James Ellroy: el megalómano quisquilloso
Con Ellroy todo es cuestión de tamaño. Un ego que ensombrecería al de un dios. Una ambición que retaría a la de Alejandro Magno. Una boca que necesitaría un bozal a medida. Unas novelas que no se pueden coger con una mano y donde se atropellan tramas y personajes. Vino a presentar “Sangre vagabunda” (Ediciones B), un nuevo cruce entre política y crimen, historia y paranoia, con el que cierra su “Trilogía Americana”. Texto: Antonio Lozano Foto: Robert Perry
Malcarado, provocador, bravucón, chulesco, desafiante, megalomaníaco, proclive a los mordiscos… A priori, James Ellroy llegaba con una lista de antecedentes que, situándolo a medio camino entre un ogro y un actor especializado en papeles de villano, lo convertían en un entrevistado de lo más sugerente para cualquiera que no fuera un becario desprecintando su primera grabadora. Días antes de la cita con el Minotauro, colegas de la profesión intercambiaban en Facebook simpáticos comentarios sobre el temor que los atenazaba. En un género periodístico tan codificado por la prudencia y la complacencia del que formula la pregunta y el automatismo y la corrección del que la responde como es el de la entrevista, la posibilidad de saltarse las normas con una mezcla de vinagre y tensión prometía una farsa incómodamente estimulante.
La charla previa con la jefa de prensa y la traductora simultánea enviaba señales contradictorias. Entre las motivadoras: “Se ha encarado con un chico de TV3”; “Se negó a ponerse una camiseta para una foto”; “No come”; “No le saques temas de política porque se enfurece”; “Es correcto, pero muy seco”, “Sólo le hemos visto sonreír dos veces”. Entre las aniquiladoras: “Ha pedido que le compremos una botella de whisky para el director del hotel”; “Nos ha confesado que únicamente se esfuerza con las entrevistadoras femeninas”; “Sus respuestas son tan cortas que las entrevistas de tres cuartos de hora las hemos tenido que reducir a veinte minutos”.
Cuando al periodista se le informa de que el escritor aparecerá en unos instantes, tras haber disfrutado de una breve siesta, no sabe a cuál de los dos cestos lanzar la noticia, si al de la deseada ropa sucia –la interrupción del sueño habrá exacerbado su tendencia natural a gruñir y despotricar– o al de la indeseada ropa planchada –le habrá narcotizado y engrasado sus circuitos monosilábicos. Si alguien se atreviera a reprocharle a Ellroy lo segundo, siempre podría escudarse en que sus libros dicen por él todo y más. Recala en esta ocasión en España para despedir su Trilogía Americana, inaugurada con América y proseguida con Seis de los grandes. Sangre vagabunda es el último tramo de esta autopista de frases telegráficas y capítulos cortos, atravesada por docenas y docenas de rufianes de toda condición, asfaltada de cadáveres, drogas y polvos, retrato paranoico e histérico acerca de cómo las conspiraciones y el juego sucio desviaron el curso de la historia de los Estados Unidos en los años 1950 y 1960. Situada entre 1968 y 1972, por sus casi ochocientas páginas se entrecruzan figuras históricas como J. Edgar Hoover, Howard Hugues o Richard Nixon con ex policías, detectives, matones, mafiosos, traficantes, mujeres enigmáticas, mujeres manipuladoras, mujeres que te retuercen el corazón… Como es habitual en su responsable, este combinado letal e hiperramificado de política y crimen asombra por su energía, ensamblaje y documentación, pero también resulta extenuante.
Cuando James Ellroy hace acto de presencia en la cafetería del hotel sin que la pausa reparadora haya repercutido en la puntualidad, uno advierte de golpe que si le gusta lucir traje de fiero es, antes que nada, porque el físico se lo permite. Alto y musculado, cabeza rapada, canicas negras por ojos que expulsan una mirada muerta de tiburón, y dos expresiones faciales elementales –mueca de “me pica algo y no puedo rascarme”, imperturbabilidad interpretable por “que acabe esto ya” o “cómo me toca las narices responder a esta cuestión por trillonésima vez”. Dejaremos al criterio del lector que decida si dos detalles corporales que precedieron al inicio de la entrevista –que Ellroy se pinzara descaradamente el paquete delante de la jefa de prensa y la traductora, y que optara por retreparse en el sofá con los brazos detrás de la cabeza y los pies encima de la mesa donde reposaban los cafés– ya anunciaban algo acerca de la predisposición del mismo a este encuentro. Y lo que sigue es lo que ocurrió:
¿Cansado?
