Lucía Etxebarria: la realidad no existe
La última novela de Lucía Etxebarria gira en torno a la muerte de Pumuky, el joven y atormentado cantante de los Sex & Love Addicts. Hay quien dice que se suicidó, pero los testimonios de sus allegados se contradicen a tal punto que podemos llegar a pensar que “Lo verdadero es un momento de lo falso” (Suma). Guy Debord “dixit”.
Texto: Philipp Engel Foto: Marta Calvo Maquillaje: Eva Medes Asistente: Sandra Mondón
No sé cómo me hice amigo de Pumuky. No sé si fui yo el que le envió una solicitud de amistad tras interactuar con él en el muro de alguno de nuestros amigos en común, o si simplemente le di a la tecla azul de aceptar en uno de esos actos irreflexivos que son nuestro pan de cada día. El caso es que no le presté demasiada atención. Me pareció que tenía un grupo de música, uno de tantos, y que andaba obsesionado con Guy Debord, el filósofo fundador de la Internacional Situacionista y autor de La sociedad del espectáculo que presuntamente acabó quitándose la vida en 1994.
No volví a visitar el perfil de Pumuky hasta que corrió la voz por Facebook de que se había volado los sesos en un triste descampado de la sierra madrileña. Comprobé entonces que sus últimos estados eran de una negrura absolutamente premonitoria, y que llevaba unos cuantos días sin actualizar. Al ver que Lucía E., uno de nuestros veintiocho amigos en común, estaba conectada, me apresuré a chatear con ella para confirmar la desgraciada noticia: un suicidio que, según me dijo, podría no ser un suicidio. Para mi sorpresa, añadió que las diferentes y muy contradictorias versiones de la muerte de Pumuky acababan de salir a la venta en la última novela de Lucía Etxebarria, Lo verdadero es un momento de lo falso. Imaginen mi perplejidad. Por un momento, zoquete que es uno, no podía entender la simultaneidad de los dos acontecimientos: la muerte de Pumuky y la aparición de un libro que contrastaba trece versiones del suceso. Pero chateamos largamente sobre el espacio y el tiempo, la física y la mecánica cuántica, la posibilidad de universos paralelos y los famosos agujeros gusano, y así me quedó del todo claro que, mientras el pobre Pumuky exhibía su agonía existencial en Facebook, en otro plano temporal Lucía Etxebarria acababa de organizar las diferentes voces que daban vida a la muerte del cantante.
Lucía Etxebarria me cita en el local de ensayo del grupo de Pumuky para hablar de Lo verdadero es un momento de lo falso, que he podido leer en mi propio plano temporal antes de que saliera a la venta. Pumuky ha muerto, pero Lucía llega acompañada del no menos debordiano y situacionista Romano, que se ha escapado de las páginas de la novela para aportar apuntes filosóficos, notas al pie de nuestra conversación. En un aparte, me confiesa que se gana la vida “organizando reuniones”, que también ejerce de hermeneuta de bolsillo para el enloquecido cineasta Nacho Vigalondo y que, de hecho, conoció a Lucía en el pase de Los cronocrímenes, una película que también especula sobre viajes en el tiempo ligados a la física cuántica. Todo cuadra.
Por respeto a Pumuky, todos vamos de negro. Hemos quedado en el local porque la idea es que Lucía se haga unas fotos con Romano (bajo) y Mario (el teclista) para promocionar la novela y, de paso, dar un empujoncito a lo que queda de la banda. En un momento, mientras la máquina expendedora vomita latas de cerveza de dos en dos, hablamos de Guy Debord, claro, también de Baudrillard, Foucault y Steiner. Camus y Lacan se suman a la charla, e incluso llegamos a evocar a Palahniuk y a Foster Wallace. Una merienda de nombres propios.
Lucía está sentada debajo de un tablón de anuncios. Mientras la maquilladora le sube el rojo de los labios, sentencia que “el concepto cartesiano de la percepción de la realidad ha desaparecido”.
-La idea de que existe un solo plano de la realidad se dinamitó a lo largo del siglo XX. La física cuántica se ha cargado los conceptos de espacio y tiempo. Desde el punto de vista de los postestructuralistas que utilizo en mi novela, la realidad tampoco existe y, desde la psicología, la percepción también se ha convertido en un criterio interpretable. Así que me venía muy bien que en la novela apareciera una psicoanalista, porque podía explicar las cosas desde su formación terapeuta, y también me venía bien que hubiera una escritora que dijera que la realidad no es objetiva, algo de lo que yo me he dado mucha cuenta escribiendo. Que Pumuky fuera un obseso de Debord era perfecto, porque así me daba las tres ideas de que la realidad no existe. Si hubiera tenido más formación, también hubiera metido a un físico, pero desistí tras leer Las partículas elementales. Estuve casada con un bioquímico y me explicó que Michel Houellebecq había metido la pata no pocas veces a lo largo de su novela. Así que me deshice del físico.
-Alguien podría imaginarse que Pumuky es menos verdadero que falso.
-Desde el momento en que lo he creado, Pumuky existe. Tiene su Facebook, tiene un vídeo colgado en YouTube. Lo que yo quería contar es que nadie está en posesión de la verdad. Y la misma historia, vista desde trece pares de ojos, es con cada relato una historia diferente. Desde pequeña he aprendido que las versiones de la realidad no son una, y siempre me había obsesionada ese tema.
