El último grito de Tarzán: todas las novelas del rey de la selva

Con “Tarzán y los náufragos” llega a su fin la edición por parte de Edhasa de las veinticuatro novelas del Hombre Mono. De la mano de ésta recuperamos también la figura de su padre literario, Edgar Rice Burroughs, un perdedor que se subió a una liana para cambiar su suerte de una manera salvaje. Texto: Francisco Luis del Pino Olmedo

Si el sueño de la razón engendra monstruos, un insomnio desesperado puede crear iconos tan formidables y bien trenzados como la liana en la que se balancea Tarzán con absoluta soltura por encima de cualquier tiempo.

Y es que desde que el Hombre Mono, nacido de la imaginación de Edgar Rice Burrougs una noche de 1911 en la que acuciado por una situación económica difícil proyectó su fantasía, el rey de la selva ha despertado la admiración y el ensueño de generaciones enteras de lectores.

La editorial Edhasa acaba de publicar el último título de la colección, Tarzán y los náufragos, un relato aparecido en la revista Argosy en 1941 con el título de The Quest of Tarzan, junto a otros dos más breves (Tarzan and the Champion y Tarzan and the Jungle Murders) que vieron la luz por primera vez en las revistas Book y Thrilling Adventures, ambos en 1940. Ante este último libro de Tarzán, volumen inédito hasta ahora en español, uno, que se reconoce deudor por los buenos ratos que le ha proporcionado el personaje, tiene sentimientos encontrados: de pura satisfacción y de tristeza. Por eso, una buena forma de celebrarlo y mitigar el final de la serie es hacer un ejercicio de memoria respecto al padre literario de Tarzán y su criatura.

Un perdedor nato

Puede decirse que fue en otro planeta donde Edgar Rice Burrougs encontró la solución a toda una vida de fracasos. La suerte le fue esquiva con indiferente terquedad desde su nacimiento en Chicago, el 1 de septiembre de 1875, y casi hasta los cuarenta años arrostró un nomadismo errático de oficio en oficio. Fue cowboy y soldado en el Séptimo de Caballería; romántico hasta la médula, pidió ser destinado al peor lugar de un Oeste aún salvaje en algunas zonas, y ese lugar era Fort Grant, en el desierto de Arizona. Allí tuvo oportunidad de conversar con hombres que habían luchado en las guerras indias contra los comanches y los apaches. De esa experiencia saldría años después el ciclo de los Apaches y una larga lista de novelas independientes.

Transcurridos unos años, cambió el ejército por Enma Centennia Hubert, con la que se casó y trató de ampliar el horizonte de su vida. Volvió a trabajar de cowboy y ése fue el primero de una larga lista de oficios desempeñados, entre los que figuran el de policía en Salt Lake City, carnicero en Pocatello (Idaho) y los de buscador de oro y empleado en diversas sociedades. En 1911, sus menguados recursos, fruto del empleo en Sears, Roebuck and Co –firma de venta por correspondencia, donde verificaba que los anuncios aparecieran correctamente–, apenas le permitían mantener a su mujer y a sus dos hijos. Es entonces cuando se le ocurrió probar suerte escribiendo un relato de ciencia ficción al dorso de hojas con membretes de las empresas para las que había trabajado ocasionalmente y lo envió a la prestigiosa revista de cuentos All-Story Magazine con el seudónimo de Norman Bean (tipo cualquiera, en argot). La novela gustó al editor, Thomas Newell Metcalf, que la publicó con el título de La princesa de Marte en seis folletos, de febrero a julio de 1912. Por esta obra, inicio de su serie marciana, cobró cuatrocientos dólares, lo que al recién estrenado escritor de 37 años le pareció una pequeña fortuna.

Tras una infructuosa incursión en la novela histórica ambientada en la Inglaterra de los Plantagenet y con el caudal del premio diezmado, empezó a escribir Tarzán de los monos la noche del 1 de diciembre de 1911, para terminarlo el 14 de mayo del año siguiente. En octubre de 1912 se publicaba en la misma All-Story Magazine –quien compró los derechos de la novela por setecientos dólares– y su éxito fue completo. Cuando, dos años más tarde, la Casa McClurg and Company editó la historia de Tarzán en libro, fue el título más vendido en los Estados Unidos en 1914.

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El mito de Tarzán

Demasiada gente asocia Tarzán al estereotipo presentado por la versión cinematográfica creada por Cyril Hume e Ivor Novello, dirigida en un principio por W.S. Van Dyke y protagonizada por Johnny Weissmüller y Mauren O´Sullivan; versión que a su vez se basaba en la de los dibujantes y guionistas de cómics Hal Foster y Burne Hogarth. Si por un lado contribuyó a convertir a Tarzán en uno de los grandes mitos de la cultura popular del siglo XX, esa versión cinematográfica ha ido fijando una imagen del personaje cada vez más alejada de la creada por Edgar Rice Burroughs.

