Apóstoles de la no violencia: Lev Tolstói cumple cien años en paz

Se cumple el centenario de la muerte de este extraordinario novelista, autor de catedrales literarias como “Ana Karenina” o “Guerra y paz”, que también tuvo una interesante faceta de pensador. En “El reino de Dios está en vosotros” (Kairós) puede apreciarse su esfuerzo por defender una sociedad no violenta. Texto: Antonio G. Iturbe

Cuando alguien me pide que le aconseje un taller literario al que inscribirse, lo que le recomiendo es que se lea de cabo a rabo Guerra y paz. Ahí está todo: ficción y no ficción, amor y aventuras, novela costumbrista y psicológica, acción y reflexión moral. Parece difícil llevar mucho más allá el arte de la novela. Este aristócrata ruso que tuvo una juventud disipada donde no faltó el juego, la juerga, el derroche y la arrogancia de su rango militar, culminada con su celebridad como escritor, terminó renegando de su vida anterior y hasta de sus propias novelas, llevado de un afán por dotar de un sentido más noble a su vida.

Otra vida es posible
Ya al retirarse desencantado del ejército, con poco más de 30 años, se instaló en la finca familiar de Yásnaia Poliana y allí se encontró con un panorama de pobreza y sufrimiento campesinos que lo impresionó. Fundó una escuela gratuita para que pudieran acudir todos los que lo deseasen y se implicó en la mejora de las condiciones laborales de sus empleados. Allí escribió Guerra y paz y sus grandes novelas, pero pasado el tiempo creció su interés en el estudio de las escrituras y de tratar de llegar a la máxima pureza espiritual.

Tolstói es a menudo dibujado como un gran escritor que, en la etapa final de su vida, se convirtió en un viejo chiflado trastornado por su misticismo, que acabó fugándose de su casa con 82 años y muriendo de pulmonía en una solitaria estación de tren como un mendigo. Pero las cosas no fueron exactamente así. La indagación interior de Tolstói se inició cuando tenía treinta y tantos años y fue una progresión constante desde entonces, que se acentuó no en los últimos días, sino en las últimas décadas de su vida. El resultado de estas indagaciones filosóficas, literarias y morales (que le llevaron a estudiar griego clásico y arameo para leer las Escrituras) se han plasmado en diversas obras, mucho menos conocidas que sus grandes novelas, pero que demuestran, más que a un viejo chiflado, a un brillante compilador, precursor de muchas ideas que estaban aflorando sobre el antimilitarismo, la no violencia y la resistencia civil. Él no se arroga el mérito de decir nada nuevo, sino que incide en algo que ya está presente en las parábolas de Jesús de Nazareth, la catequesis de la no resistencia de Adin Ballou o el antiesclavismo de William Lloyd Garrison.

Durante el siglo XX esta reivindicación de Tolstói sería recogida por personajes tan influyentes como Gandhi o Martín Luther King. En la edición de El Reino de Dios está en vosotros que ahora publica oportunamente Kairós se incluye en un anexo la correspondencia entre un joven Gandhi y Tólstoi. La última carta que el escritor ruso envía a Gandhi está fechada a 7 de septiembre de 1910, tan sólo nueve semanas antes de fallecer, y si a alguien le quedan dudas de su lucidez, sólo ha de leer esas líneas. Además, Acantilado ya publicó una amplia selección de la correspondencia de Tolstói en un esclarecedor volumen coordinado por la especialista Selma Ancira.

Es cierto que Tolstói en esos tiempos estaba instalado en una radicalidad que propugnaba la abolición de los impuestos, de la policía, de todas las instituciones legales y del Estado, aunque tampoco está muy claro cuál era su plan B para evitar que la falta de reglas privilegiase a los más fuertes sobre los más débiles. Pero de lo que no cabe duda es que la capacidad de Tólstoi para poner de manifiesto las contradicciones e hipocresías de los órganos representativos de las religiones (empezando por la católica) resulta muy razonada y su defensa de la no violencia, tan vehemente como admirable.

