado de pleno en la edad adulta, até cabos”.
Sudar la camiseta
Advertido de que iban a compartir estancia en Nueva York, Haruki Murakami, traductor de Libertad para los osos al japonés, solicitó conocer a John Irving. Éste lo invitó a sumarse a una sesión de footing por Central Park. En aquel trote no coincidieron únicamente dos constructores de intransferibles universos literarios con apego por la excentricidad, sino una misma concepción del ejercicio físico como brazo derecho de la creatividad. No fue en absoluto un capricho del destino que la devoción del narrador americano por la lucha libre arrancara en el mismo momento que su vocación literaria, cuando con catorce años se aficionó a llenar libros de notas con descripciones de conocidos, lugares y objetos. Practicó ese deporte durante dos décadas, para luego ejercer de árbitro y entrenador. Curiosamente, sólo ha encontrado reflejo sobre el papel en la primera etapa (de La epopeya del bebedor de agua a El Hotel New Hampshire) y la última de su carrera (donde ha tenido que compartir protagonismo con el squash). “La disciplina que me impuso la lucha libre me fue muy útil como escritor, ayudándome sobre todo a concentrarme, a bloquear el dolor y las distracciones. Para alguien que completa novelas tan largas e intrincadas resulta clave encontrar esa focalización especial que los que nos dedicamos a esto llamamos ‘visión túnel’. La lucha libre me la dio”.
Acercándose a la setentena, Irving no descuida la puesta a punto. Hace escasos años, un reportaje fotográfico en su suntuoso domicilio de Vermont, en el que reside junto a su segunda mujer y agente literaria Janet Turnbull, lo mostraba transpirando de forma abundante en su gimnasio particular. Sigue exigiendo a sus editores que en las giras promocionales le garanticen hoteles con salas de fitness de lujo.
Decimonónico
A los 15 años, Irving leyó la novela que le conduciría a escribir: Grandes esperanzas de Charles Dickens. Su literatura, expansiva y descriptiva, sostenida en repartos corales y en la ambición por capturar el transcurso del tiempo, encuentra su referente en tótems del XIX como Melville, Hardy o Hawthorne. Como los grandes maestros, su objetivo es “construir mundos completos”. De aquí que venere el concepto de trama, pues “es el engranaje que mueve cualquier buena historia, ya que ésta se construye, supone un trabajo de arquitectura y de estructura”. Si cada novela de Irving es un mundo completo, la suma de todas ellas constituyen un planeta muy marciano, pero de lo más familiar para el iniciado.
El escritor pasó una considerable porción de su infancia correteando por el backstage de un pequeño teatro de pueblo en el que su madre trabajaba como apuntadora. Si las novelas decimonónicas le brindaron la forma, las tablas le inyectaron sentido trágico. Irving subraya con frecuencia el ascendiente que los dramaturgos clásicos griegos tienen sobre su obra y, muy especialmente, Sófocles. La fatalidad inevitable que encierra el ciclo de Edipo, esa idea de que los actos terribles acarrean consecuencias terribles, es un principio motor que disfruta importando a sus textos.
Los maltratados por la vida y los chiflados ocupan un lugar preferente en el corazón de John Irving. Pobres diablos con las manos encallecidas y deslomados de tanto trabajar, huérfanos totales o parciales, prostitutas que conservan la dignidad, viudos y viudas acosados por los fantasmas de los ausentes… comparten pista con individuos circenses, pantagruélicos, bufonescos, de un encanto muy canalla, seres que han sustituido el tornillo que les falta por unos anteojos que trastornan los colores de la realidad. En Irvinglandia, almas vulnerables y locos se topan en ocasiones con osos y mundos cercenados. También proliferan los escritores de variado pelaje, a través de los cuales Irving distorsiona detalles de su propia biografía o brinda un cameo a los colegas con quienes le une una amistad. Ganar un Oscar o conocer a la familia de su padre biológico son episodios que ha prestado a sus criaturas, por lo que no es de descartar que haga lo mismo en el futuro con el cáncer de próstata que le diagnosticaron en 2007 o con el hecho de que sea primo segundo de la profesora Amy Bishop, que este año mató a tiros a tres compañeros de la Universidad de Alabama durante una reunión del departamento.
