Clara Sánchez: “la venganza tiene muy mala prensa”
Venganza y maldad, pero también amistad y amor, aparecen en la nueva novela de Clara Sánchez, “Lo que esconde tu nombre” (Destino), la historia de un superviviente de Mauthausen que persigue, con la complicidad de una mujer joven, a viejos nazis afincados en España. El libro le ha valido el Premio Nadal. Texto: Begoña Piña Foto: Asís G. Ayerbe
La convicción y, sobre todo, la contundencia con que Clara Sánchez habla de algunos de los temas contenidos en su nueva novela, como la venganza o el mal, no se oponen, curiosamente, a su aspecto de mujer serena, tan amable, tan prudente. Pero, ya se sabe, las apariencias engañan y, tras esa afectuosa sonrisa y esa manera de hablar de ritmo controlado, se agazapa una persona intranquila, inquieta por la maldad, preocupada por la impunidad en que se ha permitido vivir a algunos nazis en nuestro país. Una persona avergonzada, precisamente, porque se haya consentido esa ausencia de justicia. Irritada, porque algunos vayan a morir sin pagar por lo que hicieron. Asombrada, por “lo surrealista” de todo ello. Y ahora también satisfecha, feliz y orgullosa, porque ha conquistado el premio decano, el Nadal, que la coloca junto a nombres imprescindibles de nuestra literatura como Delibes, Laforet o Sánchez Ferlosio.
¿Por qué cuenta una historia como ésta ahora?
Porque es un momento crepuscular. La mayoría de los personajes, sobre todo los viejos nazis y el protagonista Julián, un superviviente de Mathausen, está llegando a una edad que no tiene vuelta atrás. Se está acabando un mundo y yo quería contar sus últimos días. Aunque debo decir que ésta no es estrictamente una novela de nazis. Es una novela del miedo, la culpa, los remordimientos… y también de la amistad y del amor. Sobre todo, lo que sobrevuela esta historia es el profundo sentido de la amistad que puede crecer entre dos personas de edades diferentes en unos tiempos, además, en que las generaciones están más separadas que nunca.
Volviendo a los nazis, ¿qué emociones le produce la impunidad en que han vivido éstos en España?
Preocupación. Me preocupa que abusen de los demás y que consigan escapar sin pagar por ello. Irrita mucho el hecho de ver que alguien que ha cometido crímenes contra la humanidad va a morir tranquilamente en la cama y no va a rendir cuentas y ni siquiera va a reconocer remordimiento. Es como si ese mundo se acabase físicamente, pero no terminase psicológicamente.
Lo dice con cierta urgencia cronológica…
Todavía hay supervivientes, víctimas y verdugos. Y sin embargo… Es curioso, la gente me pregunta cómo me interesa tanto un tema tan lejano. Eso me preocupa también. En la mente colectiva, éste parece un tema de documentales viejos, pero es algo muy cercano, sucedió después de la guerra civil española.
Pero es que para los más jóvenes es un tema más lejano que para usted…
Eso se expresa en la novela en la misma pareja de los personajes principales, de Sandra y Julián, y en cómo ven el mundo. Julián, que lo vivió, habla en términos del bien y el mal. Para Sandra, es un hecho lejano, y concibe su mundo en grises. Quería aproximar dos momentos históricos.
¿El mal contamina incluso a los buenos?
Sí, mucho. El personaje lo dice, se siente contaminado porque ha probado el mal en su cuerpo y siente deseos de venganza.
¿Usted está a favor o en contra de la venganza en el caso de los nazis?
La venganza tiene muy mala prensa. No nos gusta reconocer nuestros deseos de venganza y por eso lo llamamos justicia, desahogo… El caso es que es muy duro que te maltraten y no contestar. Y, sobre todo, es muy duro que no paguen.
¿Siente ese deseo de venganza?
Yo tengo deseo de justicia, para mí el tema no es personal.
Y de cara a las víctimas…
Siento muchísima vergüenza. Porque además creo que la víctima es la menos apropiada para ejecutar esa venganza o esa justicia. La víctima se siente debilitada. El abuso, el sufrimiento, hacen que se pierda la fuerza y la dignidad para rebelarse. Yo he querido que mi personaje tenga ganas de rebelarse.
¿Cree que los nazis deben tener la oportunidad del perdón?
No. No hay perdón. Sobre todo porque no se han arrepentido. No creo que se deba perdonar, el perdón tiene unos límites.
Usted conoció a algunos de estos nazis. ¿Cómo es su mundo?
Los he conocido, pero no los he tratado. El Gobierno consintió que estuviesen ahí y, claro, los ciudadanos piensan que entonces no deben de estar tan mal. Algunas personas que se relacionan con ellos ni siquiera saben que son nazis, porque han tenido la habilidad de hacerse invisibles. Para ellos, la vejez es el mayor disfraz que existe. Para la gente joven todos los ancianos se parecen y, además, la ancianidad reviste a la gente de bondad.
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Una vez más, hay en uno de sus libros un mundo casi de realidades paralelas. ¿Cómo explica esta constante?
