Julia Navarro pone rostro de mujer al convulso siglo XX
Las historias reales que contaba su abuela y muchas lecturas sobre la República, la guerra civil y el nazismo alimentan las mil páginas de “Dime quién soy” (Plaza & Janés), cuya protagonista es símbolo de todas esas mujeres olvidadas que vivieron existencias extraordinarias en la centuria de los totalitarismos.
Texto: Inés García-Albi Foto: Lolo Fernández
Durante estos meses se está celebrando una guerra. Bueno, mejor dicho (tampoco hay que ponerse dramática), una batalla. Silenciosa, pacífica. Sólo los expertos están al tanto. Los lectores de a pie no se dan cuenta. A ellos sólo les interesa leer. Pero, si van a su librería, enseguida notarán que algunos bandos han aprovechado esta temporada para salir al ruedo con sus mejores espadas. En los cuarteles generales hay nervios. El mes de abril es estratégico y hay que poner toda la carne en el asador, y más ahora que no está el horno para bollos. En el cuartel general de Plaza y Janés se ultiman todos los detalles para uno de sus lanzamientos estrella. Faltaban doce días para el día D. Cruzo la puerta del alto mando.
Al fondo, dentro de una sala acristalada, está Julia Navarro hablando seguramente de lo que se avecina con otra mujer. Hay que cerrar muchos frentes: la campaña de marketing, la promoción, comidas, envíos, dedicatorias. La dejo hacer mientras intercambio impresiones con su editor, (en jerga militar correspondería a un almirante) David Trías, siempre tan atento. Está contento con la última novela de Julia Navarro, Dime quién soy, el libro con el que va a luchar en las librerías. Sabe que Julia tiene muchos seguidores; tres millones de lectores en el mundo, dos de ellos en España, que la han seguido ávidos a través de sus otras tres novelas, La hermandad de la sábana santa, La Biblia de barro y La sangre de los inocentes. A Julia, sin embargo, no es raro escucharle que no hay nada ganado, que en cada libro se la juega. Ella ha visto a muchos políticos y periodistas caerse cuando estaban en lo más alto, así que sabe que hay que batallar cada día, escalón por escalón. Sí, en eso tiene razón, pero su ejército ha mejorado mucho desde que esta editorial sacara en 2004 los primeros 8.000 ejemplares de La hermandad de la sábana santa, que pronto tuvo que reeditar. En esta ocasión pondrá en el mercado 200.000 ejemplares en castellano y catalán, y Círculo de Lectores lo publica al mismo tiempo. Y eso que todo empezó un día de playa en el que leyó una noticia y pensó que sería un buen tema para una novela.
Julia sigue cuidando mucho los detalles. Cada año, de motu propio, invita a comer a los comerciales de la casa. Una deferencia hacia todos los que luego salen a vender por España sus novelas. Tiene otras características que también reflejan su personalidad, su carácter. Por ejemplo, nunca dice a su editor el argumento ni el título de su próxima obra. No suelta prenda. Sólo que está trabajando. Hasta que un día suena el teléfono y Julia le advierte que se siente y le comunica hechos consumados. En esta ocasión, la conversación debió ser más o menos como sigue:
-Julia: ¿David? ¿Estás sentado? Tengo algo que decirte…
-David (intentado no parecer impaciente): Sí, sí, cuéntame.
-Julia: Ya he terminado. Se titula Dime quién soy y cambio un poco de tercio. Se trata de una novela de personajes que, sin renunciar a la aventura ni a la historia, retrata la memoria del siglo XX y la identidad de esas personas anónimas que lo protagonizaron.
-David: Bien
-Julia: ¡Ay, se me olvidaba!
-David: …
-Julia: Tiene 1.097 páginas.
Julia se acerca a nosotros. Ha terminado de organizar los envíos a sus amigos, conocidos, prensa; al día siguiente tiene la comida con los libreros. Es mi turno. Toca poner sobre la mesa su arma de combate: Dime quién soy. Media melena bien peinada y cortada, jersey rojo de cuello vuelto, pantalón negro. Normal, sin estridencias. Como es ella. Me saluda muy cariñosa. Nos conocimos hace tiempo con motivo de una entrevista y nos hemos cruzado en alguna ocasión más. Siempre con cordialidad. Julia me hace una confesión. Uno de sus personajes lleva un apellido mío: Albi. Me dice que muchas veces coge apellidos o nombres que le gustan y que, si son de amigos, avisa y que espera que no me moleste. Le informo que estoy encantada. Me invita a comer. Ya ha reservado en uno de sus restaurantes favoritos. Otro detalle.
Estamos en la plaza de Oriente, en su barrio, y hace un día muy madrileño, con esa luz que anima el espíritu, así que decidimos primero tomar un aperitivo. Julia no es de comer mucho. Es delgada, frágil. En ese aspecto recuerda un poco a la protagonista de su nueva novela, Amelia Garayoa, que a pesar de su físico no se achanta ante nada ni nadie. “No, qué va, para nada”, se ríe sólo imaginándolo. “En Amelia no hay nada mío. Ella comete muchos errores en su vida y se mete en todos los charcos. Me cae simpática porque yo también he cometido muchos errores, pero no encuentras nada mío en ella. No sé si hubiera actuado como ella en su situación”, asegura.
En cambio, de Guillermo, el periodista, el que luce mi apellido, que investiga la vida de Amelia, sí. “Ahí sí me encuentras, sobre todo en su opinión de cómo está el oficio. Transmite el momento en el que estamos viviendo, la perdida de independencia de los medios, mediatizados por el poder político y económico. Hoy por hoy, como no leas todos los periódicos y escuches todas las radios, corres el riesgo de escuchar solamente una emisora o leer un periódico hecho por gente que piensa como tú, pero eso no significa que diga la verdad o sea objetivo. Leo, bueno hojeo, todos los periódicos todos los días”.
Como decía antes, esta autora de éxito tiene los pies en la tierra y, a pesar de su éxito, sigue trabajando de periodista, escribiendo su columna de opinión en Europa Press y asistiendo a alguna tertulia radiofónica. Se levanta pronto (cuando escribe, a las cuatro de la mañana; cuando no, tipo seis y media para llevar a su hijo al colegio, que entra pronto), así que el día le da para mucho. No deja el oficio, además de por precaución, porque le gusta. Lo lleva dentro. Fue una de las periodistas políticas de la transición, de aquellas que consiguieron dejar claro que las mujeres eran igual de buenas que sus compañeros a la hora de informar de política o de cualquier otra área. Cambió cuando tenía 16 años las zapatillas de baile por la máquina de escribir, pero ahora hace compatible (quizás es más fácil compatibilizarlo) la ficción con la no ficción.
Acabamos el aperitivo (bueno, acabo yo, porque ya digo que Julia no es lo que llamamos un buen diente) y vamos a la Taberna de Alabardero (soldado de infantería con alabarda, por cierto), donde Julia debe ser una asidua porque la saludan todos muy cariñosamente. Está a rebosar. Ni una mesa libre. Pedimos. Julia, verduras a la plancha y merluza hervida sin sal. No, no está a régimen, es que es vegetariana y a veces, cuando tiene que tomar proteínas, se permite tomar pescado (por cierto, que la merluza será devuelta a la cocina porque “sabe demasiado a pescado”. Problemas de alergias, alega).
Hablamos de Dime quién soy. Se ha quedado satisfecha con la novela. Además, ha cambiado de registro. No se remonta a tiempos remotos, sino que es nuestra historia más reciente, y según cuenta, además de entretener, que es el objetivo de sus trabajos literarios, invita a una reflexión. Es difícil hablar de ella sin destripar la trama. La novela comienza en la Segunda República y termina con la caída del Muro de Berlín. La protagonista es una mujer, Amelia Garayoa, “mitad vasca, mitad catalana y vive en Madrid. Es una forma de reflejar un poco lo que es este país. No se puede contar su historia sin el País Vasco, sin Cataluña y Madrid, que es el rompeolas que decía Machado”. La novela arranca con el encargo de Guillermo de investigar la vida de su bisabuela, Amelia, que desapareció al inicio de la guerra civil española. Amelia es una joven perteneciente a una burguesía ilustrada cuya vida transcurre por los cauces normales, por lo que socialmente se espera de ella, pero con la llegada de la Segunda República comienza a interesarse por la política. Y acaba abandonado a su hijo recién nacido y a su marido. Guillermo irá tirando del hilo, de la gruesa y enmarañada madeja de la vida de su bisabuela y del convulso y sangriento siglo XX. Cada vez que el lector piense “no es posible”, será posible. Cada vez que lector vuelva a pensar “esta vez no será capaz”, será capaz. Cada vez que el lector piense “de ésta no sale”, saldrá. Julia comenta que ha leído mucho para esta novela (no es muy de Internet, lo que le hace feliz es ir a la búsqueda de libros sobre el tema a tratar y regresar a casa tan cargada como Julia Roberts en Pretty woman). Ha leído de la segunda guerra mundial, de Hitler, de Stalin, de los campos de concentración, de la guerra civil, de servicios secretos ingleses, americanos, de la resistencia griega, de la italiana, de contraespionaje, de la guerra fría, de la vida en el Berlín Este. “Cuando estaba leyendo para esta novela, no te puedes imaginar la cantidad de mujeres extraordinarias que me he encontrado con vidas de película y que no son conocidas, pero la historia la siguen escribiendo los hombres y las mujeres seguimos sin tener ese papel protagonista. Hay un montón de mujeres que han tenido una vida muchísimo más apasionante que la de Amelia”, me asegura. Y, como me ve reacia, me cuenta que a partir de su investigación comenzó a recortar obituarios de mujeres en los diarios. “He encontrado maravillas, mujeres de 90 años que como mi protagonista han vivido la segunda guerra y otros horrores, que hablaban seis o siete idiomas, comprometidas, extraordinarias, desconocidas”. Sí, la verdad que historias increíbles haberlas haylas. Y la de su protagonista lo es.