Irving ha declarado que sus personajes le rondan por la cabeza durante mucho tiempo antes de sentarse a darles forma y que, al acabar con ellos, no tardan en esfumarse. Algunos, sin embargo, encuentran la manera de reencarnarse. El ejemplo más extremo sería el de Melony de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, cuya alma transmigraría con retoques a la de Hester de Oración por Owen; de aquí a la de Emma de Hasta que te encuentre y, por el momento, desembocando en la de La Señora del Cielo de Última noche en Twisted River.
¿Los favoritos de papá? Dr. Larch (Príncipes de Maine…), Dr. Daruwalla (Un hijo del circo), Ruth Cole (Una mujer difícil) y Ketchum (Última noche…).
Nacido en 1942 en la ciudad de Exeter (New Hampshire), John Irving no puso un pie fuera de la región de Nueva Inglaterra a la que pertenece hasta que cumplió los diecinueve, de aquí que ésta reaparezca una y otra vez en sus libros (sólo ha fallado en dos). La calmosa exuberancia de sus paisajes y las estilosas residencias frente al mar contrastan con el desmadre de sus colleges y la excentricidad de buena parte de sus empadronados.
El contrapunto europeo lo pone Viena, ciudad en la que Irving, que habla un correcto alemán, ha residido largas temporadas en varias ocasiones. Presente en siete novelas, la más recordada de ellas es sin duda Libertad para los osos, en la que los tarados Siggy y Graff planean sacar de sus jaulas a todos los residentes permanentes de su zoo.
Hoy el escritor cuenta con domicilios en Vermont, Toronto y Pointe au Baril (Ontario).
“Siempre sé cómo acabarán mis novelas, escribo desde atrás hacia adelante. Empiezo por sistema por las dos o tres últimas páginas, ya que el final establece el tono del conjunto. De esta forma, ya no estoy pendiente de la trama, sino de la escritura, de las palabras. Me hago como una hoja de ruta de la novela antes de escribirla, en un proceso que puede durar hasta dos años. Sólo cuando sé todo lo que sucede y cómo se resuelve, cuando he hecho por completo el trabajo de investigación, me siento a escribirla”.
Si Robert De Niro convirtió su recién musculado cuerpo en un lienzo para que lo asaltaran las cruces que complementarían la psicopatía del asesino Max Cady de El cabo del miedo, John Irving no iba a ser menos hiperprofesional, por lo que, superando su aversión por los tatuajes, se hizo grabar dos, uno en el hombro y otro en el omoplato, para comprobar qué sentiría el organista William Burns de Hasta que te encuentre (novela que, en un primer momento, iba a titularse Marcado por la vida, tomando prestado el lema de la feria del tatuaje que se celebra anualmente en Pittsburgh).
Este gesto indeleble (mientras que los del actor eran de quita y pon) da muestra del celo que el autor pone en la elaboración de sus libros pero, a su vez, el tatuaje se erige en símbolo de su protagonista tipo, alguien que acarrea una huella del pasado, un trauma que no cicatriza.
No fue gratuito que el escritor bautizara el breve recuento de sus experiencias con el séptimo arte como Mis líos con el cine. Adaptar las novelas de Irving resulta tan tentador por el exquisito relleno tragicómico que contienen como frustrante por unas dimensiones cronológicas y humanas que suelen dejar el plato a media cocción. Cinco de sus obras se han llevado a la pantalla grande con muy significativos cortes respecto al original y la sensación que los pasajes de pañuelo funcionaban mucho mejor que los de mandíbula batiente. El escritor ganó un Óscar por el guión de Las normas de la casa de la sidra, que se prestó a redactar porque, apenas acabado Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, supo cómo explicar la historia sin ceñirse a su amplio arco temporal (la novela transcurre a lo largo de quince años; el film, de dieciocho meses); el talón de Aquiles de El mundo según Garp y El Hotel New Hampshire, solventado en el caso de Una mujer difícil al centrarse en el primer tercio del libro.
En la actualidad, y pese a no dejar de comentar lo superficial, falso e inartístico que es el mundo del celuloide, el escritor simultanea la redacción de su decimotercera novela con la de los guiones de Un hijo del circo y La cuarta mano, y otros dos de nuevo cuño.
Omega: “Las novelas han de ser más creíbles que la vida, porque la realidad genera historias que superan la capacidad de entendimiento humano. Por ejemplo, ¿quién podría haberse creído que un pésimo actor acabaría siendo presidente de los Estados Unidos y que llegaría el día en que alguien más negado y estúpido aún accediese a la Casa Blanca? Pues llegó”.









