Dennis Lehane: la voz del Boston más violento
Tras triunfar con “Mystic River”, cuando Martin Scorsese acaba de estrenar la adaptación al cine de su “Shutter Island”, Dennis Lehane regresa con “Cualquier otro día” (RBA), un novelón de ingredientes explosivos: racismo, béisbol, atentados anarquistas, huelgas policiales… Texto: Emma Brockes/The Guardian Foto: Diana Lucas Leavengood
Entre 1994 y 2003, Dennis Lehane escribió una novela por año, algo que le ha dado, dice, una piel “extra gruesa”. En cualquier caso, es respondón por naturaleza: fornido, el cuerpo echado hacia delante y con la sonrisita de quien acaba de recobrar la libertad tras pasar por la cárcel. El último lustro lo ha dedicado a un único libro, Cualquier otro día, una historia épica de setecientas páginas y un nivel de riesgo que le ha quitado el gesto de gallito: “Tengo la sensación de que si se la pega, Dios mío, será mi versión de La puerta del cielo, mi Waterworld particular”. Su corazón, dice, se encuentra finalmente “al descubierto”.
Lehane es del centro de Boston y su acento sale a la luz cuando se emborracha, se enfada o interpreta episodios de su vida, como sucede durante la entrevista cuando regresa a sus tiempos escolares y recuerda el día en que tuvo que rechazar los toqueteos de un jesuita. La fuerza de sus libros radica en esa geografía. Su Boston es una ciudad en guerra consigo misma. En Mystic River, la más exitosa de sus obras, un viejo barrio de clase obrera se revuelve camino del aburguesamiento. En la serie de los detectives Kenzie y Gennaro, la ciudad resulta tan agresiva e impredecible como los propios villanos. Y Cualquier otro día está ambientada en los días previos a la huelga policial de 1919, durante el clímax de la actividad bolchevique en Estados Unidos. Bajo el feroz ritmo narrativo se esconde una brillante exposición de la pobredumbre urbana y del modo en que la violencia estalla tanto entre las masas como en el seno de la vida familiar.
Nos encontramos en St. Petersburg, Florida, donde Lehane vive cuando no está en Boston. Su mujer trabaja aquí como oftalmóloga y él enseña escritura creativa en el Eckerd College. Desde la oficina que ha alquilado en una zona no muy cara de la ciudad, la vista ofrece una sucesión de solares abandonados y palmeras desaliñadas camino del océano.
Oficialmente, los libros de Lehane son de género negro, pero el éxito ha desdibujado los límites y con Cualquier otro día se ha adentrado en lo que podríamos mordazmente definir como narrativa literaria. Tras firmar los guiones de tres episodios de la serie televisiva The Wire (en las temporadas tercera, cuarta y quinta), ahora trabaja en otro show catódico ambientado en el Boston de los años 1970. En una de las paredes de su oficina cuelga una foto que le muestra charlando con Leonardo DiCaprio en el plató de la más reciente adaptación de una de sus novelas, Shutter Island. Durante nueve años, Lehane fue sumando fans lentamente pero sin pausa. Hoy no puede escribir la lista de la compra sin que Hollywood se ofrezca a comprársela.
Tras tanto tiempo de pobreza, cuando el dinero comenzó a circular se advirtió a sí mismo: “Ojo, no te conviertas en un capullo”. Lo mejor de tener dinero, dice, es que uno ya no tiene que preocuparse por tenerlo. “Y eso es muy grande, como sabrá cualquiera que se haya preguntado si el teléfono suena porque le quieren cobrar una deuda o si le cortarán la luz esa misma noche. Yo he pasado por esas situaciones y de repente dejaron de existir”.
Escribió su primer libro en tres semanas y lo guardó en un cajón. Era una novela de crímenes y sabía que se arriesgaba a ser catalogado como un autor “de género”. Pero la narrativa literaria se le antojaba aburridísima, llena de “parejas de clase media atenazadas por el malestar vital”. Y añade: “No me malinterpretes, me encanta la literatura, pero no puedo soportarla cuando resulta falsa”.
La escuela de escritura le dio confianza en sí mismo. Se matriculó en Eckerd, atraído por el sol de Florida y el hecho de que también Raymond Carver había pasado por allí. Tras abandonar dos licenciaturas, dejó de pretender que quería hacer otras cosas: llevaba desde los ocho años escribiendo relatos. El rito brutal de los talleres de estudiantes, donde todos se critican entre sí, le fortaleció y le dio perspectiva. “Es bueno descubrir que no se trata de satisfacer a todo el mundo siempre y, sobre todo, que eso no es lo que quieres. Hay un tipo de lector al que no te interesa dirigirte. ¿Qué te importa si has impresionado o indignado a un imbécil?”.
