Clint Eastwood: desmontando a Harry

Entre el coro celestial de loas al último de los maestros emerge la voz, gruñido más bien, de un irreductible crítico, Patrick McGilligan, resuelto a bajarle del pedestal a gorrazos en “Clint Eastwood. La biografía” (Lumen). Texto: Javier Querol 

De la mano de Invictus y a lomos de una cobertura mediática pocas veces vista, telediarios incluidos, ha desembarcado por fin en nuestras librerías la famosa biografía de Patrick McGilligan sobre Eastwood. Aparecida en 1999 en Inglaterra, su publicación en los Estados Unidos en 2002 motivó una demanda ante los tribunales por valor de diez millones de dólares por intentar destruir la reputación de la estrella. El tema se zanjó con un acuerdo extrajudicial que obligó al crítico a eliminar o modificar algunos párrafos. Menos megatones, la misma mala leche. El resultado es una biografía no autorizada tolerada, pero no para menores.

McGilligan, prestigioso crítico y autor de afamadas biografías (Hitchcok, Lang y Altman, entre otros); de la notable serie Backstory, que recorre la historia de los guionistas (cuatro tomos de momento), y al que hemos podido ver en Hollywood contra Franco de Oriol Porta, afirma que Eastwood “me cayó bastante bien, pero aún tenía reservas” cuando le entrevistó en 1979. Yo que Mcgilligan no intentaría volver a hacerlo, considerando que hablamos de un tipo que suelta un “Aprieta el gatillo, hijo de puta, y te mataré antes de tocar el suelo” cuando un pandillero latino le planta una pistola en la cara, o que al conocer a James Dean y ver que no se levantaba del sofá mientras saludaba le agarra la mano, lo pone en pie de un tirón y le dice: “Maldita sea, tío, levántate cuando hables conmigo”. Procedamos a echar un vistazo provistos, eso sí, del guante de fray Guillermo de Baskerville, pues el libro rezuma veneno.

Para McGilligan, Eastwood es un tirano misógino, manipulador, egocéntrico y violento, al que no le gusta ensayar y no escribe sus guiones (vamos, que lo único que diferencia a Eastwood de los grandes maestros clásicos es un parche en un ojo), que se limita a copiar a sus directores (básicamente, Leone y Siegel), a los que da la espalda una vez los ha asimilado y les ha robado a su equipo técnico. A McGilligan le gusta Leone (“Clint está en deuda con Leone, el primer gran realizador -y sin duda el único- con el que el actor trabajó”), aunque tampoco le ahorra pullas: “Sergio Leone no se lavaba mucho. Era un maníaco del ahorro. Tenía un apetito monstruoso que le convirtió en un oso gordo y malhumorado con el tiempo. Trataba a la gente fatal y su psique poseía una fealdad que se reflejaba en sus películas”. Clint, en cambio, es un director chapucero, vago y de primeras tomas (“aceleraba las escenas si era necesario para terminar antes de tiempo”). Debe su éxito a la suerte, la publicidad, la floja competencia y, cómo no, a los franceses. Al menos, “sabía dónde poner la cámara”.

Como actor es limitado, indolente y perezoso: “Tomó la costumbre de evitar a los directores con ideas claras que pudieran imponerle sus métodos y obligarle a trabajar como actor”, y cantando “pone cara de estreñido”.

Y el infierno le seguía

“Si alguna vez se quisiera convocar a una reunión a toda la gente a la que Clint ha jodido, habría que celebrarla en el Coliseo de Los Ángeles”. Son palabras de Fritz Manes, amigo de Clint durante cuarenta años, productor de algunas de sus películas y principal delator del libro. Y es que, para McGilligan, Clint “ha dejado a su paso muchas amistades rotas y enemigos implacables”. Según el crítico y sus numerosas fuentes, casi todas anónimas, da lo mismo que se trate de mujeres, compañeros o amigos; cuando dejan de obedecerle los abandona, sin dar la cara eso sí, pues también es un cobarde.

