Miguel de Unamuno: el despertador de conciencias

Miguel de Unamuno es el intelectual más beligerante y polifacético de las letras españolas del siglo XX. Una voluminosa biografía de Colette y Jean-Claude Rabaté (Taurus) actualiza la figura de este pedagogo, filólogo, predicador laico y epistológrafo que decía hablar tanto de sí mismo “porque soy el hombre que tengo más a mano”. Texto: Carles Barba 

Clama el personaje Augusto Pérez en la novela Niebla: “Quiero vivir, vivir, vivir…”. Esta ansia de perdurabilidad traspasa la vida y la obra enteras de su creador, Miguel de Unamuno, y junto a ella otra pulsión se cierne sobre su trayectoria, la angustia de una vida sin finalidad. A sólo un año del 75 aniversario de su muerte, no se puede decir que Unamuno no haya tenido una posteridad reconocida. Se le considera –Donald Shaw dixit– el gigante de la generación del 98. Y desde luego resulta difícil encontrar en la literatura española de cualquier época una figura más versátil y multiforme: ensayista, novelista, dramaturgo, poeta, diarista, cronista de viajes y helenista, se derramó en todos los géneros y tuvo además energías bastantes para la agitación política, ejerciendo de excitator Hispaniae en los periódicos, y para escribir 25.000 cartas, llenas de pinceladas autobiográficas. Este leonardesco hombre de letras, que estuvo toda su vida (36 años del XIX y 36 del XX) batallando ásperamente “contra esto y aquello”, presentaba por lo demás en sus facetas privadas un perfil tranquilo y recogido: padre de familia numerosa, trajeado a la manera de un pastor protestante, confinado toda su vida adulta en una capital de provincias (Salamanca), era un gran aficionado a confeccionar pajaritas de papel y un entusiasta andariego por los pueblos y paisajes españoles y portugueses. Una recientísima y voluminosa biografía de Colette y Jean-Claude Rabaté invita a recapitular la vida de este vasco hondamente castellanizado, que decía que jugaba con las ideas con la misma pasión con que los pelotaris de su tierra jugaban a la pelota.

Don Miguel nació en Bilbao, en su casco viejo, el 29 de setiembre de 1864, poco antes de que la ciudad se transformase en gran urbe industrial. Tercero de los seis hijos de un comerciante y panadero que había hecho una pequeña fortuna en México, y que casó con una sobrina carnal diecisiete años menor, la infancia del crío transcurrió en un hogar cálido y confortable, hasta que en 1870 se produjo un suceso traumático: el padre falleció a los 47 años de tisis pulmonar, muerte a la que siguió un año después la de la sexta hija de la pareja (en 1860 había muerto también la hija mayor). El niño se vió así de golpe sumido en un mundo matriarcal, regido por una viuda que se refugió en la religión más estricta. Miguel se evadió de tan lúgubre atmósfera por tres vías distintas: abrevando en la pequeña biblioteca doméstica que dejó su padre, distrayéndose con las fiestas (Carnaval, Semana Santa, Corpus…) que amenizaban anualmente las calles del viejo Bilbao y compartiendo con los chicos del barrio mil y un juegos –canicas, pedreas, competiciones a nado…– que luego él mismo evocará con punzante nostalgia en uno de sus libros más queridos, Recuerdos de niñez y mocedad.

Dos sucesos colorean de modo especial el período formativo: la primera comunión, compartida entre otros con una niña de Guernica, Concha Lizárraga, que va a ser después novia y única mujer de su vida, y el sitio carlista de Bilbao de 1874, durante el cual cae una bomba a pocos metros del hogar del chico, bomba que sacude profundamente su sensibilidad y que originará veintitrés años después su primera novela, la narración histórica Paz en la guerra. Gracias a los apoyos de la abuela materna, Benita, y del tutor Félix Aranzadi, entre 1875 y 1880 podrá completar el bachillerato en las escuelas laicas de su ciudad.

Y, a los dieciséis años, en 1880, sale hacia Madrid, en donde cursa Filosofía y Letras, y se doctora en 1884 con la tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca. Sigue un interludio de seis años de travesía del desierto, en los que prepara (sin éxito) varias oposiciones a catedrático de instituto y ha de apelar a clases particulares y a innumerables colaboraciones en prensa para poder subsistir. Para entonces se siente visceralmente socialista y se une con unos cuantos camaradas para impulsar el semanario La lucha de clases.

