George Sand: gran hombre, buena mujer

Redaccion

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A doscientos años largos de su nacimiento, revisar a George Sand aporta más de una sorpresa: escribió la primera autobiografía femenina moderna, es la mejor epistológrafa de su tiempo y se adelantó, como novelista protofeminista e independiente, a figuras como Colette, Beauvoir o Yourcenar.
Texto: Carles Barba

La leyenda y los clichés han ocultado durante generaciones el verdadero perfil de George Sand. Su vida aureolada de escándalos ha prevalecido sobre su condición de artista y cierta crítica se ha obstinado en reducirla a mera amante de Musset y Chopin, olvidando que nada menos que un Balzac o un Flaubert la consideraban literariamente su par. Hay otra razón que ha vuelto problemática una tasación justa de su legado. Desde 1830 a 1876, esta impetuosa mujer escribió a diario, todos los días y aun todas las noches, y la lectura integral de su corpus resulta casi imposible. Produjo una cincuentena de novelas, teatro, periodismo, obras autobiográficas, libros de viaje, etcétera. Y a ello hay que sumar veintiséis volúmenes de correspondencia a los más diversos destinatarios, desde la cantante Pauline Viardot a Flaubert (El Olivo Azul acaba de traducir estas últimas misivas). Sand, por lo demás, forma parte de la primera generación de autores decimonónicos que en Francia pudieron vivir de la pluma. Y es la única mujer de su tiempo que se granjeó un público amplio y fiel, y que escribió teniendo en cuenta sus expectativas. Recientes aún los ecos de su bicentenario, nadie discute hoy el alto valor de su prosa, admirada tanto por un Dostoievsky como por un Proust. “Yo no puedo compararos más que a un gran río de América” -le decía halagadoramente Flaubert-. “Teneis su enormidad y su dulzura”.

De Amandine a George Sand

Amandine Aurore Lucile Dupin nació el 15 de julio de 1804 en la rue Moslay de París. Siempre tuvo a gala su doble origen: “Soy hija de un patricio y de una bohemia”, se jactaba. Por el lado paterno, descendía de un mariscal de Francia, Maurice de Saxe, e incluso, remontándonos más atrás, de una rama regia, la del rey Augusto II de Polonia. Su madre, en cambio, Sophie-Victoire Delaborde, había sido una entretenida y, para cuando Maurice Dupin se enamoró de ella, era la amante de un “adjudant-géneral”. Maurice y Sophie se casaron en secreto y al cabo de un mes nacía Aurore, en plena emergencia de Napoleón. Su padre hizo precisamente carrera en la Grande Armée e intervino en las campañas de Baviera, Prusia y Polonia. En 1808 se le nombró ayudante de campo del príncipe Murat, que estaba en España, y para allá partieron más tarde Sophie-Victoire y la pequeña Aurore, cruzando un país en llamas, hasta reunirse con Maurice en Madrid. La imaginación de la niña sin duda sintió a lo vivo el espectáculo de la guerra franco-española y esas vivencias sentarán la base de su romanticismo. A la vuelta de la familia a Nohant, la casa solariega de los Dupin en Berry, ocurre una desgracia irreparable: el padre cae desnucado durante un paseo a caballo. Consecuencia inmediata: la abuela paterna, Mme. Dupin de Francueil, y la madre, Sophie-Victoire, se disputan la crianza de la chica. Gana la anciana, una auténtica señora con maneras Ancien Régime, quien inmediatamente pone a Aurore en manos del que fuera preceptor de su malogrado hijo, Louis-François Deschartres. La abuela educa pues a su nieta en Nohant, pone a su disposición una amplísima biblioteca y le transmite también el amor a la música, el clave y el canto. La anciana apuntala la instrucción enviando a la joven a un convento Parísino de monjas agustinas. Allí, Aurore contrae dos inclinaciones: a las ensoñaciones místicas y a escribir cartas (las internas tenían el hábito, en sus separaciones temporales, de comunicarse epistolarmente sus afanes y anhelos). En 1821, la abuela fallece y la madre intenta reconquistar su autoridad sobre la muchacha, pero sin éxito. La joven conoce entonces a un atractivo hombre también de doble origen (hijo de un barón y una sirvienta), Casimir Dudevant, y de su unión nace Maurice, el amadísimo hijo que después ejercerá de albacea de la escritora. El matrimonio hace aguas enseguida, Casimir corteja a las criadas y ella tiene algunos amores fugaces, con Aurelien de Sèze por ejemplo, un abogado bordelés a quien conoce en un viaje por los Pirineos, o con el aristócrata Stéphane Ajasson, de quien se supone que puede ser la hija Solange que ella engendra en septiembre de 1828.

