Agatha Christie: el crimen como jeroglífico

Antes de que surgiera la floración de damas del crimen que hoy domina el género –Patricia Highsmith, P. D. James, Ruth Rendell, Fred Vargas, Alicia Giménez Bartlettt…–, una sola mujer, Agatha Christie, renovó la novela detectivesca y la reorientó como un desafiante rompecabezas. Hoy sus libros siguen teniendo una acogida masiva. Texto: Carles Barba

La Enciclopedia Británica dedica sólo 42 líneas a Agatha Christie (mientras a Chesterton le consagra el doble y a Conan Doyle, el triple). Todo un síntoma. A punto de celebrarse el 120 aniversario de su nacimiento, las élites intelectuales siguen ninguneando a la “Queen of Crime” (con excepciones: T.S. Eliot o Michel Houellebecq se han declarado fans), mientras que lectores de todos los lugares, lenguas y razas continúan leyéndola con avidez, al punto que las ventas de sus libros van ya por los cuatro billones de copias. Esta maestra del suspense detenta otro récord: su obra teatral La ratonera estuvo en cartel en el Ambassadors londinense durante veinticuatro años ininterrumpidos y sigue hoy arrasando allá donde se repone (ahora mismo, en Madrid). Guste o no guste a los esencialistas de la alta cultura, Christie personifica hoy la quintaesencia de lo inglés en no menor grado que un Chaplin, un Churchill o un Wodehouse, y con todo merecimiento su duplicado figura en molde en el museo de Madame Tussaud y su nombre brilla entre las Dames of the British Empire. Entre 1920 y 1975 salieron de su máquina de escribir un número torrencial de obras: 77 títulos de misterio, cinco novelas, cinco colecciones de relatos, dos poemarios, varias piezas de teatro y dos autobiografías. Y resulta significativo que, a diferencia de una colega como Dorothy Sayers, Christie nunca dejase de escribir ficción detectivesca, compulsivamente, del mismo modo que millones de lectores han engullido sus historias insaciablemente, generación tras generación.

Por lo demás, su perfil humano dista de ser claro –no hay más que recordar su sonada desaparición– y con razón una de sus biógrafas más conocidas, Gwen Robyns, ha titulado su semblanza The Mystery of Agatha Christie. Una anécdota ilustra la fragilidad de su autoestima y la intensidad de su timidez: en 1962, cuando era ya una gloria nacional, acudió sola al hotel Savoy de Londres para celebrar con actores y director los diez años de éxito de La ratonera. Al parecer, el portero le negó el acceso y ella, en lugar de protestar, se volvió por donde había venido, dócilmente.

Agatha Mary Clarissa Miller nació el 15 de setiembre de 1890 en Torquay, ciudad costera inglesa situada al sur, en Devon. Tercer hijo de Frederick Miller y Clara Boehmer (la precedieron su hermana Madge y su hermano Monty), se crió muy vinculada a Ashfield, una mansión con jardín comprada impulsivamente por su madre. La niña se educó en casa, con tutores, y prefirió siempre jugar con amigos imaginarios que con juguetes y muñecas reales. El padre, un caballero norteamericano con rentas y que jugaba a la bolsa, murió de repente cuando ella tenía once años. Se apegó entonces aún más a su madre y desde entonces ambas se profesaron una adoración mutua. Agatha despuntó de joven como cantante y pianista, y habría hecho carrera de no mediar su timidez. Clara Boehmer fomentó en ella el interés por los deportes intrépidos –la natación en el mar, por ejemplo– y en 1911 le pagó incluso un arriesgado vuelo en avioneta. En la veintena, la futura novelista era una joven delgada y rubia, notablemente atractiva, y a la que no le faltaban pretendientes. De hecho, rechazó a tres partidos que su madre no veía con malos ojos, hasta que en 1914 un apuesto miembro del Royal Flying Corps desencadenó en ella un auténtico coup de foudre. Archibald Christie no tenía un céntimo, pero bailaba como nadie y Agatha sucumbió a sus encantos y a la pasión con que él a su vez la requería. Se comprometieron y enseguida se casaron, en la Nochebuena de 1914.

Apenas tuvieron tiempo de intimar. Había estallado la Gran Guerra. Él tuvo que reincorporarse muy deprisa a su unidad aérea y ella se apuntó como enfermera voluntaria en el hospital de Torquay. En un santiamén, pasó del mundo protegido y señorial de Ashfield a tener que asistir a quemados y amputados. Se reveló una infatigable trabajadora y, a finales de verano de 1915, debido a una infección, no tuvo más remedio que asumir una labor más llevadera, la de farmacéutica. En su abandono de la enfermería de guerra pesaron también las opiniones de su madre y marido, que no la consideraban una tarea idónea para una señorita. La joven Agatha se encontró pues con mucho tiempo libre y, recogiendo un reto lanzado por su hermana Madge, se lanzó a escribir una obra de intriga, El misterioso asunto en Styles. Entra ya aquí en escena una de las grandes creaciones de la autora, el detective belga con cabeza de huevo y maneras dandis Hércules Poirot. El investigador privado tiene que discernir quién ha matado a la dueña de la propiedad de Styles –aparentemente envenenada– y la novelista aprovecha los conocimientos adquiridos en la farmacia para traspasárselos a su hombrecillo. La narración estuvo primero en los despachos de la editorial Hoddere and Staughton y después en The Bodley Head, quienes tardaron dos años en darle el visto bueno. Por fin, el libro salió a la calle, se vendieron 2.000 ejemplares y The Weekly Times compró el relato para distribuirlo por entregas.

Once días perdida
Entretanto, durante la posguerra, los Christie habilitaron un hogar en Londres y la llegada de una niña (Rosalind), en 1919, apuntaló su matrimonio. A Archie le surgió la oportunidad profesional de dar una gira por el mundo y Agatha le acompañó durante diez agitados meses. Su segunda novela, El misterioso señor Brown, acababa de salir a la calle y en Nueva Zelanda, por ejemplo, se vió agasajada por un club de lectoras. A su vuelta, compraron una casa muy holgada en el extrarradio de Londres (Sunningdale) y, mientras él salía adelante como bolsista en la City, ella seguía encadenando thrillers como El secreto de Chimneys y Asesinato en el campo de golf. Presionada por su agente, Edmund Cork, optó por cambiar de editorial y en Collins (sello al que se vinculará de por vida) publica el 27 de mayo de 1926 su primera obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd. Un año que parecía muy propicio acabó sin embargo con una crisis devastadora. Un buen día de diciembre abandonó su coche y ropa en una carretera de Surrey… y desapareció. Estuvo ilocalizable once días, y la familia y la policía activaron un gran operativo de búsqueda, narrado además por la prensa con mucho despliegue mediático. La novelista apareció por fin en el Hydropathic Hotel de Harrogate, en estado amnésico, y necesitó después ayuda psiquiátrica para reintegrarse a sus coordenadas habituales. La interesada guardó siempre silencio sobre el episodio y tampoco las personas más cercanas a ella contribuyeron a elucidarlo. Sus biógrafas atribuyen hoy su derrumbe a dos hechos concatenados: la repentina muerte de su madre, en la primavera de 1926, y la ruptura de su matrimonio con Archie al cabo de unos meses, quien para más inri le confesó que se había enamorado de una amiga común, Nancy Neele, y que quería el divorcio de inmediato. ¿Fue la desaparición el fruto de un ataque depresivo? ¿El reflejo de una fuga histérica? ¿O la escritora quiso castigar con ella a su marido, quien (habitualmente frío y pragmático) vivió esas inciertas jornadas en estado de ascuas?