Tormentas del alma

En 1891 por fin su existencia se estabiliza. Tras un viaje por Francia e Italia en el que se gasta sus ahorros, en enero sienta cabeza y se casa con Concha Lizárraga. Y en la primavera de ese mismo año, ante un tribunal presidido por Menéndez y Pelayo, gana por oposición la cátedra de griego de la Universidad de Salamanca. El joven profesor se identificará desde entonces entrañablemente con la capital del Tormes y, a través de ella, de sus piedras doradas y del aura de los docentes que le precedieron, como Fray Luis de León, se forjará su amor por Castilla y su regeneracionismo españolista, que tendrá en 1898 y la pérdida de las colonias su fecha más candente. Pero antes vienen los primeros hijos, se asienta su labor profesoral y se larva una crisis religiosa muy aguda, que estalla en 1897 y que (como confiesa a Clarín por carta) “hubiera hecho de mi vida un infierno a no tener mujer e hijos”. Con otro escritor amigo, Joaquín Costa, se franquea explicándole que había germinado en su seno “la idea, indesarraigable en mi espíritu, de que es inútil que nos propongamos fin alguno si el universo no lo tiene”. Amén de una fe tambaleante, otro motivo de desazón lo constituyó la hidrocefalia de un hijo, Raimundín, que murió finalmente en 1903. Con el cambio de siglo, Unamuno parece superar las tormentas de su alma, gracias en parte al reconocimiento académico y nacional que le va llegando, y que culmina con su nombramiento en 1901 como rector de la Universidad.

Con Concha, sus hijos y sus libros, se traslada a la casa rectoral y en los siguientes años va dando a las prensas títulos varios que cimentan su prestigio: la novela Amor y pedagogía (1902), el ensayo Vida de don Quijote y Sancho (1905), los Recuerdos de niñez y mocedad (1908) o un tomo de Poesías (1907), género al que se incorpora tardíamente (a los 43 años) pero en donde va a dar algunos de sus mejores frutos (Cernuda, de hecho, le considerará “el mayor poeta que España ha tenido” en el siglo XX). En 1911 se descuelga con un delicioso volumen de viajes, Por tierras de Portugal y de España (que revalidará en 1922 con otro tomo gemelo, Andanzas y visiones españolas), y en 1913 en fin publica su obra ensayística más conocida, Del sentimiento trágico de la vida, donde, tras invocar a una pléyade de autores (desde Pascal a Kierkegaard), se plantea si es posible la trascendencia individual y si es dable una vida digna de tal fin sin la garantía de un alma inmortal. A estas alturas de su carrera, Unamuno es ya “un monumento nacional” (como le dice su yerno, José María Quiroga Pla) y va camino de convertirse en “el español más importante que ha existido desde Goya” (como le dirá lisonjeramente el conde de Keyserling). Y, sin embargo, en pleno apogeo de su crédito intelectual, y debido a la beligerancia de sus artículos políticos (donde se ceba en Alfonso XIII), en 1914 se le destituye fulminantemente como rector. Sus posiciones aliadófilas durante la Gran Guerra aumentarán el grueso de sus enemigos, pero en conjunto irá consolidándose como cabeza de filas de la intelligentsia liberal española, y flagelo de todos los reaccionarismos.

En medio de estas marabuntas, su productividad creadora no remite; al contrario: en 1914 aparece Niebla, la memorable “nivola” (en terminología unamuniana) en la que se proclama que “la vida es niebla”; en 1918 aparece Abel Sánchez, una implacable ficción sobre la envidia; y en 1921, La tía Tula, una exploración sobre una maternidad frustrada. Por lo demás, Unamuno se sabe cada día más importante como mandarín de la nación y en 1917 puede escribir sin ningún recato: “Tengo la convicción de influir en la política –en el más alto sentido de la palabra– española más que la inmensa mayoría de los diputados y los senadores”. Pero este alza de su nombradía siente que va en detrimento de su amor a la vida retirada y a través de varias piezas teatrales (La esfinge, 1909, o Soledad, 1921) dramatiza este conflicto, entre “el hombre de la fama pública, esclavo de su nombre” (tomamos las palabras de Luis Felipe Vivanco) “y el otro hombre de vuelta que quiere convertir su vida en pura intrahistoria hogareña”. De hecho, en lo sucesivo irá en aumento su temor de que su activismo social acabe destruyendo su yo más íntimo, y en su última novelita, San Manuel Bueno, mártir (1933), cogerá el tema por los cuernos y se encarará al “pavoroso problema de la personalidad”.