Se ha escrito mucho, a veces intentando explicar su éxito, acerca de la vinculación de Tarzán con el buen salvaje de Rousseau; con el Mowgli de Kipling o con la leyenda de Rómulo y Remo. Probablemente por la continua contraposición de naturaleza y civilización, entre libertad salvaje y códigos de conducta artificiales, entre individuo y sociedad en la serie. Pero estos tópicos son los que alimentan gran parte de las novelas de ciencia ficción de todos los tiempos. “En nuestra sociedad de la comodidad y del paternalismo ultraprotector, representa el sueño del primer hombre, el que tuvo que inventarse a sí mismo y recuperar la civilización en contra de cuanto la desmiente”, opina el filósofo y escritor Fernando Savater, gran aficionado a la serie del rey de los monos.

Para la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, autora de El Museo de los esfuerzos inútiles (Seix barral, 1983), libro que recoge el cuento El rugido de Tarzán, éste “representa un mito que se repite mucho en la literatura universal y que tiene que ver con el conflicto de pertenecer al mundo animal, realidad que afecta a nuestro narcisismo”. A su juicio, Burroughs es un hombre de vanguardia, uno de los grandes críticos de la sociedad estadounidense –“al que hay que saber leer”–, que sigue en la tradición del socialismo utópico que arranca con Rousseau y el principio de que el hombre nace bueno, por lo que es la sociedad la que lo pervierte.

La consolidación de Tarzán como mito y su implantación en el imaginario popular ha tenido momentos donde lo ridículo se confunde con lo dramático, como sucedió en 1932 cuando la desmoralización provocada por la gran crisis económica parecía hundir a Estados Unidos en un callejón sin salida y el pueblo pidió que Tarzán se presentara a las elecciones ese año y salvara al país…

No obstante, el personaje ha generado anécdotas más gratificantes que lo contrario: Jane Goodall, la famosa científica experta en primates, confiesa que cuando leyó las aventuras del Hombre Mono se enamoró de Tarzán “y me sentí muy celosa porque escogió a aquella estúpida de Jane”, ha declarado con buen humor.

El mejor Tarzán

A pesar de haberse publicado en España con cierto éxito a lo largo de los años, lo cierto es que en nuestro país nunca se había llevado a cabo una publicación sistemática, ordenada y con un mínimo de coherencia y unidad de la serie completa de las novelas del Hombre Mono. Hasta que la editorial Edhasa se propuso retraducir de nuevo las historias de Tarzán y empezar a sacarlas al mercado en abril de 1995. Además, sobre todo en las ediciones de la posguerra, una serie con escenas violentas y descripciones físicas sorprendentes para la época habían sido censuradas. Y si bien en las novelas se nota menos, aún es posible encontrar en mercados de segunda mano cómics censurados de un modo realmente alucinante: de repente, entre dos viñetas aparece un anuncio (casi siempre de la marca de estilográficas Parker) que sustituye mojigatamente algún dibujo con una dosis “excesiva” de erotismo o de violencia.

Por otro lado, circulaban algunas traducciones muy deficientes y otras, simplemente, habían envejecido, por lo que Edhasa optó por encargar toda la serie (veinticuatro novelas) a un mismo traductor, inicialmente María Vidal Campos y en la actualidad Carme Camps. El diseño de la colección es de Julio Vivas y las ilustraciones de las cubiertas de Vicente Ballestar, un apasionado del personaje que también ilustró la edición de Círculo de Lectores en 1973.

Mundos muy fantásticos

Paralelamente a la redacción de Tarzán (1911-1947), Rice Burroughs iba escribiendo otras tres series de ciencia ficción y literatura fantástica: Carson de Venus, John Carter de Marte y el ciclo de Pellucidar –el mundo subterráneo–. La inclusión de elementos fantásticos es progresiva en esta última serie, casi inexistente en las tres primeras entregas, pero Burroughs llega incluso a cruzar dos series en Tarzán en el centro de la Tierra, que pertenece tanto a la del Hombre Mono como a la de Pellucidar. Poco antes de su muerte, Burroughs, había comenzado a escribir una nueva saga donde John Carter empezaba a explorar Júpiter y su sistema. La liana de su vida se rompió el 19 de marzo de 1950 a consecuencia de una enfermedad contraída durante la segunda guerra mundial en el área del Pacífico Sur, donde insistió en ir como corresponsal pese a sus 66 años de edad.

Para goce de millones de lectores, dejó un legado que abarca 91 libros e infinidad de artículos y relatos. Dos ciudades: Tarzán, en Tejas, y Tarzana (sede de su empresa), en California, le han sobrevivido. Las cenizas del padre del hombre mono y uno de los grandes autores de la ciencia ficción fueron depositadas, como había dispuesto, en Tarzan Ranch, la finca de 245 hectáreas que compró en California en 1919 al general Harrison Gray Otis. Los lugareños dicen oír algunas noches el grito inconfundible de Tarzán y la respuesta de John Carter, que parecen hablar con su creador. Pero ya se sabe, eso sólo ocurre en la imaginación de los que habitan lo fantástico.

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Escrito por el mar 3 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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