Carmen Laforet: la escritora que huyó de “Nada”

Anna Caballé e Israel Rolón indagan en la enigmática vida de Carmen Laforet, “Una mujer en fuga” (RBA) desde que a muy temprana edad ganó el Premio Nadal. Una biografía minuciosa y rigurosa, que ha sido galardonada con el Premio Gaziel. Texto: Mauricio Bach

Cuenta Ignacio Agustí en sus estupendas memorias, Ganas de hablar, las interioridades de la primera convocatoria del Premio Nadal, que él sugirió fundar a Josep Vergés y Joan Teixidor, los editores de la revista Destino en la que colaboraba. Agustí le habló del incipiente premio a su entonces vecino en Sitges, César González Ruano, personaje hoy convertido en una nota a pie de página en la historia de la literatura española del siglo XX, pero que en aquel entonces era un periodista y escritor prolífico y bien situado. Enterado de la convocatoria, Ruano se puso a redactar una novela de ambientación sitgetana destinada a ganar el premio, en cuyo jurado contaba con varios amigos. El primerizo galardón arrancaba modestamente y conforme se acercaba la fecha límite para la recepción de originales, no parecía que fuese a tener contrincantes de peso.

Pero, según cuenta Agustí, la tarde del día en que se cerraba el plazo de presentación de originales llegó un paquete que contenía una novela titulada Nada, escrita por una tal Carmen Laforet, desconocida para todos los miembros del jurado. Agustí fue el primero en leerla y le entusiasmó. Llegado el día del fallo, Nada se convirtió en la ganadora de la primera convocatoria del Premio Nadal, La misma noche del fallo, Agustí decidió ir en compañía de Vázquez Zamora a explicarle la decisión a Ruano. Éste los recibió ofendidísimo y les espetó: “¿Pero qué clase de premio es este?¿Dónde se ha visto un premio así en España? ¿Es que pretendéis dar en España un premio con justicia? ¿Es que no sabéis que en España, desde tiempo inmemorial, los premios se han dado siempre a los amigos? ¡Dónde se ha visto que un premio sea para el que nos parezca mejor! Los premios se dan a los amigos, se convocan para los amigos, y así será siempre, afortunadamente”.

La verdad es que, para vergüenza de los premios de este país, las palabras de Ruano no suenan extrañas y podrían haber sido dichas ayer. Sin embargo, la historia daría la razón al gesto de honestidad de aquellos jurados y el Premio Nadal, gracias a éste y otros aciertos –lo ganaron Miguel Delibes en 1947, Rafael Sánchez Ferlosio en 1955, Carmen Martín Gaite en 1957, Ana María Matute en 1959, Ramiro Pinilla en 1960…– se convertiría en una referencia esencial de la literatura de la posguerra.

Carmen Laforet tenía sólo 23 años cuando ganó y aquel galardón pareció caerle como una pesada losa de la que trataría en adelante de escapar, ocultando su vida privada de los flashes y cuestionándose sistemáticamente su talento como escritora. Como dicen los autores, “ganar el premio se convirtió en una trampa mortal… El mundo vino a ella y la confirmó como escritora mucho antes de lo previsto, y lo hizo con una fuerza que, paradójicamente, la empujó a huir de él y de sus exigencias. La huida sería larga”.

En una entrevista confiesa que “a veces me extraña haber escrito esto”, y se expande el rumor de que la jovencísima autora ha contado con la ayuda de alguien. Ese alguien sería el periodista y editor Manuel Cerezales, con el que se casó poco después de ganar el premio, y que fue quien la animó a presentarse. La autora acrecienta el misterio en torno a su persona con su reticencia a las entrevistas, y cuando las concede, sus respuestas son huidizas y en ocasiones desconcertantes. Al periodista Manuel del Arco le habla de su “falta de ganas” para escribir su segunda novela. Cuando Marino Gómez Santos inquiere qué novelistas extranjeros le interesan más, ella contesta: “A nadie tiene que importar lo que yo lea y piense, me molesta que me pregunten”.