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Destierro en Canarias... y París

Con la instauración del Directorio de Primo de Rivera, en 1923, la hostilidad de Unamuno hacia la monarquía alfonsina se encona aún más y sus artículos supuestamente injuriosos contra el rey en El Mercantil Valenciano le granjean una serie de procesos jurídicos. Por fin, en febrero de 1924, el dictador en persona le suspende de empleo y sueldo, y se le condena a la pena de destierro en la isla canaria de Fuerteventura. El día 21, a las nueve de la mañana, Unamuno da su clase habitual y se despide de sus estudiantes parafraseando la célebre fórmula de Fray Luis de León: “Para el día próximo, la lección siguiente”. A la una de la tarde dos policías llegan a su casa para llevárselo. Se le conduce a Madrid y luego a Cádiz, en compañía de otro no grato a la dictadura, el ex diputado Rodrigo Soriano, y el 27 de febrero se les embarca hacia las Canarias. Permanecerá en Fuerteventura cinco meses y, aunque rabia por dentro por la canallada que cree que se le ha hecho, la estancia en la isla le resultará grata y le descubrirá por ende la inmensa seducción del mar. Escribe sonetos, pasea, monta alguna vez en camello y juega al ajedrez con su traductor inglés Mr. Flicht. El 9 de julio, con la colaboración del director del periódico parisino Le Quotidien, se escapa en barco un tanto rocambolescamente y se trasplanta a Paris, donde se radicará un año. Al salir de Canarias pudo aún enterarse de que Primo le había amnistiado, pero prefirió el autodestierro voluntario en protesta por la tiranía que en su opinión sojuzgaba a España.

París no le agradó, a pesar de contar allí con devotos de su obra y persona como Jean Cassou o George Duhamel, y de poder alternar en Montparnasse con un círculo de exiliados españoles, como Vicente Blasco Ibáñez y Eduardo Ortega y Gasset. Atacado por la morriña de España, optó por una solución de compromiso: se domicilió en la frontera misma, en Hendaya, desde donde podía oír cada día las campanas de Fuenterrabía. A partir de este momento, va a personificar el símbolo vivo de la oposición al régimen. Empieza a colaborar en Hojas Libres, una publicación mensual auspiciada por Ortega y Gasset, y en ella arremeterá una y otra vez contra sus dos bestias negras, el general Martínez Anido, “un vesánico”, y el general Primo, “un completo majadero con menos seso que un grillo”. En una misiva a Jorge Luis Borges, con quien se cartea, le asegura que en la España del momento, si se quiere vivir vida de hombre, hay que hacer lo que él: desterrarse. Y en fin, en esos años de confinado, a la par que se deja visitar por Concha, hijos y demás familia, y que a sus sesenta y tantos se mantiene robusto gracias a excursiones por los alrededores, va apuntalando un corpus literario que sigue asombrando por su variedad e intensidad. En Fuerteventura, por ejemplo, inicia un Cancionero de poemas que se irá engrosando hasta su muerte y que sólo con su publicación en 1953 dará la medida de su nivel. A cuenta de él, Donald Shaw ha podido decir que desgrana “una poesía metafísica de una calidad no vista en España desde los tiempos de Quevedo y Calderón”. El desterrado asimismo ha podido volver a reconsiderar las luchas de fe que desde siempre corroen su conciencia y las ha reformulado en La agonía del cristianismo (1925). Ingeniosamente decide sortear la esterilidad inventiva que le atenaza en Paris y se pone a escribir precisamente Cómo se hace una novela, un espléndido ejercicio metaliterario. Y, por último, produce uno de sus dramas más concentrados, El otro, un tour de force pirandelliano en el que el protagonista se confronta con sus alter egos.

A la caída de Primo en 1930, sigue como consecuencia natural el regreso (triunfal) de Unamuno a España y a su Salamanca. Tras paradas en Irún y Bilbao, ciudades en las que se le agasaja, el 13 de febrero de 1930 –tras seis años de destierro– Unamuno pone pie en su ciudad de adopción. Una verdadera marea humana le vitorea a su paso por las calles y por la Plaza Mayor. Por fin, desde el balcón de su casa de la calle Bordadores, recuerda a quienes le aclaman lo que dijo seis años atrás: “Volveré, no con mi libertad, que nada vale, sino con la vuestra”. Y Unamuno recupera así, cerrando un círculo, su gran autoridad de poeta civil, de orador nacional.

