Matilde Asensi en Londres: la aventura de la cotidianidad

Aunque su última novela, “Venganza en Sevilla” (Planeta), nos traslade al Caribe del siglo XVI, Matilde Asensi no es amiga de viajes ni de grandes aventuras. Ir a verla a Londres, ciudad en la que se encuentra perfeccionando su inglés, resultó en cualquier caso una auténtica peripecia marcada por la ola de frío que asolaba Europa. Texto: Inés García-Albi Foto: Gregorio Arroyo

Anda por la calle con orejeras de piel y abrigo plumífero oscuro hasta las rodillas. Pelo cano, media melena y una cara que quizás a algunos avispados lectores españoles les suene de algo. “¿Quién es, que me suena su cara?”, seguro que se preguntan turistas españoles que se cruzan con esta mujer por las calles de Londres y que la habrán visto quizás asomada en la contraportada o en la solapa de alguna de sus ya ocho novelas. Sólo la reconocerán sus paisanos de Alicante. “Los de allí sí me reconocen. En otros lugares, no”. Y es que Matilde Asensi (Alicante, 1962) es una mujer normal y además le gusta decirlo, recalcarlo. Hace gala de ello. Porque esta mujer con orejeras de piel y aterida de frío tampoco se deja ver mucho por los medios de comunicación. No es muy dada a hacerlo. No le gusta. No se siente cómoda y afirma que tampoco ve necesaria la promoción, aunque los de la editorial le han grabado con fuego que es absolutamente necesario. Y pone un claro ejemplo mientras se frota las manos y sopla para calentarlas. “Con El último Catón no salió ni una, ni una [levanta el dedo para dar más énfasis] reseña en la prensa. No me preguntes por qué, pero ni una. No me hicieron ni caso [en Qué Leer se le dedicaron dos páginas de entrevista en el número de diciembre de 2001 sobre El Último Catón, pero parece haberlo olvidado]. Y según el índice Nilsen he vendido dos millones de copias, que se dice pronto. Y sin una reseña”, reitera. Aclarar que el citado Nilsen es como el índice Dow Jones pero para las ventas de libros. La mayoría de los editores andan nerviosos hasta el día que sale el Nilsen (martes o miércoles). Es entonces cuando saben cómo va su inversión (léase libro) y su cotización (léase venta) y hacen movimientos de mercado (léase presupuesto para marketing y promoción).

Para la salida de su octava novela, Venganza en Sevilla, nos hemos trasladado a Londres para pasar el día con ella. “Pasea con ella, que te muestre su vida en la ciudad, sus rincones favoritos y esas cosas”, me piden. “Perfecto, sin problema”, pienso. Pero a veces las aventuras, esas aventuras que tanto le gusta contar a Matilde en sus novelas, no hay que buscarlas en siglos pasados ni remotos lugares, en el caso de la última en el Caribe y la Sevilla del siglo XVI, gobernada por Felipe II. Tampoco hace falta atravesar el Atlántico en ligeras goletas perseguidos por la justicia española, ni esperar a que llegue la flota al puerto del Guadalquivir con el oro americano. Eso es pecata minuta. Nada comparado con una buena nevada y una ola de frío en la Europa del siglo XXI, o intentar salir de tiendas en Londres a tres grados bajo cero con una mujer como Matilde, a la que no le gusta hacerlo y la moda, los trapos y complementos se la traen a barlovento, por usar un vocabulario acorde con Venganza en Sevilla, donde por cierto sí aparece la moda de la época.

Viajera de sofá

La cita era el 8 de enero en Londres. Dos días antes comenzaron a llegar las noticias de los efectos de la ola de frío que acechaba a la civilizada Europa. Vuelos cancelados, colegios cerrados, aeropuertos colapsados. Gran Bretaña, ese país donde nacieron algunos de los piratas de la novela de Matilde Asensi, temblaba de frío y no sabíamos si sería posible llegar a la cita. España también tiritaba, pero en esta ocasión todo parecía bajo control.