Deseosa de poner tierra de por medio con su marido, Aurore se instala en París y, en colaboración con un nuevo amante, Jules Sandeau, escribe un par de novelas, Le Commissionnaire y Rose et Blanche. Contacta asimismo con Henri de Latouche, director de Le Figaro, que la inicia en el periodismo: colabora en La Mode y La Revue de París, y en suma se da a conocer al mundillo literario Parísino. Ha caído en gracia a un incipiente Balzac, que le dedica Memoires de deux jeunes mariées.

Con veintiocho años, la joven se siente con fuerzas para volar con sus propias alas y, tras desvincularse de Sandeau y Latouche, encadena tres novelas, Indiana (1832), Valentine (1832) y Lélia (1833), que ya firma bajo el seudónimo de George Sand. Para entonces vive en un pequeño apartamento del quai Malaquais y allí recibe a amigos que rápidamente se harán célebres: Balzac, Liszt, Merimée o Musset. Entretanto, Aurore agiliza la separación jurídica de Casimir, que no se concretará hasta 1835, tras muy enfadosas broncas. Su estreno como escritora le proporciona en todo caso un sentido de independencia nuevo y la admiración que Chautebriand le manifiesta refuerza la confianza en sus propias dotes.

En Mallorca

En Mallorca con “Chip-Chip”

Lo cierto es que, alrededor de 1833, la personalidad de Sand hace ya estragos entre sus colegas varones. Merimée la lleva a menudo a la Opéra. Alejandro Dumas y Gustave Planche se retan a duelo por ella. Y en junio entra en escena Alfred de Musset, que al mes siguiente es ya su amante. Con Musset vivirá dos años turbulentos, en ruta siempre por Italia y en medio de enfermedades que los atacan a ambos por igual. En Venecia se hospedan en el suntuoso hotel Danieli. Ella se hace visitar por el doctor Pagello y a los pocos días deviene su maîtrisse. Se suceden naturalmente unas cuantas escenas con Musset. Sand, en cualquier caso, no cesa de escribir (André, Lettres d’un voyager, Jacques) y, en cuanto recobra fuerzas, reemprende su afición viajera y sube hacia Verona, los lagos Garda e Isea, y finalmente Suiza. De regreso a París retoma la relación con Musset y posa para Delacroix. Se retira por fin a sus posesiones de Nohant y el contacto con la naturaleza la vivifica y serena. Pero todavía no han acabado los años borrascosos. Tras romper del todo con Musset en marzo de 1835, Sand será sucesivamente amante de Michel de Bourges, de J. Didier y de Mallefille, el preceptor de su hijo Maurice. Reanudará también sus viajes por Suiza, en donde se encuentra a menudo con otros dos personajes en fuga, Franz Liszt y Marie d’Agoult. Estas errancias quedarán sobradamente reflejadas en las citadas Lettres d’un voyager, un libro autobiográfico en el que mezcla la crónica de viajes y las reflexiones sobre arte y música, y explaya su gusto por la soledad y por la amistad, que en su opinión deja más libertad que el amor. Sand, sin embargo, no puede evitar enamorarse con frecuencia y en 1838 inicia una relación con alguien que está en sus antípodas anímicas, el compositor Frédéric Chopin.

Por esa época, el reuma se encarniza con la novelista. Dado que Chopin también anda con la salud quebradiza y el hijo de ella se siente débil, deciden los tres tomar los aires de las Baleares. Tras una breve escala en Barcelona, el 8 de noviembre el grupo llega a Palma, más adelante se acomodan en So’n Vent y por fin se hospedan en Valldemosa. La deseada compenetración entre el músico y la escritora no se produjo ni remotamente. Por añadidura, la tisis de él empeoró. Ella, sin embargo, reencontró en la cartuja y entre las ruinas de su claustro, los deliquios místicos que había experimentado de joven en el convento de las agustinas. Desde el punto de vista creativo, la convivencia Chopin-Sand no pudo ser más fructifera. Él compuso en la isla nada menos que los Preludios, la Balada en fa menor, un scherzo y dos polonesas. Ella reescribió una nueva versión de Lélia, remató Spiridion y recogió materiales para su célebre Un hivern à Majorque, donde pone por los suelos a los nativos, cebándose en su ignorancia y supersticiones. Sobre Chopin, Un hivern… apenas aporta nada y hay que esperar a la autobiografía sandiana, Histoire de ma vie, para detectar algunos ecos. “Nos tocaba cosas sublimes que acababa de componer” -recuerda ella-. “O, más exactamente, daba forma a ideas terribles, o inquietantes, que se habían apoderado de él, en horas de soledad, tristeza y miedo”. La comunicación entre los dos amantes se enrareció definitivamente cuando, a su regreso a Francia en 1839, Chopin apoyó a la hija de Sand, Solange, en su decisión de casarse con el escultor Auguste Clésinger. Esta alianza provocó que la cada día más reputada autora se alejara de ambos. Con todo, no se puede negar que el trato con el compositor polonés afinó la sensibilidad musical de Sand, que siempre reconoció su genio: “Hace hablar a un solo instrumento el lenguaje del infinito”. Ello no quita que, en su período de mayor intimidad, ella actuara como una madre y, en sus escritos de entonces, se refiriera a él con diminutivos como “Chopinet”, “Chip-Chip” y “le petit Chip”.

