Carlos Barral: las fronteras del agua
La muerte impidió a Carlos Barral terminar una novela por encargo, “El azul del infierno”, que Seix Barral recupera ahora junto a las últimas entradas del diario del escritor. Ejercicio de memoria al que se suma Miguel Dalmau para hablar del hombre culto y torturado al que conoció en 1975 en una taberna de pescadores de Calafell. Texto: Miguel Dalmau
Gil de Biedma solía decir que uno de los primeros síntomas de vejez es la enajenación de los recuerdos. A cierta altura de la vida, las experiencias juveniles se alejan tanto de uno que se tiene la incómoda impresión de que los episodios vividos le ocurrieron a otro. A casi cuarenta años de distancia, pues, no me resulta fácil recomponer un cuadro que sin embargo viví y cuyos efectos perduraron bastante en el tiempo. Ocurrió en otoño de 1975, en una taberna de pescadores del pueblo costero de Calafell. Cierto adolescente con mi nombre y apellidos se atrevió al fin a dar el gran paso: presentarse a Carlos Barral, poeta y editor ilustre. En aquella época, a Barral ya lo tenía visto. En realidad era una figura algo excéntrica para los que, como mi familia, veraneaban en aquellas playas de Tarragona. Era un caballero delgado y fibroso, con barba de chivo, que gustaba de caminar descalzo y lucía gorra de marinero. A menudo lo veíamos perderse por los arenales eternos, acompañado por un perrazo de planta imponente, como el que guardaba la puerta del Infierno. También era habitual verle al timón de El capitán Argüello, una vieja barca de vela latina, cuyo casco él había pintado con los colores potentes de la cerámica ática. Como mi padre, Barral pertenecía a una generación educada en la cultura clásica. En la España gris y embotellada de posguerra, las gentes como él conocían perfectamente el castellano, el latín, el griego, el francés, el italiano y el alemán. No tanto el inglés, que era el jardín privado de Gil de Biedma.
Pero lo que me animó definitivamente a buscar su compañía fue la lectura de Años de penitencia, el extraordinario primer volumen de sus memorias, que no sólo reinventó el género en nuestra lengua sino que desplegó ante nuestros ojos un alucinante fresco de la España cainita. Eran recuerdos de infancia y juventud, la historia de un burguesito urbano que se asomaba al vértice perverso de la vida y acababa descubriendo su vocación literaria. Esta historia no era nueva, obviamente, pero nadie la había contado antes con tanta maestría ni nadie, por supuesto, la ha igualado después. Lo que no sabíamos entonces es que esa prosa inolvidable era consecuencia de la concepción poética de Barral. Dicho de otro modo, nosotros leíamos a Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Ángel González… Pero la poesía de Barral se nos antojaba compleja y hermética, bastante en la línea de Mallarmé y toda una legión de simbolistas que no nos servían precisamente para anunciarnos a la cara que la vida iba en serio. Pero ahora entiendo que las memorias de Barral nacían de unos hábitos estilísticos muy profundos: su cuidada elaboración formal, su refinado preciosismo léxico, sus arquitecturas rítmicas. Sin todo eso, el sórdido aguafuerte de posguerra no habría sido tan perfecto.
Desde aquel primer encuentro hasta su muerte, tuve el privilegio de reunirme con el poeta a lo largo de quince años. Generalmente, nuestros encuentros se produjeron en Calafell, donde él seguía perdiéndose en los arenales y yo lo veía pasar como un clon del Capitán Ahab, obcecado en la captura de nuevos versos. Pero de vez en cuando la tentación se hacía insoportable y yo me acercaba hasta él con cualquier pretexto. Entonces compartíamos un trecho del camino mientras charlábamos junto al mar. He escrito “charlábamos” deliberadamente, porque la juventud es atrevida y yo estaba tan interesado en ser bendecido por aquel poeta como en compartir mis propios hallazgos. Ahora que lo pienso, poco o nada podía ofrecerle salvo mi devoción por la literatura anglosajona, que no era, como he dicho, una de sus debilidades. A cambio, él siempre tenía algo más valioso que ofrecerme. Si yo proclamaba mi entusiasmo por Henry Miller, por ejemplo, él moderaba los elogios y aportaba de paso alguna anécdota de oro. Aquello sin duda era lo más emocionante. Gracias a su experiencia, Barral poseía un jugoso anecdotario de toda la fauna literaria del siglo. Podía hablar de la vida íntima de Cernuda, su pasión por los gimnastas; de alguna enfermedad venérea de Vicente Aleixandre; de la detención de Lorca, que fue posible gracias a que los hermanos Rosales, incluido el poeta Luis, “habían salido aquella noche a cazar rojos”; o de los hábitos alcohólicos de Dámaso Alonso, entonces presidente de la Real Academia. Todas estas historias, claro, no resultan hoy tan desconcertantes; pero a finales del franquismo gozaban de cierto halo prohibido y él las contaba con un ingenio superior.
