José Carlos Llop: un toque de distinción

Llop ofrece una mirada entre aguda y nostálgica a la Mallorca de su infancia, en los años 1960 y 1970, con “En la ciudad sumergida” (RBA). Por sus páginas vemos transitar a Robert Graves, Llorenç de Vilallonga o Joan Miró en un momento en que el auge del turismo, el “hippismo” o la Sexta Flota convertían Mallorca en un singular microcosmos. El escritor Miguel Dalmau nos aporta una visión en la distancia corta del autor mallorquín. Texto: Miguel Dalmau

En vísperas de mi traslado a Mallorca, le pregunté a un amigo si había en la isla algún escritor de relieve. Sin dudarlo me dio un nombre con la certeza generosa de quien entrega el plano de un tesoro. Era el nombre de José Carlos LLop. Sin embargo, yo estaba tan hastiado de la vida literaria barcelonesa que guardé el mapa en el bolsillo. Si uno pretende huir de cierta forma de literatura, de sus fiestas, no tiene más remedio que apostar por los rigores de la vida monástica. Sea la que sea. Así que durante mi primer año mallorquín decidí vivir como un inglés varado en una isla del Mediterráneo. No quise ver a nadie, no tuve en cuenta el mapa, y ahora comprendo que desperdicié un tiempo valioso. Pero una noche de verano reconocí a Llop (Palma, 1956) entre el público que asistía a un concierto en el patio del castillo de Bellver. Tiempo después, él evocaría aquel encuentro con gracia inigualable. Pero olvidó un pequeño detalle: a la hora de intercambiar teléfonos, ninguno de los dos llevaba bolígrafo. Así que el poeta le pidió a su mujer que anotara nuestros números con su lápiz de ojos. He dicho que Llop olvidó mencionar ese detalle. Pero es una apreciación falsa: no lo olvidó porque tampoco era consciente. El gesto era tan natural en él como el polvo en las alas de una mariposa. Mi primer Llop fue, pues, un castillo, una noche de verano, una dama hermosa, una música bajo las estrellas. Y no exagero.

En nuestro segundo encuentro gocé del privilegio de adentrarme en el bellísimo casco viejo de Palma en su compañía. Era un día gris y lluvioso, y Llop circulaba armado con un paraguas que manejaba con la precisión mortal de un estoque. Aquí o allá me descubría este u otro edificio, de cuya historia tenía un exacto conocimiento. Historia e historias, rectifico, ya que Llop estaba tan versado en el escenario como en sus trasuntos humanos, y uno se maravillaba de cómo sabía contarlos. En aquel momento tuve la gratísima sensación de que había vuelto a la infancia; es decir, a lo mejor de mi vida. Porque aquel caballero que me acompañaba no se parecía nada a los nuevos “genios” literarios que cada sábado nos descubrían los diarios madrileños. Aquel caballero comía aparte en todos los sentidos. Buena cuna, refinada educación, talante cosmopolita, alta dosis de talento, profunda conciencia civil. Y charme. ¿Dónde había visto yo eso antes? La respuesta se ocultaba tan cerca que, como en el caso de La carta robada, estuve a punto de no reconocerla. El espíritu de Llop brotaba de la época de nuestros padres, claro, de su mundo, de su forma de entender y encarar la vida sin perder la elegancia. En realidad, yo había visto algo así en Carlos Barral, en Gil de Biedma, en otro sentido en Enrique Badosa, en Juan Perucho. Almas sensibles, conversadores notorios, camaradas fieles, poetas en definitiva. Pero además había vislumbrado algo del espíritu de Llop, muy avant la lettre, también en el cine: en el gran George Sanders, o en el aún más extraordinario Max Ophuls. Pero con una diferencia. Era como si algún gentleman de entreguerras se hubiera largado de gira con los Rolling, o compartido un weekend con la Nico de Femme Fatale. Qué demonios, me dije. Un colega de Papá, pasado por la Velvet Underground. Y luego por Eliot, por Leonard Cohen, por Borges, por Durrell, por Modiano… Y yo estaba encantado al comprobar hasta qué punto las mejores energías no se destruyen, sino que se transforman.

El perfume de la cultura
Con los años he comprendido que una criatura de este linaje sólo podía darse en una isla. No en el continente. Las islas permiten la fusión venturosa de las épocas, de los mundos, de las sensibilidades. Inmunes al paso del tiempo, favorecen esa coexistencia pacífica, tan apasionante y a la vez creadora. Es obvio que en la capital del reino un autor así viviría semioculto en un pisazo del Madrid de los Austrias, o a lo sumo en un chalet en el Viso. Pero en Mallorca puede circular libre como una pantera sin provocar el asombro de las gentes. A su modo, Llop ya forma parte del paisaje, al que además otorga una de sus mejores cartas de naturaleza. De esta isla han surgido sus poemas, que son pura finezza lírica; también sus Diarios, que nos hablan de cómo ser un hombre verdadero, y sus novelas, que consiguen el milagro de devolvernos una luz difunta. Este Llop está encarnado magistralmente en su nuevo libro, En la ciudad sumergida, una deliciosa evocación novelística del propio pasado. No es casual que esta literatura triunfe en los salones franceses, o sea, en un ámbito bastante más culto que el nuestro. Porque la cultura allí aún conserva todo su perfume, venga de donde venga.

En cuanto al plano personal, podríamos hablar mucho de la influencia que Llop ha tenido en mi vida, aunque sólo sea -y no es poco- en su calidad de espejo en el que puedo asomarme para recomponer mi figura. Y mantengo intacto el placer de escucharle y de leerle. No necesito más. Tal como anunciaba el mapa, Llop me ha proporcionado muchos de los mejores momentos de mi estancia insular. Mientras la ronda de la vida gire, seguiremos siendo buenos amigos. Estoy seguro además de que lo habríamos sido en todas las épocas. Algo ciertamente muy raro. Aunque yo agradezco que sea en ésta, tan falta de su toque de distinción.

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Escrito por el jun 14 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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