Jostein Gaarder nos pone firmes y verdes
En “El castillo de los Pirineos” (Siruela/Cruïlla), el autor de “El mundo de Sofía” plantea preguntas fundamentales del ser humano a partir de una historia de amor con la que intenta contagiar su entusiasmo por el hecho de existir y la defensa del medio ambiente. Texto: Begoña Piña Foto: Carlos de Andrés
Los “rigores” de un festival de cine, el de Sevilla, y una jornada completa en Madrid contestando a las preguntas de los periodistas no han conseguido borrar de su rostro un gesto de auténtico interés. Indudablemente cansado, Jostein Gaarder, sin embargo, concentra la mirada en su interlocutor y sonríe, sonríe constantemente. Como un mal presentador de informativos, este escritor sonríe incluso cuando habla de alguna tragedia, cuando se refiere a la situación en que se encuentra el planeta o cuando reflexiona sobre la muerte. Pero, a diferencia de esos desafortunados comunicadores, en su expresión no hay nada adulterado. Jostein Gaarder no es un impostor; es un hombre satisfecho de sí mismo, sin conflictos, feliz de su propia existencia y de la del universo.
Dividido entre la filosofía, la literatura y el compromiso con el medioambiente, este escritor ha alcanzado a los 57 años una situación perfecta. Los veinticinco millones de ejemplares vendidos de El mundo de Sofía han asegurado su vida económica y le han proporcionado un amplio número de lectores que se mantiene fiel con los años. Ahora, Gaarder, profesor antes que escritor, se ha convertido en “mecenas” del planeta y aprovecha la existencia de ese público leal y parte del dinero que gana con sus libros para concienciar sobre la necesidad de conservar la Tierra.
En su libro enfrenta una postura racional con otra espiritual a partir de un suceso relacionado con lo sobrenatural. ¿Alguna vez ha creído en fantasmas, espíritus, augurios?
No.
¿Y ahora, después de escribir la novela?
Tampoco, aunque tengo más dudas.
¿Por qué? ¿Le ha pasado algo concreto para sembrar esas dudas?
Una cosa rarísima. En la novela tiene lugar el accidente de una mujer. El lugar donde ocurre es exactamente un sitio en el que hace muchos años me paró la policía porque conducía muy rápido. Después de empezar a escribir el libro, con un GPS localicé de nuevo el lugar y me di cuenta de que este sitio está a 8 grados al este, a 8 minutos y 52 segundos. Lo que hace que sus números sean 08-08-52, que es el día de mi nacimiento.
¿Y eso usted lo interpreta como algo sobrenatural?
No, no. Yo sigo pensando que este tipo de cosas son coincidencias… Un día, recuerdo, estaba andando por Oslo y me pareció ver a un viejo amigo al que no había visto en años, pero cuando me acerqué no era él, ni siquiera se le parecía. Di la vuelta a la calle y, de repente, me encontré con mi antiguo amigo. Yo diría que eso es una gran coincidencia, pero sólo una coincidencia.
No cree en lo sobrenatural, pero escribiendo le han surgido dudas. ¿Me lo puede explicar?
Cuantos más libros leo de Ciencias Naturales, más convencido estoy de que la conciencia no es tan sólo una coincidencia. Creo que la conciencia y la vida son parte de la misma naturaleza de este mundo. Si preguntas a alguien qué sabe acerca del universo, te dice que hay estrellas, galaxias, que hubo un Big Bang, que hay cometas, meteoritos… Y sí, pero el universo también es conciencia y vida. Quizás la conciencia del universo es un aspecto tan característico de su naturaleza como lo son los agujeros negros. Hace unos años, en el Hotel Palace de Madrid, estaba con unos especialistas en Física Nuclear y les pregunté si creían que la conciencia era una coincidencia cósmica. Me di cuenta de que sintieron vergüenza ajena, vergüenza por mí, porque la pregunta les resultó muy ingenua. Pero yo les presioné para que me contestaran y me dijeron que sí, que pensaban que era una coincidencia. Estuvimos hablando durante un par de horas y volví a plantearles la pregunta y entonces dijeron que no. La filosofía había podido cambiar el parecer de tres grandes científicos. En el libro también he querido que se viera que hay mucho reduccionismo en la ciencia.
En El castillo de los Pirineos, el hombre es el ser racional. ¿Eso es coincidencia o convicción?