Aquella generación, admitámoslo de una vez, fue la última que ha hablado bien en nuestro país. La última que llevó la fusión de vida y obra hasta el límite, pero lo hizo expresándose de manera impecable. Desde los hermanos Panero, Haro Ibars y el buen Sabina, las cosas ya no fueron lo mismo. Inútil añadir que esas confidencias jamás estaban hechas con fines moralizantes. Los vicios ajenos le servían a Barral para ahondar en el barro humano, para confirmar lo sabido: que todos somos víctimas de nuestra propia naturaleza. Pero nada más. No recuerdo un solo comentario que me dejara el sabor agridulce de los consejos paternos. Convencido más que yo mismo de que allí había un futuro escritor, se limitaba a recomendar lecturas, corregir mis primeros textos y orientarme en asuntos editoriales. Viéndolo a distancia, ese “limitarse” era, pues, todo lo contrario: equivalía a ejercer una sabia tutela encubierta, que es lo único que un joven presuntuoso acepta de buen grado.
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Y aquí llegamos a otro punto. La absoluta generosidad de Barral. Porque con el tiempo se ha ido sabiendo que había hecho algo similar con los poetas de su generación, con Marsé, Luis Goytisolo, Vargas Llosa, Bryce Echenique, Manuel de Lope, Juan Cruz… Así pues, su magisterio abarcó tres décadas, las mismas que le vieron pasar como un astro en el firmamento editorial de habla hispana, donde ha quedado justamente como introductor de la nueva narrativa europea y “descubridor” del boom latinoamericano.
Barral, además, practicaba un mediterranismo militante. Su sensibilidad se hallaba en las antípodas de la Castilla profunda, esa que cantaron los autores del 98 y que vio nacer a Francisco Umbral y Andrés Trapiello. La distancia era tan grande que los roces con algunos mesetarios fueron antológicos. A Barral, lógicamente, toda esa legión de escritores provincianos que acudían a medrar en la corte le parecía uno de los espectáculos más trasnochados del circo de las letras. Y aunque es cierto que alguno de ellos era su amigo, en general les dedicaba unos dardos llenos de curare. Barral sólo se acercó con regularidad a la capital ya en calidad de senador. Cuando le manifesté mi deseo algo snob de marcharme a París, me respondió que el centro de mi mundo literario era esa tribuna acristalada que sobresalía en la fachada de la casa de mis abuelos. Tenía razón: esos eran mis bulevares proustianos, no otros. Cuando le traía algún engendro nuevo, me soltaba: “Primero enséñame el callo”. Entonces yo le mostraba la desagradable duricia de mi índice derecho, sobre el que había apoyado mi bolígrafo bic durante horas, días y semanas.
Como hijo de su generación, Barral tuvo una relación conflictiva con el alcohol, el tabaco y la cosa sexual. También con el poder y con los imbéciles. Lo recuerdo apagando impertérrito las colillas en la planta de sus pies descalzos; apoyado en el murete de la playa, confesándome de madrugada que sin alcohol no merecía la pena vivir; anunciando que sería mi generación la que escribiría las mejores novelas sobre la guerra… Aún hoy me parece oír su risa pedregosa, con estertores, que él creía haberle robado al mismo Diablo. Antes de ser incinerado, se le colocó una moneda de oro en la boca para pagar al barquero. Luego, sus cenizas fueron arrojadas al mar.