Llevo siete semanas viajando por Europa de promoción, sin parar. Demasiado…
Se ha declarado una persona autodidacta.
Mi padre me enseñó a leer cuando tenía 3 años y medio. Es en lo único en que me mostré precoz. Nunca dejé de hacerlo. Leí, leí y leí, asimilando el estilo, la técnica y el contenido. Más que el asesinato de mi madre o que mis demenciales aventuras de juventud, fueron los libros los que me han conducido hasta aquí.
¿Piensa, no obstante, que si su madre no hubiese sido asesinada, se hubiese convertido en otro tipo de escritor?
(Refunfuñando) Jamás contesto preguntas que impliquen un “y si”. Jamás pienso en términos hipotéticos. Mi cabeza sólo funciona para trazar una ruta entre el punto A y el punto B.
En última instancia, ¿qué piensa que le concedió la fuerza para sobrevivir a ese período tan oscuro de su vida en el que se dedicó a drogarse, robar y dormir en las calles?
Mi fe en Dios. Pude sentir el espíritu de Dios fluyendo dentro de mí y empujándome en una determinada dirección.
Discúlpeme, pero no parece el tipo de persona que uno espera encontrase en la Iglesia. ¿Cómo es la naturaleza de su relación con el Altísimo?
Muy personal. Estoy constantemente dialogando con Él. Hacerlo me da sustento y me hace sentir redimido por mis malas actuaciones del pasado. Y sí, voy a misa de forma esporádica.
¿Hasta qué extremo el rabioso y descarado James Ellroy con el que nos topamos en las entrevistas es un personaje que construye con fines promocionales?
El Ellroy feroz es el tipo que da doce entrevistas al día. Soy un tipo solitario al que le gusta quedarse en casa. Soy una persona de opiniones contundentes y ser entrevistado constantemente puede resultar un coñazo. Concedo unas trescientas entrevistas al año, las preguntas se repiten y, de una forma extraña, devalúan las novelas.
¿Cree pues que goza de una mala prensa inmerecida?
Se han escrito un millón de palabras sobre mí. Estoy a gusto con mi imagen pública. Soy un buen tipo.
Tienda
Ir a la tienda | Recomendados | Novedades | Mas vendidos | Ofertas | Preventa |
Tiene fama de ofrecer lecturas muy apasionadas ¿Se siente más cómodo sobre un escenario?
Soy un actor. Frente al público doy lo mejor de mí. Ven a mi presentación de esta tarde y alucinarás.
Su visión de la historia americana reciente está en gran medida infectada de paranoia, conspiración y juego sucio. Sin duda ha habido manos negras tirando de los hilos pero, ¿cree que no somos conscientes de la dimensión real de todo ello y sus novelas serían una puerta de entrada o gran pista?
No, porque están ficcionalizadas en extremo. Ni los americanos ni los españoles aceptamos la versión oficial. Tú y yo sabemos que los líderes distorsionaron los hechos. En mis libros juego con tu escepticismo partiendo de mi escepticismo. Su poder de atracción universal radica en que soy un escritor muy plausible y la mezcla de personajes y acontecimientos reales y ficticios despista. Nunca digo lo que es verdad y lo que no, yo recojo los datos y las cronologías que compilan los investigadores a los que contrato, pues la documentación me supone un coñazo; trazo un marco geográfico y de acción que me puede llevar un año y, a partir de aquí, inyecto la invención que me apetece.
¿De niño ya era tan paranoico?