Sale sola, es consustancial a mí y a mi manera de sentir las cosas y de vivirlas. Vivo con esa rareza de que lo que me rodea es más irreal que cualquier novela. Lo que ha ocurrido con los nazis es surrealista. Y lo de estos últimos vestigios nazis es más surrealista. Y aún más surrealista todavía es cómo la sociedad ha reaccionado. Quiero dar un cariz de verdad a lo que no lo parece.
¿Quiere decir que todavía es difícil creer lo que hicieron?
Claro. A mí la novela me ha servido para intentar comprender. El asunto de los nazis es como el del hombre del saco, bordea lo terrorífico en cualquier historia.
¿Se ha quedado a gusto?
Muy a gusto, no sólo porque me he sacado de la cabeza a esos personajes, a los que he visto cuando vivía en Denia, sino también porque he hablado de otras cosas que me preocupaban, como la edad y la gente mayor, a la que tan poco caso hacemos.
Más allá de los nazis, la novela trata el tema de la apariencia, los disfraces…
Claro, la novela no se queda en los nazis sólo. No es una novela sociológica, ni política, ni histórica. Y es una novela donde no hay moralina, pero sí tiene una dimensión moral. Estos nazis son un reflejo de mucha otra gente; por ejemplo, en lo económico, son reflejo de esas personas que están muy bien colocadas y no tienen escrúpulos. Y que se salvan, escapan de sus responsabilidades, no llegan a pagar. Eso es indignante. Y luego la sociedad se ceba con un pobrecito que no puede pagar su hipoteca. Pone los pelos de punta. En esta sociedad el valor de la apariencia es demoledor. Y la información es tan urgente que no se indaga en si lo que alguien dice sobre sí mismo es verdad o mentira.
Pero usted también tendrá un disfraz, ¿no?
Todos estamos disfrazados, es inevitable. Pero en mi caso siempre que me he sentido fingir un poco me he sentido muy mal. Aunque, claro, yo también intento mostrar mi mejor faceta. De todos modos, tampoco tengo nada tan grave en mi vida como para ocultarlo. Si lo tuviera, a saber. Creo que la clave es que nada es lo que parece, ni ninguno lo que parecemos.
Usted parece una mujer muy serena, ¿no lo es?
No. No soy tan serena como parezco, pero me he empeñado en serlo, soy serena por vocación y equilibrada por vocación. Me da terror caer en el desequilibrio. Tengo tales inseguridades… Aunque también he descubierto que soy más fuerte de lo que creía.
Hace dos o tres novelas ya hablaba de “la engañosa seguridad en que vivimos”. ¿Es casualidad que le siga valiendo el lema o es una obsesión constante?
Me dejo llevar por lo que hay en el ambiente. En Un millón de luces hablaba de la burbuja inmobiliaria y tenía la sensación de que se iba a pinchar y todo se vendría abajo. ¡Y mira! Luego ocurrió lo del incendio del edificio Windsor. Más tarde lo de Lehman Brothers y lo de Madoff y la burbuja explotó. Después escribí Presentimientos…
¿Qué significa para usted haber ganado el Premio Nadal?
Alguien me decía que la historia de la literatura no se podía hacer sin tener en cuenta a los premiados del Nadal. A Carmen Laforet, Sánchez Ferlosio, Delibes… Me siento muy honrada de estar en esa lista. Es un reconocimiento muy importante.
El premio llega después de varios años en el mundo literario. ¿Ha hecho balance de su obra?
He mirado hacia atrás y justo ahora se cumplen veinte años desde que empecé a publicar. Y sí, me he dado cuenta de que hay algunas constantes en mi obra desde la primera novela. En todas están mi insistencia en atrapar el presente, el mundo del trabajo, la familia, que te acoge pero que también te puede oprimir. Y está la sensación de estar perdido, el azar y un ansia de querer a alguien para vivir mejor. También, cierto sentido del humor con el que yo veo la vida.
¿Hay algo que le crispe del mundo editorial?
No puedo soportar a los maliciosos.
¿Y qué la reconcilia con este mundo?
Lo que me encanta de lo que hago es que la literatura me da lo que siempre he buscado en la vida, que es evadirme.









Pienso que fomentar venganzas es algo muy triste,y más cuando és por algo tan horripilante ¡si ! pero que pasó hace bastantes años,y está bien que no se olvide, sobretodo para que no vuelva a repetirse…
Pero creo que a las nuevas generaciones no deberíamos inculcarles odios y rencores pasados ya que no son culpables de nada, y la vida de por sí es bastante dura de llevar como para cargarles más las espaldas.
Creo si me lo permiten, que a nuestros hijos y nietos deberíamos ofrecerles un futuro mejor que el nuestro,prometedor y con perspectivas estimulantes para que ellos sepan desenvolverse mejor ante el sin fin de obstáculos con los que casi seguro tendrán que bregar…ya es hora de intentar encontrar un poco de paz,ofrecerla y deseárla incluso a los muertos…
Novela ciertamente de pobreza infinita. Como la de los lectores que la defienden. No perdáis el tiempo. Hay literatura de verdad ahí fuera.