Ha estallado la paz

El reino de Dios está en vosotros se centra en la cuestión de la legitimidad del uso de la violencia, especialmente por parte del ejército. Con argumentos difícilmente rebatibles, pone de manifiesto la hipocresía de la Iglesia Católica, que considera pecado matar pero que tiene curas militares que bendicen a los soldados que matan a docenas de seres humanos en las guerras. Tolstói repasa las críticas que se hacen a sus opiniones (de hecho, el libro fue prohibido en Rusia) para refutarlas sistemáticamente. Los religiosos tratan de justificar el uso de la violencia de dos maneras: acudiendo a la violencia que se despliega en el Antiguo Testamento o aludiendo a la necesidad de proteger a las almas buenas, porque si no el mundo quedaría en poder del mal. El escritor señala que, precisamente, el Nuevo Testamento entra en contradicción con el Antiguo y que justamente parece querer rectificarlo, y ésa es la misión de Jesús: llevar un mensaje de amor claro que haga entender las verdaderas intenciones de Dios. Y el de la defensa de los justos es un aspecto que Jesús rechaza. Su sermón de la montaña es claro: todos somos hijos de Dios, debes amar a tu enemigo y, si te abofetean, poner la otra mejilla. Es un mensaje tan claro que pretender que sea metafórico y que donde diga que has de amar a tu enemigo en realidad quiera decir que puedes bombardearlo, dispararle y fusilarlo si se tercia, parece un ejercicio bastante cínico. El mismo que, señala Tolstói, lleva haciendo la Santa Madre Iglesia desde hace quince siglos.

Comenta cómo los laicos también atacan su posición considerando que la doctrina propugnada por Jesús es errónea y que si se pusiera en práctica, la sociedad “se desviaría del camino por el que avanza la civilización”. Y Tolstói señala: “En otras palabras, si empezáramos a vivir de modo correcto, tal como nos enseñó Cristo, no podríamos continuar con nuestro modo incorrecto de vivir, que es al que estamos acostumbrados”.

Tolstói vaticina que llegará una época en que “la mayoría de hombres se avergonzará de ser cómplice y emplear la violencia, como en la actualidad se avergüenza de estafar o robar”. Y resulta enternecedor su optimismo, al ver en el incipiente siglo XX indicios de cambios en el mundo: “Los opresores –es decir, los que gobiernan– y los que sacan provecho de la violencia –es decir, los ricos– no se ven ya a sí mismos, tal y como sucedía antes, como la crema de la sociedad, el ideal de prosperidad y grandeza al cual aspiraban todos los oprimidos del pasado”.

Ojalá lleguemos a ver ese mundo de Tolstói donde las estatuas no se erigen a generales, ricos y eclesiásticos, sino a científicos, inventores y artistas. Dijeron que estaba mal de la cabeza, prohibieron sus libros, lo excomulgaron en 1901 y en la Academia Sueca se hicieron los ídem a la hora de concederle un premio Nobel que se pedía a gritos. Y es posible que Tolstói fuera un utópico, un adelantado a su época o un ingenuo, pero de chiflado no tenía ni un pelo de la barba.

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H.D. Thoreau

H.D. Thoreau: un aristócrata de la espiritualidad
Gandhi y Tolstói también fueron devotos lectores suyos y sus textos resultan, 150 años después, tan actuales como si los hubiera escrito ayer por la tarde. Su sentido común, su obstinada lucha contra la esclavitud o el belicismo, y su capacidad para reconocer lo verdaderamente importante le otorgan rango de genio. Texto: Gonzalo Pernas Frías

Henry David Thoreau –que en realidad se llamaba David Henry– vivió y murió en Concord entre 1817 y 1862. Lo cierto es que el autor de Walden sólo salió de la histórica villa de Massachusetts para estudiar en Harvard y, posteriormente, como preceptor de una familia neoyorkina por mediación de Ralph Waldo Emerson. Así, “he viajado mucho en Concord” es una de las no pocas citas célebres que el pensador de Nueva Inglaterra nos ha legado. También fue en Concord donde resonó el primer disparo de la Guerra de Independencia. Por tanto, la literatura norteamericana pura surgiría del mismo lugar en que nacieron los Estados Unidos 42 años antes que Thoreau.

No se puede escribir sobre Henry David, cuya rebeldía se hace patente ya en la inversión de su nombre compuesto, sin referirse a Emerson. Éste, además de abrir las puertas de su casa y de su nada desdeñable biblioteca a un joven Thoreau, fue la figura central del trascendentalismo estadounidense.

El grupo trascendentalista se formó durante los años 1830 en la zona de Boston, naciendo del encuentro de una filosofía romántica proveniente de Europa con el unitarismo característico de Nueva Inglaterra. No en vano, el término que le da nombre tiene su fuente en una frase de Kant –en su Crítica de la Razón práctica– donde el pensador prusiano llama trascendental al conocimiento que se ocupa, no de los objetos, sino del modo de conocerlos en tanto es posible hacerlo a priori.

En esta línea se escribió Nature, donde, casi a modo de manifiesto, Emerson elaboró una filosofía basada en la realización individual por medio de la experimentación de la Naturaleza; de la contemplación de sus leyes como vía de acceso al conocimiento de la Verdad con mayúscula; esto es, de Dios. Thoreau la llevó a la práctica y lo hizo afrontando todas las contradicciones que la empresa implicaba, ya a mediados del siglo XIX.

