Mañas contraataca: del Kronen a la Marbella salvaje
Redaccion
José Ángel Mañas revolucionó el panorama narrativo de la España de los 1990 con sus “Historias del Kronen”, que lanzaron la novela urbana de jóvenes de clase acomodada entre la apatía y el desenfreno. Pero después, Mañas fue saliendo del primer plano e incluso se trasladó a vivir a Francia, donde tiene mayor presencia editorial que en nuestro país. Ahora retorna con “El Quatuor de Matadero” (Algaida), que retrata una hispanidad desaforada a imagen y semejanza de la Marbella de la era Gil. Texto: Antonio Baños Foto: Óscar Elías
Uno de los extendidos errores de la teoría narrativa y de la crítica literaria es la nula consideración que tiene el académico o reseñista sobre los gustos futbolísticos del escritor. Muchos biógrafos ahondan en la infancia del narrador, contabilizan sus fracasos amorosos o sus decepciones hipotecarias. Sabemos que Joyce era un apasionado de la música y que Víctor Hugo flipaba con Delacroix. El fútbol es un relato moral y, tal y como uno imagina ese deporte, tanto así hace correr a sus personajes, establece los marcajes entre ellos, duerme el tempo de la narración o apuesta por cerrar el relato con intrigantes y azarosas tandas de penalti.
José Ángel Mañas presenta un libro que en realidad es una parte de un vasto relato con vocación de inacabable. Y, para explicármelo mejor, un servidor y el novelista nos vamos de paseo por el socorrido barrio del Raval de Barcelona, famoso por sus históricas prostitutas y maleantes. Junto con los cementerios, el Raval es el único espacio que los hoteleros y los tontiguiris han dejado libre por ahora en esta ciudad.
La novela se titula El Quatuor de Matadero y está editada por Algaida. Presenta un montón de singularidades notables que la apartan del cauce general de su obra.
Para empezar, ésta es una novela escrita a cuatro manos. Mañas y Antonio Domínguez Leiva, “un amigo intelectual y de cañas”, firman este relato lleno de sangre, crímenes, corrupción y españolismo telecinquero. Pero aquí no acaban las singularidades, puesto que éste es el último relato de una serie de títulos que abarcan ya cuatro novelas y que tienen al mismo personaje, el supervillano Hombre de los Veintiún Dedos, como protagonista.
Este personaje enigmático que adopta mil aspectos diferentes es la quintaesencia del villano, “un criminal cizañero”. Pero un villano extraño, sin rostro. Un tipo que muda su aspecto y que sólo puede ser reconocido por su dedo de más, de ahí su nombre.
Además de las cuatro manos y los veintiún dedos, el mundo de los ceros y los unos tiene también una importancia capital en este proyecto: www.21dedos.es nace como un blog, como un folletín. Género que Mañas, Antonio Domínguez Leiva y el diseñador de la web, Benjamín Escalonilla, han querido recrear. Matadero es, pues, un relato rocambolesco. Tómese esto como descripción, que no como calificación del mismo. El Quatuor de Matadero es un heredero claro de aquellas aventuras de Rocambole de Ponsoil du Terrail que dieron nombre a una manera de narrar y que el hipertexto viene a avalar.
“La saga es una parodia de estilos. Estuvimos pensando en varios afluentes de los que beber. Un malvado como Ripley pero con el sabor de Tarantino y Torrente. La ciudad de Matadero es de manera clara un trasunto de la Marbella de los 1990 mezclado con el Poisonville de Cosecha Roja de Dashiell Hammett”. Por eso, El Hombre de los Veintiún Dedos no pertenece del todo a sus autores: “Queremos que sea un personaje popular, que tenga continuidad y que pueda estar en muchas aventuras, algo así como lo que le pasa a Batman o los superhéroes. Y, de la misma manera, también nos gustaría pasárselo a otros autores y que ellos imaginaran sus propias aventuras con él”.
De hecho, en la web uno puede leer relatos con los personajes de la saga que los fans envían y que quizá algún día se conviertan en un spin-off popular de este universo. Así que 21 rompe tres de los más sagrados tabús del escritor del pasado: autoría solitaria, fetichismo del papel y posesión del personaje. Sólo por eso ya merece interés el asunto.
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Por alguna extraña razón, los más destacados escritores-futbolistas han sido porteros. Ahí están Nabokov en la miríada de equipos que iba encontrando en sus exilios y Camus como guardameta del RVA de Argel. Porteros fueron también los destinatarios de sendos poemas de Alberti y Miguel Hernández, y de la novela de Handke, aquél que se sentía tan solo ante el penalti.