“Vive George Sand!”

A partir de 1845, la escritora se embarca en una serie de novelas campestres (Le Meunier d’Angibault, Le Mare au Diable, François le Champi…) que a la larga van a ser las que tengan mayor perdurabilidad. Le Mare au Diable es característica de este género rústico: la trama describe a Germain, un viudo en busca de esposa en un medio rural; la opinión pública desea para él a una candidata rica, pero Germain se inclina al fin por Marie, una sirvienta a través de la cual la autora retrata las duras condiciones de las domésticas en la Francia profunda. Por esos años, precisamente, las inquietudes políticas de Sand tienen ocasión de manifestarse y, por medio del periodismo combativo en publicaciones como la Revue indépendante (que ella contribuye a crear), da curso a un republicanismo acendrado, de corte socialista. Al contrario que Flaubert, Sand creía en la función pedagógica y social del arte, y, cuando estalló la revolución de 1848, enseguida puso su pluma a disposición del gobierno provisional. Escribió anónimamente cientos de boletines en defensa de la causa socialista y lanzó un diario, La Cause du peuple, con el que pretendía interesar a las masas en pro de la democracia. Lamentablemente, en junio la reacción triunfaba sobre los republicanos y Sand, replegada en Nohant, se decía a sí misma: “si la política tiene que derivar en guerra civil, para mí está liquidada”. Amigos suyos como el líder revolucionario Mazzini le reprocharán luego que no tomase una actitud más radical y no se exiliase como Victor Hugo. El caso es que ella utilizó después su amistad con Napoleón III para salvar a muchos amigos víctimas de la posterior represión. Aunque en lo sucesivo abandonase el articulismo político, en su teatro y en algunas novelas sociales siguió revelándose una corrosiva librepensadora, que agitaba conciencias y ponía en cuestión seculares prejuicios.

En 1864, el estreno de Marquis de Villemer, una pieza profundamente anticlerical, le ganó la adhesión de los estudiantes, que se manifestaron al grito de: “Vive George Sand!”. La Iglesia reaccionó poniendo sus obras en el Índice. Entre los cincuenta y los sesenta años, “la bonne dame de Nohant”, como se la apoda, no ha cesado de producir novelas que abarcan todo el espectro social y que se hacen eco de la naciente industrialización, el alcoholismo y la miseria que minan el medio rural, o que relatan historias de formación artística, como Les maîtres sonneurs (1853), un gran fresco sobre la música popular. George Sand, de hecho, a su manera, escribe también su propia Comedia Humana, abordando una gran diversidad de medios y un hormigueante censo de personajes. No ha de extrañar que alrededor de 1866 sea la única mujer admitida en las exclusivas cenas Magny, a las que concurren entre otros Flaubert, los Goncourt, Taine y Théophile Gautier. Es en esos cenáculos cuando gusta de aparecer fumando buenos cigarros y trajeada a menudo masculinamente.

Si bien como literata ha llegado a la cúspide, en la vida privada pasa por sinsabores de todo tipo. Su hija Solange le da mil y un quebraderos: cuando la madre convivía con Chopin, tuvo el capricho de flirtear con él; después, su matrimonio, la pronta separación y la decisión de los tribunales de que la niña habida, Nini, quedase bajo custodia de la abuela. Pero Clésinger ingresó a la cría en un internado y allí murió de escarlatina. Ni que decir tiene que Sand experimentó una honda aflicción y, en ese impasse (hemos rebovinado la cinta a 1854), a los cincuenta años, decidió escribir la Histoire de ma vie. Se trata de la primera autobiografía femenina moderna y, en ella, a diferencia de un Rousseau o un Stendhal, se evita cualquier egotismo y se ofrece el relato de una existencia en la que el lector, cualquier lector, puede sentirse reflejado. Curiosamente, la mujer que ha acumulado durante treinta años un amante detrás de otro apenas entra en el detalle de tales affaires y, en cambio, reflexiona abundantemente sobre el sentido de la vida y la función transformadora del arte.