El avión tenía que despegar a las siete de la mañana. No lo hizo. Cancelado. Había otro a las 8.45. Perfecto. Si todo iba bien, las cinco horas de estancia para conocer a la autora de éxito se quedaría en tres. Pequeños retrasos, largas esperas, tren al centro de la ciudad. Tenía exactamente una hora y media para conversar con ella. Menos da una piedra. Por fin salimos del metro. Parada de Kensington. Una mujer sonriente, de pelo cano, con plumífero azul y dos pequeñas perlas en las orejas, viene a nuestro encuentro. La vemos de lejos. “¿Quién es esa mujer, que me suena?”. Es Matilde Asensi que, como una turista más, se queja del frío y del cielo gris de la ciudad. “Dicen que es el invierno más frío de los últimos treinta años. Y yo soy de Alicante. No estoy acostumbrada. Haría la maleta y lo dejaría. ¡Qué frio!”. Es sabido que el tiempo es un tema de conversación común y en Inglaterra más. Pero el día de la entrevista era imposible sustraerse del tema. Los termómetros marcaban tres grados bajo cero, pero la sensación térmica era de siete bajo cero. A ver quién es el guapo que propone: “¿Qué, nos vamos de paseo?”. Matilde me mira como si fuera una loca furiosa. “Nada, nada, nos vamos aquí a lado a un sitio que conozco”. No hay más que hablar. Nos llevó, mientras seguíamos hablando del frío intenso, a un agradable local, una bakery shop donde se podía degustar un buen café italiano y unos pasables scrambled eggs (huevos revueltos).

Matilde Asensi lleva tres meses viviendo en Londres. Su objetivo: aprender inglés. Me cuenta que en la pasada feria de Frankfurt tuvo una cena con editores de varios países y que lo pasó fatal porque no pudo decir ni esta boca es mía. “Y eso da mucha rabia, así que por fin decidí que de este año no pasaba y que me ponía con el inglés”, informa. Lleva tres meses y su idea es permanecer el curso escolar. Además, el inglés le abrirá nuevos horizontes a la hora de documentarse para sus novelas. “Hay muchísima bibliografía y documentación en inglés”. Comienza a manejarse con el idioma. Poco a poco. Al menos no se corta a la hora de pedir mesa para tomar algo. No le gusta mucho la ciudad. Dice que el cielo siempre está gris, oscurece pronto y la luz es triste. Ella es del Mediterráneo. Y para colmo fuma Ducados y tiene que estar pendiente de que no se le acaben. Parece una estudiante más, de esas miles que pululan por Londres, como Rebeca, que trabaja en la bakery donde comemos y que ya conoce a Matilde, o Marcos un riojano del que me cuenta Asensi que también se queja de la frialdad de la ciudad y de lo difícil que es tratar con los nativos. Lo dicho, como una estudiante más. La única diferencia es que ella puede tener un piso en lo mejorcito de la ciudad, en una casita victoriana en pleno barrio de Kensington. Y es que ahora, gracias a sus libros, es libre y, sobre todo, feliz.

¿Le gusta viajar a una escritora de novelas donde la aventura y la historia son las protagonistas? Pues no. “A ver si se logra entender” -dice contundente, como si estuviera harta del tema o como si los demás no viéramos lo sensato de su respuesta-. “¿Por qué tengo que viajar para documentarme? ¿Qué se me ha perdido a mí en el Caribe actual repleto de turistas con pulseras cuando lo que yo quiero escribir es del Caribe del XVI? ¿Qué demonios hago yo en Sevilla, si ya ni se come, ni se viste, ni se habla como en la época de la que trato? Mira por ejemplo para Todo bajo el cielo, que ocurre en la China imperial, encontré un libro maravilloso escrito por Federico Gomis en los años 1930 que describía Shangai, cómo se vivía, cómo era. Fue perfecto. Ahora con el Internet puedo comprar libros, pedir documentación en los archivos. No me gustan los sitios llenos de gente. Me gusta mi casa con mis libros. Y es una de las partes que más disfruto, ir descubriendo datos y conociendo todo lo que me interesa”.