Lo cierto es que, superada las crisis y deshecho ya el enlace, a partir de 1927 Agatha Christie empezó a reorganizar sus días, se compró una casa en Chelsea, mandó a su hija Rosalind a un internado y manufacturó en los siguientes años cuatro novelas más (inferiores al Ackroyd) que le permitieron mantenerse en el candelero y poner las bases de una independencia económica que más adelante la convertirá en millonaria. Y es que Christie, a partir de Asesinato en la vicaría (1930), en la que introduce a su otra gran creación, la detective Miss Marple, devendrá un fenómeno de ventas cada vez más planetario. Sus relatos penetrarán además en el mercado estadounidense –donde el lector medio la preferirá a las más sofisticadas tramas de un Chandler o un Hammet– y Mrs. Christie conquistará allí unos índices de popularidad comparables en cierto modo a los que un siglo antes había cosechado Charles Dickens.

En el otoño de 1928, Agatha Christie sintió la necesidad de evadirse de Inglaterra, y planeó irse a las Indias Occidentales y a Jamaica. Una conversación casual con unos amigos la hizo cambiar de idea y partir hacia el Golfo Pérsico en el tren Orient Express, desde Calais a Estambul. En Ur conoció al arqueólogo inglés Leonard Wooley, agradó a su mujer (que había leido el Ackroyd) y entró en contacto con el mundo de las excavaciones. En 1930 volvió a Bagdad y Ur, y allí Wooley le presentó a un colaborador, Max Mallowan, que iba a ser el amor de su vida. Catorce años más joven que ella, Mallowan, además de arqueólogo, era lingüista, dominaba varios idiomas clásicos y modernos, y tenía un carácter tranquilo y tolerante. La vida en el desierto les acercó y un fin de semana, a su regreso a Inglaterra, él le propuso matrimonio y ella aceptó. La pareja se compenetraría maravillosamente a lo largo de los siguientes 45 años gracias a un alegre sentido de la camaradería y a un mutuo respeto y admiración. Los dos se entregaron con ahínco a sus respectivos trabajos y ella, en concreto, además de publicar en los años 1930 y 1940 algunas de sus mejores novelas, se sintió encantada de viajar de tanto en tanto con Max a Irak y Siria, compartiendo tienda o desplazándose a lugares exóticos como Ispahán, Luxor o Shiraz, que le servirán después como escenario de ficción. Otra circunstancia que estabilizó a la escritora fue la compra de Greenway House, una mansión georgiana a orillas del estuario del Dart, que le devolvió la sensación de un nido propio en el que recogerse, recibir amigos, dedicarse a sus aficiones culinarias o musicales, y escribir naturalmente ficción policíaca.

Un ritual de la clase media

La Segunda Guerra Mundial rompió esta racha de bonanza y felicidad. Agatha y Max tuvieron que separarse. Al no encontrar trabajo en Inglaterra, él se trasplantó a Oriente Medio y ella valerosamente soportó los bombardeos de Hampstead y volvió a trabajar como voluntaria en el ámbito farmacéutico, ahora en el hospital del University College. La contienda no aflojó su ritmo de trabajo y, amén de varias novelas de misterio, en tres días de 1944 culminó una de sus dos obras confesionales, que publicará bajo el seudónimo de Mary Westmacott. Sufrió entonces un trago amargo, al morir en combate Hubert Prichard, el marido de su hija. Al poco, Rosalind –que estaba embarazada– le dio un nieto, Mathew, por el que siempre sintió debilidad. En 1945, el conflicto bélico llegó a su fin y Agatha y Max se reencontraron tras tres años de separación.