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La tragedia de la guerra civil en una familia normal española está muy bien reflejada en Dime quién soy. Julia oía historias de pequeña. Ella vivió en la casa de su abuela con su madre y sus tías, quienes le contaban historias de la guerra y de posguerra, de las carencias, de subsistencia, historias de ganadores, de vencidos, y una de esas historias que se contaba en voz baja hablaba de una mujer, una joven que había abandonado a su marido y a su hijo pequeño y de la que la familia nunca más supo. “Dime quién soy viene de imaginar la historia de una mujer que un día dejó todo y desapareció. En la novela hay mucho ambiente familiar, mucho de lo que yo recuerdo que contaba mi abuela, de lo que contaba mi madre, de lo que fue la posguerra, de lo que se carecía, cómo las familias tenían que seguir manteniendo unos ciertos convencionalismos sociales en una España donde no había nada. Mi familia era republicana, de los que perdieron, era de esa pequeña burguesía que sin embargo se vio obligada a mantener unos convencionalismos sociales. Tenía un negocio y se fue a pique todo, hay mucho de esas historias. La guerra civil fue una tragedia para todos. Nadie puede sentirse orgulloso de lo que pasó”, asegura.
¿Y la memoria histórica? “Yo siempre digo que, si mi abuelo estuviera en una zanja, yo querría recuperarlo, pero sin las cámaras de televisión. No hay que hacer un espectáculo de eso. En este país se hizo una cosa extraordinariamente bien, que fue la transición, y no creo que haya que volver a abrir las heridas”, dice Julia, a la que en cuanto se despista le sale su faceta periodista.
Una mujer que se levanta de una mesa próxima a la nuestra nos hace cambiar de tema. Es una de esas mujeres que pasó una primera vez por el quirófano para retocarse y, a juzgar por su cara, se hizo adicta y su rostro sin expresión –o con esa expresión que deja el abuso del bisturí– hace que todo el mundo la mire. Hablamos del tema. Julia ya ha entrado en la década de los cincuenta y me cuenta que hay un día que te pones enfrente del espejo y te das cuenta de que estás envejeciendo, y es el día que te planteas si asumirlo, quedarte con tus arrugas y con los daños colaterales de la edad, o pedir cita al plástico. “Opté por las arrugas. Tengo los años que tengo y eso no lo puedo cambiar, pero me lo planteé”, dice.
Volvemos sobre nuestros platos (es decir, yo; ella ya había devuelto su merluza) y sobre su novela, su apuesta por ganar la batalla pacífica de la que hablaba al principio. Amelia, con su increíble y apasionada vida, recorre medio mundo: Buenos Aires, París, Berlín, Roma, Varsovia, Moscú, Atenas, Nueva York, Londres, El Cairo. Es una mujer políglota (español, vasco, francés, inglés, alemán, ruso), una mujer de mundo que se mueve bien en todos los ambientes. Julia conoce todas esas ciudades. Le gusta viajar y se siente más cómoda y segura escribiendo sobre lo que conoce. Seguramente, es la faceta de periodista la que se impone en esos momentos. Nos despedimos tan cariñosamente como nos hemos saludado. Ha sido una tarde muy agradable. Sin duda, Julia ha ganado su primera escaramuza.










la mejor novela q he leido en mi vida…GRACIAS Julia,m has hecho llorar…..
me la he leido en un plis-plas, imposible dejar de leer, como todos los libros que me he leido de esta señora. Lo bien que te queda cuando lees un buen libro.
Soy de México, mi primer contacto con Julia Navarro fue por un obsequio inesperado hace un par de años que estuve estudiando en Madrid, este año he pedido de intercambio para estas navidades Dime Quien Soy y aunque aún no acabo de leerlo, estoy fascinada, no puedo parar!!! Amo el personaje de Amelia, en verdad es buenísimo, sin duda soy fan de Julia!
Yo la acabo de leer hace un rato y he llorado. ¡Qué mujer! Es una novela larga, pero no la sentí así: se lee fácilmente y se recuerdan hechos históricos con los personajes, que en ocasiones te producen escalofríos y deseos de saber el final. Amelia creo que es un conjunto de mujeres valientes y desconocidas, a la que a veces dan ganas de decirle “¡para!”, pero ella no hace caso, sigue como si no te escuchase. Tenía la capacidad de hacer sentir la vida, a veces con alegría (no muchas) y otras, con desesperación. Una novela que merece la pena:).
Yo tambien la acabo de leer y tambien he llorado. He tardado 9 dias en leerla. Me ha gustado mucho. Se la recomiendo a todos. Os gustara.
Acabo de terminar de leer la novela y es muy recomendable.