-¿Por alguna razón en particular?
-Una de ellas es que me he criado entre mentiras. En mi familia hay cosas que se han tenido que ocultar por razones políticas. En una feria del libro me enteré de que a un familiar lo fusilaron. Alguien me vino con las actas. Por otro lado, mi bisabuelo era masón. Era el Gran Maestro de la Logia de Vizcaya, toma ya. Pero esto no se descubre hasta que se cae el Gran Casino de Bermeo por una riada y de nuevo salen las actas.
Lucía aprovecha la ocasión para recordarme que en todas sus novelas ha jugueteado con la idea de que no existe una sola realidad. “Desde la primera, Amor, curiosidad, Prozak y dudas: son tres hermanas y tres visiones diferentes”.
-La literatura cuenta historias desde la aceptación de lo que te están contando es falso.
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La sesión de fotos ha durado lo suyo, así que salimos a tomar algo. Ya en la calle, Lucía se quita tambaleante unos bonitos zapatos blancos de tacón que, según se queja, no han salido en las fotos. Entramos en un bar y el camarero que nos sirve nos suelta de entrada, y sin venir a cuento, un chiste de ginecólogos. Deduzco que se debe al Efecto Lucía, al lugar que ocupa en nuestro imaginario colectivo, y cometo el error de comentarle que, dejando de lado a Pumuky y las peculiares circunstancias del lanzamiento de la novela –“¿Qué es una campaña de marketing, sino un acto situacionista?”-, ésta conecta con su temática habitual, aquella por la que es más conocida. Es decir, la mujer. La mujer y el sexo. Lucía y el sexo.
-A ver, nadie dice que la “temática habitual” de Pérez-Reverte o de Juan Manuel de Prada es el hombre. Aquí hay una parte muy machista que nos lleva de nuevo a la construcción de la realidad. Mi “temática habitual” no es la mujer, soy mujer. Viene dado que sea feminista, porque de lo contrario sería como un negro del Ku Klux-Klan. Ahí es donde me siento muy Pumuky, porque los medios proyectan una imagen de mí que yo no soy.
-Intentaré ser lo más fiel posible a lo que he visto hoy.
- Es curioso, porque en Alemania me ven como una escritora perspectivista, mientras que en Italia dicen que escribo novelas de amor. Aquí en cambio me han colgado el sambenito de escritora erótica y a veces sin demasiado fundamento. Cuando gané el Premio Nadal con Beatriz y los cuerpos celestes, dijeron que era una novela erótica y tiene muy poco sexo. En la novela del finalista (La caricia del escorpión, de Ignacio García-Valiño), había incluso una lluvia dorada y nadie dijo nada de nada. A lo mejor es que no se la habían leído.
-En Lo verdadero es un momento de lo falso sí que hay sexo.
-Salen once polvos, los he contado. Me apetecía meter mucho sexo, escribir las escenas de un modo muy diferente a lo que se lee en otras novelas.
-Recuerdo bien el primero, acaba con una flor que se abre y una torre que se derrama “por la salobre galería”. Creo que más adelante vuelven a aparecer flores.
-Bueno, el imaginario femenino funciona de forma muy diferente al del hombre por cuestiones de subconsciente y de socialización. Si lees poesía femenina, hay mucha agua. Es lógico, porque las mujeres se mojan cuando se excitan. También hay muchas metáforas con flores, porque el clítoris tiene forma de flor. Pero si miras porno hecho por mujeres, tampoco se parece al masculino.
-¿No?
-Incluso diría que puede ser mucho más bestia. Las mujeres suelen ir más allá, porque han estado mucho más reprimidas. Cuando edité Lo que los hombres no saben del sexo (Planeta), éramos trece escritoras muy diferentes y salió de todo: sadomaso, necrofilia, incesto, aparatos…
En la novela, los consoladores -qué palabra más fea, más arcaica y más antigua- tampoco tardan demasiado en hacer su aparición. Olga, una de las protagonistas, se fija en que los productos antiarrugas vienen presentados en envases con forma de dildo y llega a la siguiente reflexión: Los diseñadores de productos cosméticos pasan por alto una verdad como un templo: las señoras con arrugas también follan (cita abreviada). Me viene entonces a la cabeza, no sé por qué, el único vídeo de la banda de Pumuky que ha sobrevivido a la ficción, Coge palomitas, donde aparece Lucía administrándole un morreo de mujer pantera a una pizpireta Lluvia Rojo. A lo mejor terminan por emitirlo por la MTV, quién sabe. Pero en el bar donde el camarero chistoso nos sirve una segunda ronda de cervezas suena una versión aflamencada del Eres tú de Mocedades y no puedo evitar pensar que Lucía, ahora que la he conocido en persona, me inspira cierta ternura.
Hablamos finalmente de sueños.
-La gente que no sueña no puede escribir.
No sé si estoy soñando despierto, pero me quedo completamente helado cuando veo a Pumuky, o al espectro de Pumuky, entrar por la puerta y sentarse tranquilamente a nuestro lado. Nadie parece haberse percatado de que algo muy extraño acaba de suceder.
Me digo entonces que ha llegado el momento de irme a casa.