“Me duele la República”

En efecto, a la luz de la biografía del matrimonio Rabaté, queda claro que en sus últimos seis años “el sabio de Salamanca” se volcó principalmente en la política. Un detalle: encabezaba sus cartas de entonces con el membrete “Abajo Alfonso XIII”. Durante el interregno del general Berenguer, prodigó su presencia en numerosos mítines y se reafirmó liberal, republicano y socialista. Auténticamente multitudinaria resultó por ejemplo su intervención en el Primero de Mayo de 1930 en el Ateneo de Madrid. Dijo allí que se había exiliado para evitar que le alcanzara el oprobio de la historia y aclaró: “Yo no he sido el perseguido; he sido el que perseguía”. Apenas un año después, el 14 de abril de 1931, tendrá ocasión de liderar una jornada histórica, la proclamación de la República en su ciudad. Desde el balcón del ayuntamiento, y tras ser arrojadas las efigies de los reyes, Unamuno se dirige a la multitud congregada en la Plaza Mayor: “¡Salmantinos! Hoy comenzó una nueva era y terminó una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido”. Y el 15 de abril llega el broche de los nuevos tiempos con su restitución como rector de la Universidad.

Durante el lustro republicano, Unamuno tendrá poco espacio para la creación literaria. Le engulle su propia fama y la espiral de acontecimientos que se suceden (los fusilamientos de Jaca, Casas Viejas, la revuelta de Asturias…). Al “no es eso, no es eso” de Ortega, el vascongado a su vez le hace eco con un “me duele la República”. Se le llega a elegir diputado a Cortes, pero la actividad parlamentaria le desilusiona. Al agotamiento físico que le producen tantos discursos y viajes se suma el dolor por los fallecimientos de seres muy queridos: el de su hija Salomé a los 36 años por tuberculosis ósea, el de su hermana monja Susana y, sobre todo, el 15 de mayo de 1934, el de su esposa Concha, su “costumbre”, como solía llamarla. Intenta consolarse garrapateando versos que se van añadiendo a su Cancionero en marcha. Y, aunque comienzan a lloverle distinciones internacionales (la Academia Argentina lo propone para el Nobel), se siente cada vez más solo e incomprendido, como ese Cristo de Velázquez elevado por él a largo poema en 1920.

Desgraciadamente, 1936, el último año de su vida, va a ser doblemente infausto, para él y para su país. Tras la victoria del Frente Popular el 16 de febrero, Unamuno viaja a Inglaterra para recibir el homenaje de la universidad de Oxford y durante una cena en Londres, hace públicos sus malos presagios: “En España ahora nadie oye allí a nadie. Unos saludan así [levanta el puño en alto] y otros saludan así [levanta el brazo]. Y España se hunde”.

A su regreso a Salamanca, en donde lleva ya una existencia de jubilado, sigue mostrándose afligidísimo por el futuro nacional y, lo mismo en la prensa que en cartas, dice que el país es “un manicomio suelto” y que ve “cernerse una catástrofe”. El 18 de julio estalla por fin la sublevación militar y veinticuatro horas después Salamanca pasa a manos de los nacionales. Como se sabe, el viejo catedrático se puso en un principio del lado de los rebeldes, convencido de que la hora precisaba “un cirujano de hierro”. En su biografía los Rabaté interpretan que Unamuno creyó que el levantamiento militar era “uno de esos típicos y frecuentes pronunciamientos liberales del siglo pasado”. A consecuencia de estas actitudes, el 23 de agosto Manuel Azaña le destituye como rector vitalicio de la Universidad, a lo que el gobierno de Burgos responde confirmándole. El asesinato (por falangistas) del alcalde Casto Prieto y las purgas que sufren personas honorabilísimas de la ciudad hacen rectificar al viejo liberal que es Unamuno.

Los dos últimos meses del que se autodefinió “despertador de conciencias”, son tristísimos. Los narra muy bien Luciano G. Egido en el libro Agonizar en Salamanca. Recluido en su casa de Bordadores, vigilado por la policía, abandonado por muchos de sus amigos republicanos, refractario a la España nacional que, tras el Día de la Raza, le desposee del rectorado, se desahoga en sus cartas y sobre todo en los poemas del Cancionero, que suenan cada vez más sinceros y desolados. La noticia del fusilamiento de su amigo Atilano Coco le anega en el más hondo nihilismo y por fin, el último día del año, día frío y helado, Unamuno expira en casa. La noticia de la muerte rápidamente llega a la España republicana, y es Antonio Machado el que mejor sabrá medir el alcance del hecho: “De quienes ignoran que el haberse apagado la voz de Unamuno es algo con proporciones de catástrofe nacional, habría que decir: Perdónales, Señor, porque no saben lo que han perdido”.

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Escrito por el may 10 2010. Archivado bajo Galería. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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