Podría ser al revés. Escribí otra novela, Vita brevis, con lo opuesto. Era la historia de San Agustín, que desde el punto de vista moderno era un fanático religioso, un hombre que dejó a la mujer a la que amaba para llegar al paraíso. En esa historia la mujer es más pragmática y no es creyente. De hecho, creo que en el mundo de hoy los hombres suelen ser más fanáticos religiosos que las mujeres. Además, creo que las mujeres tienen generalmente los pies más en la tierra. No sé, pero dar a luz y luego alimentar con el pecho al bebé va a hacer siempre que las mujeres os comportéis de forma natural en una situación natural.
Afortunadamente, hoy en Noruega es bastante “natural” que los hombres se ocupen de sus hijos, ¿no?
Sí, ahora los hombres en mi país cada vez son más responsables de cuidar a los bebés. Hace años me entrevistaron en la revista Playboy de Tokio. El periodista había leído que yo, más que mi mujer, me había quedado en casa con mis hijos cuando eran bebés. Eso allí les impresionó muchísimo, les pareció muy exótico. Japón es el país más sexista del mundo, pero tampoco hay que olvidar que esto en mi país es un fenómeno que sólo ha ocurrido en la última generación. Cuando yo era niño nunca vi a un hombre con un cochecito de bebés. Yo vivía en la periferia y entre las nueve y las cinco de la tarde no había hombres, sólo mujeres y niños.
Es fácil pensar en usted más como filósofo o, desde hace unos años, experto en medio ambiente que como escritor. ¿Usted qué se siente?
Buena pregunta. No lo sé. Pero lo que sí sé es que puedo utilizar el dinero que gano escribiendo para trabajar en aras del medioambiente. Y sé que soy muy comunicador. También me encanta ser perezoso y dar paseos largos por los bosques, pero si tuviera que escribir más libros para vivir, escribiría más. Escribí los libros más importantes en los 1990, cada año escribía uno nuevo, pero ahora este libro ha aparecido cinco años después de La joven de las naranjas. Los últimos libros tienen que ver con mi compromiso político, medioambiental.
¿Así que escribió por dinero y ahora lo hace por otros motivos?
Ahora el dinero no es en absoluto mi motivación, aunque mi mujer y yo tenemos la propiedad de un teatro, que gestiona ella, y para potenciar ese proyecto tal vez necesitaríamos más dinero. No he tenido problemas de dinero en los últimos quince años. Recuerdo, cuando teníamos 19 años, que hacíamos el amor y después nos quedábamos en la cama hablando y un día mi mujer me dijo que yo tendría que ser un autor rico y famoso para poder comprarle un teatro. Lo hice. Ahora ya tenemos el teatro y yo tengo otras motivaciones para escribir, quiero intentar escribir una novela que despierte la conciencia de la gente de que hay que conservar las condiciones de vida en este planeta. Pero no es fácil escribir cuentos con un contenido político.
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Racionales o espirituales, sus personajes temen a la muerte. ¿El hombre del siglo XXI está menos preparado para ella que sus antepasados?
Sin duda. Para poder experimentar lo fantástico que es vivir, al mismo tiempo tenemos que darnos cuenta de que algún día vamos a fallecer. Yo viajo por el mundo y mi mensaje es: “¡El mundo existe, nosotros existimos!”. Y algunas personas, aunque esto resulte de lo más obvio, me han dicho que nunca se lo habían planteado así y que es una maravilla. ¡Es una maravilla!
Ahora también viaja con el mensaje de la conservación del medioambiente, incluso aboga por la creación de una Declaración Universal de Obligaciones…
Cada generación deja tras de sí un mundo que vale cada vez menos. Antes había más peces en el mar, había bosques tropicales… Ahora tenemos una situación crítica en cuanto al suministro de agua potable, los grandes glaciares se están derritiendo, tenemos cada vez más refugiados climáticos, como la gente del Oeste de África que va hacia las islas Canarias…
Filosóficamente hablando, ¿cómo afecta el cambio climático a la humanidad?
En un par de décadas, yo, este cuerpo habrá desaparecido. Pero para mí es importante saber que pertenezco a la humanidad, eso es un regalo. Es posible que nosotros, los seres humanos, seamos los únicos seres con conciencia universal. Eso haría que nuestro planeta fuera extremadamente precioso. Existen movimientos verdes que dicen que la Tierra está enferma, que somos las bacterias que la hacen enfermar y por eso ella tendría que deshacerse de nosotros. Yo no puedo apoyar eso porque soy demasiado humanista. También hay millones de personas que creen que Dios o Alá van a poner fin a todo, y que habrá un nuevo paraíso y una nueva Tierra. Me parece un planteamiento peligroso, porque posiblemente éste sea nuestro único mundo.









