Kate Moss: el “cyborg” que fue icono sociológico

Pese a su físico enclenque, un estilo tirando a vulgar y sus sonados escándalos, la británica Kate Moss lleva más de dos décadas en el Olimpo de la moda. En “Kate Moss Machine” (Península), Christian Salmon lo justifica por su capacidad para mutar y para representar los cambios sociológicos, estéticos y morales desde finales de los 1980. Texto: Antonio Lozano

En cierta ocasión, el artista inglés Alex Katz comentó: “Kate Moss es completamente ordinaria. Eso es lo que la hace extraordinaria”. En opinión de Christian Salmon, el misterio de su éxito es más complejo, paradójico y desafiante. La define como una “rebelde integrada. El exceso asumido. Un nuevo código contradictorio que hace de la transgresión una norma social”. El autor rechaza de plano cualquier intento de buscar en la vida de toda persona que deviene un icono pistas que expliquen cómo se llegó a tan histérica tesitura. Todo lo contrario. “Y es que la biografía no ayuda en absoluto a comprender a una persona que se ha convertido en fenómeno social”. Es más, las invenciones que circundan al personaje, como la anorexia y la adicción a las drogas, los convierten en adalides de la “nosografía”. “No es la vida de Kate Moss la que cuentan las biografías, sino una leyenda escrita con anterioridad y que se repite idéntica, en bucle: el mito no se alimenta de la realidad; construye una nueva, deforme, hiperbólica y, en ocasiones, hasta grotesca.

Sin embargo, debemos acudir a la biografía para establecer una cronología. Verano de 1990. Una adolescente escuchimizada, pecosa y de expresión radiante posa en una playa para el objetivo de su amiga Corinne Day. La sesión se publica en The Face, revista que fija nuevas tendencias, la caja de resonancia de la Generación X, según feliz invención de Douglas Coupland, definida por su desnortamiento existencial, su apego al éxtasis, el electro, lo vintage y el mestizaje de géneros.

(Un paréntesis: Salmon, que es investigador del Centro de Estudios sobre el Lenguaje, sustenta su corpus teórico en el análisis del mundo en torno a la idea de “relato”. Si en su anterior ensayo, Storytelling, publicado también por Península, mostraba los mecanismos narrativos con lo que los más variados instrumentos del poder moldean la realidad para que sirva a sus intereses, la narratividad vuelve a tener mucha incidencia en Kate Moss Machine, espesando en ocasiones la exposición de los hechos con una terminología abstrusa. Para el ensayista, por ejemplo, la Generación X surge como resultado de un “impasse narrativo” o una “degradación del relato”.)

Haraganear y fumar porros

Las fotos de The Face provocan un corrimiento de tierras en la imagen que la moda pregona en ese momento. La exuberancia y el acero que transmiten estrellas como Cindy Crawford o Claudia Schiffer, su imponente físico focalizado en piernas largas y senos turgentes, se encuentran con un delicado guantazo en la cara por parte de una frágil cría que atesora todo lo opuesto. Kate Moss, en palabras de Salmon, encarna el concepto “the waif”, traducible por “la niña abandonada”. “La perfección de las modelos, que alcanzó su apogeo en la década de 1980, se había convertido en algo banal y casi superficial. Habían creado un ideal femenino inaccesible, pero sin sorpresas”. Moss irrumpe como esa sorpresa. Su rostro aniñado, su naturalidad, capturan la atmósfera de la época en Inglaterra. El grunge, la “actitud desganada que presta heroicidad a la vida cotidiana” y el culto a la mezcla envían a galeras al glamour. Es el momento de lo inacabado, lo imperfecto y lo desarreglado. La laca y la gomina cotizan a la baja. Las ojeras y las arrugas, al alza.

