“El régent”: el robo de los diamantes
El príncipe Miguel de Grecia, autor de “El Régent, el diamante de la Revolución” (Viceversa), nos muestra la cara desconocida de la Revolución Francesa. Un relato con el que pretende arrojar luz sobre uno de los más grandes, aunque poco conocidos, escándalos que envolvieron la Francia del siglo XVIII. Texto: Jordi Aresu
Dando una vuelta por París, nadie diría que la actual Plaza de la Concordia, ubicada en uno de los distritos más exclusivos de la ciudad, con el Museo del Louvre a su izquierda y la Torre Eiffel a su derecha, antaño fuese uno de los lugares más peligrosos e inseguros de la capital. Y que además posea el dudoso honor de levantarse en un terreno cuyos cimientos están impregnados de la sangre de cientos de ciudadanos franceses. Fue, efectivamente, el lugar donde más sangre se derramó durante el denominado “periodo del terror”, momento en que los insurrectos decidieron denominarla “La plaza de la Revolución” y ésta se convirtió en el lugar que albergaría de forma permanente las ejecuciones publicas, llevadas a cabo por la rápida e indolora guillotina.
El hecho de que dicha plaza se convirtiera en patíbulo público no fue una decisión fruto del azar. El pretexto era doble: por una parte, se quería hacer partícipes a los ciudadanos de la justicia del pueblo y que éstos pudieran gozar del espectáculo que se les ofrecía (con el transcurrir del tiempo, el pueblo hambriento, a falta de pan, se fue alimentando de la sangre que las distracciones macabras le proporcionaban) y, en segundo lugar y quizás más importante, se eligió montar la guillotina precisamente allí con un fin moralizador: el patíbulo se ensambló frente al Palacio del Guardamuebles para que los reos fueran ajusticiados delante del lugar donde se cometió uno de los más escandalosos delitos del siglo XVIII. El robo más grande de la historia: la sustracción de las joyas de la Corona Francesa, un tesoro de incalculable valor.
Más de dos siglos después, nos encontramos delante de la misma puerta del Palacio del Guardamuebles con Miguel de Grecia, quien con El Régent, el diamante de la revolución, ha querido retratar en forma de novela histórica aquel suceso hasta hoy poco conocido. El historiador y novelista, miembro de la Casa Real griega, primo de S.M. la Reina Sofía y descendiente de los Romanov, nos pasea por el suntuoso edificio a modo de cicerone, detallando todo tipo de particularidades. El edificio, comenta, fue pensado para acoger a Luis XVI y a su esposa María Antonieta, pero al final se destinó a guardar el tesoro de la Corona. Las salas del palacio estaban destinadas a conservar lo más precioso del reino, desde armaduras del Renacimiento, tapices tejidos con hilos de oro hasta copas y platos de plata. Pero lo más valioso era sin lugar a duda la colección de miles de piedras preciosas que se guardaban en las cómodas y armarios de la sala más pequeña: perlas, rubíes, esmeraldas y diamantes.
Estos últimos eran (y todavía son hoy) los más grandes del mundo: El Régent, el Sancy, el Diamante Azul, los dos Mazarinos, el Espejo de Portugal y el De Guise. El robo supuso una gran humillación para el país, pero todavía está lleno de misterios. Fue precisamente la bruma que envuelve aquellos sucesos lo que atrajo la atención del escritor. No obstante, Francia consiguió recuperar parte de esa fortuna durante los años siguientes. Con una sonrisa en la boca, Miguel de Grecia aclara que no fue fruto de las investigaciones que se llevaron a cabo, sino que los mismos ladrones aceptaron devolver las piedras a cambio de impunidad. El Régent, en particular, tras ser recuperado, fue empeñado por Napoleón para financiar la guerra y hoy en día se encuentra en el Museo del Louvre.
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Mientras observamos los interiores del palacio, el autor nos habla de su gran pasión por la historia. Pasión que ha mostrado desde muy joven y que ahora ha trasladado a la novela para rellenar aquellos huecos que faltaban, esas partes olvidadas o no contadas, demasiadas veces ocultas debido a su carácter controvertido. Miguel de Grecia, a través de una detallada descripción histórica, nos sumerge en la Francia del siglo XVIII justo cuando empiezan a estallar los primeros movimientos populares en contra de la monarquía, de los privilegios de la nobleza y del clero. El debilitamiento de Luis XVI y el ímpetu popular que desencadena la toma de la Bastilla hacen que el tesoro (en ese momento el más valioso de Europa) se traslade al lado de la residencia del ayuda de cámara del Rey, quien tendrá el deber de guardarlo y protegerlo. Con este periodo de inestabilidad política y desórdenes públicos como trasfondo, resucita a los personajes responsables de la desaparición del tesoro. Pero advierte: “No se trató de un simple robo llevado a cabo por unos incompetentes… Es más, hubo implicaciones en los más altos niveles”. Con estas palabras se refiere, por una parte, a la complicidad de las élites del Estado para que se llevara a buen fin el robo y, por otra, a la impunidad de la que sucesivamente se beneficiaron las verdaderas mentes organizadoras del delito, misteriosamente absueltas en el juicio, frente a los delincuentes menores que tuvieron que expiar las fechorías de todos. Obviamente, pagaron con sus cabezas.
El gran riesgo de la novela histórica radica en la dificultad para delimitar la línea que separa realidad y ficción, pero el novelista francés asegura estar en lo cierto, apoyándose en los Archivos del Estado y de la Policía, así como en las actas de los juicios.
Por si no fuera suficiente, tampoco se olvida de revelar el papel que tuvo Inglaterra en los acontecimientos, desde la caída del monarca al apoyo en el robo de las joyas. Todo con el máximo secreto. Según él, Inglaterra nunca perdonó a Francia la independencia de los Estados Unidos y en aquellos momentos, además, los galos representaban una amenaza para su primacía económico-política. Por lo tanto, había que desestabilizarlos. Los ingleses consiguieron usar las fuerzas revolucionarias para debilitar a la monarquía, pero no contaron con la fuerza que los burgueses franceses mostraron y de poco sirvieron sus intentos por marginar después la revuelta antimonárquica. Hechos avalados, en opinión del autor, por otros documentos a los que ha tenido acceso. El Régent pues, tiene todos los ingredientes para atrapar al lector en una aventura que le hará retroceder doscientos años y le mostrará la otra faceta de la Revolución. Aquélla menos idealista y más humana, caracterizada por la codicia del pueblo, la corrupción de los que detentaban el poder y los juegos de espías entre las dos grandes potencias del momento.