De la religión a la bohemia

Después del premio conoce a Ramón J. Sender, que admira Nada, y con él mantendrá un intenso epistolario, publicado en Destino con el título de Puedo contar contigo. Su fama crece cuando Edgar Neville adapta en 1947 su novela, en una versión cinematográfica poco acertada. Nacen sus primeros hijos –llegará a tener cuatro– y, tras un agotador proceso de sucesivas reescrituras, acaba su segunda novela, La isla y los demonios, sobre la que en una carta que le envía a Elena Fortún confiesa: “He terminado la copia de mi novela y me parece malísima”.

Se inicia entonces su amistad con la campeona de tenis Lilí Álvarez, mujer cosmopolita y muy religiosa, que ejercerá una gran influencia en el giro místico que toma la vida de Laforet. En una carta a Elena Fortún dice: “Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexplicable…, es que no se puede no creer en ello”. Y a otra amiga le cuenta: “Rezo el credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz”. También parece ser Lilí Álvarez la persona a la que en una carta muy posterior se refiere como un gran amor no vivido, única referencia a la inclinación lésbica que Laforet parece haber sentido, pero mantenido siempre oculta y reprimida.

La religiosidad está presente en su tercera novela, La mujer nueva, que es también la historia de una emancipación. Es su última obra con Destino, dado que la autora decide abandonar a Vergés, su editor de siempre, y firma un contrato por tres libros con José Manuel Lara para publicar en Planeta. Pero la escritura de la proyectada trilogía será tortuosa, porque, como confiesa en una carta a una amiga, “ser novelista ya no me parece importante (no lo es), y se convierte en una lata”.

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Huida definitiva

El fervor religioso se va difuminando, pero pervive en cambio la mujer independiente, que vive a su aire, con cierta bohemia, ante la cada vez más reprobadora mirada de su marido. Finalmente, en 1970, con 49 años, la escritora toma la decisión de separarse, llevando consigo el sentimiento de culpabilidad por abandonar a sus hijos. Va de un sitio a otro, se aloja en casas de amigas y emprende la definitiva huida de sí misma, que la llevará a instalarse en Roma entre 1970 y 1977. En esa época conoce a Alberti y a Paco Rabal, y a un joven canario sin oficio ni beneficio, Lino Brito, veinte años más joven que ella, que le hará más llevadera la progresiva soledad de sus años romanos.

Entre tanto, la proyectada trilogía se ha convertido en un naufragio en toda regla: Lara consigue publicar la primera novela, La insolación; de la segunda, Al volver la esquina, llegan a existir galeradas, pero cuando están pendientes de la última revisión de la autora, ésta las retiene y no las devolverá nunca al editor; de la tercera, Jaque mate, hay un manuscrito, que Laforet quema en casa de su amiga Loli Viudes. Y una proyectada novela ambientada en el Trastevere romano se quedará en eso, en un proyecto. Laforet enmudece definitivamente como escritora, mientras su situación económica es cada vez más precaria y se ve obligada a dejar su casa romana. Mete su ropa y sus manuscritos en una maleta que le guarda en su casa Lino Brito. La maleta se perderá y, con ella, los últimos textos de Laforet, que regresa a España y, sumida en una profunda melancolía, pasa sus últimos años viviendo en casa de sus hijos y, ya al final de su vida, en varias residencias. Luis Antonio de Villena, que la conoció en aquellos años de ocaso, recuerda: “Me pareció una mujer desolada. Se la veía inestable, insegura, mucho mayor de lo que era, desarreglada, abstraída. Había algo en ella que denotaba una profunda anomalía”. El 28 de febrero de 2004 su fuga permanente llegó a su fin.

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Escrito por el jun 22 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

1 Comentario por “Carmen Laforet: la escritora que huyó de “Nada””

  1. Arkipielago

    Me parece muy trista esta historia, mas aun cuando Nada es una novela que he querido leer desde mas de treinta años y hace solo unas semanas comencé. Siempre tuve la impresión que Carmen Laforet era un personaje enigmático, casi un fantasma. No había trayectoria literaria conocida. En el fondo quizás fuese ella misma un personaje de novela, una mujer que se esconde de si misma.

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