Santiago Gamboa: la amistad, la muerte, la traición…

Son los temas en los que le gusta indagar al escritor colombiano, actualmente residente en Nueva Delhi y flamante ganador del Premio La Otra Orilla por “Necrópolis” (La Otra Orilla), la historia de un variopinto grupo de personajes que quedan atrapados en una Jerusalén convertida en campo de batalla.
Texto: Diego Gándara Fotos: Óscar Elías

Barcelona, dirá Santiago Gamboa al final de la entrevista, es tener el sol en los ojos. Dos horas antes, en las puertas del hotel del Eixample donde se hospeda, se ha cubierto la cara con las manos y ha dicho otra cosa. Ha dicho “Summer day”, tal como suelen llamar en la India a los días así, veraniegos y calurosos en mitad del otoño, en los que aún debe andarse por las calles protegiendo la vista y cuidando la mirada. Ahora, en un restaurante situado en la primera planta de una librería, Gamboa esquiva los rayos que se filtran a través de la ventana y no dice nada. Está muy cansado y se nota: mastica con gusto un trozo de pollo, bebe agua fría. Traga lentamente. Bosteza.

Acaba de llegar de Madrid en el AVE, pero antes estuvo en Buenos Aires, en el DF, en Santiago de Chile y en Bogotá, presentando la novela con la que se alzó con el último Premio La Otra Orilla, otorgado por el Grupo Editorial Norma. De los 654 manuscritos recibidos, un jurado integrado por los escritores Jorge Volpi y Roberto Ampuero, junto al editor Pere Sureda, eligió por unanimidad el suyo y decidió entregarle un talón de 100.000 euros por haber escrito una historia coral en la que se destaca, según el fallo, “el magnífico uso del lenguaje y la dificultad que implica dar vida a tantas voces distintas, al tiempo que logra que sean diferenciales, creíbles”.

Necrópolis, sexta novela de este escritor colombiano, nacido en Bogotá en 1965 pero ciudadano europeo durante los veinticinco años que vivió entre Madrid, París y Roma, tiene por escenario Jerusalén, una ciudad oscurecida por el humo de las bombas y donde se encuentran, cercados por las balas, una actriz del porno, un bibliófilo francés, un empresario colombiano, un escritor que se recupera de una enfermedad y José Maturana, ex convicto y ex drogadicto que se ha convertido en un pastor evangélico y mediático de Miami. Juntos intentarán conjurar el peligro contándose la historia de sus vidas.

“Mi intención fue mostrar que la ficción, los relatos, son también una opción ante la muerte y el olvido, y hacer una versión contemporánea del Decamerón”, dice Gamboa, finalmente. Como en la obra de Bocaccio, los personajes de Necrópolis, su novela más ambiciosa, escrita entre París y Nueva Delhi, también están aislados, pero unidos por la fragilidad, por el intento de inventarse una vida diferente. “Me gusta hacer los libros así, que sean de una lectura agradable, que se abra a historias diversas pero que estén hilvanadas por los temas importantes que debe tratar la literatura: la amistad, la muerte, la traición”.

Gamboa se marchó de Colombia muy joven. Tenía diecinueve años, vivía en Bogotá y estudiaba en la universidad. Su padre era un profesor del arte que, cuando lo invitaron a trabajar un año en la universidad de Heidelberg, Alemania, se llevó consigo a toda la familia. “Yo me quedé en España” –recuerda–. “Obtuve una beca para estudiar filología en la Complutense. Pero lo que quería, ya en ese entonces, era escribir.” En 1995 debutó con la novela Páginas de vuelta. Dos años después publicó Perder es cuestión de método, a la que le siguieron Vida feliz de un joven llamado Esteban, Los impostores y El síndrome de Ulises. Mientras tanto, vivió en París, donde trabajó en la agencia de noticias AFP gracias al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro; en Roma, y recorrió buena parte del mundo. Desde hace un año vive en Nueva Delhi: es consejero cultural de la embajada de Colombia en la India.

