Fernando Marías: de entre los muertos
Fernando Marías se mueve siempre al filo de la cordura y nos muestra que los monstruos que más nos asustan son los que llevamos dentro. Ha ganado el premio Primavera de novela con “Todo el amor y casi toda la muerte” (Espasa), una enigmática novela donde los fantasmas, reales o interiores, tienen mucho que contar. Texto: Lola Beccaría Foto: Asís G. Ayerbe
La biografía de Fernando Marías bien podría considerarse como la mejor fuente de inspiración de su propia literatura. Cuando has vivido al límite, estás en posesión de importantes claves para traspasar la realidad, adentrarte en el mundo de la ficción y atreverte a revelar lo que ocurre al otro lado: en el lado oscuro de la personalidad humana, en el lado oscuro del amor, de la pasión y, sobre todo, de la propia identidad.
Empezando porque Fernando Marías es géminis, el signo de los gemelos, alguien dividido al menos en dos personalidades, el doctor Jekyll y Mister Hyde; siguiendo porque Fernando ha perseguido su sueño de ser escritor al mismo tiempo que se dejaba jirones de la vida en cada empresa amorosa y personal que ha emprendido, y terminando porque esa misma búsqueda de sí mismo, reflejada escurridizamente en el acerado filo de la intensidad, ha sido un espejismo que ha perseguido como un rastreador apache, con el que ha mantenido una relación rayana en el delirio y que casi lo mata, pero del que ha salido —hoy puede él mismo afirmarlo con emocionante sinceridad— más fortalecido si cabe. Pero ese viaje no ha sido ni en vano ni Fernando Marías ha podido salir indemne del todo: “Siempre se paga un precio”, dicho en sus propias palabras. Y, aún así, Fernando volvería a vivirlo, aunque sólo fuera para poder contarlo. Porque narrar, para este autor que te seduce hablando casi tanto como escribiendo, es la chispa de la vida.
El proceso empezó, sin él casi darse cuenta, mientras vivía la vida intensamente, sin detenerse casi a respirar o a pensar. La vida era un mundo lleno de experiencias atrevidas y extremas, en el que, por ejemplo, su relación con el alcohol lo puso al borde del aniquilamiento personal. “Era como si follara con la Muerte. Algo seductor y letal al mismo tiempo”. Ese juego duro con la vida, con las pulsiones interiores y contradictorias de uno mismo, es el que Fernando Marías explora cada vez que acomete la aventura de sentarse a escribir una novela. Porque él vivió bordeando el precipicio, suspendido en el alambre de una estridente y desbocada inconsciencia, no puede dejar ahora de querer mostrar, revivir, analizar ese lado oscuro del ser humano, el que le llevó en el pasado a arriesgar la propia vida: para relatar, por un lado, ese extraordinario chute que él define como follarse a la Muerte, y por otro, el peligro que el sexo de esta clase conlleva.
En ese viaje imparable, Fernando escribió, por ejemplo, Invasor, una novela sobre la guerra de Irak en la que el personaje principal sufre un desgajamiento interior provocado por el insoportable peso de la conciencia. “Es una novela sobre mi desgarro personal. Sentía que toda mi vida se estaba desgajando, era como si estuviera atado a cuatro caballos y de pronto tirasen de mí a la vez”.
También escribió, más adelante, El mundo se acaba todos los días, una historia profunda e íntima, sobre su relación con el alcohol: “Al terminar de escribir la historia, allí se quedó por fin el cadáver de mi oscuridad”. La literatura ha sido para Fernando la forma de poder manejar de algún modo ese desmembramiento vital y, al mismo tiempo, representa el mapa de las cicatrices que la vida le ha ido imprimiendo en la geografía del alma. Para él, en ese sentido, escribir representa un ritual: “Fue un rito para matar mi parte oscura. Pero para poder hacer eso primero hay que ser capaz de mirarle a la cara a la oscuridad”.
Ahora Fernando Marías ha escrito una nueva entrega de esta vida suya que, si bien no se puede definir exactamente como novela negra, sí podría definirse —¿por qué no?— como una novela “oscura”, inventando con ella casi un género literario. Una novela con la que acaba de ganar el Premio Primavera 2010 y cuyo título es un perfecto corolario de lo que sin duda ofrece: Todo el amor y casi toda la muerte.
