Azar Nafisi: Historias de Irán y no volverán

Una alternativa a la prensa para comprender cómo se ha llegado a las revueltas sociales que azotan Irán radica en la lectura de las memorias “Cosas que he callado” (Duomo). Al modo de Marjane Satrapi en “Persépolis”, Nafisi entrelaza su historia íntima con el tempestuoso destino reciente de su país. Texto: Antonio Lozano Foto: Basso Cannarsa 

Ser una privilegiada (nacer en el seno de una familia pudiente con un padre que fue alcalde de Teherán y una madre que se contó entre las únicas seis parlamentarias de Irán, recibir una educación en Inglaterra, Suiza y Estados Unidos, ejercer la docencia universitaria…) permitió a Azar Nafisi entender hasta qué extremos no era en absoluto una privilegiada. Ser oriunda de un lugar que suspende en materia de derechos humanos y en el que las mujeres son ciudadanas de segunda categoría deslegitima cualquier aspiración de normalidad. Si además tienes una madre aquejada de un perenne victimismo, que te considera una rival, los males privados rivalizan con los males públicos para complicarte la existencia. De joven, Nafisi desarrolló un acusado síndrome de Electra y se refugió en la lectura de clásicos de cara a superar el recuerdo de la asfixia geográfica y el sofoco casero. De adulta ha completado unas memorias que llevan la voluntad catárquica inscrita en su mismo título: Cosas que he callado. “Mi objetivo no es hacer una relación general de la época histórica sino de esos frágiles cruces –los lugares donde se identifican los momentos de la vida privada y el carácter de una persona, y reflejan una historia mayor y más universal”.

Vengarse de la madre

Cualquier terapia comienza con la asunción de algún tipo de engaño. “Durante toda nuestra vida, mi hermano y yo estuvimos atrapados por las invenciones que nuestros padres nos contaban, invenciones sobre sí mismos y sobre los demás. Ambos querían que juzgáramos al otro a su favor”. La imaginación más hipertrofiada del matrimonio es sin duda la de ella, Nezhat Nafisi, una persona de admirable resistencia a lo no deseado, que idealiza a su difunto primer marido, Saifi, suerte de fantasma maravilloso atrapado en un puñado de fotografías. La sombra del muerto marcará de por vida a la pareja.

Padre e hija, unidos por el amor a una literatura que mamá considera una pérdida de tiempo, se vengan de sus tiranías compartiendo historias del Shahnameh, el Libro de los Reyes Persas del poeta épico Ferdowsi, e inventando un sistema privado de comunicación. Los celos provocan que ella les espete con frecuencia a los hermanos que están hechos de los mismos genes podridos que él.

Un olor muy fétido también desprendían por las calles muchos intolerantes religiosos que se negaban a comprar en los comercios de las minorías por considerarlos “impuros”. Los armenios eran los barrenderos del infierno, los judíos se bebían la sangre de niños inocentes, los bahá’ís actuaban como espías británicos… El encarcelamiento y el asesinato masivo de los miembros de estas confesiones tras la Revolución Islámica no cogió por sorpresa a nadie.

Crecer en aquel Teherán no era una bicoca, pero a la autora no cesan de subrayarle que cualquier tiempo pasado fue peor. Su padre recuerda que, hasta principios del siglo XX, los clérigos eran no sólo los guardianes de la religión y la moralidad, “sino de nuestros sentidos y nuestras vidas privadas”. Su madre rememora cómo en su época “únicamente las niñas que no eran casaderas continuaban sus estudios (…) algunas familias afirmaban que la lectura y la escritura ‘abrían los ojos y los oídos de las niñas’ y las convertían en mujerzuelas”.

De niña, Nafisi es víctima de los tocamientos de un pariente lejano de la familia, un “santurrón” que prohíbe escuchar música en su casa y al que haber peregrinado a la Meca le otorga el título honorario de Haji Agha. Los monstruos que crea la represión sexual también son tema de debate en las memorias de su padre (las sinceras, nunca publicadas y que legó a Azar, en contraposición a las autocensuradas que sí vieron la luz), donde achaca la predominancia de cierta forma de pederastia en la sociedad iraní a que “el contacto entre hombres y mujeres está prohibido y los chicos adolescentes no pueden acercarse a otras mujeres más que a sus madres, hermanas o tías”.