Sí. Cuando pensaba en la Casa Blanca, lo primero que me venía a la cabeza eran tipos con maletines y una pistola. Quizás estaba muy sugestionado por las películas de James Bond. Al hacerme mayor quise escribir libros desde el punto de vista de esos individuos. ¿Cómo son los que asesinan siguiendo órdenes oficiales? ¿Quién les está esperando cuando regresan a casa por la noche? ¿Qué tipo de mujeres los aman?
¿Diría que hay un código moral detrás de todas sus historias?
Por supuesto. Es de naturaleza cristiana: hombres malos que han cometido actos horribles se enamoran de mujeres fuertes y abrazan transformaciones espirituales.
¿Cómo le gustaría ser recordado?
Como un grandioso novelista americano. Para conseguirlo voy a continuar escribiendo obras de arte gigantescas, diligentes, meticulosas, estadísticamente apabullantes, creíbles hasta decir basta… Mis libros van a ser cada vez mejores, más perfectos. Tengo 61 años, mi ambición crece con la edad y gozo de una salud de hierro. Me encuentro en el tercer acto de mi vida y mi deseo es dar lo mejor de mí escribiendo obras diferentes…
¿Qué entiende por diferentes?
Me estás interrumpiendo más de lo que puedo tolerar.
…
En breve me embarcaré en la escritura de una tetralogía de la que sólo sé que va a ir hacia atrás en el tiempo y que va a dejar a todos conmocionados.
¿De dónde saca tanta seguridad en sí mismo?
He sido bendecido con la fuerza de voluntad y la capacidad que caracterizan el carácter americano.
Asegura no leer, no ver la televisión, no ir al cine, no tener ordenador ni móvil… ¿Qué tiene contra el presente y sus gadgets?(Muy irritado) El presente no me interesa y sus aparatos sólo provocan ansiedad. Me aíslo en las épocas sobre las que escribo. Escucho música clásica, paso mucho tiempo con mi novia y aún más pensando a solas y en la más completa oscuridad.
¿Es tan obsesivo escribiendo como sugiere la fiebre que recorre sus páginas?
Sí. Apenas sé hacer tres o cuatro cosas, pero las hago de maravilla y con una pasión desmedida.
Sangre vagabunda se desarrolla entre 1968 y 1972. ¿Qué recuerdos guarda de aquella época?
Flotan en una nebulosa. Disfrutaba de mi propia agenda de prioridades, la mejor imaginable para un joven: drogas, mujeres, mis pensamientos. Fui testigo del tumulto y la agitación, pero no me afectaban pues vivía dentro de mi cabeza. Además, al no ser de izquierdas nunca he estado por la protesta social.
¿Cree que el cine le ha hecho justicia a sus novelas?
Nunca hablo de las adaptaciones de mis libros, pues acepté el dinero.
¿También el dinero explica su trabajo como guionista de películas menores como Dueños de la calle con Keanu Reeves o Dark Blue con Kurt Russell?
Resulta lucrativo. Necesito la pasta.
Después de Mis rincones oscuros, regresará este año a las memorias con The Hilliker Curse (que Mondadori editará en 2011), centrado en sus relaciones con las mujeres. ¿Descubriremos a un Ellroy que no esperamos? ¿Por ejemplo, uno tierno y romántico?
Absolutamente, pero no voy a hablarte más de él, espérate.
Adora el boxeo y la música clásica, dos aficiones que no suelen ir de la mano.
Del boxeo me gusta el cuerpo a cuerpo. De la música clásica, el que contenga el mundo entero, pero en unos niveles de abstracción tan elevados que nadie es capaz de comprenderlos.
¿Diría que, traspasados los sesenta, ha alcanzado algún tipo de sabiduría?
Estoy en ello. He encontrado a una mujer increíble que me está cambiando profundamente. Punto.
¿Se arrepiente de muchas cosas?
No. Siempre miro hacia delante.
¿El mejor consejo que le han dado?
Confía en Dios.
¿El lema de su vida?
Arriesga cuanto tengas, no esperes nada, dalo todo.
[De la hora pactada, esta entrevista quedó liquidada en 26 minutos.]









