Arroyo de boxeo

 

 El boxeo ha sido tradicionalmente materia prima para la literatura y el cine (desde clásicos como la novela Más dura será la cáida de Budd Schulberg a las más recientes aproximaciones de novelistas españoles como David Torres en Niños de tiza (Algaida) –por cierto, novela muy recomendable-.  Pero muchas veces se ha buscado mostrar únicamente el lado más sórdido del boxeo: los combates amañados, los boxeadores sonados, el auge y caída estrepitosos. Películas como Million Dollar Baby explotan impúdicamente ese lado morboso. Que está ahí, sin duda, no se puede negar y vidas como la de Urtaín nos lo recuerdan, pero el boxeo tiene muchas otras esquinas. Se mata más gente en los circuitos de carreras de coches que en los rings y seguro que hay más apaños en una temporada futbolística del Calzio que en todos los en combates de boxeo de todo el mundo, pero es una leyenda negra tentadora y algunos la usan de manera facilona. Para gente interesada en conocer la verdadera trayectoria de célebres boxeadores, recomiendo el libro Los grandes campeones del mundo de los pesos pesados (El Cobre) de Francisco Rodríguez Feu (escritor, ex boxeador, entrenador nacional y enciclopedia ambulante de boxeo).

Menos mal que hay artistas con sensibilidad, como Eduardo Arroyo que muestran otras caras del boxeo. Arroyo es conocido por su obra pictórica, pero también tiene libros notables, varios de ellos centrados en el mundo del boxeo, como la biografía del peso gallo  Panamá Al Brown. Su relación con el boxeo viene de largo y su defensa de este deporte de extraña belleza también. Se acaba de publicar Boxeo y literatura  (Turner), que recoge buena parte de los materiales de la exposición que Arroyo ha inaugurado en el Museu Valencia de la Il.lustració i la Modernitat (Muvim). Una reivindicación inteligente, documentada y sensible sobre cómo el boxeo ha creado a su alrededor un universo propio, con sus reglas y sus claroscuros, especialmente interesante para la indagación literaria. Y la edición de Turner es magnífica, de coleccionista.  Ya que los escritores (salvo excepciones como David Torres o algún buen artículo como el de Esther García Llovet sobre Manel Berdonce, el Tigre de Tetuán) han desertado del cuadrilátero, son los pintores quienes lo reivindican, como Arroyo. O, en cierta manera, como lo hace uno de los mejores artistas mundiales contemporáneos, Miquel Barceló. Barceló, para mantenerse en forma y no perder el nervio mientras trabajaba en su pintura de fuerza en la cúpula de las Naciones Unidas, se entrenaba haciendo guantes con una pera situada en mitad de la sala. Cuando la agresividad, la fuerza y la agilidad se canalizan y se convierten en ritual, habilidad, estrategia, reto y plasticidad, se convierten en un combate de boxeo. O en cuadro de Arroyo. O en una obra de Barceló.

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Escrito por el feb 15 2010. Archivado bajo Blog. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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