Juan Cruz: “Creo en el periodismo”
El editor y periodista Juan Cruz pone adjetivo a los egos de todos los escritores que ha conocido en su libro “Egos revueltos” (Tusquets), con el que ha ganado el Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Texto: Begoña Foto: Gorka Lejarcegui
Marcos Ricardo Barnatán le dio hace casi cuarenta años un puñado de teléfonos y, con ellos, Juan Cruz comenzó una singular expedición literaria, en la que descubrió -y sigue descubriendo- abundantes talentos… y profusos egos. En sus años dedicado exclusivamente al periodismo, y posteriormente también como editor, Juan Cruz confiesa que ha visto de todo, “egos picudos, egos redondos, egos aguerridos, egos olvidadizos, egos reivindicativos, egos superlativos…”. Una golosa colección que ahora despliega para los lectores en su libro Egos revueltos, memoria personal de la vida literaria con la que ha conquistado el XXII Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias.
Desde Guillermo Cabrera Infante hasta Carlos Fuentes, pasando por Borges, Cortázar y Benet, Juan Cruz recorre el camino de su propia memoria, al caprichoso ritmo de ésta, y repasa las impresiones que algunos autores le dejaron, las emociones que sus libros le provocaron, la conmoción que le produjeron algunos encuentros. Y, de paso, deja caer el tipo de ego que acompaña a cada uno de ellos. Aunque lejos de chismorreos, periodista veterano, seduce con algunas anécdotas y pequeños secretos.
Del 1 al 10, puntúe su ego.
Imagino que mi ego oscila entre el 5,5 y el 7,2. Y podría explicar la puntuación, si hubiera espacio, o tiempo.
¿Qué adjetivo le pone?
Ego instantáneo: basta que tú me digas algo grato para que ya pasemos a otra cosa. Pero la satisfacción del ego no cura la inseguridad. De eso va la cosa de escribir, publicar y esperar la reacción.
Rodeado de talentos, ¿de quién ha sentido más envidia?
Si te digo la verdad, de Manuel Rivas un día contando, en mi despacho, a otro escritor, qué estaba haciendo. Me gusta mucho escuchar a los escritores contando cómo lo hacen y siempre que los oigo quisiera ser como ellos. Desde chico hasta ahora mismo.
Cela es un caso de amistad interrumpido por la fama. ¿Tiene alguno más?
La verdad es que lo que me ocurrió con Cela no es la interrupción de una amistad. Yo me siento amigo del Cela que quise, el desamparado sin que los demás vieran su desamparo. El Cela triunfante era otro hombre y ni él mismo se reconocía, en el fondo de su alma, en ese ser que los demás (y él, sin duda) hicieron aparecer cuando creyeron que ganar era lo único importante.
¿Cuál ha sido el momento de mayor sonrojo a causa de un ego?
Un día que entré en la casa de un escritor y me encontré que en todas las paredes había fotografías suyas.
¿Y el capricho más detestable que ha conocido?
Alguien quiso copiar un texto mecanografiado sobre sí mismo; lo había escrito un colega suyo, no había copiadora y él insistió en copiar lo que el otro dijo de él. Me pareció un caso de narcisismo perfecto, literal, apabullante.
¿Alguna vez ha estado a punto de estallar por culpa de un ego?
Sí, muchas veces. Pero soy mucho más comprensivo desde que soy editor, o desde que fui editor. Yo creo que el ego siempre oculta una frustración, una insatisfacción, una inseguridad, y si no luchas por resolverla no eres ni buen editor, ni buen compañero ni buena persona.
¿El ego de periodistas y críticos iguala al de los escritores?
En algunos casos, sí. Yo creo que debemos hablar del ego de las personas; piensa en esos entrenadores de fútbol que hablan en tercera persona de sí mismos. Eso es ego. O de los empresarios que consideran que deben mirar a los demás desde un pedestal. El ego de los periodistas es peligrosísimo, porque el poder del que disponen es una bomba de efecto instantáneo. La humildad es el antídoto, pero de eso hay en el alma, no en las farmacias.
Además de los egos, están las paranoias de los autores. Para un editor, ¿qué es más molesto?
La paranoia, sin duda, es más molesta que el ego. El ego crea; la paranoia destruye, corrompe, se convierte en envidia. En el libro póstumo de Castilla del Pino (Conductas y actitudes, Tusquets) se estudian muy bien las consecuencias que tiene la paranoia.
Delibes le confesó que ya no quería vivir más. ¿Qué otras confesiones íntimas le han hecho “sus” autores?
Ésa es similar a la que me hizo Ayala. Hay algunas cosas que me dijo Benet al final de su vida, que no tenían el carácter de confesión, sino de aceptación del final, que me resultaron muy conmovedoras. Me gusta hablar bien de Benet. Creo que su carácter ha sido distorsionado por los que insistieron en no conocerlo bien.
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¿Hoy se siente más editor que periodista?
Hoy me siento periodista, y además envidiándote, porque haces periodismo literario, excepto ahora, que entrevistas a un periodista.
Una vez le preguntó a Jean Daniel si valía la pena luchar por este oficio del periodismo. Ahora se lo pregunto yo a usted.
Absolutamente sí. Creo en este oficio. Cambian ahora los instrumentos, pero el alma del asunto sigue intacta. Debe seguir intacta para el bien de la sociedad, no sólo del periodismo.
¿Con qué otro título ha repetido la intensidad y el placer que encontró con Tres tristes tigres?
Cuento ahí que Rayuela fue otro título fantástico para mí, me hizo vivir dentro de un libro. Me ocurrió también con La fiesta del chivo. Y me pasa mucho con la poesía. Por ejemplo, la de Octavio Paz, la de José Emilio Pacheco. Me gusta mucho la escritura poética (y literaria) hispanoamericana.
¿Lo más delirante, lo de Umbral, y lo más molesto, lo de Cela?
Umbral era un excelente escritor al que deslumbró su propia facilidad, que convirtió su manera de ser en la expresión de un egocentrismo que yo creo que a él tuvo que molestarle también. Pero no lo vi delirante: cumplía todos sus compromisos y ésa era una esquina de realismo que me resulta tan conmovedora como la que hacía que Vázquez Montalbán no dejara ningún encargo por hacer. ¿Molesto lo de Cela? Las circunstancias. Me da pena que haya ocurrido, pero si no lo cuento creo que no contaría, como periodista, lo que viví, sobre todo aquellos días de Estocolmo.
¿Con quién ha bebido peor?
Conmigo mismo. En un tiempo bebí demasiado. Amigos como Miriam Gómez y como Antonio Muñoz Molina me hicieron darme cuenta del riesgo que corría.
¿Y con quién ha comido mejor?
Con Manuel Vázquez Montalbán. Me enseñó a comer trufa. Lo cuento en el libro. Tengo mucha nostalgia de Manuel. Ah, y comí muy bien con Azcona, pero ahí no se trataba de comer. Azcona era de otro mundo, así que comer le daba igual.