Rayando la sesentena, Sand se arraiga cada vez más en su reducto campestre de Nohant y se viene a París por temporadas, alternando con la flor y nata de la sociedad artística. Liszt y Berlioz, Heine y Turgueniev, y grandes intérpretes del teatro, como Marie Dorval o Pauline Viardot, están entre sus mejores amigos. Con Gustave Flaubert, particularmente, estrecha una intimidad que se saldará con 420 cartas cruzadas y recíprocas invitaciones a las respectivas casas solariegas de Croisset y Nohant. La chispa de su amistad nació en 1863, cuando ella dedicó un caluroso artículo a Salammbó. Luego le defendió a muerte tras la fría acogida a La Educación sentimental. Ella le llevaba diecisiete años y, aún así, llegaron a sentirse espíritus afines, que no se cansaban de conversar en largas madrugadas de humo y alcohol. “Aparte de ti y Turgueniev, no conozco a ningún mortal con quien franquearme sobre las cosas que de verdad me importan”, le dice él en una misiva. Y, en la década de 1870, Flaubert emprenderá el primero de los Tres cuentos pensando en su querida colega.

“Sueño, luego existo”

En su última madurez, la fecundidad creadora de Sand no experimentará mella alguna. Continuará ensartando novelas con una espontaneidad milagrosa: L’homme de beige, Mademoiselle Merquem, Nanon… Esta facilidad y abundancia le valdrán más adelante calificaciones un tanto despectivas por parte de Colette y Jules Renard. Estaba, pues, en las antípodas de un Flaubert, que con razón le decía: “Vos no sabréis nunca lo que es pasarse un día entero con las manos contra las sienes, en busca de una sola palabra”. Pero lo que Sand perdía quizás en perfección formal lo ganaba sin duda en vivacidad, y de ahí la frescura de su correspondencia. Por lo demás, Sand era muy consciente de sus virtudes y limitaciones, y sabía perfectamente que carecía del ojo entomólógico de un Balzac y de su realismo implacable. En contrapartida, ella poseía una genuina fantasía de raíz romántica, un idealismo pastoral que impregna sus mejores páginas. “Sueño, luego existo”, solía decir parafraseando a Descartes.

Sand llegó a la setentena nimbada por la gloria. Su nombre era conocido mundialmente y así el emperador de Brasil solicitó verla durante una gira por Francia. Ella, sin embargo, rehuía cada vez más las mundanidades y se apegaba a una tranquila vie de château. A tan provecta edad, no tiene por otra parte inconveniente en sumergirse de tanto en tanto en las aguas heladas del río Indre, convencida de que “soy de la misma naturaleza que la hierba de los campos, el agua y el sol”. Sólo tiene ojos para sus nietas, hijas de su hijo Maurice, y para ellas escribe unos Contes d’une grand-mère. Por lo demás, apenas viaja ya más que a París o, en los veranos, a Cabourg.

A finales de 1875 se acentúa su decadencia física. Los reumatismos y los dolores internos la retienen cada vez más dentro de casa y se evade pintando acuarelas o supervisando la edición de sus Obras Completas. En 1876 hace testamento a favor de Maurice, acepta la recomendación de Flaubert de leer a un autor emergente (Zola) y empieza a reconciliarse con la idea de la muerte. Entre el 30 de mayo y y el 7 de junio sufre atroces dolores debido a una oclusión intestinal y el 8 de junio, por fin, exhala el último suspiro, después de rehusar la extremaunción. Su hija Solange, sin embargo, impone un entierro religioso. Se la sepulta en el cementerio de Nohant y allí acuden Dumas hijo, Renan y un Flaubert que estalla en hipos de dolor. Victor Hugo, desde el exilio, manda un mensaje que se lee a pie de tumba: “Lloro a una muerta y saludo a una inmortal”. Cuando Turgueniev se entera del fallecimiento de la gran dama de las letras francesas, escribe a Flaubert: “¡Pobre Madame Sand! ¡Qué corazón de oro tenía! ¡Qué gran hombre era, y qué buena mujer!”.

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