Ha quedado claro. Nada de viajes. Ella es una viajera de sofá. Aquí, en Londres, uno de los lugares que más le ha impresionado es la casa de Sherlock Holmes. También tenía intención de cruzar por el túnel del Canal de la Mancha, pero tras la noticia de que dos trenes se han quedado esa semana atrapados allí se ha echado para atrás. Desde luego, Matilde no se parece en nada a Catalina Solís, protagonista de Venganza en Sevilla, segunda entrega de la trilogía que inició con Tierra firme, que no duda en cruzar el Atlántico para vengarse de la muerte de su padre y eliminar de la faz de la tierra a una de las familias más poderosas de la Sevilla del Siglo XVI.

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Templarios, incas, piratas...

Matilde continúa vendiéndose como sólo ella sabe hacerlo. “Mira, soy antisocial, aburrida”, me dice. ¿Antipática?, pregunto en tono irónico. “No, antipática no. Soy simpática”. Y la verdad es que sí lo es. Pero ella, erre que erre. “La gente me mira como si fuera rara por decir que no soy nada sociable y lo que me gusta es estar con mis libros”, continúa. Antes de poder vivir tranquilamente en Alicante, paseando por la playa y dedicándose a sus libros, Matilde era periodista. Trabajaba en EFE y en la radio. Pero después de siete años estaba hasta el gorro, desencantada, y dice que se acordó de que sabía escribir y comenzó a recodar que se podía usar otro lenguaje diferente al del periodista. Ejemplo: “Recordé que detrás de una declaración se podía escribir algo más que el verbo ‘decir’, como ‘exclamó, suspiró, afirmó’”. Y, de la misma manera que decidió agarrar al inglés por los cuernos, se puso a escribir bajo la sombra o el cobijo de tres autores que le enseñaron mucho: Marguerite Yourcenar y sus Memorias de Adriano, Proust y En busca del tiempo perdido, y Borges. Me cuenta que su madre ya decía que su hija sería una gran escritora, que los largos veranos y la presencia de una biblioteca en casa de sus abuelos y sus padres también inclinaron la balanza hacia su vocación. Un día decidió escribir y lo hizo.

Cada uno de sus libros viaja a diferentes lugares y épocas. “Los temas se me cruzan. De repente hay algo que me deslumbra y me pongo con ello. Ese algo capta tanto mi atención que me olvido de lo demás y comienzo a buscar documentación como una posesa. Entonces ya sé que tengo un nuevo libro entre manos. Primero fue la desaparición de una obra de arte del siglo XVIII en El Salón de ámbar; la segunda llamada la recibió del Camino de Santiago y el tesoro de los templarios y lo plasmó en Iacobus; la desaparición de la vera cruz durante las Cruzadas la catapultó a la fama con el ya citado El último Catón; después se le cruzó en la vida el imperio inca y redactó El origen perdido. Volvió a las andadas de los peregrinos en Peregrinato; la china imperial fue el tema de Todo bajo el sol y, por último, los piratas, la España imperial y el Caribe marcan sus dos últimas aventuras, Tierra firme y la nueva Venganza en Sevilla. A la espera de cerrar esta trilogía, asegura que ya se le ha cruzado un nuevo tema, pero prefiere mantener el silencio. No queda mucho más tiempo. Volvemos a salir a la gélida calle y la conversación gira otra vez hacia las condiciones climatológicas y a su estancia en este país. Quizás hubiera sido mejor elegir otra base para aprender el idioma. Se le iluminan los ojos cuando sugiero Malta: buen tiempo, playas mediterráneas, la orden de Malta, en fin, todos los ingredientes para uno de sus libros.

Cruzamos una pequeña iglesia de estilo gótico inglés, rodeada de esos pequeños jardines que tanto abundan en la ciudad. “Ayer me hicieron aquí las fotos. Casi me muero porque el fotógrafo me hizo quitarme el abrigo. Menudo frío pasé. En fin, son cosas que hay que hacer”, suspira. Nos despedimos en la boca del metro. Mañana le toca hacer de guía turística con otros periodistas. Me pregunto a dónde los llevará. Seguro que a algún lugar donde pueda tomar chocolate caliente y bien negro, una de sus debilidades.

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Escrito por el mar 31 2010. Archivado bajo Autores, Entrevistas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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