Miguel Ángel Matellanes: un periférico centrado
Texto: Antonio G. Iturbe Foto: Marta Calvo
La oficina de Miguel Ángel Matellanes se mueve a trescientos kilómetros por hora, tiene vistas panorámicas y un pequeño bar adosado con bocadillos congelados que se calientan en un hornillo. Es el AVE Sevilla-Madrid-Sevilla. Al responsable de una editorial enraizada en Andalucía como es Algaida, pero que pertenece a un gran grupo multinacional como Anaya, no le queda más remedio, como diría Chiquito de la Calzada, que moverse más que los precios. El editor literario de Bóveda y Algaida despliega desde Sevilla una incansable actividad peninsular que le lleva, entre otras cosas, a publicar los premios de novela de Logroño, Salamanca, Badajoz o Valladolid. Pero ese trajín parece no pesarle, es de esas personas aparentemente calmosas, que no se alteran, que hablan en voz baja. Pero pequeños tamborileos de los dedos o una repentina alarma que moviliza a medio ateneo barcelonés producida por el extravío de las gafas muestran que es de los que llevan los nervios por vía intravenosa.
Matellanes es un licenciado en Filología Clásica con pinta de empollón y que publicó dos cuidadas novelas en los años 1990 escritas con un lenguaje esmeradísimo y una sensibilidad literaria que hoy día cuesta encontrar. Pasados los años, uno esperaría encontrárselo en el servicio de publicaciones de la universidad o asesorando alguna colección de clásicos. Sin embargo, es el editor literario de Algaida, una editorial cuyas últimas apuestas han sido Algaida Inter, dedicada al best seller histórico, y Trentaytantos dedicada al chic-lit. Respecto a su faceta de escritor afirma que “era difícil estar en los dos lados de la pista y elegí uno”, pero a continuación al editor pragmático se le abre una brecha y reconoce que “la escritura es como otros vicios. Uno nunca es ex escritor, sigues dándole vueltas a temas, para algún día, quizá”.
Tiene fama de ser el sevillano más serio y menos saleroso a este lado del Guadalquivir: nadie le ha oído jamás contar un chiste, nadie lo ha pillado nunca en un tablao flamenco, nadie le ha visto discutir de fútbol. Dicen que es un sevillano raro, un misterio. Pero todo enigma tiene una explicación: nació en Sevilla pero corre por sus venas sangre de Zamora, de austeridad castellana. Aunque quien crea que Matellanes no tiene sentido del humor es porque sólo lo ha visto en actos públicos o en solemnes entregas de premios (Algaida es la editorial que publica más premios, hasta diecinueve, del Ateneo de Sevilla al Felipe Trigo). Pero en la distancia corta no tarda en aflojarse el nudo de la corbata y desplegar un irónico sentido del humor apoyado en un relativismo capaz de desarmar a cualquiera: “Vemos la literatura con 2.000 años de distancia y cuando ves todo lo que ha desaparecido y lo que queda piensas… ¿sobrevive lo mejor o aquello que el azar va salvando?”.









nada sobrevive, todo se desmorona.
después de dos mil años (¿sólo dos mil?), el hoy excava, busca, inventa y encuentra en el pasado lo que necesita para solucionar los problemas actuales.
la literatura actual es tan falsa como el más clásico de los clásicos. un trampantojo que da de comer a algunos y a otros los hunde en la miseria, y sin embargo, la literatura de cada día, dánosle hoy.
tocado y hundido, robado, humillado, dánosle hoy, confundiendo versos y gusanos, nada sobrevive, todo se desmorona, dánosle hoy. pero los dioses son ajenos a las rogativas de los humanos. sólo les queda elegir de qué lado quieren estar: escribiendo, leyendo, publicando, hundidos y olvidados desde hace millares de años. ser consecuentes con esa elección y ver cómo nada sobrevive, todo se desmorona, y el paisaje que cambia través de la ventanilla del tren, como si cambiaran los cuadros que adornan una oficina.
Con ese acento entre canario y sevillano, ese humor irónico, y esa pinta de empollón. Es todo un misterio.