El protagonista de esta historia se llama Juan Bastian, un hombre formal, sensato, educado en un colegio de curas, con una vida bastante convencional, pero que se verá arrastrado a una aventura en la que traspasará todos sus límites, personales y educacionales. Una historia, además, que empezó en la realidad y al cabo del tiempo, una vez asimilada, se ha convertido en ficción. “Esta historia empezó en Punta Cana, hace cinco años. Me fui con una mujer allí y tuve de pronto la percepción de que no estábamos solos: sentí la presencia de dos fantasmas, que eran dos mujeres con las que había tenido una relación previamente. Historias no cerradas que no me dejaban vivir”.
Pero la afirmación más asombrosa —y que demuestra que nuestro autor no se priva de nada— es la que sigue: “He hecho el amor con dos fantasmas. Mi deseo estaba capturado por las mujeres que no estaban allí…”. Así que Fernando Marías no sólo folló con la Muerte en el pasado, sino que hasta ha hecho el amor con dos fantasmas femeninos. Tal vez por eso las escenas eróticas de esta novela son tan exquisitas y resultan tan reales como sugerentes.
Y no sólo hizo el amor con los fantasmas, sino que estableció una particular relación con ellos: “Esa relación con los fantasmas de mi vida fue el hilo para querer escribir la novela, con la intención de poder pasar página, de dialogar con ellos para aclarar las cuestiones pendientes”.
Fernando ha sido, hasta ahora, el eterno hombre en permanente cambio, en permanente comienzo de una nueva vida. “Los personajes masculinos de mis novelas han huido siempre de sí mismos. Saltan de aquí a allí y lo que queda atrás lo abandonan impunemente. Escapan de una vida para colarse en otra, en una eterna huida, pero, por primera vez, el protagonista de esta nueva novela, aunque también huye en un comienzo, después se para a buscar cuál es su vida de verdad y trata de colocarla y de ahondar en ella”. Justamente ése es el punto en el que se encontraba la vida del escritor cuando empezó a escribir esta novela: “Encajaba mucho con el momento vital que yo estaba viviendo. Es una novela muy psicoanalítica…”.
Es por eso por lo que Fernando Marías ha ido variando las coordenadas de su literatura. “Me preocupa ahondar cada vez más en el lado oscuro, gracias a lo que he aprendido con el psicoanálisis. Para conocerse a uno mismo hay que adentrarse en el lado oscuro que todos llevamos dentro”.
Y, de pronto, las mujeres: “En esta novela me planteé hablar de las mujeres y de mi relación con ellas. Debía parar a mirarme, a mirar las cosas que me han puesto al borde de la muerte, y luego mirar lo que tienes enfrente, y eso son las mujeres”. Y, con ellas, el lado oscuro del amor: “El lado oscuro del amor no es sólo que vivas relaciones con personas inadecuadas, eres tú cuando, en vez de mirar lo que estás haciendo, te embarcas en amores patológicos”.
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Uno de los aspectos más atractivos de esta novela es que versa sobre la forma en que los hombres ven a las mujeres. En ese sentido resulta de una interesantísima utilidad psicológica, pues nos proporciona jugosas pistas a las mujeres para darnos cuenta de lo que representamos para los hombres y cómo nos ven estos. Un extenso catálogo de féminas pueblan las páginas de Todo el amor y casi toda la muerte, y, sin embargo, todas ellas se podrían asimilar en dos únicos bandos. Por un lado, las que se adscribirían al tipo de mujer que a lo largo de los siglos ha representado la mayor amenaza para el hombre: la mujer fatal, en la que no se puede confiar. Es la mujer peligrosa, de la que uno se enamora perdidamente pero con la que no puede prosperar una relación. Y, por otro lado, están las que representarían a la mujer abnegada, la madre que ama desinteresadamente, la mujer pasiva y comprensiva. Con este tipo de mujeres se puede mantener una relación, pero no provocan pasiones desmedidas. “Bastian lo que busca es la verdad sobre sí mismo. En mis anteriores novelas, el personaje se desgarraba sin saber por qué. Ahora el personaje busca la verdad desnuda. Esta novela habla del deseo, cuando éste roza la locura. Requiere un largo aprendizaje descubrir que una mujer tiene un lado oscuro y comprender que hay que retirarse, porque se paga un precio altísimo por estar con ella”.