Está claro que el portero tiene una dimensión poética, helénica y solitaria que llama mucho al artista. José Ángel Mañas, sin embargo, es defensa. Lateral, para ser exactos.
Es la suya, por tanto, una literatura de encontronazos. Como lateral, su mundo está pegado al límite del terreno de juego, estrecho pero largo, un ámbito en el que las líneas son rectas y directas y mucha es la velocidad. Su fútbol y su literatura comparten así un gusto por el control de la situación tensa. Andando siempre al corte, a la siega, a la frase que no se pueda driblar. Así como juegas, escribes.
Durante unos años, Mañas fue lo más parecido que hubo a un futbolista mediático en las letras españolas. Para lo bueno y para lo malo, sus novelas pasaron a ser emblema de un tiempo y de un país. El escritor es parco a la hora de valorar tanto esos tiempos como la situación del ramo en estos momentos: “A poco que alguien haga bien algo, ya estoy a favor”, dice, y en esa línea habla de los nocillos, una curiosa generación en la que resuenan cosas de aquella crudeza de los 1990. “De Mallo me gusta que tiene un punto de vista singular, muy personal de las cosas”, contesta sin entusiasmo. Queda claro que el mundo de Mañas no es el de la escena literaria. Va por libre: “En los últimos años habré visto a Loriga dos veces y a Etxebarria tres”, explica sin pena ninguna.
Lo cierto es que la carrera de José Ángel Mañas ha ido, después del fogonazo mediático, tomando sus propias decisiones. Una de las más sorprendentes fue El secreto del Oráculo (Destino 2007), en la que el universo mañasiano (ojo, palabro) cogía los bártulos y se trasladaba al Egipto de Alejandro Magno. “Fue un auténtico reto, sobre todo trabajar el tono oral de los personajes. Creo que cada uno de nosotros tiene su propio Alejandro”. Le inquiero sobre esa aparente casualidad que ha llevado a dos iconos de los 1990, él y Amenábar, a tratar temas helenísticos: “Quizá en los 1990 había una dominante realista y los 2000 es quizá espiritual”. No se le ve muy entusiasmado en la especulación literaria, eso es más cosa de centrocampistas y volantes.
En fútbol poca gente es más habladora que los defensas. El delantero centro, solitario y predador, guarda en secreto sus trayectorias; los centrocampistas suelen tan sólo avisar de sus intenciones, pero son los defensas los que advierten, pactan, trazan y amenazan. “Mi mirada está en buena parte en mi oído”, dice Mañas, y es porque a él le interesa mucho más la piedra que pica: el lenguaje. Habla del leísmo y el laísmo, de su preocupación por la proliferación de la preposición “a” y de la justa medida de la frase en castellano para que tenga toda su eficacia. “El castellano es un idioma muy sencillo, de economía media”. Mañas son sus diálogos y en El Quatuor de Matadero éstos se convierten en un disparadero de cañones de grueso calibre. Es prosa fallera porque la cosa y la patria que retrata así lo demanda.
“La saga de Veintiún dedos pretende ser una especie de Episodios Nacionales”. Las novelas tratan desde la Galicia más caníbal de Gothic Galicia hasta los toreros y los yates de El honor de los Campeador, ambas editadas por Dolmen. Parece acertado el tono porque la España contemporánea, la de coca, ladrillo y peineta, sólo puede ser explicada a través del pastiche, la astracanada o el tebeo. “Usamos tanto la novela negra como Ibáñez. Lo hispano me tira”. Y qué puede haber más hispano que Matadero, que es un retrato chillón de la Marbella de Gil (de hecho, su alcalde se llama Hill). Para Mañas, la realidad española supera a las impostaciones importadas de América. Si aquello es un sin dios, “España es como esos sistemas piramidales de estafa”. Frente al crimen organizado, él reivindica la chapuza: “La chapuza debería ser como los espaguetis. La tenemos que universalizar”.
El defensa nunca planifica. Él, socorre, achica, parchea, saca de apuros. Es, por lo tanto, un experto en arreglar las chapuzas del resto del equipo. Mañas sostiene que deberían prohibir el fútbol que dé más de tres toques. Que ese deporte debe ser una cosa directa, rápida, física, de choque y caída. Chute y carrera.
Desde luego, se puede leer El Quatuor de Matadero si a uno no le gusta el fútbol, pero si se sabe cómo es Mañas sobre la cancha uno entenderá mucho más su literatura.


Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros