Anik Lapointe: la mirada canadiense
Texto: Antonio Lozano Foto: Marta Calvo
En la casa de Montreal donde creció Anik Lapointe abundaban los diarios internacionales, de aquí su admiración por la crónica periodística, que la llevó a dedicar su tesina al gran maestro decimonónico quebequés Arthur Buies y, rizos del destino, a publicar muchos años después la colección de artículos del primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, Jacinto Antón. Para muchos es la gran maquinadora de la resurrección de la novela negra en España, pero pocos saben que el primer capítulo se escribió cuando, con 15 años, devoró la colección de libros de la serie Noir de Gallimard de una amiga a la que le vigilaba la casa. Anik, sin embargo, trasciende géneros. La variedad de sus lecturas se refleja en el ansia abarcadora de cuanto ha publicado, de viajes a gastronomía. Con veintipocos años hizo cientos de kilómetros hasta Santa Rosa para mostrarle su admiración a John Martin, el fundador del sello Black Sparrow Books, “homeland” de Bukowski y Fante. Debutó con la producción de las memorias del primer ministro René Lévesque para el minúsculo sello Québec/Amérique y, todavía en la veintena, recaló con una beca en Barcelona para realizar un estudio comparativo entre las literaturas catalana y quebequesa. No tenía idea de catalán, pero lo leyó en un mes y lo habló en tres. Empezó haciendo un poco de todo en Quaderns Crema y seis años en Edicions 62 le dieron para estocadas como dirigir una impresionante colección de libros de viajes (Thubron, Lewis, Leigh-Fermor) y dar a conocer a James Salter o Colum McCann. En RBA desde el año 2000, ha configurado una alineación de estrellas policíacas de escándalo (Rankin, Lehane, Kerr, Nesbo…) y lanzado el premio mejor dotado del mundo en su especialidad. Su filosofía es llenar vacíos y crear líneas de referencia, donde convivan el rescate de clásicos y los hallazgos de nueva generación, porque “la relectura es tan importante como la lectura, publicar a Bashevis Singer permite entender mejor a Philip Roth”. Como editores-guía tiene a dos franceses, Jean-Jacques Pauvert y Christian Bourgois, y cree que sus puntos fuertes son la detección y el entusiasmo, posibles gracias a que olvida con frecuencia que leer es su trabajo. Considera excitante asistir a este momento histórico en que la forma de leer y de informarse va a sufrir cambios profundos. Pase lo que pase, “lo importante es continuar leyendo bien”.
Le pirran los gatos y Los Soprano, y la entrega que le pone a su trabajo provoca que, de tanto en cuanto, desee colgar del palo mayor a algún periodista que no se apasiona con uno de sus títulos. “Collonut” es una de sus palabras talismán y está feliz de que su amigo y autor Enric González haya bajado de siete a cinco años la media de entrega de sus manuscritos, que sufren más retrasos que los vuelos invernales de una low cost. Cuando se retire, continuará haciendo lo mismo que empezó al compartir con su padre las publicaciones a las que estaba suscrito, pero al levantar la vista del libro estará rodeada de bosques y tendrá un vino con cuerpo en la mano.









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