Leopoldo Abadía: el gurú que pasaba por allí

Redaccion

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Texto: Antonio Baños  Foto: Rosmi Duaso

Leopoldo Abadía me recibe en su casa. Vive en un barrio bueno pero sin estridencias, frente a una clínica de maternidad. “Allí enfrente está mi nieto, que acaba de nacer”, me explica con alegría pero sin aspavientos. Y es normal, porque es el nieto número cuarenta que le han dado sus doce hijos. A eso se le llama productividad.

Abadía fue el auténtico blockbuster de la temporada pasada con su exitazo La crisis ninja (Espasa) y ahora repite suerte con La hora de los sensatos, un libro en el que apenas se habla de economía y mucho de cómo arreglar el país entre unos amiguetes con recetas entre domésticas y de sentido común.

La casa de Don Leopoldo es grandota y decorada a lo antiguo. Hay muchas cosas: colecciones de dedales, cuadros, figuritas de todo tipo y trastos que no puedo identificar. Desprende, eso sí, un aire muy acogedor y familiar. Nos recibe Gonzalo, uno de sus hijos, que “le lleva las cosas”. Mientras el hospitalario Gonzalo me sirve un café, Don Leopoldo posa para nuestra fotógrafa. El hombre se coloca en todo tipo de posturas con un aire divertido y levemente coqueto. “La verdad es que ya me empieza a gustar esto de las cámaras”, comenta con la ilusión de un chaval el día de su comunión. “Mi mujer dice que si un día no me maquillan no soy feliz”, sentencia.

Este ingeniero industrial, que pasó la mayor parte de su vida enseñando política de empresa en IESE, acaba de colisionar con un mundo que nunca soñó: la farándula libresco-mediática. Y como Álex, el gamberro protagonista de Donde habitan los monstruos, le saca todo el jugo posible mientras dure esta pesadilla de la crisis.

Me enseña su despacho, en el que también hay montones de cosas, algunas de difícil filiación y utilidad. “Son regalos que me dan en las conferencias. La gente me regala de todo”, aclara. En las paredes, una foto de Aznar y Botella, otra de los Reyes el día de su boda, de Escrivá de Balaguer y una deliciosa curiosidad: “Es la foto del instituto de mi padre. En el mismo curso estaban él, Ramón J. Sender y ahí puedes ver a Buñuel”. Dios mío, pobre profesor…

Un éxito de risa

Abadía es un tipo feliz. A diferencia del resto de Casandras y cronistas de la crisis, él no pretendió nunca serlo: “Yo tenía un glosario de términos económicos en la red pero como un hobby de jubilado, para mi propio uso”, nos explica. “Y el 28 de enero del año pasado, un domingo por la tarde, incluí la palabra crisis y escribí cuatro paginas sobre ella. Según parece, ese texto fue corriendo bastante por Barcelona. Incluso me llegó rebotado a mi ordenador diciendo que el autor debía ser un joven estudiante universitario.”

Abadía ríe con ganas de los azares, a menudo absurdos, que han labrado su fortuna. “En el mes de abril me llaman de Espasa y yo estaba convencido que era para venderme una enciclopedia, como es natural, y resulta que querían que escribiese yo un libro”. El cachondeo ya es total. Nunca he entrevistado a nadie que se riese con tantas ganas de su propia carrera al éxito. “Pero fue en agosto, que los medios no tenían noticias para publicar, cuando me empezaron a sacar. En septiembre ya había fichado por Buenafuente.”

El verdadero encanto de este caballero es el soberano escepticismo con el que se toma su fama. Una retranca baturra realmente digestiva frente a tanto autor intenso e iluminado. “Cada vez que llaman de la editorial para una reunión de autores me parece increíble. Yo escribiendo libros…”. Su experiencia como escritor la relata salpicada de carcajadas. “Los de Espasa me dijeron que pondrían todo a mi servicio y yo entendí que tendría un negro y yo le dictaría tan ricamente. ¡Qué va, chico! Era cariño lo que pusieron pero, por lo demás, siempre exigiendo la entrega en los plazos”.

De todas maneras, hay algo que a mí no me cuadra. La imagen que los medios dieron de él fue extremadamente bucólica: un viejo profesor que vive en un pueblo perdido, alejado de los círculos económicos y que baja de la montaña para darnos consejos sensatos. Como Fernán Gómez en La lengua de las mariposas, vamos: “Hay gente que cree que yo soy el producto de Buenafuente nacido para sustituir a Chiquilicuatre”.

En Italia, Keynes se convirtió en fenómeno de ventas. Krugman y Stiglitz son premios Nobel que ejercen de gurús populares en los países anglosajones. En España, acordes a nuestro nivel y el estado general de cachondeo vital, hemos apostado por Leopoldo Abadía. No encontraremos en él profundidad teórica ni complejidad, pero su consuelo, entre desapegado y chocarrero, me hace recordar eso de que su padre estudió con Buñuel. O sea, que el surrealismo en España lo llevamos como asignatura pendiente desde la infancia.

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“Wall Street no es para mí”

En su nuevo libro, Abadía nos habla de las reuniones con sus amigos del pueblo donde tiene el chalet para salvar los destinos del país. Ofrece un programa de gobierno e incluso se atreve con una constitución. De hecho, se “postula” para montar una junta de gobierno bastante peculiar que nos sacaría de la crisis. El libro nace de su intenso contacto con la gente a través de incontables charlas. “Este año he dado unas trescientas conferencias. En total habré hablado ante 60.000 personas. En cada conferencia me hacen unas cinco preguntas. Unas 1.500 preguntas en total. De todas esas inquietudes de puro sentido común he sacado los temas de mi libro”.