Tras graduarse recuperó su primera novela y la reescribió un montón de veces. Un trago antes de la guerra inició la serie de los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro, cuyo cuarto título, Desapareció una noche, sería llevado al cine por Ben Affleck en 2007.
Los siguientes cuatro libros fueron apareciendo metódica y disciplinadamente con un año de diferencia. Lehane tenía a su disposición un entorno con grandes posibilidades dramáticas, ese Boston que en los años 1970 se encontró al borde de la guerra civil. El más pequeño de cinco hermanos, fue hijo de un sindicalista, capataz en Sears, y un ama de casa, ambos nacidos de primeras generaciones de inmigrantes irlandeses. Y su barrio se encontraba en la frontera de una lucha entre facciones: “Al norte teníamos South Boston, que era cien por cien blanco, muy pobre, muy cabreado, muy racista. Y al este estaba Roxbury, básicamente negro. Y ahí estábamos nosotros, como Polonia, pisoteados por unos y otros”.
La suya fue la última generación que se crió en las calles, fuera de casa hasta la hora de la cena sin que eso contara como negligencia paterna. Montaban porterías de hockey en la calle, quitándolas de en medio cada vez que pasaba un coche, y esperaban al día en que el ayuntamiento realquitranaba la calzada para dibujar un diamante de béisbol en ella. Cada noche, las madres llamaban a gritos a sus hijos y los nombres resonaban por los callejones y se transmitían de edificio en edificio.
En su casa no había más libros que una enciclopedia. Pero, cuando las monjas advirtieron a su madre de que le gustaba leer, ella comenzó a llevarlo a la biblioteca. Su padre prefería la no ficción. De hecho, ni siquiera soportaba el cine. “Me llevó a ver La guerra de las galaxias y se quedó dormido durante el abordaje de la nave, nada más comenzar. Desconectó por completo”, recuerda el escritor asombrado.
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Las guerras raciales de Boston le dieron un temprano sentido de cómo presentar un incidente dramático: “En mis libros, si ves venir la violencia es de reojo, pero de repente la tienes ahí delante. Vas caminando por una estación de metro, captas un movimiento repentino y te encuentras con un grupo de gente moliéndose a hostias. Y no puedes escapar a ello”. Lehane fue testigo pero jamás protagonista: “Es como ese monólogo de El tercer hombre sobre Suiza y el reloj de cuco. Tuve la suerte de crecer en tiempos revueltos pero volviendo cada noche a una casa donde me encontraba completamente a salvo”.
También le ayudó a entender los delirios sociales y raciales de su país. “Desde edad muy temprana entendí que toda batalla racial era esencialmente una lucha de clase y que a los poderosos les interesaba que los desposeídos pasaran el rato peleándose entre ellos. Así que se trata probablemente del único principio socialista que tengo”. La única vez en que su padre perdió la paciencia y abroncó a su madre fue el día en que ella cruzó un piquete para entrar en un supermercado: “Le dijo: ‘¿Y cómo van a poder comer ellos si tú atraviesas el piquete?’”. Y añade: “No quiero decir que los sindicatos no sean corruptos. Dios, han jodido todo el sistema escolar de Estados Unidos. Pero el sindicato más corrupto del mundo siempre será preferible a la mejor de las empresas”.
Las clases sociales siempre han estado presentes en sus libros y aún más en Cualquier otro día, dedicada en parte al movimiento sindicalista en un período crítico de la historia norteamericana, cuando su creciente poder lo llevó a ser demonizado por la derecha como caballo de Troya de bolcheviques y anarquistas. A Lehane no le cuesta demasiado encontrar paralelismos con el presente.
El conflicto es deprimente en su actualidad. Lehane no sale de su asombro ante el número de ciudadanos “hechos y derechos” que le preguntan si los sindicatos son de verdad necesarios. A lo que él contesta: “Puedes agradecerles los fines de semana, las jornadas de ocho horas y el hecho de que tu hijo de doce años no tenga que trabajar en una fábrica”.
Lo cual tampoco anula su “profundo compromiso” con el capitalismo. Pero existe una diferencia, dice, entre capitalismo y consumismo. “Si quieres conocer todo lo que tiene de malo la cultura capitalista, lo encontrarás en el caso del guarda de seguridad que fue asesinado durante el Black Friday” –el hombre murió pisoteado en una franquicia de Wal-Mart en Long Island durante el primer día de la temporada de compras navideñas de 2008-. “Todo está ahí. Todo lo que no funciona en nuestra cultura. ¿Entiende la gente que se perdió una vida para que ellos pudieran conseguir un DVD de mierda? Me da asco. No estamos en Stalingrado en 1943, no se estaban quedando sin comida. Entraron al asalto para conseguir un MP3 barato o una pantalla plana”. El acento bostoniano de Lehane es ahora mismo bastante notorio.
El punto de partida de Mystic River es el secuestro de un niño por parte de un grupo de pedófilos. En Desapareció una noche, un vecindario se ve aterrorizado por una banda de asesinos de niños. A Lehane no le gusta analizar sus obsesiones, no vaya a ser que se evaporen bajo el microscopio: “Pero siempre me sentiré atraído por la pérdida de la inocencia o la corrupción del alma a una edad temprana”. Durante los últimos cinco años, algunos de los jesuitas que le dieron clase han sido detenidos por pederastia. Cada vez que un caso se asoma a las portadas de los periódicos, el escritor llama a sus viejos amigos y dice: “Demonios, ya iba siendo hora”.
“Sabíamos quiénes eran. Hacíamos bromas sobre ellos. Lo aterrador, lo verdaderamente repulsivo, es que no iban a por tíos como nosotros, sino a por los chicos que no podían bromear, que procedían de hogares rotos o que necesitaban afecto, los que eran de verdad vulnerables. Aún recuerdo al cura que se me acercó un día mientras yo cruzaba el patio, me puso la mano en el hombro y me preguntó: ‘¿Qué pasa, hijo, a qué viene esa cara larga?’. Y yo contesté: ‘No lo sé, Padre. ¡Nací con ella!’. Y me alejé para reunirme con mis amigos y reírme de él”.
Tras dejar la universidad trabajó como asistente de niños traumatizados, pero tuvo que dejarlo porque le deprimía tanto que le impedía escribir. La experiencia, no obstante, modeló sus ideas políticas y su obra novelística. “Respecto a este tema me encuentro en la extrema derecha, soy Pat Buchanan. Creo que los depredadores sexuales deberían regirse por la ley de ‘un error y fuera’”.
También hay elementos de su educación católica de los que no reniega. Su primer gran subidón en ventas llegó cuando Bill Clinton fue fotografiado en 1999 abandonando el Air Force One con su novela Prayers for Rain en la mano (“otra cosa que agradecerle”). Entonces, Clint Eastwood compró los derechos cinematográficos de Mystic River, adaptación que en 2004 les valió sendos Oscars a Sean Penn y Tim Robbins y que también fue nominada como mejor película. Si iba a convertirse en un capullo, ése era el momento.
“Mi primer matrimonio se fue a pique justo entonces, lo cual me dio un poco de perspectiva. Recuerdo que me preguntaron: ‘¿No es el mejor momento de tu vida?’. Y contesté que acababa de perder mi casa y a mi esposa, así que no tenía el más jodido motivo para sentirme feliz. ¿Que me estoy comiendo un bistec con Clint Eastwood? No digo que no sea agradable. Eastwood es el ser humano con más clase de todo Hollywood. Pero yo sólo quería recuperar mi vida. En ese momento, cuando podía convertirme en un gilipollas, el sufrimiento me dio equilibrio”.
Cuando le invitaron a colaborar en The Wire, tarea abrumadora dado el éxito que había cosechado la serie por entonces, fue su “ignorancia” lo que le llevó a no sentirse intimidado. Sabía que Richard Price había escrito el episodio precedente, así que “la base ya era buena”. Aún así, tuvo que realizar varios borradores. “Me llevaron a la escuela con ese primer guión, sin duda. No sabía qué estaba haciendo. Lo escribí como una novela y había mucho material de sobra. Fue maravilloso aprender a desnudar el texto”.
Lehane me conduce a un centro comercial cerca del aeropuerto y me cuenta una historia que bien podría pertenecer a una de sus novelas. Vivía en Boston y el edificio de apartamentos en el que residía se hallaba en proceso de reemplazar las alarmas contra incendios, así que durante un tiempo no estuvieron en funcionamiento. Una noche, un tanque de propano que había en el terrado estalló sin que ninguno de los inquilinos se despertara. Fueron los vagabundos que dormían bajo un puente al otro lado de la calle quienes vieron el fuego y llamaron a la policía. Es el motivo por el que, cuando por la calle le piden un dólar, él contesta: “¡Qué demonios, ten veinte!”.
Lo que más le impactó fue algo que dijeron los bomberos. Al parecer, los vagabundos se despertaban cada mañana a las 5:30, hora en que el sol se colaba bajo el puente. Y el fuego había comenzado a las 5:20. “Una hora antes y tampoco lo hubieran visto. Eso me seguirá dando escalofríos durante el resto de mi vida”. También es algo que ha fortalecido sus percepciones morales, la generosidad que alimenta su trabajo: “Es verdad” –dice acerca de los hombres que le salvaron, aunque la cita podría aplicarse también a sus personajes–: “No hay nada mejor que el menos favorecido de nosotros”.