La contradicción es pues, uno de los rasgos distintivos de la vida y las letras de H.D. Thoreau. Se sabe que en sus apariciones públicas se veía obligado a reprimir sus sentimientos encontrados por la coexistencia en sí de lo social y de lo salvaje. Hawthorne lo verificó con sus propias palabras, haciéndonos saber cómo su colega parecía “inclinado a llevar una existencia india entre hombres civilizados”.

Conocedor de un riesgo que no quiso correr, Emerson se las arregló para reconciliar naturaleza y progreso en un solo discurso; por encontrar un punto de convergencia entre pasado y futuro. Por el contrario, Thoreau, siempre nostálgico, se aferró a la contemplación de una naturaleza herida y crepuscular. Así lo hizo hasta su último y tuberculoso suspiro.

Tal vez por ello no haya espacio para épicas triunfalistas en las letras de Henry David; no haya, en definitiva, nada que celebrar. Junto a la soledad del pesimista romántico genuino, sí encierran una profunda solemnidad que ha cautivado a pensadores de la talla de Nietzsche y Ghandi.

Con todo, y aunque sólo sea por un momento, con Thoreau se adquiere una conciencia verdadera del ser y del lugar. Igualmente, el lector descubre por sí mismo la terrible falacia de un desarrollismo empeñado en arrancarnos de la naturaleza; una naturaleza dispuesta a darnos todo, incluso nuestros pensamientos más elevados. La referencia a Thoreau como aristócrata de lo espiritual se basa en una idea que el propio autor plasmó en sus escritos. Aparece referida a lo aristocrático en relación a dicha elevación del pensamiento; es decir, de un elitismo espiritual y no social.

Por eso es curioso lo que Chesterton escribió acerca de cómo tener algo de aristócrata equivalía a tenerlo de anarquista. También lo es lo que Herta Müller ha dicho recientemente sobre las utopías y su facilidad para transformarse en horrores cuando se llevan a la práctica. Nuestro aristo-anarquista siempre lo supo y por eso su acérrima defensa de la libertad individual queda hoy más que legitimada.

En cualquier caso, la idea de aristocracia del pensamiento encierra un fuerte sentido democrático y, por tanto, característicamente norteamericano. Los procesos emersonianos del crecimiento espiritual por medio de la contemplación estaban al alcance de todo individuo. Además, en el tiempo de Thoreau estaba en boga el ideal de self made man, el hombre que se hace a sí mismo, una tradición que ha llegado hasta nuestros días algo corrompida, en forma del archiconocido American dream.

América y el poema del mundo
Toda la obra de Thoreau se mantiene fiel a ese principio de accesibilidad. Como Emerson, apostó por una literatura transgresora del clasismo intelectual heredado del Viejo Continente y escribió que “hay una especie de verdad y naturalidad doméstica en algunos libros que es muy rara de encontrar y que, sin embargo, parece bastante asequible”. Pero la asequibilidad de verdades naturales resultaba insostenible en un país moralmente oscurecido por la esclavitud. El poema del mundo, como le gustaba decir a Henry, no podía ser escuchado en América mientras aquélla persistiese.

Una historia que todo lo transforma ha permitido que su efigie acompañe a las de los presidentes estadounidenses y a la de su mentor en el panteón de los héroes americanos. La misma historia, no obstante, ha demostrado cómo el antiabolicionismo tan defendido por Thoreau ha resultado, entre otras cosas, en la actual presidencia de Barak Obama.

En cualquier caso, el grupo trascendentalista de Concord debe ser recordado como la punta de lanza del progresismo estadounidense del siglo XIX. Además, su filosofía no dejó a nadie indiferente, calando profundamente en Whitman y Dickinson, despertando cierto escepticismo fatalista en Melville y animando a Poe a burlarse de ella.

Más allá de su asilvestramiento filosófico y vital, Thoreau pertenecerá por siempre a la tribu ilustrada del gurú Emerson, junto a la feminista Margaret Fuller, Bronson Alcott y otros pensadores que, si bien no compartieron el posicionamiento intelectual de nuestro autor, sí lo hicieron con su deísmo y su afán reformista. Tal vez no sea casual que Massachusetts sea uno de los pocos estados norteamericanos que ya permite la unión matrimonial entre homosexuales.

Como auténtico aristócrata del espíritu, Henry David tuvo la deferencia de compartir con nosotros un pensamiento gobernado por la percepción y en donde la razón no es más que un sirviente sumiso. Aunque a veces tensionadas por la pugna entre natura y cultura, nos deja una letras sinceras, pacíficamente combativas y absolutamente desprovistas de toda retórica engañosa.

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Escrito por el may 20 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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