Arnaldur Indridason: “La voz”
Autor: Arnaldur Indridason
Traductor: Enrique Bernárdez
Editorial: RBA
332 páginas. 17 euros.
CUATRO TINTEROS
En fiestas navideñas, el conserje de un hotel de Reikiavik aparece acuchillado en el sótano, con los pantalones bajados y un condón puesto. Erlendur y su equipo descubren que había sido un niño prodigio del canto, pero que un incidente truncó su carrera y que los dos discos que grabó son preciadas piezas de coleccionismo. En paralelo, el personal del hotel parece tener escabrosos secretos que ocultar.
Todo detective con carácter arrastra un fantasma. El de Charlie “Bird” Parker es su familia asesinada. El de Wallander es su negligente paternidad. El de Harry Bosch es el eco de la víctima. Para Erlendur, ese espectro invencible adquiere los rasgos de un niño de 8 años que se desvanece para siempre durante una tormenta de nieve en el páramo, su hermano. Este caso imposible de cerrar convierte su presente en una herida abierta. Las tramas policíacas de Indridason, por astutas y compactas que resulten, devienen una alineación de pasadizos secundarios que alejan a su protagonista de la cámara secreta donde respira su dolor. Es en este equilibrio entre la investigación interna dilatada y la puntual al descubierto donde brilla la serie. No es apta para quienes pasan rápido las páginas de sucesos de un diario. Si La mujer de verde trataba la violencia doméstica, el gran tema de La voz es la infancia robada, bien por la vía psicológica (hijos viviendo los sueños de sus padres) o por la física (maltratos).También hay drogas, prostitución, inquinas de sangre y un ataque frontal al espíritu navideño. Impera la claustrofobia mental (el coleccionismo como patología) y la espacial (el hotel como microcosmos bélico). Surge una última mentira con un impecable sentido del oportunismo. En las grabaciones de los discos antiguos –se nos dice en un momento de la novela– era frecuente que se colaran ruidos no deseados. Tal apunte funciona metafóricamente para el fantasma fraternal de Erlendur y para los padres de niños prodigio, pero en ningún caso en un sentido metaliterario.
Antonio Lozano
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