Es el eterno contrasentido masculino, la eterna tragedia emocional de los hombres: se enamoran de las peligrosas pero se casan con las anodinas. A lo que se añade ese descreimiento fatalista de que el amor no perdura. “Las pasiones no pueden durar siempre”. Pero qué manía… si ya de partida empezamos con ese negativismo, desde luego que no hay nada que hacer.
Y, aunque Fernando sale con esas, lo dice con la boca pequeña. Pues cuando insisto en convencerlo de que las mujeres pueden ser a la vez apasionadas y buenas personas, y sólo es cuestión de saber encontrarlas, él se destapa finalmente: “Una mujer peligrosa, en el buen sentido de la palabra, ni depende de ti ni te pertenece. Te puede plantar de pronto. Es lo interesante y apasionante. En cambio, la sumisa está atada. Y por eso mismo es aburrida. Te da seguridad, pero de ella no te enamoras”.
Finalmente sentencia: “El amor se basa en patrones preexistentes hasta que uno se plantea qué patrones quiere elegir. Es como las novelas, al comienzo copias, quieres parecerte a un modelo, y luego, conforme vas escribiendo vas eligiendo modelos que no te acaban de convencer hasta que por fin consigues crear un patrón propio y entonces es tu propia voz la que habla. En el amor es lo mismo: vas adoptando patrones que no te hacen feliz, y por eso hay que romper con todo, aprender de nuevo y diseñar finalmente el propio patrón, el que te hace feliz”.
Entonces le recito a Fernando mi cita cinematográfica favorita. En El inocente, de Visconti, la amante del protagonista cierra el film con un broche de oro: “¡Cómo sois los hombres! O nos subís a un altar o nos tiráis al barro. ¿Por qué no nos dejáis sencillamente caminar a vuestro lado?”. Inmediatamente, Fernando me replica: “Yo sí quiero que las mujeres caminéis a nuestro lado. De hecho, algunas ya nos habéis adelantado, y eso provoca tensiones con los hombres. No conmigo, desde luego. Pues yo admiro a las mujeres fuertes y decididas, las que saben lo que quieren y van a por ello. Las independientes…”. “¿Como Vera?”, le pregunto capciosamente, pues se trata de la femme fatale de la novela. “Como Vera”, responde categóricamente.
No he contado nada del argumento, lo sé, y lo he hecho aposta. Es que no quiero destripar la novela. Baste decir que se trata de un conjunto de historias de amor trenzadas por la locura, en el interior de un envoltorio de suspense que se va desgranando a lo largo de casi cuatrocientas páginas por las que los personajes fluyen, aman, roban, odian, matan, mueren, resucitan, huyen y, en última instancia, se permiten incluso plantearse una incierta y esperanzadora segunda oportunidad. “Cuando acabé la novela sentí que se cerraba una etapa y comenzaba una nueva, más serena y apacible, aunque llena de expectativas”.
Tal vez a Fernando Marías cada vez le importa menos la trama y le interesan más los procesos psicológicos del ser humano, las relaciones hombre-mujer, el precio que debemos pagar por traspasar el límite de lo establecido y atrevernos a sentir emociones fuertes, el amor y la pasión. Se lo pregunto. A bocajarro le espeto que si no se ha planteado que tal vez sus horas de escritor de tramas de suspense tocan a su fin. “A lo mejor es lo que estoy buscando en la vida, a lo mejor estoy encontrando mi propio estilo. Mis tiempos como autor de novela negra están contados. La trama negra importa relativamente poco, lo que importa es el proceso mental del personaje principal. Es la primera vez que me interesa más entrar en los personajes y conocerlos que la trama en sí”.
¿Será posible que Fernando Marías, un chico de Bilbao, acabe escribiendo novela romántica? “Sin duda, esta es mi novela más romántica. No lo doy por descartado”, dice, y se le iluminan los ojos, tras las gafas de diseño, y sonríe pícaramente… esa sonrisa que lo define casi tanto o más que su propia literatura. Hmmm, ahora que lo pienso, las gafas son de Versace… y, en general, se puede decir que su apariencia es la de un hombre atildado y elegante. ¿Metrosexual? Tal vez estemos ante un nuevo género en ciernes: la novela neorromántica escrita por hombres. Pero eso, señoras y señores, abre una nueva puerta al suspense y, desde luego, en ningún lugar está escrito que el romanticismo no pueda producir en el ánimo una enorme expectación.