Su tacañería también es legendaria. Según una amiga: “Hace veintitrés años que conozco a Clint y puedo decirle que no le he visto pagar ni una sola vez”. Exige que la Warner le mande cada año el pavo que el estudio regala a sus ejecutivos. Una vez hubo un contratiempo en el envío “y los ejecutivos de Warner, conscientes de la angustia de Clint, reservaron un asiento en un avión comercial para el ave congelada”. Clint no era más espléndido en el plató: “Las tomas opcionales y la repetición de tomas se consideraban un derroche”.

Pero el reguero de resentidos es un arroyuelo comparado con el Amazonas de ligues que anega las más de ochocientas páginas del libro. Una perla cultivada: Clint, al que le gusta que sus chicas le llamen “papi”, tenía una cita. “‘Tendrías que conocer a mi hija, un bombón’. Al final, Clint cambió a la madre por la hija, no sólo con el permiso de la primera, sino con su bendición”. “Lo dejaremos en dieciocho”, respondió interpelado por un amigo sobre la edad de la chica. Cuando éste le preguntó de qué hablaban, Clint dijo: “No hablamos, vemos dibujos animados”.

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Clint, el sucio

El motivo principal de la demanda era la acusación de que Clint dejó sin sentido de un golpe a su primera mujer, “según confesó ésta a un amigo”, que no era otro sino Manes. Los abogados de Eastwood aportaron una declaración jurada de Manes según la cual nunca dijo tal cosa. McGilligan dijo que tenía una grabación que lo demostraba. La cosa quedó en morboso empate. Lo que los lectores españoles encontrarán es que la “abofeteó” tras una discusión sobre sacar la basura en la que, según Eastwood, su mujer le había pegado primero.

De los otros dos motivos (ser descrito como un ateo y evitar la guerra de Corea ligándose a la hija de un oficial) no queda ni rastro.

Con todo, la mayor fuente de diversión del libro proviene del manantial de Sondra Locke, compañera de Clint durante una década (aunque ella estaba casada con un amigo de la infancia homosexual) y actriz suya en cinco películas, en cuatro de las cuales era violada o sufría abusos sexuales (rara es la película de Eastwood en la que no hay una violación). El autor le acusa de haberla animado a abortar dos veces (otra marca de la casa, para el primer aborto tuvo que pedir prestado el dinero a sus padres) y a hacerse una ligadura de trompas. Aunque no es necesario leer el libro para cogerle aprensión a Sondra (basta con verla actuar), no me digan que esto no les quita las ganas de comer: “encontrar una casa y construir un nido también era una manera de lamerme las heridas de la ligadura de trompas. Aquella casa sería mi bebé”. The haunting versión Cronenberg.

El posicionamiento de McGilligan a favor de la codiciosa e insufrible Locke es sonrojante, con momentos de un cursi importante, como cuando la describe: “Alegre y triste al mismo tiempo. Dura pero delicada. Un ángel frío. La confianza en sí misma de una ingenua. Oscuridad combinada con luz. Difícil de definir”. Qué diferente es el vengativo McGilligan con quien no traiciona a Eastwood, como “Megan Rose, la analista de guiones que se había acostado con Clint”: “A día de hoy no siente rencor y, como muchas mujeres enamoradas en otro tiempo de Clint, se contentaría con una llamada telefónica y otra oportunidad de formar parte de su vida”.

Cazador blanco, corazón negro

McGilligan es un narrador notable y sumamente divertido (“La especialidad de Spielberg era intensificar los sentimientos; la de Clint, tachar diálogos”), y la cantidad de información que maneja a lo largo de cuatro años de investigación es apabullante. Aunque a veces adquiera el tono del libelo, seguramente nos encontramos ante la biografía más reveladora sobre la enigmática personalidad de Eastwood.