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Jomeini en la Luna

Nafisi es enviada a un colegio normal y corriente en el pueblo inglés de Lancaster, en el que casi nadie sabe qué es eso de Irán. Sus compañeros de clase muestran curiosidad por saber si alguna vez la han besado y si sus progenitores atesoran muchos camellos. Uno de sus viajes de vuelta al hogar coincide con el reciente golpe de estado que instaura al Sha en el poder con el apoyo de americanos y británicos. La futura escritora escucha una conversación iluminadora en la que se señala el culto a la personalidad como el principal mal de su país. Un periodista comenta que “lo llevamos en la sangre; así es como respondemos a nuestros líderes. Los llamamos Rey de Reyes, Sombra de Dios en la Tierra. ¿Cuánto tiempo ha de pasar hasta que el hombre más apacible comience a creer lo que oye?”.

En este punto, lo peor aún estaba por venir. En primer lugar, el servicio secreto abre un expediente a su padre por haber colaborado con la oposición al Sha, una trampa tejida por un amigo con aspiraciones políticas que lo conducirá a pasar más de cuatro años en prisión por una falsa acusación de soborno y malversación. “Ella (su esposa) parecía prosperar con su encarcelamiento. Se permitía la satisfacción favorita de los dictadores, un estado de emergencia permanente. Más adelante, después de la Revolución Islámica, yo solía bromear que nos habíamos preparado para una época como aquella al vivir con nuestra madre”.

El segundo revés llegará precisamente con el desembarco del Ayatolá Jomeini, que se trajo con él la lapidación, la poligamia, el uso obligatorio del velo y la inhabilitación de la mujer para cargos públicos. Para entonces la autora ya había dejado atrás un matrimonio sin amor y marcado por la frigidez, así como estudios universitarios en Estados Unidos con adhesión a combativas organizaciones izquierditas, y había conocido al que sería su segundo esposo y padre de sus dos hijos. El matrimonio de sus padres había hecho aguas. El 1 de febrero de 1979, millones de personas reciben a Jomeini a su regreso a Teherán tras casi dieciocho años de exilio. El título de imán que le reconoce sucesor del profeta Mahoma implica que no se pueda invocar su nombre en vano. “Miles de iraníes, algunos de los cuales yo sabía que estaban perfectamente cuerdos, incluida mi tía Nafiseh, laica y relativamente culta, vieron su imagen en la Luna”.

Los comités revolucionarios comienzan a arrestar a los ciudadanos por poseer bebidas alcohólicas o escuchar música occidental. Nafisi es expulsada de la docencia por negarse a llevar el velo y la Revolución Cultural desemboca en la islamización de todos los centros universitarios, considerados agentes del imperialismo occidental. Disfrutar y comentar a Nabokov, Scott Fitzgerald, Jane Austen o Hannah Arendt pasa a ser una actividad clandestina, y Una noche en la ópera debe verse con las cortinas corridas. El sabor de ambos placeres es parejo al de comerse un pastelito de nata robado. Mientras Irán combate ocho largos años contra Irak, Azar Nafisi se dedica a escribir sobre literatura persa moderna, crítica literaria y biografías, reuniéndose entre apagón y apagón con los amigos a beber vodka de contrabando y vino casero. Allá afuera, llorar a los muertos asesinados por el régimen queda oficialmente vedado. En broma, la autora empieza a confeccionar una lista de prohibiciones por las que estar “agradecida” a la República Islámica. En serio, emigra a Estados Unidos para poder disfrutarlas. “La revolución me enseñó a no sentirme consolada por las miserias de los demás, ni a sentirme agradecida porque tantos otros habían sufrido más. El dolor y la pérdida, al igual que el amor y la alegría, son únicos y personales: no pueden modificarse al compararlos con los demás”.

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Escrito por el may 10 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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