Sandor Marai: Diarios 1984-1989
“Diarios 1984-1989”
Autor: Sándor Márai
Traductores: Eva Cserhati y A. M. Fuentes Gaviño
Editorial: Salamandra /Empúries
224 páginas. 15 euros
Argumento
El último tomo de los diarios de Sándor Márai arranca en el muy literario 1984 (la primera entrada, fechada el 7 de enero, dice así: “Empieza el año que da título al éxito de ventas de Orwell. Si bien su vaticinio no se ha cumplido, a cambio se ha impuesto la realidad diaria: el terror nuclear”) y se cierra el 15 de enero de 1989 con dos sobrecogedoras líneas de despedida (dejaremos que el lector las descubra). Entre un extremo y otro, consigna sus recuerdos, sus lecturas, las noticias que le llegan desde la Hungría que lo despreció, su propio deterioro físico y su intención de morir a su manera.
“Todo el mundo tiene algo que solo se revela tras la muerte”, escribe Márai un año y medio antes de dispararse un tiro en la cabeza ante el pavor que le produce acabar vegetando en un hospital. Y lo hace en referencia a los diarios legados por L., su esposa durante 62 años, una mujer a la que reiteradamente califica con los mismos adjetivos que caracterizaron su propia prosa: “elegante” y “noble”. Su lectura, junto con los mensajes cifrados que la misma L. le envía en sueños desde ultratumba –frases sueltas que el autor, en una muestra de su incólume sentido del humor incluso en las horas más oscuras, asegura que le llegan por el método del “teléfono rojo”- permiten a Márai reconstruir su historia personal, hacer balance de cuanto se amontona en una vida, al tiempo que lo enfrentan a sus fantasmas y le ofrecen un consuelo que ni la escritura, ni los médicos ni Dios pueden brindarle. Próximos a cumplirse veinte años de la desaparición del autor de El último encuentro, y salvando las distancias de la inaccesible comunión entre cónyuges, la lectura de sus últimos diarios operan sobre nosotros de una manera similar. Y ello por su capacidad para ilustrarnos sobre unas realidades históricas determinadas (el impacto del sistema comunista en la Hungría natal del escritor, los sinsabores de una vida en el exilio…), invitarnos a reflexionar sobre aspectos muy íntimos del ser humano y, dentro de lo calamitoso que supone encarar la soledad y la extinción, mostrarnos algún tipo de serenidad o apaciguamiento final al hacernos dueños del derecho a dimitir de nuestra vida.
Prepare un lapicero
Aunque resulta evidente que el suicidio del escritor abre la posibilidad de ver en estos diarios una suerte de caja negra de su fatigado espíritu (la visita a la armería y las líneas finales estremecen), la muerte no es más que el inevitable corolario a cinco años de gimnasia mental, de musculada lucidez, de puesta en cuestión permanente de las cosas, de análisis irónico del entorno, de escaneo perplejo de las propias emociones, de rabioso desvelamiento de mentiras, de buscar alguna pepita de autenticidad (en su amor por su mujer, en sus lecturas de Marco Aurelio o Gibbon) en esta gigantesca mina de carbón “grotesca y absurda” a la que llamamos vida.
Quizás uno de los mayores elogios que se le puede hacer a un libro es que requiera de un lápiz para ir subrayando sus bofetadas de genio. Estos diarios consumen un lapicero. Una página al azar (la 52, 8 de julio de 1984): “Don Juan. Según algunos rumores, el Vaticano menciona ocasionalmente su posible beatificación. Es posible que, a su manera, el mujeriego fuera un santo, porque no buscaba tanto a las mujeres como ese algo que hay en ellas”. Otra (la 153, 25 de marzo de 1986): “Mi filosofía se resume en lo siguiente: es mucho menos peligroso un malvado que un imbécil. Y los imbéciles abundan sobremanera”. A seis meses de abdicar de la vida, Márai escribe “la gente que piensa en planes quinquenales peca de optimista. Hay que trazar planes de cinco segundos”. No espere tanto para abrir estos diarios.
Por Antonio Lozano