Pero, a medida que el libro avanza, uno tiene la impresión de que cuenta tanto la vida de Eastwood como la historia de la obsesión de un crítico por abatir un gigante con filmografía de piel de Kevlar. McGilligan es parcial (suele dar un solo punto de vista, el más negativo, muchas veces anónimo) y manipulador (como cuando entierra entre las notas e índices del final del libro, ciento treinta páginas, que fue él quien organizó una encuesta entre críticos desfavorable para Eastwood). Se mofa continuamente de Eastwood (“Clint”, a secas, para él), esté justificado o no, sea pertinente, gratuito, porque sí o por joder. McGilligan le acusa de una cosa (“La gente ha cometido con frecuencia el error de identificar a Clint con los personajes que interpreta”) o de la contraria (“El mayor malentendido con Clint es, sin duda, la creencia generalizada entre sus fans y los críticos de que no tiene nada en común con los personajes que interpreta”) según convenga. Su obcecación alcanza la categoría de paranoide en el pie de foto de una multitudinaria fiesta en la piscina (costaría encontrar a Wally, y eso que la foto es en blanco y negro) en la que el crítico afirma ver a Clint “hablando con una mujer guapa” mientras su esposa, Maggie, “vigila con el rabillo del ojo a su apuesto marido”: si se fijan con atención verán que Clint está hablando castamente con su señora, la cual parece sonreír.

Quizás el lector del libro comparta mi frustración por no saber qué opina McGilligan de Gran Torino. La información que aporta en el capítulo añadido es de batalla, da la impresión de que no la ha visto (de hecho, la fecha del epílogo es anterior a la del estreno de la película). Gran Torino es la Summa Clintologicae, la decantación escalofriante de su vida y obra, el testamento de un cineasta formidable, el western crepuscular definitivo, su México 86. Lo único que servidor ha logrado encontrar en Internet, además de la sesión de fotos de Alison Eastwood para Playboy, son unas declaraciones de McGilligan a la edición francesa del diario Metro en las que afirma que Gran Torino “es una autobiografía encubierta del actor” y que es “una caricatura excesiva, que desenvaina insultos racistas gratuitamente”. McGilligan no desfallece. Al menos, su amargura es un contrapunto interesante al almíbar de Invictus.

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Escrito por el abr 21 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

3 Comentarios por “Clint Eastwood: desmontando a Harry”

  1. alforfon

    Cuando escuché que Clint Eastwood ponía una querella a un supuesto escritor de un libro sobre él, me sorprendió. Pero más adelante comprendí la razón. Se supone que Clint Eastwood es un actor/director/productor magnífico, excelente; que ha luchado lo que ha luchado para llegar a donde está. Entonces porque en lugar de hablar sobre su impresionante carrera, se dedican a hablar de estupideces sobre su vida privada?. Creo que no es asunto nuestro ese tema, ya que el cine es el trabajo de Mr. Eastwood. Para el resto de chorradas de amarillismos están beckham y Tom Cruise. Que le deje en paz coño

  2. arturo flores

    ¿Quién redacta estas críticas? El libro sobre Eastwood es contundente y polémico pero no niega las virtudes de Eastwood como cineasta. Ésto lo pasa por alto el autor de la reseña empeñado en ofrecernos una sola cara del libro. Qué Leer se apunta el tanto de destacar libros de cine con cierto afán protagonista. El excelente libro de García Gil sobre Truffaut en Cátedra ni ha sido comentado por vosotros. Claro que aquí no hay afán de polémica.

    • milo j. krmpotic'

      Hola. El reportaje, más que crítica, lo firma nuestro colaborador Javier Querol. Y discúlpeme si discrepo: canonizado como se encuentra hoy día Clint Eastwood, lo llamativo es que una biografía de estas características insista en destacar su “lado oscuro”. Lo que su comentario viene a decir es que usted hubiera hecho el artículo de forma diferente (tan diferente que se lo hubiera dedicado a Truffaut -el libro al que alude, por cierto, posiblemente haya sido reseñado en la sección de bolsillo de la revista). Es una opción respetable, que le agradecemos haya compartido con nosotros. Pero no creo que resulte necesario faltar a la línea editorial de la revista, que siempre ha intentado hacer de los libros algo entretenido (y, por tanto, no les niega el picante cuando éste existe) pero dudo mucho que pueda ser acusada justamente de amarillismo. De nuevo, gracias por su comentario. Un saludo.

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