Y la vida para ambos volvió a sus cauces de laboriosidad y serenidad, una vez que recuperaron el gran casón de Greenway y que, para facilitar sus temporadas en Oriente Medio, adquirieron una vivienda de estilo local en Bagdad. A sus sesenta años, y debido en parte a su afición a comer (le encantaban los soufflés y las tartas de chocolate), Agatha Christie engordó considerablemente y se transformó en una respetable matrona. Ello no le impidió aplicarse con denuedo a sus historias (de su magín siguieron manando títulos: Sangre en la piscina, Tres ratones ciegos, Inocencia trágica, El gato en el palomar…) ni acompañar a Max en sus excavaciones (ella asumía la tarea de limpiar y restaurar la cerámica y los objetos de arte). Mallowan de hecho, por su labor arqueológica en el enorme montículo de Nimrud, en Irak, adquirió fama internacional y un título de Sir.

La loca década de los 1960, tan decisiva en los cambios de costumbre y mentalidad de Gran Bretaña, no arrinconó a Dame Agatha al desván de las antiguallas. Al contrario, comprar una de sus novelas por Navidad se convirtió en un ritual de la clase media inglesa. Además, el cine reactualizó algunos de sus títulos (Billy Wilder, por ejemplo, adaptó memorablemente Testigo de cargo) y, en 1974, el estreno de la superproducción Asesinato en el Orient Express (con Albert Finney, Jacqueline Bisset, Sean Connery, Lauren Bacall o Anthony Perkins) la catapultó a la vez en Hollywood y en Buckingham Palace (la reina madre se manifestó siempre una incondicional suya). Por lo demás, la novelista sintonizó muy bien con la ola juvenil y emancipadora que sacudió el país; ella misma se aficionó al arte moderno y a la lectura de los nuevos popes como Chomsky y Marcuse, y ejerció con entusiasmo el papel de abuela, en la persona de su único nieto, Mathew Pritchard, cuya vitalidad y desenvoltura la rejuvenecían.

Agatha Christie pudo morir el 12 de enero de 1976 con la conciencia de una carrera sobradamente cumplida y de una privacidad feliz y a recaudo de la prensa (Max Mallowan la sobrevivió sólo un año). A día de hoy, su estrella literaria no ha menguado, sus novelas han sido traducidas ya a 103 lenguas y sus ventas sólo estan por debajo de la Biblia y Shakespeare. En efecto, desde que en 1955 su producción se enmarcó dentro de una Compañía Limitada, Agatha Christie es, además de novelista, una industria.

¿Arma de fuego, soga, veneno, puñal...?
En sus últimas décadas, Agatha Christie y su segundo marido, Max Mallowan, vivieron en Greenway House, una imponente mansión de campo junto al Dart. Hace apenas cinco años, el nieto de Agatha, Mathew Prichard, convocó a la misma a un especialista mundial en la obra de su abuela, John Curran, y le pidió que echara un vistazo a dos habitaciones cerradas de la primera planta. Entre otros materiales, el investigador y filólogo detectó dos tesoros inimaginables: dos narraciones inéditas de Hércules Poirot y un conjunto de cuadernos escolares (73, nada menos) en los que la Reina del Crimen había ido anotando bocetos, ideas y claves para muchas de sus más conocidas novelas. Curran se dio cuenta de que los cientos de notas diseminadas en los blocs comportaban un acceso privilegiado al taller imaginativo de la autora y, después de largas sesiones de ordenación y criba, consiguió interesar a Harper Collins para la publicación de las mismas. Suma de Letras edita ahora en castellano Los cuadernos secretos de Agatha Christie, más dos relatos cortos desconocidos de Hércules Poirot, La captura de Cerbero y El incidente de la pelota del perro, y nos brinda así la oportunidad de ver entre bambalinas a una escritora que poseyó dos dones excepcionales: la legibilidad y la confección de tramas endiabladamente encajadas.

A John Curran le tomó bastante tiempo clarificar el contenido de las libretas. La mayoría apenas estan fechadas y los borradores de su momento de máximo apogeo (entre 1930 y 1950) vienen escritos con una caligrafía casi indescifrable. Otro escollo: ninguno de los cuadernos hace referencia a dos de sus novelas mayores, El asesinato de Rogelio Ackroyd y Asesinato en el Orient Express.

En todo caso, a través de los esbozos de al menos una cuarentena de novelas, queda claro que Dame Agatha sopesaba siempre varias direcciones de la trama y en muy contadas ocasiones había decidido desde el principio la identidad del asesino. Ejemplo: en La casa torcida consideró que el criminal fuese alternativamente Sophia, Clemency y Edith, hasta decidirse insólitamente por Josephine, una niña de sólo once años.

También la identidad del cadáver era para la Reina del Crimen un motivo de indecisiones. En las notas para El tren de las 4:50 se trasluce que hasta el último momento dudó en que la víctima fuese Anne, la bailarina o Martine, y que optó al final por esta última.

En los cuadernos vemos también a Christie barajando los métodos de asesinato (¿arma de fuego, soga, veneno, puñal…?). En Cita con la muerte (ambientada en Petra, Jordania) considera distintos venenos (abricina, ácido prúsico, digitalina, coralina…) hasta inclinarse por la digitoxina. Y, en Cinco cerditos, la comisión del asesinato iba a concretarse a través de un disparo, hasta que al final se decantó también por un veneno, esta vez la coniína disuelta en un vaso de oporto.

Tampoco sabía de cierto, cuando arrancaba una novela, a cuál de sus investigadores pondría en danza para desentrañar el caso. Para Misterio en el Caribe (1963) empezó trabajando con Hércules Poirot, luego lo descartó y recuperó a la señorita Marple, con quien de hecho –anciana ya la autora– podía identificarse con más facilidad.

Los cuadernos revelan asimismo la velocidad de crucero con que Agatha Christie manufacturó sus novelas en los años 1930 y 1940, y en cambio la morosidad con que trabajó al superar la setentena. Así, en las notas de Las manzanas, se aprecia que la trama se le escapaba una y otra vez, y que tenía que afilar y pulir, rehacer y reciclar con mayor detenimiento.

Las libretas abundan en croquis, diagramas y esquemas gráficos que transparentan la pasión con que ella escenificaba el duelo esencial de cada una de sus narraciones: un pulso entre la maquinación criminal y la deducción detectivesca. Christie siempre profesó la sencilla creencia expresada por su Poirot de que, para descubrir al culpable, basta sentarse en una silla y usar racionalmenrte las pequeñas células grises. Y en la resolución de sus puzles no paraba hasta dar con la llave más sencilla, en la que nadie caía salvo ella… ¡y el asesino!

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Escrito por el jun 3 2010. Archivado bajo Galería. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

1 Comentario por “Agatha Christie: el crimen como jeroglífico”

  1. Rafael Feria

    Gracias por esta maravillosa minibiografía de la Reina del Crimen, nuestra Agatha Christie, de la cual soy desde los quince años, su fiel seguidor y os cuento que son 75 los que tengo.

    Recién he finalizado mi tercera novela. Tengo una impresa “Los Naranjales Amargos”, otra inédita. “El Alambique Prodigioso” y ésta última que lleva por título “La resurrección de monsieur Poirot y el caso de Las Divas de Hielo” en la cual valiéndome de un recurso muy curioso, narro en ella el regreso del emblemático Poirot, enviado al mundo de nunca jamás por su creadora, en “Telón”, mucho antes de que ésta fuese publicada. En este nuevo encuentro del cabeza de huevo, emblemático bigote y fascinante personaje con el mundo del crimen, haciendo uso una vez más de sus prodigiosas pequeñas células grises, tiene que descenmascarar a un astuto asesino en serie que por más de 10 años tiene a los investigadores completamente confundidos, mas éste no contaba con el regreso a lo Sherlock, del invencible detective privado belga: Hercules Poirot.
    Y el descenlace es a lo Christie: inesperado.

    Busco como publicarla digitalmente. ¿Podrían señalarme a quien hacérsela llegar?

    Gracias de nuevo y esperando oír de ustedes les saluda.

    Rafael Feria.

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