John Connolly: un escritor único en su género (negro)
El creador irlandés del detective Parker arrasó en la BCNegra porque a la simpatía y la campechanería de sus raíces celtas se unió el sentido del espectáculo aprendido en sus largas estancias en Estados Unidos. De paso, presentó la octava novela de la serie, “Los amantes” (Tusquets/Bromera). Texto: Antonio Lozano Foto: Iván Giménez Costa
Rara avis
John Connolly es un espécimen pendiente de ser taxonomizado por la comunidad negrocriminal. Por muchos motivos. Para empezar, los irlandeses no escriben novela negra. Él sí lo hace, pero su perímetro básico queda delimitado por Maine, un estado en el que no hay un solo detective ejerciendo excepto su Charlie “Bird” Parker. También es una rara avis por haber introducido el terror paranormal en el género, algo que asegura que le ha merecido muchas críticas de sus colegas (“el género negro es muy conservador; Si fuera un hombre blanco sólo querría casarse con mujeres blancas”), ignorantes de que el fantástico y el criminal tienen una misma raíz (“el miedo a que te toque una mano oscura”). Quizás son los aires de Maine, ya que ahí vive y sitúa también sus libros Stephen King.
Los muertos
El género negro habla de la muerte, pero en el género negro los muertos hablan poco. El género negro se ha despreocupado de lo que piensan y lo que sienten las hordas de cadáveres que le han dado vida. No suele asomarse a ese otro lado para consultarles acerca de sus cosas. Pero, en las novelas de John Connolly, los muertos reclaman no ser olvidados, ser escuchados, ser vengados. Hay una responsabilidad hacia los difuntos. Su detective, Charlie “Bird” Parker, tiene línea directa con los desaparecidos de forma violenta, es una suerte de médium con licencia para llevar armas. Con él, la víctima cuenta con el consuelo postmortem de que hay alguien al otro lado captando el eco de sus gritos. “Todos tienen nombre”, se nos dice en un momento del ciclo.
El médium con placa
“A veces las tinieblas no pueden evitarse”, leemos en Los amantes, la octava y ya penúltima entrega de la serie. Pues bien, Parker nunca puede. Parker es un ser señalado por la oscuridad, marcado por el dolor. Parker es un imán para la desgracia propia y ajena, un alma en pena que arrastra su propia tragedia (el asesinato de su mujer y de su hija) y a la vez succiona la de los otros. Parker es un individuo atormentado por la empatía, que levanta un torbellino de fuerzas malignas a su paso. De nuevo en Los amantes leemos: “Parker había encontrado una misión superior. Era un hombre que no podía quedarse al margen del sufrimiento del prójimo porque sentía muy dentro de sí una réplica de ese sufrimiento”.
Las fuerzas del mal
Para Connolly, el Mal es la ausencia de empatía. La galería de villanos que ha ido moldeando para corporeizar esta idea es tan perversa y terrorífica que el Infierno es un lugar demasiado bello para acogerlos. Ha creado tótems tan diabólicos que rozan lo grotesco y que no conocen jerarquías, pues los “carnales” (predicadores, fanáticos, racistas, proxenetas, brutos…) son igual de escalofriantes que los paranormales (demonios, ángeles caídos, fantasmas, espectros…). Además, alertan de su presencia a través del instinto y del olfato. Se presienten o se huelen antes de manifestarse. El miedo puro resulta, en definitiva, más su anticipación que su consumación.
Si algún día Stephen Hawking gana el Premio Nobel de Física será por haber destruido el mito de la opacidad sin fisuras de los agujeros negros, demostrando que son capaces de reflejar parte de la luz que absorben. La posibilidad de mostrar esquirlas de luz en las tinieblas caracteriza también la cruzada de Parker, pero aún más interesante para el lector es ver cómo el contacto permanente con el mal provoca que las tinieblas penetren en el corazón del detective. Otra paradoja destacada es “la truculencia lírica” de la que hace gala Connolly. Consigue envolverte una escena estomagante con papel de seda, dibujarte un ave carroñera con los trazos más bellos. Y no olvidemos tampoco que ha hecho trizas cualquier idea preconcebida sobre los gays creando a la feroz y asimétrica pareja de matones enamorados Louis y Angel.
Connolly se reveló un animal de escenario durante su participación en la BCNegra. Un despistado podría haberlo confundirlo con uno de esos gurús de la autoayuda yanquis que enfervorizan a los inseguros o con un feriante decimonónico que vendiera pócimas mágicas. Pesadilla para los traductores que debían reproducir sus entusiastas y largos soliloquios, en los que se solapaban las anécdotas, las bromas y la ironía a una velocidad de vértigo. Bendición para un público que se descubrió inmerso en una improvisada reunión de alcohólicos anónimos. Durante esas tardes, el que esto firma descubrió que Connolly es un mal católico que conoce bien el Antiguo Testamento, que fue dependiente de Harrod’s, que rechazó unirse a los masones, que parece haber visto todas las series de televisión actuales, que luce en el cuello un talismán en forma de cruz bizantina, que no come pescado, que iniciará una huelga de hambre si Avatar arrasa en los Oscars…
El mayor piropo que le han lanzado a Parker durante uno de sus casos quizás sea “Te resistes a morir”. Y se resiste a morir porque él mismo es su caso abierto más complejo y todavía no ha descorrido todas las tinieblas que lo rodean, y los fantasmas que lo habitan no lo han dejado en paz. Todo esto se agudiza en Los amantes, título clave de la serie en el apartado más íntimo de Parker por cuanto éste -al que descubrimos trabajando en un bar mientras aguarda que le devuelvan la licencia de detective- se pone a investigar los motivos que llevaron a su padre ex policía a matar a dos jóvenes y acto seguido a suicidarse. En su camino se encontrará con traumáticas revelaciones sobre sus orígenes y con ángeles caídos en busca de su media naranja.









