Richard Bausch: “Paz”
Autor: Richard Bausch
Traductor: Luis Murillo Fort
Editorial: Los Libros del Lince
200 páginas. 17 euros.
CUATRO TINTEROS
Un grupo de soldados, casi adolescentes, que no entienden nada del porqué de tanta infamia, que no saben de patrias ni de Estados, avanzan sobre territorio siciliano. Bajo una lluvia constante, con el cuerpo entumecido por el frío, apenas aciertan a ver el paisaje inhóspito que les rodea, en el que podría esconderse algún francotirador. Unos muchachos a la deriva física y moral, bajo el peso tanto de la culpa como del miedo, pero con una gran piedad hacia tanta devastación.
Paz, la última novela de Richard Bausch, habla de guerra. De la segunda guerra mundial, y tiene como protagonistas a las tropas norteamericanas en Sicilia. En el relato, a diferencia de la muy abundante ficción sobre este gran conflicto, no se nos da ningún mensaje, ninguna señal. No aparece el menor atisbo de discurso ideológico, a menudo tan cargante y, la verdad, es que ni falta que hace.
Existe una fotografia de Robert Capa, hecha en Troina en agosto de 1943, en donde aparece un campesino siciliano, con la cabeza cubierta con una especie de barretina catalana, señalando con un largo bastón por dónde ha huido un convoy alemán a un soldado estadounidense. El pobre nativo, de estatura casi enana, tiene la misma altura que el soldado que, de cuclillas y con casco, observa la dirección del palo. Pues bien, esta imagen podría resumir, mucho mejor que cualquier comentario, el contenido del libro. El incierto papel de estos campesinos con respecto a los soldados americanos constituye uno de los temas centrales del argumento.
Unos pocos personajes le bastan al autor para armar un escenario de opresión física y moral. Un solo día, una sola jornada, le es suficiente para resumir las atrocidades y la crueldad de toda aquella contienda.
Bausch es un maestro a la hora de crear y tensar un ambiente, una atmósfera, un pálpito, con una asombrosa economía de palabras. Sorprende la capacidad que tiene para comunicar, sin casi describirlo, el tedio, la náusea, la incredulidad del soldado frente a su propio papel, y el espanto ante la irracionalidad de la violencia. Con un estilo directo, crudo y desnudo, sin apenas adjetivos y una prosa poderosamente envolvente, lleva de la mano al lector al centro mismo de la barbarie. En el lugar y momento preciso en que uno puede ser víctima o asesino, en aquel instante de desolación en la que ya no hay otra alternativa. Lo apuntó Conrad hace poco más de un siglo: “El horror, el horror”.
Por Antoni Gual
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