La propia modelo no podía definir con mayor desparpajo al nuevo grupo femenino que abandera: “Chicas que están mucho más guapas haraganeando en casa en pijama fumando porros y bebiendo una copa de vino”. En el horizonte de la revolución que estaba a punto de desencadenarse se divisaba una sofisticación transversal –“Ya no había ni ropa de día ni vestido de noche, no había diferencias entre lo caro y lo barato” dijo Corinne Day– y un cambio de escenario –“Aquello no era el glamour de la década de 1980; tenía que ver con la calle”, soltó Kate–. Su nuevo look se convierte en el cascabel con el que el marketing y las agencias de publicidad pretenden atraer a la juventud ofreciéndoles un tremendo oxímoron: la rebeldía in. Detrás de la marca Kate Moss hay, además, todo un grupo de pimpollos que van a intentar tomar el poder en la moda (estilistas, agencias de modelos, revistas de moda, fotógrafos…).

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La vida es “fashionable”

Si la fusión de elementos es la clave y el camino se abre tan pronto uno visita un mercadillo, cada persona se crea a sí misma. Tomando de aquí y de allá, el número de simulaciones y de identidades cambiantes se proyecta hasta el infinito. “La moda concebida como una colección de signos y de estilos es sustituida por una moda laboratorio de lo social, donde se experimentarán las nuevas relaciones con el cuerpo y el deseo, el carácter efímero y nómada de toda actividad o creación. (…) El objetivo de la moda ya no es adornar el cuerpo, revestirlo y embellecerlo, es convencernos de que, en la vida de un individuo, todo se ha vuelo objeto de moda, fashionable”.

La imagen de Kate Moss puede considerarse una de las plagas que azotó a los 1990. La cortejaron todos los modistas, fotógrafos y revistas que profesaban el culto al dios de las tendencias. Su mezcla de hype, cool, fun y heterogeneidad vendió cualquier producto al que le prestó su ángel (¿o era diablillo?). Su secreto se cifró en su capacidad camaleónica, en que “es una DJ de la moda que mezcla las identidades, los hábitos y las épocas”. Para el autor del libro supuso ”un nuevo ensamblaje entre la política y la técnica, la economía y la cultura, la moda y la comunicación. (…) Se tiene la impresión de asistir a la puesta a punto de un prototipo: el programa informático de una época”.

Tres “strikes” y coleando

Tanto se integró la imagen de Kate Moss en las fuerzas del sistema capitalista que la transgresión original devino la norma. Asombrosamente, esto llevó a que su estrella no sólo no declinara, sino que deviniera un icono del arte contemporáneo y la cultura pop. En 2000, el escultor Marc Quinn realizó una escultura de ella de hielo, a tamaño natural, destinada a fundirse en unos meses. Hasta Lucian Freud la inmortalizó en uno de sus cuadros, el cual se acabó subastando por seis millones de euros. Horrorizado, el periódico The Guardian anunció “la muerte del arte británico”.

Ni siquiera el consumo de drogas consigue expulsar del pedestal a la chica de oro. En septiembre de 2005, el tabloide británico Daily Mirror publica en portada unas fotos robadas donde se ve a Kate Moss esnifando cocaína. Quizás la polémica llega tarde, o quizás es que la modelo tiene siete vidas, pero lo cierto es que, tras unas pocas semanas de acarrear el mote de “Cocaine Kate”, las aguas vuelven a su cauce. Una vez más.

En su ensayo La historia de la belleza, Umberto Eco coloca una fotografía de Kate Moss firmada por Herb Ritts junto a esculturas romanas y obras de arte del Renacimiento. El Museo de Artes Decorativas de París prepara para marzo de 2011 una exposición titulada “El mito Kate Moss”. La modelo continúa en la brecha porque es una mutante. Si Andy Warhol se ayudó de la fotocopiadora para crear mitos (no hay Marilyn sin Xerox), el mito de Moss es contemporáneo de los avatares de Second Life, de la clonación y de los softwares de morphing. Kate Moss, en definitiva, ha sobrevivido a todo porque es un cyborg.

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Escrito por el jun 15 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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