Una de sus ideas centrales es la del gobierno safety car. En las carreras de Fórmula 1, cuando hay algún problema, sale un coche de seguridad. Una vez solucionado el incidente, éste se retira. Así es como entiende que debería ser la función pública Leopoldo Abadía: temporal y además gratuita.

Lógicamente, Abadía es un firme defensor de las capacidades productivas y cohesionadoras de la empresa: “Una empresa tiene que ganar dinero. Pero si nos quedamos ahí, el ejemplo máximo de buena empresa sería la mafia. Por eso añado: dentro de un orden”. El suyo es un modelo de los de antes: sacrificio, esfuerzo, y sobriedad. “Mi mujer a veces dice que lo que nos hace falta es una posguerra”. La mujer de Abadía, que aparece a menudo en la conversación, es como aquella otra gran dama de la ficción: la mujer del teniente Colombo, fuente de sentido común y azote de los posibles ataques de vanidad de su marido: “Mi mujer ya se encarga de que no me crea un gurú. A veces le pregunto ‘¿Qué te he parecido hoy en Buenafuente?’. ‘No sé, me he dormido’, me contesta. Ésa es la mejor arma contra la vanidad”.

Orgullo, ignorancia, avaricia y vanidad son, para Abadía los viejos pecados que infestan este tan moderno mundo. Pero también falta un poquito de… de pelendengues: “Hay una falta como de reciedumbre general. Chavales que son muy buenos críos pero que los ves y dices ‘ay, qué blandito que eres hijo mío’”. Permítanme que me sume con entusiasmo a esta tesis: una juventud que lleva los pantalones a media cadera y que va enseñando los calzoncillos y lleva gorritas que les tapan la vista nunca podrá erguirse en demanda de sus derechos. Pantalones arriba, cabeza alta, mirada al horizonte. Ésa es la única solución.

Uno de los puntos fuertes de la dialéctica de Abadía es que utiliza con indudable encanto sus experiencias personales para ilustrar temas que otros sólo explican a partir de modelos teóricos. Sobre el inmenso riesgo que suponen las inversiones en la jungla de los derivados financieros, nos explica lo que le pasó cuando quiso invertir: “Me ofrecieron un fondo de renta variable. El argumento de venta de ese fondo, la manera de hacerlo atractivo, fue decirme que la selección de los valores de la cartera se hacía según el sistema de Black-Litterman. ¡Ah! Entonces yo miro qué es eso del Litterman y me entero que se trata de una actualización del modelo de Markovich. Así que hice una llamadita: ‘Oiga, y el día que esto se hunda, ¿a cuál de los tres tengo que llamar para pedir mi dinero?’”. Claro está, el financiero le pegó una bronca de escándalo. Si todos nosotros, cuando nos ofrecieron un producto financiero, hubiésemos hecho las preguntas del barquero que nos recomienda, quizá el engaño hubiese sido menor. Este hombre encarna una versión 2.0 del “Wall street no es para mí” de Paco Martínez Soria.

Sobre el aumento del consumo privado para dinamizar la demanda, la postura de Abadía también es clara y divertida. “Estuve tres años pidiendo a los reyes un home cinema. Pues bien, este año me lo han traído y, sabes qué, ni siquiera se dónde está. Ahora veo que no lo necesitaba para nada”. El home cinema inútil, ejemplo de despilfarro, es el modelo de consumo que no debemos seguir. Total, para las pelis que hacen hoy en día…

Muchos pecados individuales

Como profesor durante 31 años de una de las escuelas de negocios más prestigiosas del país, le pregunto si ha sido maestro de alguno de los mastuerzos que nos han llevado al desastre. “Alguno que otro de mis alumnos, a los que saludo con frecuencia”, ríe con ganas. “Cuando quiero poner nervioso a alguien, digo: ‘A ése que ha hecho tal desastre lo he aprobado yo’”. Aunque aclara: “Por el IESE han pasado 30.000 personas, así que es normal que salgan algunos sinvergüenzas”. Intento entonces moderar el concepto: “No es que fuesen sinvergüenzas, quizá actuaban según indicaba el sistema”. Y él, inapelable: “Déjate de tontadas. Sinvergüenzas, han sido unos sinvergüenzas”

Y eso nos lleva a uno de los puntos fuertes de su concepción vital. La de la responsabilidad individual: “No existe el pecado colectivo, sino muchos individuales”. Esta llamada a la responsabilidad ética personal e insobornable por encima de sistemas políticos o condicionantes ambientales nos lleva a comentar la encíclica de Benedicto XVI Veritas in caritate. “Ha pasado muy desapercibida, pero es tremendamente dura con el comportamiento económico de nuestro tiempo”.

Ya me disculparán si durante la entrevista no le pregunté más sobre el futuro del dólar, si los fondos soberanos constituyen un peligro estructural o si la política del Banco Internacional de Pagos le parece oportuna. La velada está siendo demasiado agradable como para enturbiarla con economías. Además, creo yo que ahora lo que siente Don Leopoldo es una verdadera fascinación por eso que él llama la farándula. “Mis conferencias las empiezo siempre igual”, me explica. “Yo antes era un señor normal y ahora soy amigo de Risto Mejide. Y la gente se entusiasma”.

Después de casi dos horas me marcho de su casa. Mis dudas sobre si el personaje era fruto de una operación de sofisticado “branding vírico” han quedado bastante despejadas. El gran gurú de la crisis era un señor que pasaba por allí, como no podía ser menos en un país que funciona a salto de mata como éste. La gran fortuna para nosotros es que este sabio involuntario es un señor estupendo que parece muy buena persona. No es ni Paul Krugman ni Zygmunt Barman pero, siendo amigo de Risto, ya basta.

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