El éxito no tiene literatura

¿Su manera de abordar las novelas ha cambiado en algo en todos estos años o mantiene el mismo entusiasmo que tenía cuando llegó a Madrid con ganas de ser escritor?
En Necrópolis, curiosamente, utilicé el mismo modo de trabajar que había usado en mi primera novela. Hubo muchas horas de escritura, aunque realmente fueron el resultado de un trabajo previo, de pensar en su estructura, en los temas que deseaba tocar. Una vez que la tuve escrita, la copié entera en el ordenador, como si me tradujera a mí mismo, y fui corrigiéndola intensamente. Capítulos que se reducen a dos páginas, páginas que se vuelven párrafos. Una vez que la tuve lista, sentí que me había apropiado completamente de la historia, que había escrito un texto extenso, de largo aliento.

¿La novela que siempre soñó escribir?
Quería escribir una novela ambiciosa, divertida, que no fuera aburrida, aunque en ella se contaran cosas serias. Supongo que ahora tengo una mirada distinta sobre el mundo que nos rodea. Mucho más melancólica, tal vez, que cuando escribí mis primeras novelas, y mantengo una visión idílica, infantil. Echo de menos una época en la que todo era menos arrogante y no estábamos obsesionados por el triunfo y el éxito.

El narrador de su novela, en ese sentido, es un escritor que prácticamente está apartado del mundo literario, sin preocuparse por el éxito de sus libros.
El escritor exitoso no es una figura interesante, no tiene valor literario. El éxito, en general, no tiene mucha literatura. La que a mí me gusta tiene que ver con situaciones complejas de la vida, más reflexivas, relacionadas con la frustración, la derrota, el miedo, la cercanía de la muerte, el peligro. Lo que me interesaba era escenificar una situación de asedio dentro de una ciudad con un fuerte simbolismo. De ahí que la ciudad que yo pinto en la novela sea, por supuesto, la Jerusalén del presente, a la que conozco bastante bien, pero también la Jerusalén histórica, mítica, más literaria que real. El Decamerón, que es una obra que siempre me fascinó, me vino muy bien. El deseo de escribir una novela que contuviera muchas historias, que fuera extraterritorial, que sucediera en diferentes lugares del mundo.

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Lenguas y belleza

Su estilo siempre se ha caracterizado por recrear a la perfección el habla coloquial. ¿Cómo fue el trabajo de darle voz a un personaje tan disparatado como José Maturana?
El lenguaje del personaje es el de un caribeño. Mi pretensión, al principio, fue retratar todos los acentos de América Latina, que básicamente, más allá de sus diferencias, son tres: el del Cono Sur, el andino y el del Caribe. Como me resultó imposible, hice un trabajo minucioso y le otorgué una voz, un lenguaje que expresara una manera de ver el mundo y que fuera una especie de imagen global de lo que es el castellano hoy en día.

Además de Madrid ha vivido en París, Roma y Nueva Delhi. ¿Encuentra similitudes a la hora de escribir en cada uno de esos lugares?
Delhi se ha convertido en una opción de vida. Me quedaré un año más allí. Me gusta, me estimula, tengo ganas de seguir conociendo el país. En la India hay más de treinta lenguas oficiales y en todas ellas se hace literatura. A diferencia de aquí, India es el reino de la diversidad. Está repleta de vida, de idiomas diferentes, de bullicio. Todo es nuevo y eso se contagia. Por otro lado, vivir allí ha hecho que tomara otra conciencia de lo que significa Europa, un continente con ciudades hermosas, repletas de historia, pero en las que sin embargo subyace un sentimiento de malestar, hostil. En ciudades como Nueva Delhi, en cambio, la belleza se respira en el ambiente, en la gente.

¿Volvería a vivir en Europa?
De momento, no. Veinticinco años fueron muchos. Conozco bien Europa y hay ciudades como Roma, París o Madrid que siguen gustándome como entonces, aunque vivir en París fue como vivir en una escuela militar y Madrid, últimamente, es como estar en un bar.

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Escrito por el feb 16 2010. Archivado bajo Autores, Entrevistas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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