F. González Ledesma: Silver Kane cabalga de nuevo
Cuarenta años después, Silver Kane regresa a la ciudad con “La dama y el recuerdo” (Planeta). Y, tras él, cabalgando en su legendario seudónimo, un González Ledesma que vuelve a lucir espuelas. Texto: Hernán Migoya Foto: Mario Krmpotic’
Rojo y negro
Más cerca estilísticamente de Víctor Mora (autor de El Capitán Trueno) que de Manuel Vázquez Montalbán, González Ledesma es un hijo genuino de la posguerra española. Resultó precoz como escritor y hasta como “rojo”, ya que su novela Sombras viejas (1948), con la que ganó el Premio Internacional de Novela José Janés con sólo 21 años, fue prohibida por la censura franquista, valiéndole el ostracismo y la marginación a su prometedora carrera literaria. La editorial Bruguera le permitió hacer guiones para cómics de El inspector Dan y El Doctor Niebla, lo cual no está nada mal… pero también le daría la oportunidad de escribir literatura con seudónimo, aunque en aquella época las novelas de a duro no se consideraran como tal.
Evasión y victoria
Porque, al igual que El Coyote conseguía que el lechuguino César de Echagüe se convirtiera en todo un héroe justiciero, Silver Kane (pronúnciese castellanizado, por favor) logró que González Ledesma pudiera publicar regularmente… y con éxito. Hace más de medio siglo empezó a sacar sus novelas de evasión, en total más de cuatrocientas -no sólo en el campo del western-, cosechando la estima del público y marcando la diferencia. Todos sus admiradores recordamos la primera vez que leímos una novelita de Silver Kane, porque casi todos hemos pensado lo mismo: “Esto no está nada mal escrito…”. Hasta Alejandro Jodorowsky le homenajea siempre que puede, ya sea introduciendo un Silver Kane en su estupendo cómic-western Bouncer o encabezando cada capítulo de un estudio sobre el budismo zen con una frase extraída de las novelas de Kane. Apellido que, por cierto, González Ledesma asegura haber compuesto como homenaje al autor de cómic ¡Milton Caniff!
El pistolero regresa a la ciudad
Mientras tanto, con los años, la persona detrás de la máscara llegó a ser redactor jefe del diario La Vanguardia: sin embargo, el reconocimiento a González Ledesma no le llegó hasta bien entrada la democracia y los años 1980, con su serie negra del Comisario Méndez y el Premio Planeta a su Crónica sentimental en rojo. Silver Kane ya resucitó hace tres años con la reedición de cuatro de sus mejores novelas policíacas en un tomo (Recuérdame al morir, La Factoría de Ideas), pero nadie imaginaba que el propio González Ledesma, figura más conocida hoy que su propio álter ego, decidiera él mismo volver a colgarse los revólveres y a cabalgar las librerías con el nombre que le dio fama y un altarcito en los quioscos, pero al que él también dio tanto. “No hay ninguna novela del Oeste en el mercado y a la vez quería saber si sería capaz de volver a escribir una”, se justifica. La resurrección de Silver Kane se debe también a un ajuste de cuentas sentimental: “Yo intenté escribir bien mi trabajo, pero no fue hasta muchos años después que me di cuenta de que mucha gente se aficionó a la lectura gracias a Silver Kane y que tenía muchos fans importantes. El fenómeno Silver Kane me pareció cada vez más respetable. Por eso también acepté este desafío”.
¿Qué ha aprendido González Ledesma de Silver Kane? “He notado libertad. El Oeste me ofrece una cantidad de temas y situaciones que otros géneros no te permiten. También volví a sentir la emoción de la aventura. Y recordar cómo escribía cuando era joven me ha hecho recuperar la ilusión”. Se nota: lo bueno de La dama y el recuerdo es que no se trata de una reactualización ambiciosa o “realista” de la novela del Oeste popular española. ¡Es una novela del Oeste popular española, sin más! ¿En qué otro contexto se pueden aceptar, si no, frases tan lapidarias, desopilantes y cañís como ésta: “En la tierra que estaban pisando, los caballos eran quizá el mejor botín. Más incluso que las mujeres, por la sencilla razón de que sin caballos no podías vivir, y con ellas aún menos”? O esta otra, perteneciente a la sabiduría mundana tan propia del subgénero: “Las balas, aunque sean pequeñas, le sientan mal al cráneo”.
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Silver Kane, porque esta novela la ha escrito Silver Kane –y uno muy en forma–, no ha renunciado siquiera a la ironía en frase corta que permitía ocupar hileras de texto sin que las ráfagas de puntos y apartes, muy cotizadas en aquella literatura pagada a tanto la línea, provoquen una indigestión en su nueva coyuntura de consumo. Asimismo, los nombres de los personajes resultan de una rotundidad y vocación universales, además de hollywoodiensemente familiares –del Hollywood de antaño, claro–: Taylor y Lancaster son los protagonistas, no hace falta decir más. Uno es un pistolero acostumbrado a usar la violencia, el otro un cazarrecompensas no menos violento. Por medio hay prostitutas de buen corazón y hacendados sin él, indias traicioneras e indios traicionados, huérfanos con sed de venganza y cowboys con sed… y tiros, muchos tiros.
Porque, por suerte, los personajes son de una pieza, los pistoleros caen como moscas y el narrador parece estar cachondeándose continuamente de todo Dios, al más puro estilo Kane. Eso sí: debajo de la superficie, campa un gusto por la nobleza de carácter, una afinidad con la bondad humana y un ramalazo sentimental… del Kane de toda la vida. Así que, ¡cómo no va a ser sentimental Francisco González Ledesma! ¡Si hasta se le humedecen los ojos al contar cómo una puta salvó a Marcial Lafuente Estefanía de morir fusilado en la guerra civil! Otro cualquiera se dedicaría a echar paletadas de estiércol sobre la calidad literaria del colega de oficio, exitoso rival en el género de la novela del Oeste. González Ledesma no: él se solidariza con la historia del ex colega de Kane… ¡y aún se emociona –y te emociona– al contarla!









